Autor Original: OMGitsgreen

ID: 2835307

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Painting Flowers

Arthur sintió el frío líquido pasando sus labios resecos y deslizándose por su garganta como una serpiente fantasmal, antes de asentarse en su estómago pesadamente. El sabor del vino Sapphire hormigueó en los labios y lengua de Arthur como la mejor menta y, sin embargo, era tan cremoso y dulce como el más caro de los chocolates. Arthur dejó la copa con sapphire en la bandeja de plata que sostenía el sirviente arrodillado junto a su trono, antes de volver a mirar a la familia que se había reunido frente a él. El sirviente se alejó del trono por el suelo de mármol para rellenar la copa.

"Bueno, ¿qué pasa? No tengo todo el tiempo del mundo" dijo Arthur, posando su brazo con aburrimiento y permitiendo que uno de los sirvientes deslizase delicadamente el guante que había usado para alzar la copa de la bandeja y sustituirlo por otro. Sería insólito que Arthur tuviese algo menos que la perfección. Nada manchado, nada roto, todo perfecto.

Para Arthur, que era la Reina de Espadas. Una reina solitaria que gobernaba un Reino que florecía bajo su segura guía. Sin embargo, tan eficaz como era Arthur como Reina, era tan frío como el invierno y tan cruel como la espada que descansaba al lado de su trono. Se rumoreaba entre la gente común que sus ojos verdes, los cuales eran tan desconcertantes como trozos de madera en la oscuridad, podían atravesar el alma de cualquier persona que se acercase a él. Porque, incluso Iva, Rey de Tréboles y seguramente uno de los hombres más terribles y horribles de todos los Reinos, prefería estar en una alanza que encontrarse a la Reina Arthur en batalla.

La gente le echaba la culpa al hecho de que su aterradora Reina nunca había encontrado a su 'pareja', el Rey. En Cards, aquel por el cual tu reloj hacia tic tac era tu pareja, y sin ella, nadie podía conocer nunca la verdadera felicidad.

Pero hoy, ya fuese porque la Reina Arthur lo sabía o no, ese aspecto de su vida cambiaría para siempre.

El hombre sentado frente a la Reina Arthur vestido con sus mejores ropas, obviamente por aparecer frente a la Reina en persona. Estaba arrodillado con la cabeza baja, tan baja que los temblores seguían pulsando sus piernas.

"Su majestad, provengo de la ciudad de Solitarius, en la porción norte de Espadas, donde Espadas y Diamantes se unen. A lo largo de nuestro distrito ha estallado una hambruna por el cultivo. Mi ciudad, y nuestra ciudad hermana, Patienca, están en un estado horrible. Por favor, si está en el buen interés de la Reina, haga algo" dijo el hombre, su voz diluida con el acento del norte. A ojos de Arthur, a pesar de que parecía arrodillarse más, si seguía así se partiría por la mitad. Sin embargo, Arthur siguió inspeccionando su guante, como si esta conversación no le causase mucho interés.

"Norte de Espadas, ¿eh? La rana se filtra más en nuestras fronteras, contaminando vuestro acento. Es tan repugnante que me dan ganas de vomitar" dijo la Reina con desprecio "¿Qué está haciendo en esta ciudad, señor…?"

"Let. Raul Let Jr. Soy el hijo del alcalde de la ciudad. Sin embargo, mi padre está mayor ya y no podía hacer el viaje"

"Ah, ya veo, Raul Let Sr es tu padre. Es un buen nombre que sirvió en mi ejército en la guerra contra Corazones. Supongo que consideraría el ayudarte, solamente si me das algo de igual importancia de tu preciada ciudad" dijo la Reina, mirando a Raul, taladrándole con sus ácidos ojos. Raul alzó la mirada durante un momento, antes de empalidecer y dirigir sus mirada de nuevo al suelo.

"¡Sí! ¡Cualquier cosa que pida, su alteza!" dijo rápidamente Raul.

Arthur hizo una seña al criado con la bandeja de plata y la copa de zafiros, y recuperó su vino Sapphire y bebió de este mientras sus pensamientos daban vueltas en su cabeza. Arthur siempre podía pedir a la esposa de Raul, pero una vez más, el tener concubinas era siempre un problema pues acababan peleándose entre ellas a muerte con las buenas herramientas de la cocina. Oro y joyas eran algo que podía ganar por su cuenta…quería algo más. Algo…más grande.

