"I'm your bitch, you're my bitch."

Cada vez que los miraba eran de un color diferente.

Cafés como restos de café en una taza, con figuras que, de ser miradas con detenimiento y bajo lupa, podían contar la fortuna del espectador. De un suave amielado cuando despertaba, después de noches enteras sin dormir, perdidos en un mar enrojecido por la privación de sueño. Negros como el sol de los desgraciados cuando su cerebro se apagaba y se ponía en auto-piloto. Rojos como una copa de umeshu cuando quedaban tan vacíos, que sólo podían mostrar el interior real de su alma.

Los ojos de Dazai eran lo que más le gustaba mirar en el mundo, y quizá por eso anoche había intentado sacárselos.

Podía pasar horas enteras quieto, fingiendo escribir o leer, pensar, mientras Dazai hacía su vida de gato doméstico, un poco mimado, un poco salvaje, recorriendo la habitación o perdido en un videojuego, cazando el momento para que lo encontrara mirándolo a él. Pasaba pocas veces, y precisamente por eso Mori las atesoraba tanto.

Era una clase de cursilería de preparatorianos, de novela rosa.

Lo único rosa que existía entre ellos.

Cuatro años atrás, las cosas eran completamente diferentes.

Dazai era huérfano, u otro de esos niños con hogares tan rotos que la calle es un mejor destino, nunca lo supo y realmente nunca se esforzó por conocer su historia familiar.

Lo único que importaba era que un día llegó a su consultorio, ofreciéndose a limpiar la entrada o lo que fuera a cambio de comida. Delgado y mugroso, con los dientes de leche cayendo por falta de nutrientes y el cabello tan opaco que era difícil saber de qué color era originalmente, había algo en él que era imposible de encasillar.

Bonito, sí, pero triste y cotidiano como la muerte, era fácil de olvidar, de ignorar. Sin embargo, Mori siguió su instinto, ese bajo y venenoso impulso que nace de las entrañas, de lo más rabioso de uno mismo, y le dejó entrar. Le sirvió cualquier comida, y Dazai se quedó en silencio masticando, mirándolo, con esas pestañas que hacían medias-lunas en sus mejillas cuando pestañeaba.

Impasible, indiferente, como si esperara que Mori comprendiera qué parte del guión seguía ahora, porque todo, no era nada más que una extraña y retorcida puesta de teatro de la cual estaba siendo partícipe sin ser previamente avisado.

El niño terminó de comer el plato, y lo dejó en sus rodillas, mirando al adulto, con sus suaves y brillantes ojos de suave toffee, todavía dulces y vivos. Todavía suyos.

Le preguntó, con una vocecita de espuma, qué era lo que quería que hiciera para agradecerle, y Mori supo qué tragicomedia estaba por comenzar, siendo él quien escribiera cada diálogo y cada escena.

Acarició su cabello, diciéndole que necesitaba un baño, y el niño lo miró, ladeando la cabeza, curioso como un perrito, inofensivo como un pajarito.

Le preguntó su nombre, y Osamu se lo dio, sin saber que uno toma prisioneras a las criaturas inocentes y mágicas como él, conociendo su nombre.

Mori lo tomó, guardándolo en el interior de su corazón, en un sitio del que nadie, nunca jamás, pudo sacarlo.

Lo llevó a la bañera sucia y algo destartalada de su pequeño consultorio, que también era su casa, en ese entonces más bien modesta, y le quitó la ropa con todo el cuidado de un cirujano, usando la poca agua caliente que le quedaba, ayudándolo a entrar. Talló su espalda y lavó su cabello, recorriendo con sus manos sólo vestidas con jabón, cada parte de su piel, sin que Osamu hiciera más ruido que breves risitas que se perdían en el vapor.

Lo vistió con una de sus camisas, tan larga que arrastraba como la cola de un vestido de novia en su camino al que, no mucho más tarde, volvería su lecho matrimonial. Prometió que al día siguiente le compraría algo más adecuado, envolviéndolo con cariño y ternura en las sábanas que compartieron muchas noches. Besó su frente, oliendo el aroma a shampoo barato y humedad, decidiendo que era idóneo semejante perfume para él.

Osamu no entendía lo que estaba por pasar. Tenía diez años y ya sabía que el mundo era un sitio cruel, aunque sus únicos miedos entonces eran el hambre y la lluvia.

Se quedó dormido profundamente, feliz porque tenía el estómago lleno y el cuerpo limpio, y porque la cama que lo sostenía era cálida y confortable.

Fue la última vez que se sintió así.

La mañana trajo el desayuno en la cama, y horas extras de sueño, que fueron rápidamente cobradas.

No hubo gradientes, no hubo piedad.

Mori lo tomó por el rostro y lo besó, con su lengua hasta el interior de su garganta, cortándole la respiración, quitándole la capacidad de reaccionar.

Esos ojos violeta rojizos lo volvieron de piedra con una sola mirada cuando se bajó el pantalón.

Quizá así fue mejor.

Después aprendería que desobedecer dolía más.

Mori levantó su camisa, cubriendo su rostro, descubriendo sus piernas, y Osamu se quedó respirando contra la tela, sintiendo su cuerpo ser incinerado desde el interior.

