Capítulo 1 : Cazadores y Presas

A primera vista, su aspecto era pavorosamente humano. Por lo que Zelda podía vislumbrar desde su puesto a la sombra del muro, solo eran dos. Se encontraban parados en el centro de la antigua plaza del Ayuntamiento, y clavaban su mirada ámbar hacia los bordes dentados de las casas en ruinas que se perfilaba contra el agitado cielo de tormenta. Iban totalmente cubiertos, y por el dobladillo de sus ropas goteaban unos hilos de agua sucia. Llevaban incluso la cabeza cubierta: uno con un harapo, el otro con lo que parecía ser un trozo de red de pesca de malla fina. Bajo la luz mortecina de aquella mañana de principios de verano, sus rostros quedaban ocultos; parecía como si en la desierta plaza del Ayuntamiento unos seres incorpóreos, fantasmas de los antiguos habitantes, aguardaran ante sus hogares destruidos mientras los huecos de las ventanas, tan insondables como sus rostros invisibles, les sostuvieran la mirada de forma despiadada e indolente.

Zelda se apretó la mochila contra el pecho y retrocedió hacia el muro. Aunque la mañana era tan fría que el aliento se condensaba, de pronto se sintió invadida por la adrenalina. Inspiró profundamente para no dejarse llevar por el pánico. Sabía que tenía que desaparecer de allí cuanto antes, pero se quedó inmóvil, incapaz de apartar la mirada. Fascinada a su pesar, observó la elegancia con que los dos altísimos personajes se movían y que les hacía parecer bailarines. Les delataba el modo en que volvían la cabeza y se deslizaban algunos pasos, el modo en que asimilaban y reflejaban en sus gestos y en su postura la magnitud de la desolación que los rodeaba. Había en ellos algo etéreo, algo demasiado ligero y evanescente para ser humano. Se detuvieron de nuevo frente al antiguo Ayuntamiento, del cual solo quedaba en pie la fachada, salpicada de orificios de proyectil, y volvieron la vista hacia lo alto.

—¡Vamos, larguémonos!

La fuerte mano de Impa se posó en su hombro.

—Son… son zoras—musitó Zelda sin aliento.

—Lo sé. No deben descubrirnos.

Zelda tragó saliva. Claro que no. Aún tenía muy presente el cadáver maltrecho de un hombre que los Sheikah habían sacado de la dársena del río Hylia hacía unas semanas. Además, en el Mercado Negro se rumoreaba que días atrás se habían encontrado frente a las rejas de la Puerta Dorada los cuerpos de dos centinelas de la Lady, con heridas en la nuca y la expresión del horror gravada en sus rígidos rostros.

Zelda retrocedió despacio, tanteando a cada paso, agazapada y con tanto cuidado que ni siquiera el mármol roto del suelo crujía bajo sus zapatos. Cuatro pasos aún, tres más para llegar al final del muro. Seguía aferrando su mochila vacía contra el pecho como si de un escudo protector se tratara. Se estremeció al pensar que tal vez unos ojos amarillos y carentes de vitalidad la estuvieran observando durante un buen rato a escondidas, siguiendo todos y cada uno de sus movimientos.

En todo caso, se decía que tenían los ojos muertos. Los cuentos que se contaban al oído de los niños desobedientes hablaban de fauces, colmillos y tal vez de una lengua afilada y larga tan mortal como un puñal. Otras historias sostenían que los Zora tenían el rostro y la piel totalmente decrépita como la de una momia, pegada a los huesos, que lo único vivo en ellos eran sus ojos, de un color amarillo como la muerte que predecían, capaces de paralizar a quien los mirase con la suficiente intensidad, o que escupían fuego por la boca.

Aunque Zelda apenas podía respirar por la intensidad del momento y el pánico no pudo evitarlo y poco antes de doblar a la carrera una esquina detrás de Impa, echó un rápido vistazo tras de sí.

Los Zora habían desaparecido. Solo el agua que había chorreado de sus raídas vestiduras era el testigo de que habían Estado allí, brillando sobre el suelo adoquinado.

–¡Impa! ¡Ya no están!

