Un alma que en llamas ardió

Su corazón que una vez amó

Atrajo a ambas razas, las dos

A ángeles y demonios encantó

De un lado a otro sin parar

Hasta a un acuerdo llegar:

Aquella alma enloquecida de amor

Sería dada entre las dos

El alquimista y rey perdió

Perdió a la única en su vida

La que frente a él pereció

Matando su cordura misma

Así un ángel y un demonio

Similares y distintos

Nacieron del alma disputada

Cuya amada fue robada

Ocurrió un día que el rey de una antigua nación perdió a su esposa, dando paso a la locura e ira del monarca. Buscó, experimentó, pero nada podía devolverle la vida. En medio de su furia y decepción, murió. Sin embargo ocurrió algo curioso: su alma llamó la atención de las dos razas más poderosas y conflictivas de aquella era, las única que sobrevivirían hasta nuestros días.

Ángeles y demonios disputaron el alma de aquel sujeto, queriéndola para sí mismos, hasta que un mediador sugirió algo: dividirla en dos.

Aceptaron a regañadientes, adquiriendo ambos una parte que harían renacer en uno más de los suyos. Así fue como un ángel y un demonio, con partes de la misma alma pero muy distintos entre sí, fueron concebidos.

Lo que nos lleva a nuestro presente.

De los cielos descendió una silenciosa a la vez que hermosa presencia. Posó sus pies delicadamente sobre la Tierra y ocultó sus alas, utilizando sus poderes para cambiar su vestimenta por una más parecida a la ropa humana femenina. Una vez hecho esto, ocultó su presencia divina mientras se dirigía hacia un extenso y bello claro en un bosque, alejado de la civilización y, con suerte, lo suficientemente insignificante como para que su padre no la notara.

Al llegar a su destino fue incapaz de reprimir una sonrisa, la persona a la que quería ver ya estaba ahí.

Si su padre se enterara de dónde estaba, o peor, con quién estaba, probablemente la dejaría confinada en algún punto muy alto del cielo, o en el peor de los casos le impondría un sinfín de tareas que le tomaría el resto de la eternidad realizar. Y no, no figurativamente hablando. Eso sin contar las consecuencias que su acompañante podría llegar a sufrir, pero en aquel momento no le importaba en lo absoluto.

Como bien sabía, no todos los ángeles eran del todo buenos, y por supuesto eso significaba que no todos los demonios tenían pura maldad en su corazón. Senku era la prueba de ello.

Se conocieron un día cualquiera, luego de que ella lo encontrara por accidente cuando estaba herido. En aquel momento pudo alejarse y volar lejos de ahí, puesto que era bien sabido que no debía relacionarse con los demonios, pero... No pudo. Lo curó y cuidó de él tan bien como estuvo en sus manos, y ahí se dio cuenta de que aquella raza probablemente no era lo que imaginaba, o al menos Senku no lo era.

¿Para qué negarlo? Cometió la indiscreción de enamorarse de él. Al final resultaba ser que tenían más sentimientos similares a los humanos de los que creyó en un principio.

—¿Esperaste mucho? —preguntó una vez que llegó hasta él, sonriendo.

—No, no te preocupes. Además hay que cuidarnos bien de tu padre y mi madre —ella asintió.

La conversación fluyó como de costumbre, con miradas significativas entre ellos cada dos por tres y sonrojos notorios de parte de ella. Inconscientemente iban acercándose poco a poco, disminuyendo la distancia entre sus cuerpos. Una vez que sus ojos se conectaron no hubo vuelta atrás, sus orbes escarlata le resultaban hipnotizantes, atrayentes. Tanto así que no notó en qué momento sus alientos chocaban y sus narices se rozaban. Sus labios finalmente tuvieron su primer encuentro, suave y torpemente, cálido, detonante de un millón de sensaciones.

Todo estaba mal, si alguien los descubría las consecuencias serían nefastas, pero aquel beso fue la confirmación que necesitaban de que querían estar juntos.

O al menos... Eso fue para Kohaku.

Se separaron con una sonrisa en sus rostros.

—¿Sabes las consecuencias que esto podría traer?

—¿La hija del arcángel Kokuyo y el hijastro de la mismísima Lillian? Supongo que serán muchas y muy graves, pero no estoy dispuesto a dejarlo, Kohaku.

