Dia 7: Socios del crimen/Renacimiento


Con esto concluimos esta pequeña aventura, esta semana de esta memorable pareja y agradezco tanto a aquella que es mi musa y por la que me es tan natural hablar de amor, pues para ella siento tanto, espero que hayas disfrutado esto también como regalo de cumpleaños.

El escrito se ambienta en los eventos ocurridos en la serie Loki, de Marvel Studios, sin embargo puede ser leida sin conocimiento en la misma,

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Acontecía luego de un resplandor, era como cruzar un túnel y surgir del otro lado cegado por la luz del sol emergente. Lo siguiente eran sus pulmones llenándose de aire, ser consciente de cada latino de su nuevo corazón, un caudal de recuerdos se proyectaba por millones en su mente, desde aquellos mecánicos de sus capacidades hasta la sensación de sus delicados dedos acariciando su rostro y esa deslumbrantemente sonrisa.

Se levantó de golpe con una bocanada de aire, respirando por la boca mientras que su respiración se estabilizaba, sujetó su cuerpo con sus manos atrás y observó a su alrededor intranquilo en reminiscencia de sus últimos recuerdos con vida.

Se encontraba sobre una plancha metálica, era parte de una cámara de contención presurizada dónde el cuerpo había permanecido inerte hasta su activación. Enfilados hacia él extremo derecho había otros tres de ellos, algunos en desarrollo con apenas músculos o tejido óseo, flotando en un líquido que los mantenía inertes.

Está tecnología, era llamada proyecto Fénix, uno de tantos de los intentos militares por recrear al súper soldado, teniendo éxito había cambiado el curso de la historia para siempre, por eso la TVA lo había reseteado, reescrito la historia y confiscando dicha tecnología.

La TVA, era una agencia especial de alcance universal, cuyo propósito primordial era citando sus palabras, mantener el equilibrio en la sagrada línea del tiempo. Existían por supuesto fuera de este y sus agentes, recorrían toda la historia asegurándose que todo transcurriera tal cual como debería ser, como estaba escrito en el destino.

Iguro Obanai, era uno de sus mejores, certero, leal, determinado, el caso que le era asignado se consideraba resuelto y las variantes, llamadas así a las personas que eran o habían actuado fuera de lo determinado por el tiempo mismo, eran inmediatamente "podadas". Lo había sido por años, estando fuera del tiempo era difícil tener una cuenta certera de cuánto era, pero si entonces le hubieran preguntado, sin dudar habría asegurado que lo haría así por siempre.

Entonces, ella se volvió su objetivo.

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Tres años atrás, el portal que lo llevó allí había abierto en las orillas de Shinjuku Gyoen National Garden, este parecía extenderse por varias hectáreas de árboles, un lago, senderos y personas que corrían, jugaban, caminaban o comían juntos.

Iba acompañado con dos agentes además de él mientras ellos vestían la armadura táctica el lleva un treja color negro con una corbata del mismo color, Iguro y uno de ellos iba armado con armas aturdidoras y el otro con algunos instrumentos de medición.

— Se encuentra cerca señor ¿Quiere que nos separemos?— preguntó uno de los agentes.

Obanai sin voltear negó con la cabeza.

— No parece ser ningún superhumano o algo similar, creo que es mejor ser discretos— declaró devolviendo el arma a su funda.

Se aproximaron con la mayor discreción que sus les permitían tener, dada época en la que estaban por los años dos mil, la gente solía ignorarlo pues pensaban en ellos como un grupo de cosplayers, rumbo a una convención.

La observó de espaldas, sus mechones de cabello rosado tal especial descendiendo por sus hombros cubriendo la mitad de su espalda, sus hombros desnudos por causa la camisa de tirantes color roja que vestía. Trabaja en una pintura, un tierno retrato de un gato intentando alcanzar con sus garras una flor.