Aquel susurro apenas había sido audible, pero la cocinera se volvió y frunció el entrecejo con preocupación. No acostumbraba a tener la mirada seria, pero en aquel instante, sus ojos castaños rojizos, típicos de su tribu Sheikah, parecían los de un Alcón entre las sombras, una impresión que reforzaba el extraño maquillaje negro y rojo que perfilaba su mirada.

—¡Maldita sea! —masculló.

Zelda supo que las dos pensaban lo mismo en ese momento. Se intercambiaron una mirada muda, se apretaron contra el muro protector más cercano y contuvieron la respiración. Pero era demasiado tarde para ocultarse: Los restos del mármol crujían bajo el peso de unos pasos raudos… que se encaminaban directamente hacia ambas.

«¡Por allí! —indicó Impa con la mano—. A la antigua escuela»

Zelda había huido en otras ocasiones de la guardia de Lady Ganondorf cuando localizaban el mercado negro, de los ladrones y de los borrachos. Y, como no, de los cazadores que la habían tomado por una ladronzuela. Esta vez, sin embargo, debía ser más cauta y más veloz. Le había costado poco adelantar a Impa quien vestía una falda y no era, ni de lejos, tan rápida y ágil como ella, pero aquel día no estaba para carreras. La larga cabellera blanca de Impa, que llevaba recogida en una trenza artísticamente enroscada, oscilaba a cada paso que daba como si de una nívea serpiente se tratase. Se deslizaron en silencio por debajo de un umbral cubierto de hiedra, y se apresuraron por el amplio pasillo que en otros tiempos recorrían estudiantes. Hacía años que las plantas trepadoras invadían las paredes, y ni siquiera los gélidos inviernos de Hyrule habían logrado impedir su avance.

El edificio carecía de techo y al levantar la vista se veían las nubes pálidas y pesadas que se desplazaban por el plomizo cielo matutino.

Zelda conocía todos los rincones de la ciudadela prohibida, desde la sala donde los estudiantes se sentaban a comer en unas largas mesas hasta la elegante calle principal enlosada con mármol negro. Y también la pequeña plaza del mercado, donde había una fuente, los callejones intrincados y las ruinas de los almacenes de telas y los comercios donde antaño los mercaderes acaparaban tejidos de seda y pieles.

Unos puentes de piedra arqueados atravesaban los canales que salían del río Hylia, el río que atravesaba la ciudad. Las enredaderas hundían sus dedos de color verde pálido por debajo de los puentes y los extendían hacia las escalinatas cubiertas de moho.

Zelda e Impa cruzaron a toda prisa un patio trasero y, desde ahí, un puente muy arqueado y estrecho que los Sheikah llamaban el puente de Bemol. Bordearon una iglesia medio derruida y corrieron en dirección a un Palacio espléndido con dos colosos barbudos que sostenían el cielo en lugar del tejado.

Al llegar a la esquina del palacio, Zelda se detuvo con la respiración entrecortada; Aunque procuraba no hacer ningún ruido, tuvo la impresión de que su pulso resonaba con eco por todas las callejuelas. Se decía que los Zora tenían un oído espléndido, incluso mejor que el de los gatos.

Escrutó su entorno. No oyó crujidos ni sonido alguno y, sin embargo, había algo allí que le ponía la piel de cuco.

Impa le propinó un codazo de advertencia y se sobresalió a pesar de llevar un buen rato oyéndolos: ladridos, amortiguados y lejanos, pero con intensidad la cual iba en aumento. ¡La Guardia de la Lady! Solo faltaba eso, ¿habrían descubierto ya a los Zora? ¿O tal vez los perros buscaban el rastro de algún humano?

Impa y Zelda se cruzaron las miradas y volvieron a observar con atención lo que las rodeaba. Aquel era el peor lugar para huir. De la pequeña plaza en forma circular que había junto al edificio partían varias callejuelas y caminos. Tomasen el camino que tomasen, serían vistas en cuanto se alejaran del edificio. ¿Y si los Zora acechaban a la vuelta de la esquina esperando a que las dos humanas cayeran en sus fauces?

Zelda levantó la vista, uno de los gigantes la miraba sonriente desde las alturas. Al abrigo de los enormes músculos de piedra, justo donde el coloso doblaba el brazo, una paloma había construido su nido. Aquel era un lugar seguro en una ciudadela llena de gatos y perros vagabundos. Y, desde luego, constituía una atalaya excelente.

