TERCERO DE LA SERIE REDENCIÓN

Inevitable

.

.

Capítulo 1

.

.

La chica caminaba por las calles cubiertas de grava y polvo que, cuando llovía se convertían en un verdadero lodazal. Era un barrio donde no existían las calles con concreto, e incluso llegaban a faltar los servicios más básicos, como el agua potable y el alcantarillado. A su lado la acompañaba el señor Woodward y la señorita Rogers. Ambos trabajaban para una organización benéfica que pertenecía unos importantes hombres de negocios de la ciudad. Esa organización se dedicaba a ayudar a las chicas que antes trabajaban como prostitutas, dándoles un empleo respetable y vivienda digna.

Además, mantenían un centro de educación para adultos y niños, que quisieran aprender a leer, escribir, o algún oficio práctico que les aseguraría estabilidad en su vida. Por eso estaba ella ahí. Tenía cinco meses que el banco la había desahuciado y sin saber a dónde ir, o de qué vivir, había recurrido a ellos. La que fuera su cocinera le dio la dirección de la señorita Rogers al verla sin dinero, sin casa y sin nadie a quien recurrir. Cuando le explicó qué clase de lugar era, se sintió un poco aprensiva, pero finalmente no pudo poner muchas objeciones, pues era eso, o quedarse en la calle.

Afortunadamente, el lugar donde prácticamente había crecido, un colegio de monjas, le había dado educación suficiente como para que pudiera trabajar de maestra. Y a eso se dedicaba ahora. Daba clases en una de esas escuelas, a niños de casi todas las edades, al principio fue un cambio muy brusco y repentino de circunstancias, pero poco a poco se fue acostumbrando. Ahora llegaban caminando hasta el edificio en donde se ubicaba la escuela, porque el carruaje en el que viajaban había sufrido una avería en uno de los ejes. No era un barrio peligroso, pero las mujeres no tenían permitido andar solas, por su propia seguridad, y siempre estaban acompañadas de uno o dos hombres confiables, como el que ahora iba con ellas.

La señorita Rogers, o Amanda, era la directora del lugar, y vivían en la misma casa para señoritas. Debido a su educación, aun le costaba comprender y acostumbrarse a la clase de vida que ahora llevaba. Y más tratándose de mujeres de dudosa reputación, o lo habían sido por un tiempo. Pero como decía su tía: a caballo regalado, no se le mira el diente. No le cobraban el hospedaje, ni la comida, prácticamente podía guardar su sueldo íntegro, y ahorrar para poder irse a vivir en otra parte de la ciudad, y talvez, conseguir empleo como maestra en otro lugar. Al menos no lo hacía mal.

—Hoy me quedaré después de clases, Hilary, necesito atender unos asuntos con los señores Andrew. ¿Quieres que el señor Woodward regrese por ti, o me esperas? — preguntó Amanda una vez que llegaron a la escuela.

—Prefiero esperarte. Necesito terminar de calificar unas pruebas que tengo atrasadas y prefiero hacerlo aquí, es más rápido y más práctico.

—Muy bien. En ese caso, es todo por hoy señor Woodward.

—Muy bien, señorita. Hasta mañana— despidiéndose de ambas se fue caminando por la calle.

—¿Cómo nos iremos? — preguntó Hilary al comprender que no iban a regresar por ellas.

—Siempre que el señor Andrew viene, nos invita la cena y su cochero nos lleva al hospedaje. No tienes de qué preocuparte.

—Bien.

Cada una se fue por su lado, y durante todo el día, Hilary no pudo evitar preguntarse qué clase de hombres eran los Andrew como para que ayudaran tan desinteresadamente a los demás. Bueno, tal vez ese día lo averiguaría.

—¿Hilary? Acompáñame, los señores han llegado. Estoy deseando que los conozcas.

Amanda estaba emocionada, pudo ver Hilary. Y ella estaba intrigadísima, ¿qué podía causar tanta sensación en las mujeres de la escuela? Porque se había dado cuenta que algunas de las maestras, sino todas, se habían quedado después de clases. Y estaban peor de emocionadas que Amanda. Finalmente, todas se reunieron en el comedor, y mientras Amanda volvía a salir, ella se quedó para escuchar cómo comentaban cosas y se adecentaban entre ellas. Parecía que iba a llegar la realeza por su forma de comportarse. Encogiéndose de hombros, pues estaba segura que no tenían nada de extraordinario, se sentó en una silla, lo más alejada del revoloteo del lugar, pero cerca de la puerta por si los dichosos "señores Andrew" fueran unos viejos rabo verde y tuviera que salir huyendo de ahí.