Sobre la banca descansaban otros dos, uno de una chica como de su edad con un broche de mariposa sujetando su pelo con mechones púrpura y otro de la silueta de un hombre danzando frente a una hoguera.

Antes de hablarle observó su rostro, sus ojos tan sensitivos color esmeralda abstraidos por cada pincelada, sus labios en tono nude entreabiertos, su piel porcelana con matices rosados en sus mejillas como un melocotón. Ell ers hermosa.

— Señorita Mitsuri Kanroji— exclamó Obanai detrás de ella.

La chica se giró y lo miro sonriendo.

— ¿Si?— preguntó con un gesto ingenuo y lleno de inocencia.

Por una razón que en ese momento no comprendió Iguro sufrió una opresión en su pecho, ignoró la sensación y decidió continuar con su labor.

— Queda usted detenida a nombre de la TVA, por alterar la sagrada línea del tiempo.— versó mirándola a los ojos.

Mitsuri lo miró con gesto de extrañeza, los dos agentes que lo acompañaron se pusieron a su lado y la sujetaron de los brazos.

Obanai los fulminó con la mirada y estos desistieron al momento.

— Por favor, ven conmigo, realmente no quiero hacerte daño— indicó Obanai.

Mitsuri resignada se levantó y lo siguió, el agente accionó un dispositivo reactivando el portal y atravesando ambos.

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Iguro se calzó sus zapatos y abotonó la levita que vestía acomodando al final el cuello de su saco, se levantó y observó por la ventana la terrible tormenta de arena que se desataba afuera, de acuerdo a sus conocimientos el planeta entero dónde a encontraba terminaría explotando en los próximos meses y entonces tendría que encontrar un nuevo lugar para establecerse y armar el dispositivo que le permitía una y otra ocasión, volver.

Accionó el portal que le permitía viajar en el tiempo, sabía que justo en sitio no podrían detectarlo.

— Espero que estés bien Kanroji— murmuró cruzando.

Arribaba al año 1790, en el Reino Unido, justo en un sendero a las afueras de una pequeña ciudad, un carruaje tirado por dos corceles blancos tránsito por el sendero frente a él, esperaba paciente mientras esté disminuía su paso hasta detenerse.

La puerta se abría y Mitsuri salía de este saltandole encima con los brazos abiertos, este la atrapaba sin pensarlo dos veces.

— ¡Iguro- san! Te he extrañado tanto— declaró mientras le abrazaba con fuerza y le besaba tiernamente en la mejilla.

Obanai sintió que el calor invadía su interior, Mitsuri retrocedió avergonzada.

— Perdoname, he sido inapropiada— indicó con una de sus manos en la mejilla.

El ex agente no pudo evitar observarla al menos por un momento.

Llevaba un vestido largo y redondo, era de color blanco con motivos florales, se ajustaba a su cintura con un corsé color salmón, en su mano llevaba guantes y un diminuto bolso, su cabello estaba recogido en una media cola y adornado con flores, Iguro se maravillaba como sin importar la época o el sitio, ella lucía perfecta y encantadora.

— ¿Te gusta cómo me veo?— preguntó con cierto nerviosismo en su voz y su vista mirando al piso.

— Te ves hermosa—indicó conteniendo su respiración un momento.

Aún no se había acostumbrado a comportarse así con ella, pero luego de demasiadas ocasiones de estar a punto de perderla había decidido ser completamente transparente con lo que pensaba y sentía hacia ella.

Ella le obsequió una risita y él extendió su mano para que la tomara, una vez que la sujetó, se aproximaron al carruaje, él le abrió la puerta y le ayudó a subir.

Ya dentro del carruaje se encontró con los ojos de ella fijos en él.

— Tú, te ves bastante apuesto— indicó mientras se abrazaba a su brazo y se recargaba en su hombro. —...podemos irnos— indicó al cochero.

Y entonces comenzaron a moverse.

Para Obanai, apenas habían transcurrido unas horas desde que había dejado de verla, pero para ella había transcurrido al menos un año desde que estaba aquí.

