Ceremonia de semejanza
...He dreams, he wonders what to call this place.
First he thinks: The New Hell. Then: The Garden.
In the end, he decides to name it
Persephone's Girlhood...
Louise Glück - Myth of Devotion
Yamori habla consigo mismo. Yamori cuenta, se pone una máscara, comienza a desnudarlo. Ya ha cortado su tendón de Aquiles. No puede escapar.
Nunca pudo.
Ken llora.
Se le ocurren cosas absurdas, crueles. Si Rize hubiera salido con él en primer lugar, de haber sabido que a él le harían algo así un día. Si Hinami todavía le diría "hermanito", o si le ganaría el asco de verlo así. Si Touka se burlaría de él cuando sirviera café o si el horror y la lástima no la dejarían hablar.
A qué sabrá el café, estar sano otra vez, con amigos y familia, luego de que un tipo como Yamori ha lamido sus labios y los ha mordido, mientras que Ken lloraba y rogaba.
Cuando aún creía que tal vez rogar serviría.
Ja.
No...
Nada impide que Gregor Samsa se convierta en un monstruo inmundo...
Juuzou Suzuya encontró el diario del ghoul. De uno de ellos. Era casi inútil, parecía haber sido escrito con sangre en una pluma de aguja, que Koutarou Amon ubicó cerca de una silla de torturas igualmente sucia con distintos fluídos.
Toda la habitación estaba incriminada como la escena de un asesinato. El edificio en sí. La secta Aogiri se daba a excesos macabros en la oscuridad, el CCG existía para ponerles un alto. A los ghouls organizados y a los asesinos glotones autónomos.
Koutarou Amon se decepcionó del escrito, sin embargo. Los nombres estaban rasgados como si los hubieran tachado con uñas temblorosas en minutos. Igualmente cualquier dato de ubicación útil.
En la narrativa solo había crónicas imprecisas de dolor. ¿El ghoul del parche, Kaneki Ken, lo habría escrito?
Yamori dijo que era una "ceremonia de semejanza", para eso le cortó el talón de Aquiles, como si Ken no sangrara ya suficiente por la piel rota y arrancada.
Como si no hubiera ya gritado hasta quedarse sin fuerzas.
Como si fuese necesario.
Pero lo era.
Yamori puso esa sonrisa perversa, se lamió los labios y arrancó el uniforme del Anteiku, lo hizo jirones, quedó en el suelo como basura, con las vendas. Y la sangre.
Kaneki estaba llorando ya.
"No...Por favor, no...", rogó, probablemente, cuando las manos que lo torturaban corrieron por su cuerpo convulsionado.
Y nunca deseó más estar en ese café, sirviendo tazas a humanos y monstruos por igual, seguro, amado, inmaculado. Jamás se había sentido puro antes de eso. Pero el toque de alguien como Yamori era suficiente.
Cada minuto era un día en el infierno, cada día era un año, no pasó tanto tiempo. Pero Ken envejeció en su juventud. Su cabello se puso blanco, algunos mechones se cayeron.
Nunca creyó en ningún Dios, pero en la deshonra de ser autómata de su propia humillación, deseó que sus ancestros cerraran los ojos, porque no era suficiente que se hubiera convertido en un ghoul.
Incluso los caníbales tenían amor y una dignidad. Yamori lo desnudó, lo cortó, le arrancó piel, puso un cienpiés en su oído, observó a Ken retorcerse, le dijo que era más bello que nunca. Y lo abrazó.
Puede que llorara sobre él, tal vez era sudor, sangre o semen. La imagen se mezclaba con la de Rize tratando de morderlo.
Jason estaba desnudo también, Ken gritó hasta desmayarse pero la oscuridad solo puso un velo perverso sobre lo peor, que sucedió de todos modos.
Gritaba y gritaba por las heridas que Yamori hizo sobre su pecho, para succionarlo, morderlo, acariciarlo, apretarlo contra la cama.
Gritaba y gritaba pero su cuerpo no le obedecía y una erección rojiza, maltratada por la mano cruel de Jason, se levantaba, rebelde, contra aquellos ultrajes.