Impa, desconcertada, arrugó la frente al ver como Zelda dejaba su mochila en el suelo y se quitaba los zapatos. Pero en cuanto se dio cuenta de lo que proponía, soltó un chasquido de espanto. Dio un paso al frente para agarrarla de la manga, pero Zelda fue más rápida. Ya había encontrado a tientas una grieta en el muro y rápidamente se encaramó a la pared del Palacio y empezó a subir. Trepar por ahí no era especialmente difícil: a la pared le faltaban piedras, e incluso las piernas del coloso estaban llenas de grietas donde ella apoyaba los dedos de los pies para encaramarse. Se alegró de aquel día vestir unos pantalones de lino bien holgados que le permitían una buena libertad de movimientos. Al volver un instante la mirada abajo vio a Impa. Era de una belleza serena y distante, pero en ese momento tenía las mejillas enrojecidas y los ojos le echaban chispas de rabia apenas contenida.

«¡Baja de ahí!» le ordenaba con gestos autoritarios. Pero Zelda negó con la cabeza y siguió ascendiendo.

Siguió Impulsándose con las manos a la vez que se mantenía oculta por el gigante de mármol.

La piedra rugosa le rasguñaba las Palmas. Al cabo de unos metros de ascensión, los músculos ya le temblaban y, en los dedos de los pies desnudos notaba lo cortante que era la piedra en algunos puntos. Con un esfuerzo sobrehumano, se encaramó sobre la orla marmórea de un pliegue de la túnica del coloso y se lastimó la piel de un tobillo. En el último segundo logró contener una maldición y soportar aquel dolor agudo sin emitir sonido alguno.

En el pliegue de la túnica pudo sentarse como si de una hamaca de piedra se tratase. Disfrutó el triunfo por un instante, del temblor y el dolor de los músculos y la embriagadora sensación de estar en las alturas. La paloma la observaba con la cabeza ladeada, dispuesta a echar a volar en cualquier momento.

Zelda se inclinó con curiosidad hacia adelante, escrutando las calles sobre las que reinaba el coloso. Desde aquella vista, la Ciudadela Muerta de Hyrule parecía un laberinto de callejones sin salida, puertas y hornacinas. Los canales del río discurrían entre las ruinas como pálidas arterias, con el corazón en la fuente de la plaza principal.

A lo lejos brillaba el extenso ribete de color verde del Hylia. Más allá del río, la nueva Ciudadela se erguía por encima de la niebla matutina: en la orilla norte la sede del Gobierno de Lady Ganondorf, destacaba como un monolito pulido de color grisáceo. En otros tiempos, aquel edificio había sido un Palacio, un edificio intrincado e imponente con la Trifuerza y las diosas talladas en la piedra y ventanas en arco, y aunque la nueva muralla hacía que pareciera más bien una fortaleza, los Sheikah y el resto de Hylianos todavía lo llamaban "el Palacio de invierno".

No muy lejos de allí destacaba el templo del tiempo y las residencias de los Lores ricos.

Muchas de ellas ostentaban fachadas nuevas y brillantes, pero junto al río también había una larga serie de edificios antiguos con nuevos señores. Un buen trecho río arriba, entre el límite del presente y el pasado, estaba la casa de Zelda.

Una ráfaga de viento sopló por la espalda de la joven y le llevó la espesa cabellera Lisa a los ojos.

«Fuego dorado», así era como a Rhoam, su padre, le gustaba llamar a su pelo.

Zelda, impaciente, se recogió el pelo en un ovillo que luego metió bajo el cuello de la ropa. No había visto a los Zora, y los ladridos sonaban ahora más cercanos; venían del Norte. Estaba claro: la Guardia de la Lady se aproximaba desde el gran puente de piedra; tal vez no sabían nada de los Zora, tal vez buscaban el mercado negro a donde Impa y ella se dirigían.

Con el corazón agitado, escrutó las calles en busca de los Zora, de un movimiento, de algún indicio. Al echar un vistazo rápido hacia abajo, se dio cuenta de que Impa ya no estaba junto a la pared; seguramente se había escondido. Sabía que la cocinera estaría furiosa y que tendría que hacer frente a una buena sarta de reproches. Sin embargo, todo aquello carecía de importancia entonces. ¿Dónde estaban los Zora?