"Mi Reina, ¿qué es lo que tiene en mente para la compensación?" el leal Jack de Arthur, Yao, dijo inclinándose contra el trono de Arthur, su túnica de seda haciendo ligeras cosquillas en la piel de Arthur. Como el consejero de mayor confianza de Arthur, Arthur estaba seguro que tenía muchas ideas, sin embargo, con este tipo de cosas era mejor que la Reina decidiese por su cuenta. Por fin, Arthur tomó un sorbo de su bebida y se giró hacia Raul.

"Consideraré la oferta, y esta noche quédate aquí en el palacio. Por favor, vuelve a la sala del trono mañana, dos horas después del amanecer, y haremos los arreglos" le dijo Arthur a Raul, el cual simplemente se inclinó una vez más con otro agradecimiento, antes de alejarse precipitadamente tras un sirviente. Arthur le observó irse antes de volver la mirada hacia Yao "¿Qué es lo siguiente en mi agenda de hoy?"

"Ahora debe reunirse con la Sociedad de Merlin para algunas negociaciones sobre el presupuesto" dijo Yao, marcando algo en un trono de pergamino. Arthur simplemente suspiró y se dejó caer ligeramente en su trono.

Hoy, para él, eran solo negocios como siempre.

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Si había algo que Arthur amaba más que las existencias de joyas del vino en su sótano, o los cientos de joyas brillantes en su sala del tesoro, o incluso los pasillos decorados con sus tapices favoritos que documentaban batallas épicas o preciosas fábulas, era su jardín. El jardín de la Reina era uno de las cuatro maravillas de Hoyle, una colección increíble de todas las flores de Espadas. Y esas flores estaban pintadas de diferentes colores de su agrado por sus muchos artistas, todo dependiendo de su estado ánimo. Este Edén era algo que podía ser moldeado y esculpido a su visión, y era algo que intentaba perfeccionar constantemente.

Por la noche, Arthur a menudo vestía un par de pantalones y túnica mucho más informales junto con algo de abrigo (todo hecho de la más fina y suave seda de Espadas y con toques plateados) y se movía entre filas y laberintos de flores y simplemente las admiraba. Arthur estaba bajo la impresión de que no había momento más agradable para ver sus queridos brotes que cuando eran bañados por la luna llena. Algunas veces, incluso se permitía a sí mismo el tomar una taza de té ahí.

Hoy, muchos de sus sirvientes habían pintado sus rosas de azul y blanco. Ya estaba llegando el otoño y a pesar de que la Reina había encantado su jardín hace muchos cientos de años para evitar que se marchitasen, Arthur siempre se ponía un poco nervioso cuando el momento de la temporada en que el desvanecimiento de la belleza llegaba.

Tocó suavemente la flor de una rosa blanca, pasando sus dedos contra los suaves pétalos antes de levantarla suavemente hacia su nariz para oler el agradable aroma. Arthur sonrió ligeramente; esto era el paraíso en Hoyle para una criatura antinatural como él. Los que tenían el papel reales de Espadas había estado a cargo desde que los pueblos se habían organizado en reinos. Seguramente todos habían sido humanos en algún momento, ya que todavía tenían parejas y sus relojes todavía se movían, pero todos tenían unas vidas anormalmente largas.

Pero la pareja de Arthur nunca había venido a por él.

El dolor inmediatamente se disparó en su pecho ante el pensamiento. Para no seguir lastimándose a sí mismo por dentro durante más tiempo, Arthur pasó los dedos suavemente por encima de los pétalos azules y blancos antes de llevar su mano al reloj inmóvil en su bolsillo. Sin embargo, además de esa repentina llamarada de dolor, el pecho de la Reina se sentía extraño, como el resto de su cuerpo, mientras construía una prisión sin sentimientos en torno a su reloj.

Hace mucho tiempo, al principio de su reinado, la Reina había buscado desesperadamente a su otra mitad. Arthur había esperado y esperado y esperado, pero él o ella nunca habaa venido a por Arthur. Y fue entonces que Arthur se dio cuenta que no era como si el Rey no pudiese encontrar a Arthur, era que no existía pareja para él. Obviamente había algo inherentemente malo en él. Nadie le amaría jamás. Nadie cuidaría de su reloj.

Arthur estaría solo siempre.