La amplitud y el brillo de la sonrisa de la rubia fue tal que pareció iluminar el bosque, feliz y plena por escuchar aquello, pero el tiempo se acababa y pronto alguien podría notar la ausencia de alguno de los dos. Era hora de partir.

—¿Te veré mañana aquí mismo? —preguntó la chica alegremente.

—Sabes mi respuesta.

Le dio un casto beso en los labios y, más sonriente que nunca, emprendió camino hacia su morada celestial.

Senku bostezó entrando de nuevo en el inframundo, con semblante aburrido y de pocos amigos. Voló un rato hasta donde residía su madrastra, Lillian, más conocida por los humanos como "Lilith". Se adentró en el recinto y llegó hasta ella, quien lo esperaba con una media sonrisa en el rostro.

—Estoy de vuelta.

—Bienvenido, querido Senku. Dime, ¿cómo te fue hoy?

Las comisuras de sus labios se curaron hacia arriba, mientras observaba con diversión hacia su madrastra.

—Se podría decir que finalmente tenemos algo. El enamoramiento es un hecho.

Lillian asintió conforme, pero su mirada se tornó un poco más severa.

—No debes dejar de tener cuidado. Si Kokuyo se entera es claro que la guerra se desatará antes de que estemos listos.

—No lo hará. Con la ventaja que Kohaku me dará, encontraré a los ángeles que mataron a Byakuya y les daré fin con mis propias manos.

Los ojos de Senku eran ahora sombríos, carentes de brillo, colmados de odio y una ferviente sed de sangre.

Nunca olvidaría la visión del cuerpo ensangrentado de su padre, rodeado de muchas plumas blancas, con sus alas violentamente arrancadas y las lanzas del Ejército Celestial clavadas en su cuerpo. Tampoco podía borrar de su mente el momento en que los ángeles retiraron sus armas, desgarrando la piel de pronto extremadamente pálida; ni el instante en que emprendieron vuelo de regreso hacia el cielo, limpiándose con la lluvia que empezó a caer y sin voltear a ver hacia atrás, como si absolutamente nada hubiera pasado.

—Te puedes retirar, cariño, todavía tienes mucho trabajo por delante.

Senku asintió y se retiró a su propia habitación.

En realidad su madre no tenía mayor relación con su plan de venganza, pero lo había aceptado porque ella también seguía desconsolada con la muerte de Byakuya. Lo amaba tanto que la sed de sangre también palpitaba en lo más profundo de su ser, haciéndola ser de nuevo aquella demonio cruel y despiadada que fue originalmente hace milenios.

Todo estaba perfectamente estipulado, había repasado su plan diez billones de veces y no veía posible falla en la metodología: si enamoraba a Kohaku el acceso a la información celestial sería menos restringido y con un poco de esfuerzo y tretas de su parte, podría sacar los nombres y apariencias de quienes habían asesinado a Byakuya; él recordaba bien sus rostros, sólo era cuestión de localizarlos con ayuda de la princesa celestial.

Porque bueno, Kohaku podía contar como una princesa tanto como él como príncipe, pero eso era lo de menos.

Había repasado su plan diez billones de veces y nada parecía poder contrarrestarlo, por mucho que se esforzara en buscar variantes que lo hicieran fallar.

Pero hubo una que jamás consideró siquiera, una que descartó inmediatamente después de que Lillian la mencionó, una que lo hizo reír y pensar que era la cosa más ridícula que había oído.

Jamás pensó que podría llegar a sentir ese beso.

Y eso no era bueno.

Nada bueno.

Los meses transcurrieron. Cada que Lillian le preguntaba a Senku por el progreso del plan, él alegaba que necesitaba tiempo para no sonar tan sospechoso mientras le sacaba información a Kohaku.

Y bueno, él era un demonio, mentir se le daba perfectamente.

Lo sabía bien, sabía que debía hacerlo, que entre más rápido averiguara sobre esos ángeles, más pronto obtendría su venganza y podría acabar con esa farsa. Sabía que su madre esperaba resultados tanto como él mismo los quería, sabía que en sí una buena parte del Ejército Infernal ansiaba perseguir a los perpetradores del crimen contra su General, que muchos de su raza confiaban en su talento e intelecto para sacarle ventaja al Cielo en la próxima guerra que sin duda sería desatada.