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Con su destino tan próximo y ella descansando en su hombro, recordaba que los había llevado a esa situación, como en la sentencia del tribunal del tiempo habían declarado que la presencia de Mitsuri luego de sus veinte desataría desastres con su simple existencia, como una reacción en cadena.

Se mencionaron algunos ejemplos, de variables de lo que podría ocurrir: por causa accidente en los laboratorios de su amiga Shinobu desataba una cepa muy agresiva dando lugar a una pandemia, en otra realidad el rechazo amoroso a una persona, provocaba que este viajará fuera de control provocando un accidente donde moría un embajador de un país vecino, está sucesión de hechos provocaba años en el futuro una guerra, así de una manera sorpresiva ella daba lugar a cataclismos y desastres, ejemplificando la teoría del caos en todo su extensión:

El batir de las alas de una mariposa puede provocar un huracán en otra parte del mundo.

A Iguro aún le costaba creer como ella y sus bellas alitas, podrían transformarse en una calamidad.

— Este es un lugar muy curioso ¿Llevas mucho tiempo aquí?— había preguntado ella con su mirada inspeccionando lo todo.

Se encontraban en una sala de detención, contando los minutos para la ejecución luego de que el tribunal había dictado su sentencia.

Iguro la miró apenas unos segundos y no le respondió.

— ¿Estás molesto conmigo por todo aquello que han dicho de mi?— preguntó arqueando sus cejas y mordiendo su labio inferior— yo... no entiendo que es lo que está pasando, pero prometo que nada de eso va ocurrir...

Su voz se cortó entonces y sus ojos comenzaron a desbordar lágrimas, se cubrió el rostro con ambas manos y comenzó a sollozar.

— Hoy saldría con mis amigas, era mi cumpleaños, ahora creo que no volveré a verlos...— decía la chica entre llantos.

Obanai no había sentido piedad por nadie en todo su proceder, jamás se había cuestionado la voluntad de la agencia y mucho menos la del tribunal. Dioses, Titanes, superhumanos o seres de otros mundos habían pasado por su custodia pensando que su existencia era por decreto su decisión.

Ella no era como nadie que hubiera conocido, ella destellaba luz como lo haría una estrella, haciendo que al tan mundano como su mano realizando lienzos fuera lo más maravilloso del mundo, ella destilaba bondad, él era su verdugo, ella lo sabía y aun así hasta hace un momento había intentado ser amigable, ella era un ángel, merecía lo mejor del mundo.

No podía permitir que le hicieran esto.

Cuando los agentes arribaron a la habitación donde la tenían custodiada, estaba sola, ambos habían escapado.

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El ocaso impregnaba el cielo de tonos rosados y cobrizos mientras de otras carrozas otras parejas descendían hacia el interior aquella lujosa casa donde acontecía un baile a causa de la cosecha, era una situación tan ajena a él y sus gustos, pero la conocía y sabría qué estaría encantada con esta idea como un obsequio de cumpleaños y él estaba dispuesto a todo, por ella.

Kanroji apenas contenía su emoción, le había confesado a Obanai alguna vez que amaba el romanticismo de esta época, aquel amor tan lleno de detalles, dónde una mirada o un roce detenían el corazón del amante.

El centro de aquel salón era majestuoso y elegante, la escena parecía salida de un cuento de hadas con la orquesta y el sonido agudo de los violines que guiaban los pasos de las parejas, la media luz proyectada en su rostro apenado hacía resaltar sus ojos como dos gemas, le ofrecía una reverencia y ella le correspondía tomando su vestido y extendiéndolo levemente.

Cuando su mano se deslizó por su cintura y ella aproximó su cuerpo al de él, Iguro pensó que el universo podría caerse a pedazos y consumirse en cenizas, parecería un precio insignificante si así ella podía seguir existiendo, habría válido la pena haber compartido su mismo espacio y tiempo.