Zelda entornó los ojos. Ahí a lo lejos, en la antigua calle de los Tintoreros, junto al canal: unos charcos en el suelo, un reguero de gotas. Y también —y al verlo se encogió sin querer— un movimiento deslizante, el vuelo del pliegue de un harapo. Al instante, el fantasma desapareció tras una esquina. Los Zora, por lo tanto, se desplazaban hacia el sur en dirección a las afueras de la ciudad. Era evidente que retrocedían ante los ladridos de los perros y que habían perdido la pista de Zelda e Impa. Respiró con alivio. Ahora solo quedaba zafarse de los cazadores de la Lady. Por lo que veía desde su atalaya, se acercaban avanzando en arco hacia el palacio de la ciudad. Eran aproximadamente una docena, y cada uno de ellos llevaba un perro. Los galgos, unos esbeltos perros de caza atigrados de color marrón claro, estaban ansiosos por que los soltasen. Zelda se deslizó por encima del arco de piedra, se descolgó y echó un vistazo hacia la esquina de la calle. Impa también había puesto a salvo su mochila y sus zapatos. ¡Bien! Se dejó caer al suelo con un gesto ágil y, al amortiguar el impulso del choque con las manos, notó humedad en los dedos. Se incorporó asustada y se miró las manos. Los ecos no solo habían estado cerca del edificio, si no justo al lado. ¡Por eso Impa se había ocultado con rapidez!

—¡Sal! —musitó Zelda a la oscuridad—. Los Zora se han marchado, pero los cazadores nos persiguen.

No obtuvo respuesta, Zelda intentó no hacer caso al pánico que sentía en el estómago. Cerca de ella pudo escuchar el golpeteo de unos cascos, ladridos roncos y un estrépito, como si una pared fuera a derrumbarse. Luego oyó un grito ahogado y, finalmente un disparo.

Zelda se sobresaltó tanto que se golpeó la cabeza contra la pared. Otro disparo resonó en las callejuelas; luego se oyeron unos gritos y una voz autoritaria procedente de donde los Zora habían marchado.

—¡Ahí atrás!

Antes de que Zelda pudiera esconderse detrás de la pared, el primer cazador asomó por la esquina de la calle. Era una mujer joven, llevaba una casaca hecha con trozos de cuero claros y oscuros que recordaban un damero, la cazadora entornó los ojos, levantó el arma y disparó hacia algo que estaba a pocos metros de Zelda. En una décima de segundo, esta captó todos los detalles: su pelo Rubio ceniza firmemente recogido en un moño, sus ojos verdes como el olivo, y el brillo negro del arma entre sus manos. El disparo estuvo a punto de romperle los tímpanos y cascotes pequeños de muro le cayeron sobre los hombros. Se dio cuenta de que un tiro de rebote estuvo a punto de darle. Por instinto buscó cobijo en el arco de la puerta, apoyada temblando junto a sus restos, encogiéndose lo máximo posible. No iban a por ella; la cazadora ni siquiera la había visto. Aun así, el temor la embargó.

—¡Aquí! ¡Un reguero de agua va hacia el antiguo templo! —exclamó la voz de un hombre.

Se oyeron ladridos de perro, y la mujer y los demás cazadores se apresuraron en dirección sur. Zelda había supuesto bien: buscaban Zoras. Aun así, solo se atrevió a levantar la cabeza al cabo de un buen rato.

Tenía que volver con Impa, sin duda alguna su amiga ya estaría camino del puente de Sostenido, que era su punto de encuentro si alguna de las dos se perdía de vista en la ciudadela.

Zelda dejó caer los brazos que todavía tenía sobre la cabeza para protegerse de los cascotes.

—¿Dónde estabas? —le susurro entonces a la silueta parada frente a ella a contraluz, el alivio le llenó los ojos de lágrimas.