Pero ya había sido un año desde que besó por primera vez a Kohaku y los avances habían sido inferiores a cero. ¡Era ridículo! Incluso había arrastrado a Kohaku hacia ese pecado que un ángel jamás podría siquiera pensar en cometer, la había corrompido con su lujuria, ambición y orgullo, y ni siquiera con eso había podido hacer la más mínima pregunta sobre la información del Cielo.

Lo peor era que en los momentos de convivencia con ella ni siquiera recordaba su objetivo, esto se le estaba saliendo de las manos y debería tomar las riendas nuevamente de una vez por todas antes de que su plan se fuera al cielo.

Vio a Kohaku llegar a su lugar de encuentro, con su característica sonrisa, radiante y despreocupada. Ni siquiera pudo hablar porque ella ya se había lanzado a besarlo, como era costumbre desde hace un año.

—Hola —saludó al separarse.

—Hola —devolvió el saludo sin demasiado entusiasmo, pensando en cómo podría hacer para que el interrogatorio pareciera una conversación casual.

—¿Estás bien? ¿Pasó algo malo?

"El problema es justamente que me veas así". Pensaba mientras se perdía nuevamente en sus ojos tan limpios y azules como el cielo.

—No, tranquila. Todo está perfecto —acarició su mejilla con sus manos, para luego acunar su rostro y volverla a besar.

"Tengo tiempo".

Cuando Kohaku llegó al cielo esa misma noche, fue interceptada por uno de los mejores soldados y amigos de su padre: Seth.

Kohaku no se sentía del todo cómoda en su presencia, porque sabía perfectamente los sentimientos que él albergaba por ella y los cuales no podía corresponder, pero no era solamente eso.

A veces casi era capaz de ver ciertas expresiones de Senku en él, pero aquello era ridículo, pues eran muy diferentes. Como un clásico ángel, Seth era muy tímido y gentil, siempre pensaba en los demás antes que en sí mismo y tenía un corazón noble. Pero además de eso eran físicamente diferentes. La forma de su cara y ojos era muy parecida, pero su cabello era lacio, cayendo sobre sus hombros, de un color tan blanco como sus alas, con un sólo mechón verde que se posaba al lado derecho de su cabeza. Sus ojos, además, eran azules, nada que ver con los preciosos rubíes de Senku.

No estaba bien compararlos ni era correcto, pero no lo podía evitar.

—Seth... Ya hemos hablado muchas veces. No voy a casarme contigo. De verdad lo siento mucho, pero no puedo corresponderte.

Se sintió culpable al ver en sus ojos la tristeza ocasionada por sus palabras, pero era mejor ser sincera en lugar de lastimarlo.

—Sí, vas a casarte con él.

Aquella imponente voz le causó un escalofrío. Vio sorprendida a su padre, quien se aproximó hasta ellos y puso una mano en el hombro de Seth.

—¿Cómo... Cómo dices?

—Lo que oíste. Lo he pensado bastante y creo que no hay mejor partido para ti que Seth.

—¿Qué...? ¡Espera! ¡No quiero casarme! ¡No estoy enamorada de Seth!

—Incluso entre los ángeles no siempre hay amor, Kohaku —Kokuyo puso las manos en los hombros de su hija, con una mirada de disculpa y empatía, pero ella no podía creer lo que estaba oyendo.

—No...

—Se casarán mañana mismo.

—¡¿QUÉ?!

—Continuaré con los preparativos.

Kohaku volteó aturdida hacia su "prometido".

—¡Seth! ¡¿Qué significa todo esto?!

—Yo... Le pedí a tu padre tu mano y dijo que sí.

Kohaku no dijo nada más, desplegó sus alas y voló sobre la Tierra, por cada tramo del bosque y sus aledaños, con la esperanza de que Senku anduviera por ahí, pero aunque pasó toda la noche buscando, no fue capaz de verlo.

El vestido era precioso, su cabello estaba más hermoso y brillante que nunca, todo en ella lucía majestuoso y celestial, pero eso no podía importarle menos.

La obligaban a casarse. ¡Se iba a casar sin amor! ¡Y se suponía que eran el bando justo!

Desde esa mañana tuvo muchos intentos de escapar, pero la seguridad estaba inusualmente rígida, como si esperaran que se fuera a la primera oportunidad.