El perfume y el calor de su aliento se deslizó hasta su interior de sus fosas nasales, su mirada esmeralda fija en sus ojos parecía hechizarle aproximándose cada vez más, los labios delgados de Obanai alcanzaron la gloria en ese momento y pensó que así muriera mil veces cruzando de cuerpo a otro, su corazón jamás olvidaría dicha sensación, lo terso de su piel como terciopelo, la vibración de cada célula de su cuerpo en contacto con la suya, la intensidad del calor de su cuerpo y elixir que manaba como manantial desde su boca.

— Iguro- san...— ronroneó con dulzura en su oído con el aliento levemente agitado.

Iguro se lamento que a pesar de tener potestad sobre el tiempo, no podía detener ese momento así, atesorarlo eternamente.

Ocurrió apenas unos segundos después, rompiendo la atmósfera que juntos habían forjado, los agentes de la TVA entraron por la puerta principal desplegándose por el salón buscando cortar su huida.

Una mujer se piel morena encabezaba el escuadrón portaba un cañón en sus manos con el pulgar en el gatillo.

— Maldito traidor— esperó mientras accionaba el arma hacia ellos.

Un rayo de luz destelló en el salón causando terror entre los presentes que corrían aterrados, un poder de fuego como ese era impensable en aquella época, Iguro sujetó a Mitsuri con su mano y aprovechó el caos para huir, mientras iban entre la multitud uno de los agentes se interpuso en su camino, pero este lo repelió de una patada, buscó oculto entre sus ropas el dispositivo para crear portales y lo accionó sin que nada ocurriera, emitió un gruñido, sintiéndose estúpido por su descuido, era el último que tenía y nunca pensó en la batería.

— ¡Cacharro de mierda! — exclamó arrojando el aparato— Mitsuri, no te separes de mi— le indico a la chica.

Ella afirmó con su cabeza.

Caminaban entre las personas cuando alguien la sujetó del brazo, Iguro se dio cuenta tarde y antes de que pudiera darse cuenta ya los habían separado. Un segundo rayo salió disparado hacía él esquivándolo apenas por segundos, alcanzando la parte de atrás de su saco, que se despojó al momento, Mitsuri llegó hacia él y lo abrazó. Iguro pudo ver al agente que la había tomado sujetandose el estomago el piso.

— Mira Iguro-san pude quitarle esto— indicó Mitsuri mostrando un nuevo dispositivo.

Ella era increíble.

Avanzaron subiendo las escaleras, ocultándose entre las personas, alcanzando el segundo piso hasta el balcón de la entrada principal, una vez que estuvieran frente a ella, se lanzarían desde esta hacia afuera. Iguro sin detenerse embistió el ventanal rompiendo los cristales anteponiendo su codo al cuerpo y protegiendo luego su rostro con su brazo de los cristales. Una vez fuera, Obanai la atrajo hacia él, la cargó en sus brazos y de un saltó se lanzó por el balcón.

Cayeron encima de los carruajes estacionados de pie aunque trastabillando unos segundos, el sonido de su impacto hizo huir al cochero y espantó a los caballos, que por instinto comenzaron a galopar hacia el campo por donde habían venido alejándolos de allí.

Los agentes salieron por la puerta principal, dispararon hacia ellos sin éxito mientras que el carruaje avanzaba por el sendero sin control.

— Creo que deberíamos activarlo, pero no sé como hacerlo— indicó la chica mirando el aparando intentando descifrar en qué consistía.

— Son coordenadas, como un gps de tu época, pero también agregando la fecha de tiempo— explicó Iguro señalando el panel — creo que deberíamos de ir hacia el futuro. — concluyó.

Los agentes de la TVA al aproximarse observaron como el carro jalado a caballos perdía el control y se hacia añicos al golpearse contra unos árboles, los equinos que lo guiaban siguieron corriendo todavía varios metros hasta verse exhaustos.

Con sus armas entre sus brazos, se acercaron a inspeccionar, encontrándose solo con trozos de madera hechos pedazos. Ellos habían escapado.