Zelda se incorporó rápidamente y la sombra reculó de inmediato. Un débil rayo de sol quedó prendado en la fina malla de una red de pesca. Zelda se detuvo a medio gesto. Esa silueta no era de Impa. A pocos pasos, un Zora la miraba fijamente, escrutándola. A Zelda le pareció entrever en aquella malla sucia el fulgor de unos ojos ambarinos, aunque lo que más miedo le dio fue la Mancha oscura que ocupaba el lugar de sus fauces. La criatura emitió un siseo, un ruido ahogado que caló profundamente en Zelda. En cualquier otra ocasión, habría jurado que preferiría andar descalza sobre brasas ardientes antes que pedir ayuda a las Gentes de Lady Ganondorf, pero esta vez, desesperada, tomó aire, hizo acopio de todas sus fuerzas y gritó:

—¡Aquí! ¡Hay un Zora aquí! ¡Aquí!

El Zora se encogió, tensando ambas extremidades como un depredador con la piel erizada, y se lanzó sobre Zelda.

Mientras a ella el grito aún le retumbaba en los oídos, el tiempo desapareció para ella; No supo cómo había logrado escapar de la ciudadela y había sido llevada por sus piernas corriendo.

Su respiración era agitada y le dolían los pulmones, sus pasos resonaban en su cabeza. Oyó que el Zora iba ganándole terreno y un grito siseante le recorrió la espalda con un estremecimiento:

"shesersheser!" Era una palabra en una lengua extraña, le pareció que sentía el aliento del Zora en su nuca, y que iba a clavarle la larguísima lengua en forma de daga en los omóplatos o que iba a escupirle fuego y hacerla cenizas.

Tuvo la sensación de que unas largas garras se extendían hacia ella con el objetivo de derribarla al punto. Saltó con un grito, zigzagueó y se metió por un arco de piedra. Dobló entonces una esquina y estuvo a punto de resbalar con unos guijarros de lo cerrada que era, el dolor en las plantas de los pies la hizo estremecer. Se recuperó titubeante, y luego corrió hacia una plaza con otra fuente que estaba próxima a un puente. Una bandada de palomas alzó el vuelo y huyó, sonaron dos disparos tan atronadores y próximos que se convirtieron en estruendos dolorosos para sus oídos. Se topó con las fauces abiertas de unos galgos, unas garras de perro y los relucientes cañones de las armas. Los dedos dispuestos sobre los gatillos. La duda recorrió la expresión de los cazadores; Zelda, suspendida entre la vida y la muerte, se dio cuenta de que no sabían si apretar o no el gatillo.

—¡Aparta! —gritó uno de ellos.

Zelda se tiró al suelo y rodando sobre sí misma y arrastrándose salió de la línea de tiro.

El aire se quedó acre, seco con el olor de la munición quemada de los cartuchos.

Le recordó al olor al pescado ahumado y le entraron náuseas de inmediato. Zelda logró incorporarse y seguir corriendo. A su espalda sonaron más disparos, y entonces supo con horror que el Zora había logrado sobrevivir, huyó siguiendo la orilla de un canal estrecho. Como si fueran restos de un naufragio, de unos botes de remos rotos pendían cuerdas repletas de algas, totalmente podridas. Olía a aceite y agua salobre. El Zora seguía yendo a la zaga, acercándose, podía sentirlo, podía olerlo. Y, antes de que pudiera darse cuenta, pasó por su lado a toda prisa.

Una lluvia de gotas le roció las mejillas y una de capa húmeda le rozó los tobillos malheridos.

La adelantó, Zelda estaba tan sorprendida que no pudo gritar, el Zora parecía saber exactamente a dónde se dirigía.

De pronto, antes de cruzar el canal que llevaba al Antiguo comercio de la ciudadela, se giró a mirarla.

El temor la llenó de pleno… ¿no sería que iba a darse la vuelta para atacarla? Ella se detuvo en seco. En las mallas de la red de pesca podía vislumbrar la curva de la mejilla, aquella criatura parecía que estaba esperándola. Entonces, un nuevo estruendo cruzó el aire. El Zora se tambaleó y retrocedió mientras el disparo todavía resonaba por las callejuelas. Un poco antes de llegar al puente, a pocos pasos de Zelda, la criatura se desplomó cuan larga era.

Zelda pensó que debería haber sentido alivio, pero lo único que podía sentir era pavor y un ahogo extraño. Contempló como aquel ser se desplomaba herido de muerte como si de un abrigo vacío se tratase. ¡Ahí yacía el enemigo, el cual llevaba sus fauces manchadas de sangre humana! A Zelda le fallaron las piernas, y cayó al suelo, aguantándose con ambas manos en el pavimento adoquinado de guijarros. Estaba húmedo y fresco, impregnado de agua. Observó perpleja como aquella criatura se retorcía, agonizaba y finalmente se quedaba inmóvil en el suelo. Incomprensiblemente, aquella postura indefensa del ser la emocionó y la turbó.