De pronto, desde su lugar, pudo ver que Amanda entraba platicando con dos mujeres. Una de ellas era demasiado atractiva, rubia y exuberante, ojos verde esmeralda, aunque era bajita, no le quitaba el atractivo. Y la otra, una fea cicatriz recorría su rostro y, al principio era lo que llamaba su atención, pero mirándola con atención se podía dar cuenta que era muy bonita. Solo era cuestión de acostumbrarse a verla así. Se preguntó quiénes serían, obviamente no pertenecían a las chicas que necesitaban ayuda. Iban bien vestidas, se veían felices y llenas de confianza. Y era lógico ver que no era la primera vez que estaban ahí. Ella no lo sabía porque tan solo un mes atrás, había trabajado en otra escuela.

Llevaban regalos, para las maestras y para las chicas y los niños, en fin, para todos. Ella se sintió incómoda, había crecido en un ambiente de austeridad y consideraba que los regalos eran una extravagancia. Además de que en realidad, no consideraba ser un caso de caridad, así que se puso de pie solo para darse la vuelta y encontrarse con dos de los hombres más guapos y atractivos que había visto en su vida.

—Lo siento, señorita — dijo el rubio, tomándola del brazo, pues por poco cae —. No vi de dónde salió — sonrió de tal forma que ella sintió que se doblaban las piernas.

—Albert, ya espantaste a la pobre. Permítame — se acercó el otro, y le ayudó a tomar asiento nuevamente. Era obvio que solo los veía como una tonta, y estaba segura que tenía la boca abierta, así se la cerró con fuerza. En ese instante las mujeres que entraron antes se apresuraron hacia ellos y comenzaron a reñir a los hombres.

—Por Dios, Stear, ¿qué ha pasado? ¿Se siente bien, señorita…? — la dulce voz de la mujer con la cicatriz en la cara la sacó de su letargo.

—Sí, yo…en realidad…yo lo siento mucho — dijo mirándolos a los cuatro —. Creo que me paré demasiado rápido y me mareé cuando justo llegaban los señores.

—Hilary, te presento al señor, y la señora Andrew. y al señor, y a la señora Cornwell — dijo Amanda acercándose a ellos. Inmediatamente los rubios le extendieron la mano saludándola cordialmente, al igual que Stear y Patty.

—A mí llámame Candy, y a ella Patty. Y nos da mucho gusto conocerte, según Amanda eres la nueva maestra y haces muy bien tu trabajo.

—Gracias, y mucho gusto — dijo tímidamente. Y ahora se sentía como una cucaracha, al haberse portado así con hombres casados. ¡Qué vergüenza! Solo esperaba que no se hubieran dado cuenta.

—El gusto es nuestro — contestó a la que la rubia llamó Patty —. Espero que te sientas a gusto en el trabajo y en la residencia donde te quedas.

—Sí — su voz salió como un chillido, se aclaró la garganta —. Sí, estoy muy cómoda.

—Porque precisamente por eso acompañamos a nuestros esposos el día de hoy, Candy y yo. Nos gustaría que se sinceraran en verdad, si las habitaciones son confortables, y no solo prácticas. Queremos que se sientan como en casa cuando vivan ahí.

—Entonces, dado que ya empezamos contigo. Nos gustaría saber tu opinión — dijo Candy.

—Aquí es donde nos retiramos — dijo Albert. Se dirigieron a Amanda y se fueron a hablar de negocios.

—Hombres — comentó Candy, viendo cómo se marchaban —. Hicieron un gran trabajo, pero hemos estado en las residencias y hogares y se enfocaron más en la practicidad que en la comodidad. Sabemos que no son residencias permanentes, pero no tienen que ser tan austeras y hasta cierto grado incómodas.

—Entonces, ¿nos quieres decir tu verdadera opinión de las residencias? — preguntó Patty con una sonrisa en la boca. Evidentemente, eran mujeres que, a pesar de ser quienes eran, su sencillez hacía que la gente se abriera a ellas, y eso hizo Hilary.