Se observó a sí misma en el espejo con desesperación. Quería usar esas ropas, pero no para Seth, y no sabía de qué manera salir de esto. No solamente estaría atada a él sin la posibilidad de volver a escaparse como hasta ahora, sino que, aunque los ángeles no solían intimar, era un hecho que si se descubría que ella ya había cometido ese "pecado" muy probablemente sería juzgada duramente.

Mientras iba camino al altar, su miedo crecía de forma considerable. Todo su cuerpo temblaba ante el rechazo de sucumbir a aquella ceremonia. No podía ni quería aceptarla, pero estaba en clara desventaja con todo el Ejército Celestial rodeando el evento.

"¡Senku!"

—¡Kokuyo-sama! ¡Hay un demonio en el Cielo!

Todo el mundo se volteó inmediatamente hacia atrás. Algunos parecían sorprendidos, otros claramente enfadados, pero ella sólo podía mirar con ojos brillantes al recién llegado, quien parecía en realidad furioso.

—¡Es él, Kokuyo-sama!

Estaba tan emocionada, que no comprendió en absoluto la afirmación de Seth, y no reaccionó hasta que toda la armada se abalanzó contra Senku, quien ahora se veía respaldado por una horda de demonios. Su padre y Seth estaban concentrados en atacar a su demonio, por alguna razón más furiosos de lo que deberían estar por "interrumpir" la boda.

Sin pensarlo demasiado tomó sus armas y arrancando el velo de sus cabellos voló hacia donde estaba Senku, pero antes de poder alcanzarlos fue detenida por Kinro, uno de los ángeles más fuertes.

—¡¿Qué haces?!

—Para nuestra sorpresa, lo que dijo Seth resultó ser cierto: te estabas viendo con un demonio.

Kohaku se quedó petrificada al oír aquello, no entendiendo absolutamente nada. Senku también los observó sorprendido antes de repeler un ataque del tal Seth. ¡¿Qué demonios?!

Acudió al cielo cuando la noticia de la dichosa boda de Kohaku llegó al Inframundo. Odiaba darse cuenta de que lo que lo movió no fue el estar tan cerca de perder la oportunidad de vengarse, porque cuando se dio cuenta ya estaba volando, yendo directamente a invadir territorio que para él era prohibido, en busca del ángel con el que había pasado los últimos meses.

Por desgracia, al tener el intelecto más que la fuerza de su lado, mantenerse firme contra dos ángeles le estaba costando demasiado, pero por fortuna Kohaku finalmente reaccionó y se libró de Kinro, cruzando espadas con Seth.

—¡No sé cómo sabes eso, pero no era de tu incumbencia! ¡¿Por eso le pediste mi mano a mi padre?!

—¡Más bien él aceptó precisamente por eso! Matábamos dos pájaros de un tiro: tú te alejabas de esa asquerosidad y nosotros lográbamos que saliera para darle su merecido.

—¡¿Su merecido?! ¡Estás loco! ¡Están locos!

—Piénsalo, Kohaku, ¡piénsalo! ¡¿En serio crees que un demonio tiene la capacidad de amar?! ¡Sólo te utiliza!

—Créeme, niño. Los demonios sí que podemos amar.

Toda aquella batalla se detuvo en tanto aquella voz resonó por el lugar. Con porte majestuoso y algo sensual, Lillian entró en el cielo avanzando directamente hacia su hijo.

—Kokuyo, detén esta locura.

—¡Fue tu hijo quien irrumpió en nuestros dominios! ¡Fue tu hijo quien enamoró a mi hija sin que supiéramos sus motivos! Tú eres quien debe pararlo, Lilith.

—Es verdad, Senku hizo todo eso, y en efecto, con un motivo detrás.

El silencio se hizo nuevamente. La mirada horrorizada de Kohaku se posó en Senku, sin que éste se atreviera a verla de vuelta.

—Y esos motivos son mis órdenes.

—¡¿Qué?! ¡Mamá-!

—Cállate —Senku la observaba genuinamente sorprendido, por la orden recién dada y por las palabras que salían de sus labios —. Es muy simple, Kokuyo. Nosotros no iniciamos esta guerra, pese a haber invadido el Cielo. Todo empezó con ustedes matando a mi esposo.