Unos pasos se acercaron a ella desde el otro lado del puente.

Primero Zelda creyó que un recuerdo inmediato le obligaba a revivir lo que acababa de suceder, pero no era así, reconoció a otro Zora. Se aproximaba a toda prisa por el puente, agitando sus húmedos harapos. Cuando vio a Zelda, estuvo a punto de dar un traspié, pero se serenó y detuvo su paso deslizante hacia la entrada del puente.

Durante un instante eterno las dos figuras permanecieron inmóviles una frente a la otra, entre ellas el cadáver.

De pequeña, Zelda estuvo a punto de sufrir la mordedura de una víbora de agua, quiso escapar, pero no pudo más que quedarse inmóvil ante la mirada de aquella serpiente venenosa hasta que el reptil se lanzó sobre ella. En aquel momento ella retrocedió a tiempo de no ser atacada.

Ahora se sentía en la misma situación, paralizada por el miedo, observando como el Zora, con un movimiento grácil buscaba una vía de escape. A continuación, se dio la vuelta y echó a correr.

El cuerpo de Zelda reaccionó de forma maquinal, notó como se dejaba caer al suelo y sus hombros chocaban con los adoquines, se acercó las piernas a la barbilla y cubrió la cabeza con sus manos, a modo de protección. El Zora saltó sobre el cadáver de su compañero y lejos de aproximarse a Zelda, echó a correr al lado contrario.

Al saltar, la túnica destapó el rostro cubierto por aquella malla de pesca.

Una herida asomaba por la sien donde la bala había penetrado al dispararle. En lugar de sangre, de ella brotaba agua clara que formaba un reguero en el suelo, El Zora tenía la piel clara, casi cristalina, como el agua del río, y carecía de sangre. No tenía cara de bestia, tampoco el rostro de una momia. En realidad, tenía el rostro de un humano. Casi humano, con la nariz apenas existente y chata, aunque carente de agujeros. Agradable y delicado, labios rosa pálido, sobre las mejillas presentaba una especie de craquelado en la piel que a la luz del amanecer parecía como si pan de Oro fuera a desprenderse de su delicado rostro, escamas. Era un semblante frágil y maravilloso, como si alguien hubiera pintado un retrato tiempo atrás y lo hubiera dejado a las intemperies del tiempo.

Zelda sintió el deseo de acariciar aquel rostro.

Solamente los ojos, vacíos, carentes de vida y abiertos como el sol, estaban muertos. Con todo había en ellos cierto fuego, acaso el destello del asombro… y del temor.

De pronto oyó unos ladridos acercándose a lo lejos.

«estamos rodeados» pensó.

«¿Estamos?», se preguntó a sí misma enfadada.

Fue entonces cuando sintió el aliento de un galgo deseoso de carne fresca en su nuca.

—En pie–. Ordenó la mujer que había visto antes en el Palacio, la de los ojos verdes.

Zelda se levantó temblando.

—¿Has visto al otro?

Estaba sin aliento, Zelda intentó echarle otro vistazo al Zora muerto, pero no pudo ver nada, el ejército de cazadores y perros le cortaban la visión.

—¡QUE SI HAS VISTO AL OTRO! —Vociferó.

Zelda asintió aturdida.

—¿Hacia dónde ha ido?

Zelda quiso decir algo, pero entonces se fijó en los perros, olfateando el suelo… ¿tal vez eran capaces de seguir a los Zora por las callejuelas simplemente siguiendo su rastro?

—¡Eh! Te estoy hablando—. La cazadora la sacudió con brusquedad—¿hacia dónde?

Zelda levantó el brazo, pero en lugar de señalar hacia el norte, por donde había ido, señaló hacia el lado contrario.

«¿qué haces? —gritó una voz aterrorizada en su cabeza— estás protegiendo a un Zora, es el enemigo»

Pero entonces le volvieron aquellos ojos ámbar sin vida a la cabeza y fue incapaz de articular palabra. La cazadora malinterpretó su expresión aturdida y asintió.