El darse cuenta finalmente de eso había marcado la diferencia en la mentalidad de la Reina. Había necesitado llenar el vacío de su desesperada alma, por lo que la reina la llenó de cosas inanimadas, tales como los manjares más deliciosos, bebida, tierras, poder y joyas. Ofreció su reloj y su alma a sus tesoros más preciados y su jardín pues estos no le atormentarían tanto como los humanos lo hacían. Los humanos no eran seguros. Nadie estaba a salvo.

Así pasaron muchos años, y luego la soledad se volvió felicidad. Era bueno estar solo, se aseguraba Arthur a sí mismo; sin lugar a dudas era una molestia el enfrentarse a otros. Y si mi pareja existe, ¿no merece a alguien mucho mejor? Está bien si no soy buscado. Mi amor, mi querido Rey, haría cualquier cosa para mantenerte alejado del sufrimiento. Así que no me busques. Aléjate de mí… por favor… aléjate…

Además, ¿quién querría una Reina rota?

Arthur siguió mirando sus flores con la misma ternura que compartía cuando una madre miraba a su hijo. La Reina bordeó los tallos con sus dedos, antes de arrastrarlos a lo largo de las espinas. No le importaba como las puntas se clavaban en su pie y provocaban que su sangre se derramase, coloreando su propia piel pálida de rojo. El dolor externo ni siquiera molestaba ya a la Reina.

"¡Buenos días! ¡Puedo entender por qué una criatura celestial visitaría los jardines reales, aunque estoy sorprendido de ver a uno en vivo!" le sorprendió una voz fuerte y alegre, sacándole de su bendita calma y sacándole un sonrojo. Arthur se dio la vuelta para ver a un chico alto y ancho. Arthur apretó los dientes con completa indignación mientras djaba caer el tallo manchado de sangre sobre el césped.

"¡Espero que sepas que estás hablando con la Reina de Espadas, plebeyo! ¡Podrías ser decapitado por ese delito hacia mi persona!" dijo Arthur entre dientes, aunque el muchacho siguió riendo, su amplia sonrisa atrapaba la luz de la luna y el parpadeo en la noche. Al acercarse más a la visión, aunque su cara todavía estaba en la sombra, Arthur captó un brillo azul en sus ojos, el color de los zafiros más caros de Espada, los cuales brillaban de alegría y felicidad y estaban llenos de todo lo bueno en este mundo.

"Por supuesto, su alteza. Podría hacer lo que quisiese conmigo, no soy más que un simple jardinero" declaró el joven con simpleza, como si no estuviese hablando de la próxima muerte que podría recibir.

"¿Y qué te hace pensar que no lo haré?" dijo la Reina, algo agitado. ¿Cómo es que este adolescente no le tenía miedo? Arthur estaba seguro de que estaba comportándose verdaderamente aterrador, como hacía con la mayoría de los plebeyos. ¡Qué persona tan irritante!

"nada en particular me hace pensar así, aunque alguien que es tan amable con las flores, debe de ser una persona amable y gentil. O al menos, eso es lo que mi madre solía decir" explicó ligeramente el jardinero mientras se inclinaba y empezaba a regar las rosas. Arthur le siguió tranquilamente durante unos instantes antes de girar sobre sus talones.

"Me voy" anunció la Reina y empezó a alejarse, como si intentase lograr algún tipo de reacción. Cuando parecía que sus intentos eran inútiles, empezó a alejarse.

"¿Me permitiría vendarle los dedos primero?" dijo el jardinero yendo tras Arthur, el cual se detuvo inmediatamente y miró sus dedos todavía sangrando durante unos momentos antes de ofrecerle su mano.

"Si es lo que deseas, plebeyo" resopló Arthur, todavía mirando al adolescente antes de alejar la mirada. Para su sorpresa, los cálidos y callosos dedos lavaron suavemente los restos sobre las heridas antes de vendarlas. Pero no fueron los dedos cálidos y bronceados, o las grandes manos las que captaron la atención de Arthur. Sino más bien, fue la expresión en esos ojos que brillaban con la luz de la luna, estando llenos al máximo con la misma dulzura del cielo en verano. Bajo la mirada de esos ojos, ojos que le miraban del mismo modo que a un plebeyo, la Reina se sintió como si se derritiese.

[tic]

Tan pronto como el jardinero terminó, le dio una sonrisa mucho más reservada.