Por unos minutos les dijo que propiamente dicho, las habitaciones que les proporcionaban no podían llamarse "hogar". Sin embargo, ninguna de ellas decía nada, porque consideraban que lo que tenían era mucho más de lo que les habían dado en el pasado, y decir otra cosa sería como mostrarse desagradecidas a ellos.

—¿Y tu de dónde vienes, querida? — preguntó Candy. Ya habían establecido una especie de comodidad entre ellas, y estaban tomando una taza de té, en la cocina.

—Bueno, soy de aquí. Es decir, de Chicago, viví con mis padres hasta la muerte de mi madre. Dado que mi padre siempre fue…bueno, digamos que siempre le gustó la vida fácil, acabó con la herencia de mis abuelos y no fue bueno en los negocios, le gustaba apostar, y las mujeres fáciles. En fin, ya se podrán imaginar qué clase de hombre era. El punto es que mi única tía me tomó bajo su cuidado y me envío a un colegio católico, fui criada por monjas, cuando ella falleció, tuve que salir, pues obviamente no profeso el catolicismo y mucho menos, me convertiría en monja. Así que, de pronto me vi en una casa hipotecada y casi en ruinas, contrabajos y veía a mi padre y vivía de lo poco que ganaba dando clases de piano. Hasta que un día mi padre no regresó, y el banco hizo válido el desahucio, dejándome en la calle. Con los pocos dólares de mi última clase, y sin nadie a quien recurrir, la mujer que cocinaba dos veces por semana antes que desapareciera mi padre, me buscó y me dio la dirección de un lugar donde ayudaban a las mujeres. Así que aquí estoy, hace casi un año que no veo a papá, y viviendo una vida que no pensé pudiera existir.

—¿Cómo se llama tu padre? — preguntó Patty mirándola con compasión y comprensión —. Tal vez Stear pueda averiguar algo.

—¿Cree que sea posible?

—Sí. Aunque no aseguro nada.

—No importa, estaría más tranquila. Mi padre se llama Mathew O´Neill. Yo soy Hilary O´Neill.

Patty palideció y de no haber estado sentada estaba segura que pudo haber caído al suelo. Ese nombre estaba grabado a fuego en su mente, por las cicatrices que llevaba en su cuerpo. Y no solo en la de ella, sino en la de otras chicas más. En el prostíbulo, todas temblaban cuando escuchaban que había llegado y estaba dispuesto a pagar lo que fuera con tal de que Thelma le permitiera hacer con ellas lo que le viniera en gana. Lamentablemente para Patty, a ella le tocó la ocasión que la mantuvo tres días en la habitación sin darle descanso, solo cuando él salía para drogarse se podía recomponer un poco. Y ahora estaba frente a su hija, de pronto sintió unas náuseas terribles. Candy la observó con preocupación, solo llevaba un mes casada con Stear, pero ya le había contado su pasado, y ya sabía lo que ese nombre significaba.

—¿Se siente bien? — preguntó Hilary notando el estado en el que se encontraba.

—Creo que será mejor que pospongamos nuestra plática para otra ocasión — contestó Candy yendo a auxiliarla —. Por favor, ¿podría informar a los señores que necesitamos irnos, ahora? — pidió a la cocinera que las estaba atendiendo. La mujer salió corriendo pues se dio cuenta que la esposa del señor Cornwell, estaba a punto de desmayarse.

Cuando se enteraban de lo que pasaba, Albert y Stear, dejaron todo lo que estaban haciendo y salieron corriendo para ver qué pasaba.

—¡Patty! ¿Qué pasa, qué tienes? — dijo Stear muy preocupado.

La tomó entre sus brazos y le acercó las sales que le llevó la cocinera. La veía con tanto amor, y la trataba con tanto cariño, que Hilary sintió que se estrujaba su corazón. El amor era tan evidente entre ellos, que sintió un poco de envidia. Sintió que no tenía que hacer nada ahí, así que despidiéndose de Candy y deseándole lo mejor para Patty, se despidió de ella. Aunque era difícil que se acercara mucho a ella, pues Albert la mantenía abrazada con fuerza, como si tuviera miedo de que, al soltarla, le pasara algo. Hilary pensó que sería algo bonito que alguna vez alguien la amara de ese modo.