—¡Al antiguo mercado de la seda! —ordenó

Una docena de cazadores llamaron a sus perros con un silbido y se dirigieron a la dirección indicada. Solo se rezagaron la cazadora y un par de hombres que habían cubierto el cadáver del Zora con sus harapos.

Miraron a Zelda recelosos. Sabía perfectamente la imagen que le daba a los cazadores: una chica vestida con pantalones holgados, descalza y con pies escoriados, y despeinada. Y, por si fuera poco, deambulando sola por la ciudadela prohibida. Por supuesto, no llevaba ya la mochila consigo, de ser así habían supuesto que se dirigía al mercado negro.

—¿Eres una Sheikah?

Los Sheikah se ocupaban de las barcas y de reabastecer a la gente en el puerto, pero tenían el pelo blanco y los ojos castaño rojizo, no como ella, ¿A caso nunca había visto a uno?

Negó con la cabeza.

-Soy del hotel Nayen, mi padre es Rhoam Bosphoramus, la Lady le conoce.

De hecho, eso era exagerado, todos sabían que la Lady apenas reconocía a sus ciudadanos. Sin embargo, en la gran Sala de recepción colgaba un permiso firmado por ella que permitía a Rhoam regentar un hotel en la casa junto al río, así como vivir en ella.

La cazadora frunció el ceño, sus ojos verdes tenían algo de felinos.

Zelda se dio cuenta que no debía ser mucho mayor que ella, unos 23 años tal vez.

—Bosphoramus, bien— dijo la cazadora secamente—¿tu nombre?

—Zelda.

—Eres ciudadana, ¿verdad? Si es así, enséñame tu marca, vamos.

Apresurada, Zelda le mostró bajo su muñeca la marca de la lady, era el símbolo gerudo tatuado en la piel con ceniza de flores secas que dependiendo como le diera la luz, refulgía azul o rojo o verde. Era como un seguro de vida, un regalo de la Lady. Y aquellos tatuadores que querían vender su marca falsa a los forasteros se podrían ya en los patíbulos del desierto gerudo, junto al osario.

—¿Que andas buscando en la ciudadela prohibida? — Inquirió la cazadora, Zelda quería aparentar estar realmente asustada.

—Yo no quería venir aquí, estaba en el río, cerca del puente de sostenido, y entonces tuve que huir, de los Zora.

Bueno, por lo menos la última parte no era mentira, así a todo, la cazadora no parecía creerle.

Los dos hombres junto al cadáver la miraban con desdén.

La cazadora dio un paso al frente. Zelda observó que asía con más fuerza el arma y se mordió el labio inferior. Por un instante, tuvo la certeza de que la mujer iba a dispararle. El corazón empezó a latirle con fuerza y sintió las palpitaciones en la sien.

«Esto ha sido todo —pensó—. Es el fin.» Sin embargo, la cazadora no levantó el arma, sino que agarró la cadena del cuello de su galgo, el perro era tan alto que no necesitó inclinarse para hacerlo.

—Tú crees que me puedes tomar por tonta —dijo—. Sé perfectamente lo que andas buscando en la Ciudadela Muerta, y has tenido mucha suerte de que los zora no te hayan atrapado. Espero que, con lo ocurrido, Zelda Bosphoramus, te haya quedado todo muy claro. Si nosotros no les hubiésemos ido a la zaga…

Levantó las cejas con un gesto elocuente.

—¡Illia! —gritó uno de los hombres.

La cazadora se volvió hacia él con un gesto de impaciencia. Luego se volvió de nuevo hacia Zelda y, con un ademán casi descuidado, soltó la correa de hierro que el perro llevaba al cuello.

—Lárgate —dijo en voz baja y con un tono tan penetrante que parecía una estocada—. Dentro de un minuto azuzaré al perro para que vaya tras de ti. Así que rápido.

No se hizo de rogar. La cazadora ya había apartado la mirada de ella, como si hubiera desaparecido de su pensamiento; Zelda se volvió y corrió cuanto le permitieron las piernas en dirección al río y la Ciudadela nueva.

A pesar del intenso dolor que sentía en sus pies para ella era mucho peor la rabia contra los cazadores y la sensación de humillación. Estaba también el recuerdo del Zora muerto, aquellos rasgos dulces y esos ojos ambarinos llenos de luz.