La primera vez que se puso duro, su madre lo estaba asfixiando, lo golpeaba e insultaba. Ken quiso morir, ella tenía los cabellos desmelenados, mojados en sudor y lágrimas, olía a flores secas y arroz frito.
Él no recordaba por qué peleaban. Las cuentas, su tarea, porque la había mirado de una manera inadecuada.
Pero si recordaba que después de los golpes, aquello tomó voluntad propia. Y él no lo entendía. No quería hacer un bebé con su madre, jamás hubiera sabido cómo.
Además, ella solo se enojó más cuando vio eso.
Lo arrojó en la ducha de agua fría, siguió golpeándolo.
Luego de la primera vez, de todos modos, Ken era como un muerto en manos de Yamori. Un resucitado, una sombra de lo que fue.
Yamori, el Amo, lo besaba, lamía, mordía, apretaba, golpeaba, desollaba y picaba. Bromeó acerca de cortarle el miembro pero Ken se descubrió rogando.
En verdad, en verdad, loco y sangriento, sudado y golpeado como ya estaba...prefería que se la chupara. Rogó que el monstruo lo hiciera, con sus fauces, en la parte más repugnante de su cuerpo.
Lo hizo.
Y Ken se volvió a desmayar, poco antes de seguramente eyacular.
(Rize lo llevó a un lugar mejor y peor).
La ropa de ambos quedó desperdigada por el cuarto de juegos. Ken ya no sabía si le dolían los ojos de tanto llorar o si se estaba quedando ciego como Edipo, por ver lo que le habían hecho.
Su entrepierna palpitaba por las mordidas de Yamori, tenía el miembro en carne viva, su ano sangraba, tal vez así era menstruar.
Llevaba dentro suyo lo que Yamori había puesto, una simiente estéril, caliente y pegajosa en la peor herida. No hubiera podido caminar de un modo u otro.
Ken miró su ropa en el suelo. Estaba rota, Yamori se había limpiado el cuerpo sudado con lo que quedaba de su camisa del Anteiku. Sus pantalones fueron desgarrados antes de que lo llevara a la cama.
Era una muerte muy lenta y humillante.
Luego de un tiempo entre violaciones y torturas, Ken ya no distingue agujas de tornillos clavándose en su piel, el hielo de la nieve cuando Yamori abre la compuerta del techo y permite que caiga sobre su cuerpo herido. Un hueso roto de un músculo. Un alarido de dolor, otro por los ultrajes en sí mismos y la ansiedad.
A veces cree que la voz de Yamori ya está en su mente, como un perfume o Rize. Tal vez él le cuenta una historia o puede que Kaneki se la cuente a sí mismo, porque Yamori está retorciendo su miembro, salpicándolo de semen y sangre, ahogándolo, penetrándolo.
Y es mejor estar en otro lugar, siquiera escuchando una voz maligna y cruel, cuya entonación ya ha memorizado.
Tal vez.
Yamori, el Amo, en su Ceremonia de Semejanzas, tomó su propia ropa, la estrujó como si fuese otra víctima perseguida, apresada e introducida en ese mundo de crueldades y placeres macabros. La rompió, aquellas prendas blancas, manchadas con los fluidos de ambos. Yamori se las puso a Ken, iban grandes para él.
Pero no importaba.
—No estarás aquí mucho tiempo, ¿o si?
Claro, Yamori ya leía su mente. Ken le pertenecía. Llegó a pensar que al evocar a Rize en sus sueños, le era infiel al Amo.
Así que su vieja amiga, la asesina, le susurraba. Como si los dos compartieran el miedo.
Lo hacían.
En una sola carne ultrajada y corrupta.
Yamori lo estaba besando o mordiendo, tal vez lo obligaba a rogar que besara y no mordiera, porque Ken quería conservar sus labios y no sabía si crecerían bien, por cuánto tiempo más podría regenerarse y aún tenía el sueño absurdo de ver a Touka otra vez.