Casi salió corriendo y en la prisa por subir las escaleras, pues la cocina estaba debajo del primer piso, resbaló. Agitó sus manos tratando de encontrar algo a lo qué sujetarse. Oh, querido Dios, se estaba cayendo, no había manera en que alguien saliera de pronto y detuviera su caída. Ya se imaginaba huesos rotos y magulladuras que le impedirían trabajar. Si es que no se mataba.

De pronto, algo duro y fuerte estaba en su cintura deteniendo su caída. De pronto estaba presionada contra una pared. Una pared que olía exquisito. La pared habló con voz ronca y profunda.

—Estoy acostumbrado a que las mujeres se lancen hacia mí al verme, pero por lo regular lo hacen hacia enfrente, no hacia atrás.

Bueno, la pared tenía un sentido del humor retorcido, y seguía oliendo muy bien. Ella seguía con los ojos cerrados, y él utilizó sus dedos debajo de su barbilla para que levantara su rostro. En cuanto lo hizo, ella abrió los ojos, y lo que vio la dejó sin palabras. Maravillosos y profundos ojos ámbar, enmarcados con espesas pestañas la miraban fijamente.

De pronto comprendió que la estaba sosteniendo entre sus brazos. Y también comprendió que era la primera vez que estaba tan cerca de un hombre de esa manera, o que la sostuviera entre sus brazos, para el caso. Y también comprendió que ella estaba recargada en su amplio y duro pecho. Se sonrojó.

—Yo…yo no… — soltó el aliento que estaba conteniendo, y recobró un poco la cordura —. Yo no me lancé a sus brazos. Simplemente estaba… — se quedó con la palabra en la boca al darse cuenta que seguía en la misma posición de antes. Dio dos pasos hacia atrás para alejarse de él.

—Tranquila. Solo lo dije para aligerar el ambiente. Si la caída hubiera seguido su curso, en estos momentos podría haber estado en el hospital.

—Yo se lo agradezco mucho. No sé qué me pasó, no suelo ser tan torpe.

—Puede pasarnos a todos en algún momento. Recuerdo en una ocasión en que quería superar a mi hermano mayor en una carrera de caballos. Simplemente podré decirle que la torpeza me ganó, y no solo perdí, sino que terminé en el suelo. En mi prisa por ganarle, no ajusté bien el cincho y salí volando cuando obviamente se aflojó la silla, caí como costal de papas.

Sin ser consciente, ella comenzó a reír, sintiéndose inmediatamente relajada en su compañía. Desde que regresara a su casa del convento, no se había sentido tan libre y sin preocupaciones, como en ese breve encuentro.

—Tal vez yo hubiera caído igual, hace unos momentos — comentó ella con una sonrisa en la boca. Él la miró con cierto brillo en los ojos.

—Creo que eso sería imposible. Es usted muy bella, como para caer como costal de papas — comentó seriamente provocando un fuerte sonrojo en ella, él no quiso que se sintiera incómoda en su presencia —, la comparación sería mejor…como un costal de azúcar — dijo para aligerar el ambiente. Y lo logró, pues ella seguía sonriendo.

—Bueno, creo que sería mejor que me retirara para ver si la señorita Rogers se ha desocupado para poder irnos a descansar.

—No puedo permitir eso — le dijo él mirándola fijamente. Su mirada la puso nerviosa y de pronto tuvo miedo de encontrarse sola con este hombre, era guapo y atractivo, pero no lo conocía.

—Yo… — dijo nerviosa. Él se dio cuenta de ello.

—No puedo permitir que se marche sin decirme su nombre. Creo que eso es lo apropiado, ¿no es cierto? Me llamo Neal Leagan. Y no tenga miedo, aquí todo el mundo me conoce, puede pedir referencias de mí, cuando quiera y con quien quiera. ¿Puedo saber su nombre?

—Me llamo, Hilary. Hilary O´Neill

Neal la miró casi con incredulidad. Sus investigaciones ya lo habían llevado hasta ahí para encontrarla. Era casi milagroso que la chica hubiera llegado a una de las escuelas que les pertenecía. Y en realidad no le corría prisa por conocerla. Solo se había separado de sus hermanos y cuñadas, un poco asqueado de tanto romanticismo a su alrededor. Un minuto más de ser testigo de arrumacos, y palabras románticas y hubiera explotado. Así que, en lo que ellos se reunían con los trabajadores, él aprovechó para bajar a la cocina y tomar un tentempié. No contemplaba con tener que detener la caída de una mujer. Una muy hermosa. Con los ojos color miel, esas pestañas tan negras que parecían pintadas, su pequeña naricita, y unos labios suaves y tersos…definitivamente se quedó intrigado. Y luego estaba su largo cabello castaño que llevaba suelto y hasta la mitad de la cintura. Si él tenía una debilidad por una mujer, era su pelo, eso lo detuvo con ella por completo. Por no hacer de lado su cuerpo, que, a pesar de llevar un vestido horrible y gris, lo había sentido contra él, y le dio gracias a Dios por la oportunidad de conocer a semejante mujer.