Corría tan rápido que los pulmones le ardían, seguía temerosa de que el galgo fuera tras ella. Pero el perro no la siguió y al rato dejó de oír disparos.

En cuanto avistó el puente de sostenido, se detuvo aturdida, su respiración entrecortada le parecía extraña, y ni siquiera se sintió segura al avistar el paso entre picos gemelos que conducían a casa.

No vio a Impa por ningún lado y por un minuto temió que los Cazadores la hubieran apresado, o que los Zora la hubieran herido o matado al huír. En su mente se dibujó la imagen de aquellas bestias que le habían inculcado años atrás a través de los cuentos.

Entretanto el sol se hallaba ya sobre los tejados y dibujaban temblorosos reflejos sobre el agua.

Como siempre, Impa surgió de la nada. El alivio hizo aflorar lágrimas en los ojos de Zelda, pero a la vez sintió tanta rabia contenida contra Impa que la había sacudido de buena gana.

—¿Se puede saber dónde te habías metido! —le espetó.

Impa no contestó. Dirigió una mirada extraña a Zelda y dejó caer la mochila al suelo.

—¡Gracias a Din! —Dijo con voz ahogada— oí unos disparos y creí que…

Impa se interrumpió, Zelda se dio cuenta de que su amiga tragaba saliva.

—No me ha pasado nada—, murmuró–. La cazadora me ha dejado marchar sin más… ¿Y a ti, que te ha pasado?

—¿es que no se nota? He caído al canal, he intentado saltar a un bote y al final he tenido que vadear por el barro.

Retorció su falda empapada, era un gesto tan tranquilo que solo Zelda se había dado cuenta de que le temblaban las manos.

—Podrías haberme avisado.

—¿Como? No podías verme desde ahí arriba ¿qué querías que hiciera? ¿Silbar? Estaba tras una pared, si me hubieras esperado y no te hubieras echado a correr me habrías visto.

—Había un Zora, tenía que huir. Los cazadores… lo han abatido con un disparo.

Tuvo que contenerse para pronunciar aquellas palabras con un tono trivial que no denotaran ni dolor ni horror, ni desconcierto.

Impa se incorporó y le dirigió una mirada de asombro. En sus ojos rojos se dibujaban los reflejos de la luz del río.

—¿Has visto como lo mataban?

Zelda apenas pudo asentir

—¿Delante de ti?

Zelda se aclaró la garganta

—Le han disparado justo delante de mis ojos y…

No. Se detuvo, prefería omitir la parte de ayudar a otro Zora a huir.

Impa palideció tanto que a Zelda le resultó tener delante a otro Zora, tuvo que apartar la vista de ella.

—Contemplar la muerte nunca es algo bello—, musitó Impa al cabo de un rato—.¡Ya puedes darle las gracias a Farore por haberte librado de algo así!

Zelda asintió antes de volver a caminar por el puente, con Impa a la zaga.

—Será mejor que volvamos—. Dijo con su habitual sensatez pintada en la voz—. Te ruego que no le digas nada a Rhoam acerca de los Zora, ya sabes cómo se pone al oír hablar de ellos.

Impa no pudo más que suspirar y asentir.

—¡Espera un momento! —gritó antes de que Zelda prosiguiera su camino y comenzó a quitarle pequeños escombros del pelo—. Si eres inteligente tampoco querrás que se entere de que hemos Estado en el punto de Mira de los cazadores de la Lady.

¡Hola! Bueno, este es mi primer proyecto de reescribir una historia y meterla en el lore de Zelda, en realidad pretendo desviarme un montón de la historia original de Faunblunt, la historia que inspira este…Crossover. Pero como podéis ver, ahora mismo está básicamente sacado al dedillo, adaptando aquí y allá algunas cosas de la historia de Hyrule. ¡Es un gran proyecto que me ha llevado casi un año reescribir, así que espero que os guste! Os recomiendo encarecidamente que le echéis un vistazo a la obra original y agradecer a Nina Blazon el haber creado una historia tan bonita, que obviamente a día de hoy necesita algunos cambios (los tiempos hacen variar mucho el mundo en el que vivimos jajaja.

No os entretengo más, hasta otro día.