(Pero cómo verla otra vez, así, violado, ¿qué clase de hombre sería para ella? Un remedo que le inspiraría asco y lágrimas, ella nunca más podría confiar en él ni admirarlo).
Entonces Yamori dijo...
"Y Hades cargó a Perséfone, la había secuestrado para sí, por siempre. Pero no le dijo que la amaba, que la protegería, ¿para qué mentir? Le dijo que ella ya estaba muerta y que ya nada podría lastimarla..."
Yamori rió luego de contar su historia. Yamori rió, tal vez solo hubo risa desde un principio, y semen y sangre. Y lágrimas.
Y Kaneki hablando consigo mismo.
Pero Yamori le dijo en algún momento, de noche, contra un soplete o un puñal. Cuando los ojos de Ken se inyectaron de sangre y lágrimas, luego de que el gusto del miembro de Yamori también le quedara en el fondo de la boca.
Yamori le confesó que Ken debía morir porque él necesitaba "hacer otros" que lo entendieran. Hermanos con los cuales llorar. A los que violar. Para no ser el profanado, el corrupto. La basura.
Yamori, Jason, era el que cortaba la basura, violaba al corrupto. Desfloraba, arrancaba inocencia y la comía en un festín.
Ken lo escuchó como se escucha la fiebre que sube por el cuerpo para hervirte y llevarte poco a poco a una tumba.
...En algún momento, escuchar a Rize y quedar con ella en la tibia oscuridad, se volvió perentorio, indispensable.
Y ya no una traición, ni siquiera a sí mismo.
Porque, ¿qué quedaba de Ken, que no hubiese sido violado y quebrado? Qué quedaba de Ken, que no se reflejara en el hambre de Yamori, atravesándolo contra la cama y abriéndole la piel como un carnicero taimado.
El agua de la nieve, el hielo, se metió bajo su piel y todo derritió cuando besó, mordió a Rize y supo que moriría pero...
No importaba.
Pudo liberarse.
Pudo ver al Amo y se dio cuenta de que solo era un hombre mutilado y violado, igual que él, débil, hambriento, viejo, tembloroso.
Yamori fue poca cosa al final.
Luego de romper sus piernas y brazos, de recibir sus miradas de asombro, Ken se descubrió deseando algo.
Algo que pensó que nunca querría hacer.
O tal vez solo a la persona correcta.
Que al final no era una chica de la que estuviese enamorado. Ni de lejos...
Tal vez lo besó luego de arrancarle la carótida, el hombro y de abrirle el esternón para jugar con sus órganos internos.
Quería ver cuánto aguantaba Yamori.
Nada.
Repetía su nombre pero no pedía clemencia. Gozaba.
Y Ken lo besó o mejor dicho, lo mordió, le comió los labios y buscó entre sus nalgas, para meterle todo un puño, patearlo.
Y Yamori explotaba, como un monstruo blanco, rosado, rojo.
Yamori se ofrecía a él, gritaba.
Y Ken pudo haber hecho eso por días, noches, años.
Tal vez nunca recuperaría su virilidad. Pero se había transformado en algo diferente.
Era igual que los cienpiés que usaba Yamori para violarlo. Un ser con autonomía, utilizado, que se vengaba. De quien fuera.
Y renació.
Ken buscó papel para escribir antes de marcharse.
Haise Sasaki estaba redactando sus informes del semestre pasado. No tenía interés en nada más, cuando el cuaderno de lomo negro y páginas sueltas cayó en su escritorio.
—Jamás había leído tanta abundancia de mierda homosexual sadomasoquista y victimismo. Podría resumirse como "Me violó, me gustó, lo violé, me gustó más y además me lo comí". El monstruo que escribió esto no se reformaría con nada, Sasaki —declaró Kuki Urie, sonriendo, como si se guardara el secreto de una provocación.
Lo que solía hacer.
Haise lo había escuchado llegar por el pasillo, pero era su subordinado del escuadrón y no le daba mayor importancia a sus rebeldías. Urie no se había presentado para cenar, tenía en una mano un vaso de fideos instantáneos con tenedor incluido y se notaba que había usado la otra mano libre para arrojarle a Haise ese cuaderno de notas.