La frialdad en su mirada y su voz, hizo estremecer a muchos.

—¿Nosotros? No he dado ninguna orden como esa, mi ejército no se ha acercado a sus dominios y menos a algún demonio. ¡Teníamos un tratado de amnisticio, Lilith!

Por primera vez desde que Senku tenía memoria, observó a Lillian perder los estribos, sacando toda su furia, de tal forma que sus cuernos crecieron de forma amenazadora y unas potentes llamas comenzaron a emanar de su cuerpo.

—¡¿No?! ¡PUES DÉJAME CONTARTE QUE FUERON TUS ÁNGELES LOS QUE ASESINARON A MI ESPOSO! ¡¿Y TE ATREVES A SACARME EN CARA EL TRATADO?! ¡ESTA GUERRA EMPEZÓ PORQUE ME ARREBATARON A LA PERSONA QUE AMABA, KOKUYO! ¡MATARON A BYAKUYA FRENTE A MI HIJO!

A este punto, nadie comprendía bien lo que estaba sucediendo, pero podían sentir algo muy claramente: la tristeza profunda de la reina del Inframundo que emanaba en esas llamas de ira.

Kohaku tuvo que cubrir su boca al escuchar la última parte.

Todo el mundo enmudeció y nadie fue capaz de mediar palabra. Las llamas empezaron a disminuir poco a poco, los cuernos de la mujer volvieron a su tamaño normal y ahora sólo se veía su rostro surcado por las lágrimas, pero sin perder la fina elegancia con la que había llegado.

—Tú dirás, Kokuyo.

El rubio tragó saliva, sin saber cómo proceder.

—Lilith, te digo la verdad cuando afirmo que no he dado ninguna orden. Byakuya, tú y yo creamos el tratado hace tantos siglos justamente con aquella alma y en todo este tiempo no he tenido intenciones de romperlo.

—Pues fueron claramente ángeles los que vi derramar la sangre de mi padre —aportó Senku lentamente, todavía sin atreverse a mirar a Kohaku.

—Si le pedí a Senku que se acercara a tu hija, fue para averiguar sobre esos sujetos precisamente, pero sé que en el proceso mi hijo se enamoró, y al contrario de ti, por lo que veo, yo sí quiero que él tenga lo que a mí me arrebataron.

Senku observó a su madre sintiéndose culpable, pero a la vez preguntándose desde cuándo ella sabía de sus sentimientos y porqué no le había dicho nada.

—Antes de aclarar ese punto, me gustaría que me dijeran cómo se veían los ángeles que asesinaron a Byakuya.

Senku y Kokuyo cruzaron miradas, y cuando el demonio dio la descripción detallada de los agresores, Kokuyo pareció tan furioso como ellos.

—Fueron exiliados hace años por causar disturbios en el Cielo, sé perfectamente a quiénes se refieren, y en pro de que nuestra relativa paz regrese, les prometo buscarlos y traerlos ante ustedes para dictaminar una sentencia —ahora se volteó y se dirigió a todos los presentes, ángeles y demonios —. ¡Este enfrentamiento armado ha terminado! ¡Los ángeles nos rendimos!

No se podía negar la sorpresa en los rostros de todos ante esas declaraciones. Lillian también se dirigió a su ejército.

—Nuestra relación será muy tensa hasta que el asunto de Byakuya se resuelva, pero momentáneamente vamos a retirarnos y declarar un alto al fuego.

Todos bajaron sus armas.

Menos uno.

—Entonces... ¿Qué es lo que sientes por mí? —preguntó tímidamente Kohaku, acercándose a Senku una vez todo pareció calmarse.

Fueron unos minutos llenos de muchas emociones y sin duda se sentía muy indignada por haber sido usada, pero sí Senku era sincero esta vez, consideraría la opción de darle la oportunidad de redimirse. Ciertamente, quería intentar estar a su lado.

—Kohaku... Lillian tiene razón, yo...

Un grito de horror se extendió por todo el lugar, dejando impactados a los presentes. Kohaku profirió un grito desde lo más profundo de su garganta, siendo seguido inmediatamente por el de Lillian.

La sangre salía a borbotones por el pecho de Senku, que había sido atravesado por la lanza de Seth.

El ángel fue inmediatamente detenido por los otros ángeles, quienes trataban de alejarlo de la escena.