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Hace años cuando se convirtieron en prófugos, Obanai tomó la resolución antes de irse de tomar cuanto pudiera de la bodega donde resguardaban varios objetos confiscados. Huir de una agencia que no solo es capaz de buscar en cualquier lugar, si también el cualquier momento de la historia, le obligaba a valerse todas las ventajas posibles para enfrentarla.

Entre los objetos robados que pudo tomar, se encontraban los registros del proyecto Fénix y así se hizo de este, viajando al momento donde lo habían creado y antes de que fuera destruido.

El aparato funcionaba en dos aspectos, el primero de ellos tomaba el código genético de la persona y lo replicaba para poder rehacerlo si era necesario, adicional a esto, con un alcance universal, permitía al usuario respaldar sus memorias, hasta el último instante que había estado con vida, de esta manera, en esencia, reencarnabas.

La primera ocasión que ocurrió fue en su primer año de huida.

Los habían localizado luego de habitar en ese lugar por cerca de dos años en esa época. Vivían cerca de un poblado sajón, próximos a una pequeña comarca en una modesta pero bella cabaña por el año 500 dc, vivían una vida modesta, realizando pequeños encargos y de lo que la tierra proveía, por segundos llegaron a creer que podían mantenerse así. Aquel día soleado y apacible, Mitsuri recogía algunos frutos que habían cultivado y Obanai pescaba en un estanque cercano, la comida para esa tarde.

Ella solía quedarse algunos momentos mirando a la nada, había algún aspecto en el ambiente, en los objetos a su alrededor que le recortaban la vida que tan abruptamente le habían obligado a dejar atrás. Con respecto a su familia no había muchos problemas, siendo la más pequeña entre cinco hermanos apenas y le habían prestado atención en toda su vida que no fuera reclamarle algo, pero tenía amigos, tenía proyectos y sitios preferidos que jamás podría volver a ver.

Iguro regresaba hacia la casa con el ceño fruncido, completamente empapado desde su camisa de manta hasta su pantalón color oscuro, pero con un tres pescados colgando de un hilo, ella se levantaba y corriendo a la casa le envolvía con una manta.

— El ultimo estúpido pez tiró muy fuerte— renegó mientras ella le secaba con la manta las mejillas y el cabello.

Con este gesto su molestia desapareció en segundos, ella tenía ese efecto sobre él.

— Siento causar tantas molestias Iguro-san— indicaba la chica apenada.

Pensó en decirle cuanto estaba dispuesto a hacer por ella, como lo haría sin pensar y al instante si eso significaba dibujar una sonrisa en su rostro, pero solo negó con su cabeza y esbozó una leve sonrisa.

Luego de mudarse de ropa Iguro se había puesto a cocinar, nunca antes en su vida habría sabido que tenía esa destreza hasta estar con ella, en la agencia se obtenía comida a través de la cafetería y ya estaba procesada, ahora sabía cocinar, de hecho lo disfrutaba, primeramente por que Kanroji tenía un apetito peculiar y segundo por que realmente le relajaba, poco a poco y con todos los halagos de Mitsuri se había convencido que era bueno en algo, que era capaz de crear, pasando toda una vida haciendo lo opuesto, le parecía increíble.

Luego de algunas horas ponía frente a ella, un tazón con un estofado de pescado con algunas papas, destilaba un aroma agradable y se adornaba con algunas hierbas finas.

— ¡Se ve delicioso! — exclamó Mitsuri sonriendo.

Kanroji comprendió en ese instante que a pesar de que había perdido mucho como había estado pensando, esta que era su nueva vida, no estaba nada mal.

Dio un bocado y se tocó la mejilla deleitándose con los sabores viajando en su boca, la textura de los ingredientes y el calor que le producía. Iguro se sentó a su lado y ella le tomó la mano mirándolo con ternura.

