ACTO I
UN ESTRUENDO EN EL BOSQUE
En lo profundo del bosque, bajo el sol soleado se escuchan pequeñas risas y cantos de alegria. Fuera del sendero muy en lo profundo, en una aldea secreta y pequeña, viven una aldea de pitufos.
Criaturas diminutas y azules, de corazon bondadoso y trabajadores. Apresurados trabajan antes de que la noche llegue. Pues el festival de la luciernaga es esa noche.
Fortachon acarrea las piedras del bosque en la carretilla, mientras Genio construye un escenario de madera y piedra, con ayuda de Cochinon.
Pintor junto con Poeta cuelgan las luces y Gruñon clava los postes. Goloso por su parte cocina los bocadillos del festival saboreando el festin que comera esa noche.
Palomo junto a Filósofo acarrean el molino, teniendo que soportar los elogios que el pitufo se da al ser el aprendiz de papa pitufo.
—¡Papa pitufo, papa pitufo!— los gritos de Goloso no se hicieron esperar.
—¿Que pasa Goloso?— este venía apresurado moviendo la masa muy apresurado.
—Aun no llegan las trufas y, no sé cuánto más agua te la masa—
—¿Aun no llegan rastreador y los demás?— se quedó pensando un poco.
—¡Papá pitufo!— Fortachon corría apresurado apenas manteniendo el aliento.
—¡Humanos, hay humanos cerca de la aldea!— con la esperanza que no encuentren la aldea miro preocupado a sus pitufos.
—No hay forma que encuentren la aldea, solo no se alejen— ordenó a todos quienes habían dejado sus labores para escuchar.
—Solo espero que mis Pitufitos estén a salvo— todos siguieron trabajando, mientras a la lejanía, un hechicero sin nombre, de complexión delgada y alto, se cubre con su capa y capucha morada su rostro. De pie a lo alto de una colina mirando pasar una caravana resguardando un secreto preciado.
Los lobos a su alrededor gruñen anciosos por atacar. El hombre extiende sus manos y corren hacia los guardias. Caballeros sacros con la insignia de la iglesia. Sorprendidos por las criaturas, pero aún más sorprendidos y aterrados los caballos. Aquello hizo que la carreta se desvocara sin tener control.
—¡El cofre del Arcángel!— grito uno de los caballeros, sin embargo uno de los lobos estaba por atacar el caballo y entre el pánico el hombre cayó quedando inconsciente.
Los demás que aún quedaban, un fuego se levantó a su alrededor.
—Por fin después de tanto tiempo— el hombre encapuchado reía. Los caballeros que quedaban levantaron sus armas.
—Conseguire vengarme de todos— chasqueo los dedos y los caballeros desaparecieron.
El fuego desaparecio y el hombre se habría paso, entre los cuerpos y la carroza destruida. Poso su mano sobre la madera y está se pudrio para despedazarse con el toque de su mano.
Pero la caja no estaba, aquello lo lleno de rabia, estaba furioso y miro el río.
—Vayan y busquen esa caja— los lobos corrieron en un aullido. Siguieron el olor rastreando por la orilla hasta que un ruido los hizo retroceder.
—Creo que escuche algo por aqui— era una pequeña voz.
—Tontin no tenemos tiempo, tenemos que llevar las trufas a la aldea—
—Pero Rastreador— el pitufo que les guíaba seguía su olfato, algo sentía que no estaba bien y prefería regresar.
—Vamos Tontín, o papá pitufo se preocupara— exclamó Pitufina.
Estaban recogiendo las últimas para irse ya pero Tontín siguió su curiosidad sin saber que los lobos estaban cerca. Bajo al río, no era lejos y solo quería saber que había sido ese ruido.
Al ver había alguien a la orilla del río, un ser igual de pequeño que él y de color azul. Se hacerca más y para su sorpresa era una pitufina de negros cabellos y ropas extrañas, muy viejas y rotas.
—¿Estás bien?— se escucho el aullido de los lobos y Tontín corrió con sus amigos, no sin antes cargarla en brazos.
—¡Tontín! ¡¿Dónde estás?!— gritaban Rastreador, Pitufina, Soñador y Vanidoso.
—¡Chicos, chicos!— Tontín llegó corriendo.
—¡Encontré un pitufo!—.
—¿Un pitufo?— al verla, se miraron unos a otros.
—Debe ser obra de Gargamel— Pitufina de inmediato hablo. Sabiendo que su existencia fue una artimaña del hechicero.
—¡¿Gargamel?! — estaban dudando de que hacer. Temían caer en una trampa.
—Hay que avisarle a Papá Pitufo— pensó Vanidoso.
—¿Pero que hacemos con ella? —preguntó Soñador.
—Podríamos llevarla a la aldea— entre la inocencia de Tontin, no parecían estar seguros.
Acaso ¿No es eso lo que Gargamel quería? Ya habia sucedido con Pitufina ¿Quién dice que no sucedería de nuevo?
—No podemos dejarla aquí— habló Rastreador para apoyar a Tontin.
—Pero hay que apresurarnos, que Gargame no debe estar lejos— Tontin se ofrece a llevarla así que la carga.
—¡Cuidado Tontin no la vayas a tirar! — replicó Vanidoso. Pero el negaba que fuera a pasar.
Apresurando el paso se encaminaron de vuelta a la aldea entrando al bosque lejos del río. Mientras que los lobos seguían el rastro que su amo les habia indicado.
Seguían el río aún más lejos, hasta llegar donde una caja dorada de brillantes diamantes y hornamenta se encontraba habierta y boca abajo entre la arena, y un candado en forma de rosa esta abierta a unos metros.
Los lobos aullaron en grupo, un aullido largo y profundo. El hombre sin nombre apareció en la cercanía mirando por fin el cofre.
—Después de tantos años tengo el cofre del Arcángel— al tocar el cofre para levantarlo su mano empezó a arder.
—Su poder aún es fuerte, pero no lo suficiente para contener su maldición — miró con cuidado en su interior, pero no había nada. Se apresuró en escarvar en la arena.
—No ¡esto no es posible! — en un grito de furia tomó el cofre y ardiendo su mano lo lanzó al río. Su oportunidad se había desvanecido, pero entonces el cielo se nubló, los fuertes relámpagos iluminaron a su alrededor y la tierra se estremeció.
El hechicero empezó a reír, aun podía y el tiempo estába corriendo, la luna llena estaba próxima a salir y en algún lugar se encontraba, sólo debía de buscarlo.
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