Con lo que no contaba era que fuera de mujer que había estado buscando. La hija de un hombre, si es que se le podía llamar así, del que él se había encargado de desaparecer.

Ahora lo que quedaba era, tratar de averiguar más de ella. Y no tenía nada que ver con que le hubiera interesado demasiado.

—Hilary ONeill, es un gusto conocerle. ¿Le importaría que la acompañe al patio?

—¿Usted trabaja aquí?

—Podría decirse — no quería que se enterara quién era. Pero por la mirada que obtuvo de su parte, supo que tendría que explicar más su respuesta —. Digamos que suelo ayudar aquí y allá.

—¿Algún tipo de mensajero? — dijo ella tomando el brazo que le ofrecía y caminando a su lado.

—Mensajero, cocinero, ayudante general.

—¿Cocinero?

—Bueno, no se muestre tan incrédula. Vivo solo y me gusta comer bien. Así que tuve que aprender a preparar unos cuantos platillos. Y con la ayuda de varios cocineros, pues, digamos que he aprendido lo suficiente — y no mentía.

Al menos hasta que habían vivido en la opulencia, era él quien cocinaba para sus hermanos. Al ser el más chico, y ellos haciendo trabajo arriesgado, no lo dejaban acompañarlos, dejándolo a cargo de la casa. Al principio se había enojado demasiado, pero no le quedó más remedio que aprender a hacerse de comer, ya que sus hermanos llegaban tarde y la señora que de vez en cuando les hacía la comida, era una mujer sucia que trasladaba esa suciedad a sus platillos. En cuanto a todo lo demás, también era cierto. Ayudaba en todo lo que pudiera, y quisiera.

—Nunca lo había visto antes. Bueno, solo llevo un mes aquí, así que no puedo decir mucho.

—Cuando no me necesitan aquí, suelo trabajar en otros lugares.

—Oh, ya veo.

Cuando la acompañó hasta donde le había dicho, y viendo la posibilidad de que alguien lo reconociera, decidió despedirse de ella.

—Fue un gusto conocerla — dijo tomando su mano, dándole un beso en el dorso.

—Igualmente. Espero que algún día podamos volver a coincidir — contestó ella con una sonrisa en el rostro.

—Lo dudo mucho, lo que tenía que hacer aquí, lo he terminado — él decidió que no era necesario seguir viéndola o frecuentarse de alguna manera.

Ya sabía dónde se encontraba, y que estaba con bien. Así que, a pesar de que era una mujer atractiva a la que le gustaría conquistar, lo mejor era poner distancia de por medio.

Ella sintió una leve decepción ante sus palabras, pero trató de ocultarlo de la mejor manera.

—En ese caso, espero que le vaya bien. Adiós.

Se quedó parado viendo cómo se alejaba de él, y cuando la perdió de vista, se dirigió a encontrarse con sus hermanos.

—¿Ya te sientes mejor? — preguntaba Candy a Patty, cuando él llegó a la oficina donde habían llevado a Patty a descansar.

—Sí. Solo fue la impresión y los malos recuerdos. Lamento haber arruinado la visita, tal vez para la próxima será mejor que vengan solos.

—¡Eso ni hablar! —exclamó Stear disgustado —. Eres mi esposa y tu lugar está conmigo, en tal caso, la que saldrá de aquí será esa mujer.

—¿Qué pasó? — preguntó Neal ya demasiado intrigado.

—Platicamos con una de las nuevas maestras que resultó ser, la hija del hombre que lastimó a Patty. Imagino que los recuerdos fueron demasiado para que ella los soportara y le dio un ataque de pánico — contó Candy resumiendo lo sucedido.

—¿Ya te sientes mejor, Patty? Podemos llevarte con Jenings.