Iguro pensó en las ocasiones que comía solo en las mesas del comedor, era más un acto mecánico que hacía porque era necesario, solía observar en secreto a otros agentes hablando de aquellos sueños que tendrían si no fueran lo que eran, que harían, a donde irían.

Contaban sueños curiosos como andar jet sky, ser algún cantante famoso, ser superhéroes, pilotos de motocross, encontrar alguna pareja, tener una vida sencilla.

Para Obanai todo esto le parecía absurdo e impensable, simplemente no era un hombre de sueños ni los creía necesarios, su objetivo, sus metas y futuro era encontrarse justamente allí donde encontraba, hacia justo lo que estaba haciendo ahora.

Cuanto había cambiado todo.

Luego de terminar de comer, ambos se encontraban recostados debajo de un árbol cercano, observan las formas de las nubes siendo esto un momento que tan especial que solo con Mitsuri cerca hubiera podido lograr.

Ella vestía entonces vestido blanco sencillo que se amoldaba a su cuerpo y se extendía ahora por el césped, Mitsuri jugueteaba siguiendo el contorno de los bordados en ellos extremos de la tela.

— Parece un gato pequeño, allí están sus orejas su pequeña cola— dijo ella mientras señalaba en el cielo.

Iguro, observó esforzándose por mirar lo que ella hacía, pero en sus ojos esto era solo un cumulo de gas. Le fascinaba la forma que Kanroji podía ver el mundo, le parecía lógico que, si ella propiamente emanaba esa especie de magia, este a través de sus ojos este también se transformara. Por una muy buena razón ella era una artista en su época, Iguro pensaba constantemente que haber podido seguir en ese tiempo, ella habría obtenido fama.

— ¿De qué le encuentras tu forma a aquella Iguro-san? — preguntó apuntando una que avanzaba lentamente desde su lado.

Iguro se encogió en hombros y negó con la cabeza, ella hizo un puchero en respuesta.

— Tal vez, una serpiente.

Mitsuri rio divertida y se giró hacia él quedando más cerca uno del otro.

— Tu siempre ves serpientes en las nubes— le dijo sonriendo.

Se aproximó a su mejilla le beso.

Unos momentos después fue consciente de lo que había hecho, su rostro se enrojeció y se lo cubrió con ambas manos.

— Pero que inapropiada he sido— indicó la chica y se levantó. — ahora vuelvo, quiero que pruebes unas fresas salvajes que encontré.

Iguro permaneció paralizado, intentó mover alguno de sus musculos, pero ahora mismo solo sentía en su garganta latir su corazón.

Se acomodó en el césped y respiró profundo, cerró los ojos un momento y se dejó acariciar por el aire en el rostro sintiendo que ahora mismo todo a su alrededor había adquirido más intensidad y color.

— ¡Iguro ayúdame! — exclamó la voz ahogada de Mitsuri.

Obanai volvió en si mientras se levantaba de un salto, entrando en estado de alerta al momento localizaba el origen sus gritos detrás de su cabaña, corría esta y por delante de esta le esperaban varios agentes intentando contenerla.

— ¡Mitsuri!

Como primera acción, se lanzaba sobre los que la habían atrapado y los embestía, una vez libre, sometía con un puñetazo al más próximo para evitar que intentara de nuevo sujetarla, una vez lo mitara en el piso abría la puerta de su casa y un de un cajón tomaba el aparato para viajar a través de los umbrales pensaba en activarlo, pero ellos ya les habían alcanzado, empujaba al más cercano y golpeaba al segundo que intentaba atraparlos, se giraba hacia Mitsuri y la sujetaba de la mano para escapar de allí saliendo por la puerta trasera.

Corrieron con todas sus fuerzas sin mirar atrás.

Encontrándose en un campo abierto eran un objetivo fácil, por más que les adelantaran el paso o por más rápido que lo hicieran, terminarían atrapándolos.