—¡SENKU! —Kohaku y Lillian se arrodillaron a su lado, llorando a lágrima viva mientras veían la vida disiparse de los ojos de Senku.

Aquellos ojos, tan rojos como la sangre que se escurría debajo suyo, y que siempre había amado, ahora no tenían ningún brillo. El tono sarcástico de su voz no se escuchaba más y el latir de su corazón se había extinguido completamente.

Kohaku y Lillian temblaban incansablemente, mientras Kokuyo tomaba de los hombros a Seth, cuestionando su decisión.

—¡Era un demonio! ¡¿De verdad estaba pensando en permitir que su hija estuviera con uno?!

—¡Mis decisiones respecto a mi hija no son cosa tuya! ¡Ella puede elegir a quien sea, y entiende de una vez que no eres tú!

—¡¿Por qué?! ¡La amo tanto o más que ese sujeto!

—¡Cállate! —todos observaron a Kohaku, quien abrazaba a Senku contra sí —. Basta de guerras, basta de odio. No sé porqué te enamoraste de mí, o porqué Senku lo hizo, pero estoy dispuesta a terminar con esto de una vez por todas.

De sus ropas sacó una pequeña navaja muy distinta al armamento del Ejército Celestial.

—¿Kohaku? —cuestionó Kokuyo horrorizado.

—Pequeña, ¿qué haces? —Lillian abrió sorprendida sus enrojecidos ojos.

—Dos demonios ya han muerto por nuestra causa, pero tengo la capacidad de nivelar las cosas.

—¡¿Qué?! ¡NO!

Pero era tarde. Kohaku atravesó su piel, desde el hombro hasta su cadera en diagonal, derramando su sangre sobre el cuerpo de Senku mientras recitaba un extraño conjuro.

De forma temblorosa, tomó el rostro de su amado entre sus manos y depositó un último beso en sus labios, sintiendo su vida escapar de su cuerpo. Observó a todos los que la observaban consternados y sonrió, dejándose caer sobre el demonio que la conquistó sin retorno.

Senku abrió los ojos de golpe, tomando una bocanada de aire con desesperación y sentándose de golpe, impactado al ver el cuerpo inerte de Kohaku sobre el suyo.

—¿Se-Senku? ¿Hijo?

Pero él no podía escuchar a Lillian ni la conmoción a su alrededor.

—¿Kohaku? ¡¿Kohaku?!

Su grito de dolor fácilmente pudo compararse al que su amada había dado momentos atrás.

—Somos nosotros, ¿verdad?

Tras darle un digno funeral al bello ángel que robó el corazón de todos, Senku pidió una reunión a solas con Lillian, Kokuyo y Seth.

—¿De qué hablas, hijo?

—La división del alma del rey alquimista que cuenta la leyenda... Nosotros somos esa alma, ¿verdad? —cuestionó nuevamente, observando sin emoción a Seth, quien le devolvía la misma mirada.

Kokuyo y Lillian se miraron y no pudieron más que asentir. No tenía caso ocultarlo ya.

—Y Kohaku era la reencarnación de su esposa, por eso no me dijiste nada a pesar de saber que me estaba enamorando.

—Senku...

—Kohaku quería paz para ambos reinos, y lo único que se me ocurre... —se mordió el labio y suspiró.

—... Es volver a unirnos en una sola alma —terminó Seth.

—Pero...

—Lo haré, y mantendré la paz entre ángeles y demonios así me cueste la vida, en honor a Kohaku.

Nadie pudo impedir que el alma volviera a ser una sola y que un nuevo ser híbrido naciera, como tampoco pudieron arrancarle alguna vez del corazón a aquella mujer que continuaba esperando mientras mediaba las relaciones de ambas razas.

Aporte a la semana Senhaku de Agosto de 2021.

Hola! Los extrañe mucho y de la mano de este fanfic colaborativo en el que mi amada Mary Dragneel, en el que ella hizo fluir las letras y yo las ideas!. Simplemente amo trabajar con ella y espero ustedes aprecien esta historia.

Historia completamente dedicada a mi hermana perdida que la inspiro y logró hacerla perfecta en la hoja y el papel.

Gracias Mary.

Gracias a ustedes por leernos.

Los amo y siempre lo haré.