Esto es como parte de un concurso que están haciendo en el grupo de Fanfic de Albert y Candy. Por lo que están a tiempo de concursar y ganar. ¡Suerte!

Personajes de Mizuki e Igarashi

Había pasado casi cinco años de que Candy se hubiera convertido en la sirvienta de los Legan.

En un inicio fue tratada por la servidumbre con recelo. Nunca dejaría de agradecer al tío abuelo William que le haya dado la oportunidad de convertirla en la hija adoptiva de la familia Ardlay. Rescatándola así de un mundo incierto lleno de desavenencia. Ya su mente borró por completo aquellas imagines tortuosas de aquel hombre de aspecto tosco y grasiento, quien la obligó a beber licor para así tenerla a su merced.

Georges la rescató y por orden del patriarca la envió a estudiar a Londres, después de la muerte inesperada de Anthony, su primo favorito con el cual pasaba las tardes cuidando a las dulce Candy. Una rosa que él mismo había fabricado, cruzando dos especies diferentes de rosas.

La rosa era blanca con bordes entre azul claro como el cielo y verde esmeralda, similar a los ojos redondos, grandes y risueños de Candy.

Esa tarde en el hogar de Pony la rubia de cabellera rizada y dorada como el sol tomó la decisión de subirse en el tren de la tres de la tarde, para ir en ayuda del hombre que le dio un futuro. Un futuro como enfermera, contribuyendo con la salud no solo de los chicos del hospicio sino de aquellas personas que habitan en los pueblos aledaños al orfanato.

Contra todo pronóstico tomó el tren con destino a Lakewood. Luego de tres horas de haber caído la tarde alcanzó un carruaje. Sacó de su maleta un saquito con algunas monedas de oro y ofreció una a cambio de ser trasladada hasta la villa de los Ardlay.

El cochero se hizo de rogar alegando que ni loco se acercaría a la casa de un viejo cascarrabias, huraño y despreciable como lo era el "desventurado Ardlay".

Candy quería insultarle llamarle déspota: ¿Cómo se atrevía a hablar así de un hombre que fue capaz de ofrecer su protección a una chica como ella, sin pedir nada a cambio? "Nada más que me convirtiera en una dama. Una dama, digna y solemne. Incluso leyó mi petición de validar el compromiso de Annie y Archie, pese a los comentarios negativos de los Legan, quienes trataron a mi amiga de interesada y oportunista". Se dijo a sí misma. Sin embargo, sabía que si lo hacía desataría la furia de aquel hombre sombrío pasado de la mediana edad, y de aspecto enclenque. Seguro le hubiera tocado dormir en la estación del tren y para cuando lograra llegar a la villa Ardlay, ya sería demasiado tarde.

Su memoria grabó con facilidad cada palabra escrita en aquella carta enviada por Georges, su caballero blanco.

Señorita, Candy White Ardlay.

El tío abuelo William, lamenta tampoco poder pasar esta navidad junto a usted.

Su salud cada vez empeora más. El señorito Archie ha intentado por todos los medios verle, pero ni siquiera a él le quiere recibir.

Decidí romper el silencio que me han obligado a mantener en relación al señor William… Es difícil, pero de continuar guardando silencio, sé que lo dejaré desvanecer en la soledad en la que se obliga permanecer.

Señorita Candy. Él se considera la maldición de la familia Ardlay. Cree que todo aquel que se le acerque correrá con la trágica fortuna de morir. Como ha sucedido con sus sobrinos.

Él pide que se aleje, que se vaya de su presencia y que no le insista.

Sin embargo, creo que usted será el antídoto para curar su mal.

Georges Villers.

─Nunca me abandonaste, yo tampoco le ¡abandonaré!

─¿Qué dijo? ─inquirió el carretero.

─Por favor, lléveme hasta la villa Ardlay.

─Lo más que podré hacer y a cambio de tres monedas de oro… será llevarla hasta la villa de los Legan. Ya de ahí camine hasta ese lugar.

Candy respiró hondo y aceptó la oportunista petición de aquel hombre de cabellos grises y espeso bigote.

Candy en sus pensamientos le costaba creer que faltando poco para la navidad varias de las casas del lugar; tuvieran ni el más mínimo indicio de que pronto llegaría la noche buena.

─Llegamos señorita, puede bajar aquí. En adelante quedará a su suerte ─ella con un poco de dificultad logró bajarse del coche─ ¡Adiós! ─expresó el cochero al golpear a los jinetes con las riendas para que emprendieran, otra vez, el camino en sentido contrario.

La luz de las estrellas le permitió seguir el viaje. Pese a la oscuridad veía el camino de flores azules que la guiaban hasta el portal de las rosas de Anthony y "¡¿cómo olvidarme del portal de agua de Stear y el portal de piedra de Archie?!".

Siempre revivía esos momentos felices en los que subía a bordo de los inventos de Stear; como el bote cisne. Se enjugó las lágrimas y prosiguió la caminata.

─¡Fuera de aquí! ¡Llévense esa comida no la quiero!

─Ya oíste Dorothy, no le insistas más. Déjalo ahí sumergido en su amargura.

─Pero, es que…

─¡Nada! Basta de maltratos y humillaciones en la semana es la tercera bandeja que tira.

─Pobrecito el viejo se puso peor, después de enterarse de la muerte de su sobrino Stear.

─Estoy por creer que es verdad lo que dice el pueblo, que nació con la estrella oscura y que la luz volverá a esta casa cuando ese viejo mira ─Tom, el vaquero del lugar se pasó el dedo índice por el cuello imitando un filoso cuchillo.

─¡¿Qué cosas dices?! Aunque, ¿tú lo crees?

─Sí, sino ¿cómo explicas que con su nacimiento haya muerto primero la madre al momento de darle a luz? Luego… me contaron que el papá murió cuando tenía ocho años, ¡ja!, y sí te hablo de la hermana la más hermosa de todas las mujeres se nos fue… repentinamente… La conocí, parecía una condesa y aquí se hacían las mejores fiestas de navidad, hasta que trajeron a ese chico…

─Y, ¿no es un viejo?

El vaquero de inmediato carraspeó. Supo que había hablado de más.

─¡Maldición!, te lo contaré. Viejo como tal: no. En realidad es un hombre, que si mis cuentas no fallan, debe tener entre 33- 34 años.

─¿Y por qué dicen que es un viejo?

─Lo siento, debo guardar silencio.

─Si a ella no le dices la verdad. Entonces tendrás que contármela a mí.

Continuará.