"Asegúrese de visitar al sanador, su alteza. No le gustaría que se infectasen" le advirtió a Arthur, como si estuviese hablando con un niño. Arthur apartó la mano y empezó a alejarse, sintiendo como el vapor silbaba por sus orejas. No miró más al jardinero.

Y Arthur estaba seguro de que sería el fin con eso.

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Arthur realmente no podía creer lo que estaba haciendo.

Solo necesitaba saber el nombre del jardinero, se aseguró la Reina a sí mismo, solo el nombre para poder emitir un castigo apropiado. Y entonces nunca tendría un extraño espiando nunca más.

Cuando llegó a la zona residencial de los Jardineros Reales en el borde más alejado del jardín, por supuesto recibió el mismo tratamiento de siempre. Todos los jardineros y trabajadores exteriores dejaron inmediatamente lo que estaba haciendo para inclinarse ante él, así como preguntarle qué tal le iba, así como desearle un buen día.

"Mi grandiosa Reina, ¿qué es lo que ha hecho que se decida a honrarnos con su presencia hoy?" Dou Dizhu, la encargada, le preguntó a Arthur, inclinándose lentamente. Dou era de la provincia más oriental de Espadas, Chinos, y era un viejo amigo del Jack de Arthur, Yao.

"Me puse en contacto con un jardinero bastante desagradable alrededor de la medianoche de ayer. Querría saber el nombre de dicho jardinero y asegurarme de que recibe el castigo adecuado" dijo Arthur con calma, aunque dándole una mirada a Dou que provocó que la jardinera le diese la vuelta desesperadamente a su delantal.

"Medianoche, medianoche, medianoche. ¿Alguien sabe quién estaba trabajando a medianoche?" preguntó Dou, con pánico.

"Yo lo sé" dijo una mujer mayor, caminando con la ayuda de un bastón. Arthur volvió su mirada hacia ella.

"¿Quién fue?"

"Soy Maria Black, su alteza. Soy la empleada más antigua del personal de jardinería, y ayudo hoy en día con el riego, sobre todo. Uno de mis más recientes empleados, un fuerte jovencito ofreció tomar mi lugar la pasada noche" dijo Maria, con el acento de alguien de la ciudad natal de la Reina, Albion. Con ese conocimiento, la mirada de la Reina se suavizo bastante.

"Puedo entender todo eso, pero, ¿quién fue?"

"No lo diré, su alteza. Puede preguntarle a cualquier persona del castillo, mi señor, pero ese joven no es más que un alma cálida y amable. Por favor, permíteme tomar el castigo en su lugar" dijo María con una reverencia. Arthur suspiró suavemente.

"Bien, Dou. Reduce su paga. Nada menos que cuatro oros" ordenó Arthur antes de girarse, sin molestarse en mirarles a ellas o a cualquiera que saliese del edificio.

Durante todo el día, la Reina no pensó en nada más que en el jardinero, y le sorprendía lo mucho que el simple hecho de no saber quién era, le estaba molestando. Quizás era solo el hecho de que le había mirado con igualdad, sin rechazarle, o tal vez que había sido amable con él, demasiado amable. O quizás solo era por esos ojos azules, esas gemas de verano, que ansiaba poseer con desesperación. En cualquier caso, le estaba volviendo loco.

"Arthur, creo que necesitamos hablar de algo" dijo Yao, llevando a Arthur a un lado y sacándole de sus pensamientos, y llevándole a su estudio, después de otra de sus interminables reuniones.

"¿Qué sucede, Yao?"

"He estado pensando que sería mejor entrar en una alianza con Diamantes" dijo Yao con seriedad, sin embargo Arthur simplemente le hizo un gesto con cansancio.

"Ya tenemos una alianza con la rana, por si lo has olvidado"

"No estoy hablando de una simple alianza. Los otros consejeros y yo hemos estado pensando, y creemos que sería por nuestro mejor interés el que te casases con el Rey Francis de Diamantes. Los plebeyos están nerviosos por la inestabilidad de la monarquía sin un Rey. Si te casas con Francis, solo políticamente, entonces podemos asegurarle a las clases populares el poder de Espadas" explicó Yao lentamente, como si estuviese hablando con un niño. Arthur, en su sorpresa, sintió que su mandíbula caía, aunque cuando no tuvo nada que decir simplemente la cerró una vez más.