Iguro accionó el dispositivo del portal apuntando frente a ella, tenía una lista de fechas predichas en su mente donde pensaba estar viajando para poder huir y eligió al azar una de ellas y soltó su mano.

— Tienes que irte, yo nos daré algo de tiempo— le indicó mientras se giraba de nuevo hacia la cabaña.

— No quiero irme sin ti— exclamó con voz quebradiza y desesperada intentando sujetarlo de nuevo.

— Te prometo que te encontraré. — le indicó dándole un ligero empujón hacia dentro y girándose para correr hacia ellos.

El portal se cerró.

Los agentes que iban tras ellos, le miraron sabiendo que su objetivo primordial se había ido, Iguro se encontraba determinado a detenerlos el tiempo suficiente para el rastro que dejaba su viaje pudiera disiparse y no pudieran ir tras ella, unos segundos bastaría.

Analizó el espacio cerca de él, encajada sobre un tronco de tamaño considerable se encontraba el hacha que había usado esa misma mañana para crear leña, la tomó del mango sin detenerse, avanzando hacia ellos sujetándola con ambas manos, uno de los agentes al verse amenazado le apuntó disparándole de frente justo en el corazón, Iguro soltó el arma, el agente temblando soltó el arma en ese momento, el proyectil del disparo le había detenido de golpe y le provocó impactarse en el piso con fuerza.

La luz comenzó desvanecerse poco a poco, mientras el aire le faltaba, con su ultima exhalación toció un poco de sangre que se deslizó por su comisura del labio derecha. Esbozó una sonrisa, observando las nubes que habían admirado juntos.

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Iguro emergió del portal, con la mano de Mitsuri sujeta a la suya reconfortado por la calidez de la sensación que este gesto le producía, le hacía sentir vivo.

Los ojos de la chica observaban todo a su alrededor con asombro, el paisaje que extendía ante sus ojos iba más haya de cualquier cosa que hubiera visto antes. Se esparcía hasta donde se podía ver una metrópoli intensa, la mayoría de los edificios parecían fabricados de cristal y se extendían por encima de las nubes hasta perderse de vista, entre todas las calles había vegetación y hasta entre los pisos de los edificios, entre las calles y por sobre de ellas iban y venían varios autos voladores, así como por encima de los edificios se encontraban dirigibles por piso de cristalino que permitían observar en su interior complicadas ciudadelas.

Aquel era el futuro, unos cien años en el futuro más allá del año donde vivía.

— ¡Vaya, es hermoso! — exclamó la chica mirando hacia todos lados.

— Si que lo es— secundo Iguro observándola a ella.

Ella se dio cuenta de este detalle y le miró nerviosa, este aproximó la mano a su mejilla rozo, ella detuvo su avance sujetando su mano y palpando sus dedos con sus labios.

Por un instante creyeron que por fin esta vez, les había salido todo bien, pareció una mala broma del destino lo ocurrió después, un portal se abrió a sus espaldas y un hombre salió de este apuntándoles con un arma.

— Es momento de que te des por vencido Obanai— indicó una voz detrás de él

Iguro sintió que la sangre se le helaba más que por él, mil veces por Mitsuri.

— No podía creer que fueras tú un traidor, el mejor agente tirándolo todo a la basura ¿qué es lo que te ha dado esta variante?. — declaró despectivamente.

Obanai alzó las manos en señal de rendición y sin soltar a Mitsuri ambos se giraron para verle.

Era un hombre caucásico, algo y de rostro afilado, les apuntaba con un arma de rayos.

— Seguro estás intentando recordar quien soy ¿por qué lo harías? — declaró externado cierto rencor en su rostro— En la agencia, nunca tuviste algún vínculo, algún compañero o algún amigo. Aún así yo admiraba tu dedicación, pensé que tu más que nadie entendías el poder que hay nuestras manos, nosotros regimos al universo.

— Puedes hacer lo que quieras conmigo, pero no dejaré que le hagas nada— sentenció Obanai interponiéndose entre ella y el arma.

