Autora al habla: Yei! Mi primera historia *-*. ¡Espero que os guste mucho!

La inspiración me vino después de leer un headcanon drarry en el que se hablaba de esto mismo *-*.

¡Disfrutad!


Harry sabía que Draco odiaba su marca. Lo sabía porque incluso ahora, después de que hubieran pasado tantos años desde lo de Voldemort, aún era incapaz de mostrarla en público. Siempre tapada, incluso en verano; como si con eso la maldita pudiera dejar de existir.

Como si con eso pudiera evitar sentirse culpable por todo lo que pasó.

Harry también sabía que a Draco aún le asaltaban las pesadillas de vez en cuando. A veces, se despertaba por los pequeños sollozos que su compañero dejaba escapar. Imperceptibles muchas veces, sin embargo, para el moreno, quien se despertaba ante el más mínimo ruido, costumbre adquirida de la guerra, eran suficientes para desvelarlo, mirar preocupado a su acompañante, abrazarlo y acunarlo hasta que este se tranquilizara.

A veces era Harry el que se despertaba bañado en sudor frío, gritando o llorando por las pérdidas que le había causado la guerra. Entonces, era el turno del dragón de consolarlo, aunque esas mañanas siempre acababan los dos llorando, con Draco pidiendo perdón por todo lo que podría haber hecho en la guerra y no hizo y Harry besándolo, asegurándole que todo estaba bien.

Es por eso por lo que el día que Teddy, el ahijado de Harry al que ambos cuidaban después de la temprana muerte de Andrómeda tuvo un brote de magia, sentado en las piernas de Draco mientras este le leía un cuento, que rompió parte de la camisa de este dejando la marca visible por primera vez en mucho tiempo, Harry se asustó.

Se asustó, no por la reacción de Teddy, el niño aún era demasiado pequeño para entender cómo murieron sus padres y todo lo que comportó la guerra y poner ese peso en sus hombros… era demasiado. No. Lo que le preocupó fue la reacción de su amado rubio.

Esperaba llanto, esperaba rabia, gritos… Lo que fuera. Sin embargo, Draco solo se la quedó mirando su brazo fijamente perdido en su propio mundo. Tanto que hizo que Teddy dejara de llorar asustado por lo que había podido causar y la mirara fijamente.

—Tío Draco —preguntó con la curiosidad genuina de un niño—, ¿qué es?

El silencio reinó en el salón. Harry, hasta entonces callado, se levantó dispuesto a tomar al pequeño de las piernas de Draco, alejarse y darle unos minutos a su pareja para recomponerse y volver a tapar la marca. Sin embargo, antes de que pudiera hacer cualquier movimiento…

—Un recuerdo de lo que te pasa si tomas malas decisiones en la vida, Teddy —La voz teñida de tristeza del rubio quebró el horrible silencio que se había formado.

El niño por mucho que lo intentó no pudo entender las palabras del mayor. Demasiado complicadas para él. Sin embargo, sí pudo captar la tristeza que había impregnada y eso le recordó a algo que su profe siempre decía que podían hacer si se sentían tristes y que siempre funcionaba.

Bajó con cierta dificultad de las piernas de su tío quien aun miraba ese feo tatuaje y fue corriendo a por sus rotuladores. Quería hacer algo para que el rubio no estuviera tan triste.

Harry se sorprendió al captar las intenciones de su ahijado, pero no lo detuvo. Quería ver hasta donde podía llegar sin que Draco lo parara antes.

Teddy volvió a subirse a las piernas de su tío y sacó uno de los rotuladores de la caja. Lo destapó y empezó a trazar pequeños garabatos en la piel ajena. Draco se sobresaltó al notar el contacto de algo ajeno en su piel.

—No, Teddy, no lo hagas. No la toques —pidió el rubio.

—Queda mucho mejor así, ¿no crees? —Harry le preguntó llegando hasta él, antes que el niño pudiera contestar, guiñándole un ojo. Tomando un rotulador empezó a imitarlo.

El rubio no dijo nada. Solo se quedó mirando como los otros hacían diferentes trazos por todo su antebrazo. Al final, la marca tenebrosa quedó rodeada de lirios y narcisos dibujados por Harry y de pequeñas florecitas que Teddy había plasmado en la pálida piel.

Y cuando acabaron y alzaron la vista, pudieron comprobar que Draco por primera vez en mucho tiempo no miraba su brazo con odio, si no con una sonrisa.

Y Harry supo que lo que habían hecho iba mucho más allá de solo tapar la marca.

Y lo confirmó cuando días más tarde, el rubio le enseñó el brazo por primera vez por voluntad propia. En él se podía ver el mismo dibujo que él y Teddy habían creado plasmado en tinta. Esta vez para siempre.

Y sonrío. Sonrío porque eso era una señal.

Una señal de que el rubio empezaba, por fin, a sanar.