No había nada que pudiese decir a eso. No había realmente una razón por la que no pudiese casarse con el Rey de Diamantes, sin importar lo disgustante y desagradable que era Francis. Se conocían el uno al otro desde niños, y podía llevarse con Arthur mejor que otros.

No había nada malo en ello. Absolutamente nada. Arthur sabía eso a nivel intelectual, pero solo pensarlo hacía que el pecho de Arthur se estrujase con dolor. Todos finalmente habían perdido la esperanza en él, y todos sabían su más profundo y oscuro secreto. Ningún Rey iba a llegar a por Arthur. Era inútil el esperar o soñar con el abrazo amoroso de su pareja.

Era inútil así que Arthur necesitaba avanzar y elegir lo que era mejor para su gente. El conocimiento podría destrozar a un hombre más pequeño pero no destrozaría a Arthur. este era su futuro, su destino.

"Necesito pensar en ello" admitió Arthur en voz baja.

"Por supuesto, no estoy apurándote. Es una decisión muy importante" dijo Yao, retrocediendo un poco, Arthur le miró durante unos largos instantes.

"¿Qué se siente cuando encuentras a tu par?" preguntó la Reina, como le preguntaba a Yao con frecuencia, caminando hacia la ventana más cercana, mirando hacia su jardín. Pero hoy, Yao decidió confortarle con su respuesta.

"Sentí un calor como ningún otro, una plenitud. Ahora no creo que pueda seguir sin Ivan" dijo Yao con simpleza, hablando sobre su pareja, Ivan, el Rey de Tréboles.

"¿No tengo esperanza, Yao?" le dijo Arthur, con la misma falta de emoción de siempre.

"No creo que sea el caso, Arthur"

"Entonces, ¿qué es lo que crees?"

"Creo que tu pareja simplemente murió antes de que pudiese encontrarte, eso ocurre a veces. Sin embargo, estoy seguro que querría lo mejor para ti y para Espadas" respondió Yao, con sencillez. Durante un momento, Arthur se quedó quieto, mirando por la ventana hacia su jardín aunque sin poder verlo. Todo se había vuelto completamente negro.

Si, pensó Arthur, eso tiene mucho sentido. Su pareja, su amor verdadero, simplemente estaba muerto. Estaba fuera de su alcance. Y no importaba cuanto esperase Arthur a que la dulce muerte le liberase para unirlos, nunca ocurriría.

"Por Espadas, haría cualquier cosa"

"Lo sé, Arthur" dijo Yao, apretando suavemente la mano en su hombro.

"Por Espadas lo haría… oh, haría…" siguió diciendo Arthur, sintiendo sus ojos arder, y su garganta taponarse con sus emociones. Yao sabía de esta angustia, pues Arthur solo la mostraba frente a él y gentilmente volvió a su papel de hermano mayor y asesor.

"Shh, mi Reina. Esto es lo que el Rey habría querido, habría querido saber que su reino estaba a salvo y próspero" consoló Yao a Arthur, del único modo que conocía para calmar al joven. Arthur, sin embargo, parecía demasiado lejos como para oírle. Durante un momento, Yao pareció considerar el repetir su frase antes de que Arthur hablase de repente de nuevo.

"Lo que el Rey habría querido…" se hizo eco de manera vacía "Yao, ¿crees que el Rey me habría amado?"

"Con seguridad que lo habría hecho, Arthur" respondió Yao, frotándole el hombro.

"Le amo, Yao. Nunca le he conocido, pero le tamo tanto. He sido fiel a mi Rey, Yao. Nunca he mirado a otro, o he soñado con ser de otro. Solo de mi Rey, Yao, solo a él" admitió Arthur, sintiendo las lágrimas finalmente deslizarse desde sus párpados hasta sus mejillas.

"Sé que lo has sido, Arthur. Pero tienes que seguir adelante. No hay nada que ganar de esperarle por más tiempo" dijo Yao con calma, siguiendo a Arthur a otra habitación mientras empezaba a recomponerse una vez más, reconstruyendo su fría fachada mientras se secaba las lágrimas, dejando la torpeza en su lugar.

"Lo sé… lo entiendo… solo déjame durante un rato" susurró Arthur, dejando el estudio.

"Que tenga una buena noche, mi señor" le dijo Yao, sin ocultar su propio estremecimiento mientras la Reina cerraba la puerta tras él.