A Sasaki dicho cuaderno se le antojó macabro por alguna razón.
—¿Eso es...? ¿Tu parte del informe de la semana pasada?
—Ese informe ya te lo envié esta mañana. Shirazu me causó problemas, como de costumbre —contestó Urie, haciendo una mueca feroz—. ¿No revisas redes sociales, Sasaki? La gente se volvió loca tuiteando sobre nosotros. Que el CCG entorpece denuncias de violación. Que los ghouls son capaces de crear arte, expresarse y sentir...
—Bueno, tú ya sabes que yo tengo esa opinión también, Urie. Por eso digo que no hay que usar la brutalidad si no es necesario...
—¿No has escuchado sobre Ken K.?
El nombre le dio escalofríos a Haise. Tanto como el cuaderno.
—"JusticiaParaKenK" es el hashtag más popular de hoy. De alguna manera se filtró ese escrito, al menos en parte. La gente cree que el CCG secuestró a un estudiante víctima de violación y tortura. Ken K. ¡Un ghoul! Las cosas idiotas que escriben junto al hashtag "YoTambién" como..."Oh, yo también fui violada, me indigna que el CCG secuestre víctimas con dinero de nuestros impuestos". La organización es estatal pero recibe colaboraciones internacionales y de las familias más respetables de Japón. Todos quieren un mundo mejor, sin monstruos. Pero unos adolescentes en internet leen la historia de un niño gay manoseado y ya tenemos la culpa de eso y más. Saiko descubrió el hashtag, pero Tooru tuvo una crisis leyendo. Creo que el gobierno debería restringir el uso civil de redes sociales, ¿no crees?
Haise trató de que sus ojos no se clavaran en el cuaderno. Se dio cuenta de que temblaba. Trató de dismularlo, volvió a sonreírle a Urie, se tocó el mentón.
—Tal vez. No es nuestro trabajo pensar en pruebas de casos cerrados, amigo. ¿Y de dónde sacaste eso?
—Es de una investigación hace años. Buscaba si las acusaciones tenían siquiera una base real. Es obvio que los ghouls violan humanos y supongo que se abusan entre ellos. Por eso son unos malditos monstruos y los matamos, duh.
—No tienes permiso de sacar esto del archivo, Urie...
—A nadie le importa. Pregunté antes. Estaba más bien entre las pertenencias de Koutarou Amon. Juuzou Suzuya dijo que podía llevármelo, iba a dar al incinerador tarde o temprano.
Haise se ahorró de decir que tal vez eso sería lo mejor.
—¿No estabas ya aquí cuando hicieron esa investigación?
—No sabría decirte...
—Vaya. El preferido de Akira nunca sabe nada cuando lo confrontan.
—Soy selectivo con mis batallas, Urie...y ahora que lo mencionas, debo volver a trabajar.
—Si...sobre eso...Me voy a encargar yo de supervisar el entrenamiento de Tooru. Desde ahora.
—No estás capacitado aún para...
—Lo haré. Y punto.
Haise se descubrió tronando sus dedos. Pero forzó aún más su sonrisa.
—Bien. ¿Te vas a llevar el...?
—No. Quédatelo. Eres tú el que no sabe nada del caso más popular de esta temporada. No les importa para nada Torso, el asesino de mujeres, prefieren llorar por un ghoul violado. Qué horror. Aunque no puedo culparlos. Incluso ellos se relacionan entre sí, ¿no? Apuesto a que si es verdad todo eso, él nunca pudo tener una vida normal. Una novia. O lo que sea.
—Quién sabe.
—Buenas noches, Sasaki.
Haise no dejó de sonreír luego de que Urie se marchara. Le temblaban las manos cuando levantó el viejo cuaderno, solo para abrir una gabeta, dejarlo caer en su interior y cerrarla con llave.
Como si el pasado o las letras pudieran morder, atar a una silla, violar.
De nuevo.