El agente sonrió con cierta superioridad en el rostro y se dio algunos golpecitos en la sien.

— Seguro que estás pensando en tu pequeño proyecto de ciencias en aquel planeta ¿no es cierto?— indicó y sonrió ante el gesto de sorpresa de Iguro— ya no existe, esta vez si mueres, sería un game over.

Obanai se maldijo en el interior, había confiado bastante que su plan no tendría fallas, había confiado que no podrían rastrearlos, que su ruta sería lo suficientemente errática para cubrir sus pasos, sin embargo todo se reducía a eso, ganar tiempo, huir hasta fuera posible y su tiempo se había terminado.

— Iguro-san, por favor, yo...creo yo solo debería entregarme y terminar con esto...—indicó la chica tomando su hombro. — te agradezco todo lo que has hecho por mí, pero...

Obanai sostuvo su mano y negó con su cabeza, ella pudo observar como una lagrima se deslizaba desbordándose por su mejilla.

Iguro no solía soñar, no tenía aspiraciones o metas, carecía de imaginación para idear cualquier fantasía, solía hacer las cosas por que era esperado que se hiciera así, era necesario, para él no había nada más que la agencia, hasta que la conoció. Su mundo entonces adquirió más luz, por ella aprendió de aquellos pequeños placeres que la vida te ofrece y fue feliz, contagiado de su propia felicidad, él aprendió a soñar y su más grande sueño era estar junto a ella, él añoraba su sonrisa, escuchar su nombre adquiriendo importancia al salir de sus labios, el deseaba sus besos, sus caricias, deseaba habitar cada vez en su corazón y así decidir por siempre.

Las manos de ambos se entrelazaron con fuerza y se observaron a los ojos con una sonrisa triste mientras accionaba el disparador de arma, Mitsuri entonces presionó los ojos esperando el impacto y él como instinto protector le envolvió en sus brazos, usando por completo su cuerpo como escudo, aunque de nada serviría.

Los momentos pasaron y el disparo jamás llegó, él hombre frente a ellos había caído de rodillas sujetando con sus manos su abdomen, el arma estaba frente a él. Iguro miró a Mitsuri sin entender que ocurría y como primer impulso pensó en recoger la pistola de rayos pero esta de desvaneció ante sus ojos, lo siguiente que ocurrió fue aún más extraño, el agente frente a él comenzó a desdibujarse, era a falta de una explicación más factible como si su diseño se redefiniera, cada que su figura se borraba por un instante reaparecía con aspecto y ropas distintos, ocurriendo esto cada vez más y más intensamente, hasta que por fin, completamente desapareció.

—Iguro-san...— Mitsuri murmuró jalando con los dedos su ropa para llamar su atención y señalando hacia la ciudad que habían visto— mira, le ocurre lo mismo.

La metrópoli frente ellos fluctuaba desapareciendo y apareciendo edificaciones, de pronto se poblaba de varias estatuas de un coloso color verde, luego se encontraba en ruinas, un momento después se alzaban varias torres en punta y otros segundos más cientos de armaduras de hierro avanzaban entre las calles y los cielos, estuvo así varios minutos hasta que se detuvo de la misma forma abrupta que había comenzado, su apariencia y pobladores parecían seguir igual como este evento nunca hubiera ocurrido.

Iguro sabía que algo sin precedentes había acontecido, que universo, no, la realidad misma había cambiado para siempre.

Espero unos instantes si alguien más vendría tras ellos, pero nada ocurrió, Mitsuri lo observó con incertidumbre y él no supo hacer otra más que extender su mano hacia ella. Se miraron un momento, sonrieron presionándola con fuerza; poco a poco avanzaron hacia la ciudad que tenían abajo sin ser capaces de estar seguros de que era lo que el destino les preparaba, al final poco importaba ambos concordaban con lo mismo, ellos estarían juntos como habían estado desde hace tiempo, como estaban ahora y como siempre sería, así eternamente.