Sinopsis:

Law siempre visita el mismo café. Conoce al camarero, al cocinero, a la contadora y tiene problemas con la dueña. Incluso distingue al hombre de la limpieza, y es eso lo que lo sorprende. Primero lo ve como un fenómeno; luego, a su mente llegan las palabras "tarado" y "subnormal". Es una impresión que cualquiera se habría llevado, pero algo no encaja: ¿por qué lo contrataron? ¿Qué tiene de especial? Hallaría la respuesta cuando su némesis supervisara el sitio.

"Trafalgar" murmuró ella, "no eres bienvenido". Mirando la forma despreocupada en que el chico la pasó de largo, Law se aventuró a decir: "parece que tú tampoco".

Muchas veces se vio a sí mismo discutiendo con Boa Hancock por diversas razones, pero ni de lejos habría contemplado a un efusivo mono con sonrisa de idiota.

Coffee shop AU, oneside Law/Luffy y oneside Hancock/Luffy.

••《 COFFEE 》••

Law siempre visita el mismo café. Ya conoce al camarero, al cocinero, a la contadora e incluso tiene problemas con la dueña legítima del lugar –de hecho, la única causa por la que ésta no le ha negado el servicio se debe a que raramente se pasa por ahí–. Incluso distingue al hombre de la limpieza, y es justo eso lo que lo sorprende: aquel muchacho de cabellos rosas y gafas azules se transformó de repente en un moreno azabache con sombrero de paja.

La manera frenética en la que friega el piso, en un arranque de ira porque el cocinero le ha negado comer, no es precisamente la cosa más interesante que Law ha visto –menos faltando infinidad de documentos esparcidos sobre la mesa por revisar–, pero, si de por sí es difícil ignorar la rutina de los sitios que uno frecuenta por mero sentido común –nada de cotilleo, no–, sencillamente resulta imposible dejar pasar peculiaridades tan notorias, como el cambio brusco de actitudes del chico.

Primero lo ve como un fenómeno al presentarse vestido con chanclas y bermudas; luego, a su mente llegan a la par las palabras "tarado" y "subnormal". Sí, es una impresión perfectamente normal, una que cualquiera se habría llevado al conocerlo. Nada especial en lo absoluto. Pero Law es observador por naturaleza: hay algo que no encaja.

Si aquel mocoso al que le calcula menos de veinte años es así, tan desquiciante que su propio amigo el camarero le grita descerebrado... ¿por qué siguen soportándolo? ¿Qué tiene de especial para que la gente a su alrededor de repente decida que su compañía vale las molestias? La respuesta no la sabría sino dos semanas después, cuando su némesis apareciera para supervisar el trabajo.

Muchas veces se vio a sí mismo discutiendo con Boa Hancock por diversas razones, pero ni de lejos habría podido contemplar a un efusivo mono con sonrisa de idiota.

—Trafalgar —murmura ella—, no eres bienvenido.

Con un evidente gesto de molestia y mirando la despreocupada forma en la que el chico de la limpieza la pasa de largo —casi que evitándola intencionalmente—, Law se aventura a decir:

—Parece que tú tampoco.

La mueca furiosa en el rostro de Hancock le dice a Law que sus palabras cumplieron con su objetivo. Es así como la dueña de aquel establecimiento, sin dirigir más palabras a su cliente frecuente, se encamina adonde el chico del sombrero de paja y se pierde en las profundidades de la cafetería.

—Tu café está listo —expresa de repente la mujer pelirroja que, por lo general, tampoco sale del interior del negocio.

—Te lo agradezco, Nami-ya. —Trafalgar toma el vaso que le extienden—. ¿Qué pasó con Nariz larga-ya?

—Está con Luffy ayudándolo en el cuarto de limpieza. No debería decírtelo, pero supongo que con el tiempo que pasas aquí ya te habrás dado cuenta cómo es si lo dejan solo…

—¿Por qué contrataron a un subnormal? —La pelirroja suspira y sonríe, resignada.

—Es amigo de la dueña.

—Ya lo noté —responde Trafalgar a punto de poner los ojos en blanco tras oír el "¡Luffyyy~!" cantado por voz de Boa proveniente del interior del local—. Para ella es mucho más que un amigo, pero no lo entiendo. Esa loca es demasiado andrógina para tolerar a más de tres hombres en su línea de negocios. ¿Cómo pudo desarrollar esa clase de sentimientos por un imbécil de tal calibre?

Una gota de desconcierto parece salir de la sien de la pelirroja. Sin embargo, no borra su sonrisa.

—Te darás cuenta cuando conozcas a Luffy. No es tan sencillo deshacerse de él: es un tonto, pero tiene su encanto. Y hablando de lo que Luffy es capaz o no de provocar en los otros…

De repente, el aire se vuelve frío y el aura de Nami pasa de algo cariñoso a una esencia homicida.

—Eres listo, sé que ya dedujiste el enamoramiento de la dueña, así que te agradeceré si dejas de provocarla delante de nosotros y ponerla de mal humor. En esos momentos e incluso cuando te vas, somos sus empleados quienes pagamos las consecuencias, a excepción del idiota responsable que no acepta una cita porque no comprende lo loca que está por él. Está loca en verdad.

Law tiene varias emociones convergiendo en sus vísceras. Ve la desesperación de la muchacha impresa en su última oración y ligero pánico ante la idea de volver a sentir el mismo sofoco al ser reprendida o presionada injustamente por su jefa, pero…

Por encima de todo, y aunque la cara masculina se mantenga inmutable, sus tripas se retraen y siente que se hace pequeño de pura intimidación, provocándole un dolor cortante y abrasivo en el abdomen al identificar la misma locura descrita por Nami en su propia sonrisa desquiciada y sus iris marrones.