No lloró, no gritó, no suplicó. Simplemente se dejó asesinar, o al menos eso creyó que había pasado al sentir la sangre correr por sus muslos.

Mori lo llamó de otra manera, le habló de las tres rosas gitanas, de pañuelos blancos y que aquello era la señal innegable de que estaban hechos el uno para el otro, y ahora atados por el resto de la eternidad. Le susurró palabras dulces, le besó con ternura a través de la camisa, dejándolo botado como la muñeca rota que nunca dejó de ser para él.

El hombre se limpió la sangre y el semen contra la sábana, dejando a Osamu ahí, probablemente desmayado, probablemente demasiado traumatizado como para moverse. Aún así, cerró la puerta con candado, por si acaso.

¿Por qué se quedó?

Fue lo que muchos años después se cuestionó, acribillándose a sí mismo con culpas amargas e injustas, como si realmente hubiera tenido el control en algún momento.

Mori cerraba la puerta de la habitación con llave cuando salía, dejándole tanta comida y agua como fuera pertinente, con una soledad tan silenciosa que fue minando su espíritu.

Las drogas que le daba como caramelos, para premiarlo por su buen comportamiento, fueron borrando cada vez más la de por sí imprecisa línea entre la realidad y la fantasía, y así, terminó creyendo que Mori era su salvador, que lo había rescatado porque lo amaba, que en ningún lugar del mundo estaría mejor que con él.

Probablemente era verdad.

Después de dos semanas, Osamu ya no pensaba en nada.

Obedecía, siguiendo su papel como si hubiera nacido únicamente para eso, y Mori para guiarlo y armar su teatro para que pudiera brillar. Sus ambiciones se volvieron cada día más terribles, borrando cada día más sus propios límites, arrastrando al niño con él en su espiral despiadada.

Algunas veces lo golpeaba hasta dejarlo inconsciente. Algunas veces lo violaba hasta que debía intervenir médicamente en él.

Algunas veces le acariciaba el cabello y le preparaba leche con chocolate caliente y panecillos esponjosos. Algunas veces lo llamaba su talismán de la suerte.

Para Osamu,ya no había diferencia entre un evento y el otro.

Todo caía en el mismo sitio roto de su interior, sin que pudiera retenerlo, dejándolo cada día más vacío.

Las pastillas sustituyeron los buenos sueños, y las jeringuillas le daban una falsa sensación de humanidad que Mori no tenía ningún reparo en destruir cuando volvía de sus viajes a la luna.

¿Por qué se quedó?

Porque apenas tenía diez años, y la abstinencia lo hubiera matado.

¿No hubiera sido mejor morir, entonces?

Lo pensó miles de veces, pero, Mori se lo dijo. Tenía un don extraordinario para sobrevivir.

Un don maldito, que se le clavaba bajo la piel con una aguja mucho más afilada y mortífera, rota, incapaz de ser removida, por más que escarbara con sus uñas hasta hacerse sangrar.

Un regalo del cielo que no podía agradecer, porque le pesaba cada vez más.

Mori, por el contrario, lo valoraba como lo más hermoso del mundo. Su llave a la gloria.

Desde muy temprano, comprendió que podía usarlo como un lienzo en blanco, volverlo su as bajo la manga. Le enseñó lo que había que enseñarle sobre el negocio, lo usó como señuelo sin titubear.

Porque nadie sospechaba de esa hermosa criatura, exótica ,no por venir de afuera, sino del mismo centro del infierno. Porque ese niño le pertenecía únicamente a él, y era tan obediente que no dudaba en abrir la boca para que otros hombres lo usaran como su juguete, porque así podía obtener información, porque así podía vulnerarlos y emboscarlos, tomando sus territorios.

Para cuando Osamu cumplió doce, necesitaba completamente de Mori, no sólo por las drogas, sino porque ya no sabía quién era si él no se lo decía, y la desesperación por ver en el espejo nada más que un manchón de tinta blanca, lo hacían sujetarse a su cuerpo con tal desesperación que sus uñas se le clavaban, costándole más de un puñetazo.

Mori también necesitaba de Dazai para ganar, y así, su relación se volvió una serpiente mordiéndose la cola.

Un ciclo infinito de dolor y dependencia.

Ahora, a sus catorce años, Dazai para el resto del mundo, Osamu sólo para él, estaba de pie contra el ventanal que dejaba entrar a una luna muy amarga y rojiza, con la boca entreabierta, aburrido o drogado, con un ojo todavía sangrando por el corte bajo el párpado, siendo el único testigo de cómo estaba subiendo el último peldaño hacia la gloria.

— Sus últimas palabras fueron que yo tomaría el control de la Port Mafia, eres mi testigo.

Susurró, y Dazai no lo estaba escuchando, tan sólo miraba la sangre manchar la almohada, recordando las rosas gitanas y los pañuelos blancos, sabiendo que hay muchas maneras en que alguien puede morir, unas más piadosas que otras.

— Qué envidia—murmuró, suspirando ante el corte limpio en ese cuello arrugado y decrépito.

Mori sonrió, besando su cabello, rodeando su cintura para que salieran de la habitación.

Osamu tuvo la sensación de que el mundo se había vuelto sólo un largo pasillo con diferentes habitaciones para quedarse encerrado.

Ojalá hubiera sentido algo al respecto.