—Estoy mejor, Neal, gracias. Y ella no irá a ninguna parte — declaró Patty viendo como a su esposo no le gustaban sus palabras —. Ella está sola en este mundo, Stear, no podemos dejarla en la calle, desamparada.

—Pues el estar desamparada, no le quita el que vea a todas las chicas por encima del hombro — añadió Albert —. La señorita Rogers nos informó que es una excelente maestra, cuando está con los niños. Porque cuando se trata de enseñar en algún taller para las mujeres, no tarda en mostrarles su reticencia, por la vida que llevaron en el pasado, y ellas se sienten incómodas en su presencia. Precisamente estábamos platicando si era más conveniente que solo enseñara a los niños. Pero ahora, al saber de quién es hija…

—Es probable que su educación tenga que ver con su manera de ser — dijo Candy tratando de calmar los ánimos. Patty asintió.

—A pesar de no profesar la religión del lugar donde se crio, es lógico que las enseñanzas se le hayan quedado grabadas. La moralidad, las normas sociales, y los principios deben estar demasiado arraigadas en ella. Y está saliendo a conocer el mundo, y les recuerdo que el mundo que le tocó conocer, no es un lugar común y corriente — acotó Patty, ya más tranquila y haciendo uso de su sentido común, y empatía hacia la chica —. Por favor — rogó a Stear y a Albert —, denle una oportunidad, solo lleva un mes aquí, si dentro de un tiempo determinado sigue haciendo sentir mal a las chicas, pues pueden despedirla.

—Le daré un mes — dijo Stear —. Y espero que no vuelvas a verla en ese tiempo que pase aquí.

Patty asintió, dándole la razón a Stear. Era mejor mantenerse alejada de ella.

Después de que ella se sintió completamente bien, partieron a sus hogares. Pero el que quedó atrás fue Neal, alegando que había olvidado hacer algo.

En realidad se quedó, porque había decidido que no haría mal en ayudar a la chica a ver con otros ojos la realidad a su alrededor. Y que comprendiera que no todas las mujeres que ejercían la prostitución, lo hacían por gusto, o por decisión propia.

—¿Sigue aquí? — preguntó Hilary, al verlo de nuevo. Ella se estaba preparando para partir a su casa. Debido a la indisposición de Patty, la invitación a cenar y llevarlas a su casa, quedaba cancelada. Tendrían que llegar por su cuenta.

—En realidad, me quedé pensando si me permitiría acompañarlas a su casa.

—Oh, tendría que preguntarle a la señorita Rogers.

—Pues ya lo he hecho, y dijo que sí.

—Pues entonces, está bien.

Él le ayudó a ponerse su capa, y la acompañó al carro de alquiler que ya estaba esperando en la acera. Neal había platicado brevemente con Amanda para decirle que no dijera nada acerca de su parentesco con Stear y Albert. Le explicó su plan, y la mujer accedió agradecida. Sabía que Hilary no actuaba con maldad, pero no le gustaba su manera de tratar a las chicas. Así, mientras caminaba a su lado, estaba planeando cómo "ayudarla" a darse un baño de realidad.

Hilary sentía que le sudaban las manos. Su interacción con los hombres siempre había sido muy limitada. Y ahora de pronto se encontraba con este hombre guapísimo que mostraba interés en ella. Un hombre trabajador, por lo que le había dicho. No quería hacerse ilusiones, pero su corazón latía erráticamente, y sentía cosas en su estómago. No sabía a dónde le llevaría todo eso, pero estaba segura de que no perdería la oportunidad que le estaba dando la vida.

.

.

CONTINUARÁ…

.

Buenas, buenaaaaas, jajajajajaja. Hola de nuevo. Ya llegué con mi último libro y pues es de Neal, a ver qué les parece. Debo confesar 2 cosas. La primera, que mi gusto culposo es Neal! Así que creo que me gustará escribir de él. Y la segunda es que me dio mucho trabajo escribir a Stear, y yo habría podido decir que era más fácil. Solo espero que no las haya decepcionado.

Por otro lado, muchas gracias, nuevamente, por todo su apoyo. Gracias, mil gracias.

Debido a mi demora en terminar mi segundo libro, tendré que publicar dos días a la semana, si Dios lo permite. Así que mis actualizaciones serán más regulares para poder terminar a tiempo.

Esto es todo por hoy...

Hasta la próxima...