Aquello no se trataba de una petición ni una advertencia: era una AMENAZA. "No quiero más disgustos de la jefa por culpa tuya; si vuelven a molestarme en el trabajo, te las verás conmigo"; ése era el mensaje real detrás del timbre dulce y amable de la contadora y administradora de recursos de aquel infernal establecimiento. "Ahora tienen sentido los gritos que se oyen desde la recepción", concluyó el médico y profesor universitario.

—Que disfrutes tu visita —dice Nami y se aleja, ignorante de los pensamientos de Trafalgar. O quizá, no tanto.

El resto de su día en el café transcurre con relativa normalidad, lo que se traduce en gritos y ruido de cosas rompiéndose a cada minuto. Se va a casa y vuelve al lugar dos semanas después, cuando tiene un poco de tiempo libre para prestar más atención a la nueva rutina de locos del establecimiento. Hay menos clientes que la última vez y sabe que no es una coincidencia cuando la misma escena cursi se repite frente a sus ojos como un bucle:

—Luffy, por favor no sigas causando problemas a mi personal —expresa la mujer con un tono suave.

—Yo no estoy haciendo nada; son ellos los idiotas que no me dan lo que quiero aunque tú les dijiste que lo hicieran. —Cruza los brazos y tensa el espacio entre sus cejas hasta formar pequeñas arrugas en su frente y la parte superior de su nariz; sus labios se aprietan hasta lucir gruesos como los de un pescado.

—Cariño, no pueden darte los pedidos de mis clientes, nos dejarías sin trabajo. La única forma sería que… ¡Oh, no puedo ni hablarlo!

—¿Qué es? ¡Anda, dime cómo puedo tener más carne! —Casi grita de impaciencia, sacudiendo por los hombros a la atractiva dueña del lugar.

—¡Que me pagues todo lo que has destruido! Sé que no tienes dinero suficiente, ¡así que tendrás que quedarte a trabajar conmigo de por vida! Eso o…

—¡¿O qué?!

—¡O cásate conmigo! Prometo perdonarte cada deuda y alimentarte bien todos los días.

Sin quitar la expresión corporal y facial de insatisfacción compuesta previamente, el muchacho del sombrero de paja hace berrinche a la vez que niega rotundamente la propuesta. En paralelo a la situación, lo único que impide a Trafalgar vomitar del asco es el tremendo bienestar que le causa ver a Boa humillarse así en público. Guiado por su instinto autodestructivo, se arriesga a hacer un acto suicida para volver más entretenido aquel drama.

—Yo te invito a comer.

Luffy gira tan rápidamente el cuello, que Law se dice a sí mismo que debe ser de goma, o de otra manera se lo habría roto al instante; sus ojos se iluminan como estrellas demasiado brillantes para el gusto de Law, mientras que los de Boa, brillan y se encienden mucho más. Tanto, que casi echan fuego y queman vivo a Trafalgar. La risa que los pulmones de este último le exigen dejar salir también es abrasadora.

Hacock quiere matar o echar al médico del café en ese mismo momento, pero Luffy no la deja porque está demasiado eufórico gritando al susodicho lo genial y amable que es. Tal y como Trafalgar lo sospechó, Boa no se atrevería a correrlo porque, en primera, el mocoso era su debilidad y no se atrevería a callarlo o llevarle la contra. Y dos; porque si Law se iba, el chico del sombrero de paja lo acompañaría a comer. Era el plan perfecto.

Así pues, los días posteriores habría de replicar aquella estrategia: se presentaría al negocio, molestaría a Boa únicamente después de asegurarse de que el mono con sombrero estuviera cerca y, cuando la mujer estuviese a punto de explotar sobre el profesor, llamaría a Luffy para preguntarle si tendría tiempo de volver a salir.

Claro que no siempre a comer; Law era masoquista, no millonario. A veces lo invitaría al parque de diversiones y, más tarde, cuando el dinero no le rindiera ni para eso, a su casa. No se daría cuenta de la hora en que habría de desarrollar una fijación por aquel estúpido auxiliar de limpieza; él lo justificaría diciéndose a sí mismo que le interesa el muchacho porque le encanta joderle la vida a Boa, pese a que ya todos los que trabajan en su cafetería tendrían bien claro que no es solo eso desde que las salidas se volvieran un hábito inclusive lejos del alcance de su jefa.

Como fuere, los episodios posesivos entre Hancock y Trafalgar con Luffy como objeto de discordia aumentarían, del mismo modo que Luffy, inconsciente y ajeno a la disputa, habría de dar desplantes eternos a los dos siempre que no le ofrezcan un beneficio no pago. Su único amor sincero era la comida.

Al final, llegaría el día en que los incansables enemigos pasarían de los insultos verbales a los empujones en medio de un negocio progresivamente desértico. Pese a que para la dueña no representa ninguna pérdida real cerrar alguna de sus sucursales, porque es increíblemente adinerada, poderosa e intocable por la crítica; para los amigos afectados de Luffy será un dolor en el trasero ver el sitio irse a la quiebra y, deprimidos por lo absurdo, tener que buscar otro trabajo por culpa de un triángulo amoroso existente nada más en la cabeza de dos sociópatas.

Luffy, en cambio, estaría contento tras haber realizado su sueño de ser libre: ya no habría más deuda qué pagar, porque no habría más negocio en dónde hacerlo.

Fin

(feliz para él)