Disclaimer: El Scorbus es de los fans. Los personajes, de Rowling. Harry y Draco sólo son amigos. De una amistad en estadios muy tempranos, de hecho.
«Esta historia participa en el reto Primera página del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black».
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Frase sorteada: «Ella vivía en el cementerio como si fuese un árbol más», El ministerio de la felicidad suprema, Arundhati Roy.
Él vivía en el cementerio como si fuese un árbol más del bosquecillo que rodeaba la pequeña cripta familiar, había dicho el señor Malfoy, en un circunloquio más poético del que Albus habría utilizado. Cuando conoció a Scorpius, Albus había pensado que el chico tenía un deje rebuscado al hablar que le hacía parecer un adulto en miniatura. Le había hecho mucha gracia, pero afortunadamente no se lo había confesado hasta varias semanas después, cuando Albus no había podido reprimir una carcajada en una de las clases de Herbología. Scorpius había dado una respuesta tan repipi a una de las preguntas de la profesora Sprout que no había podido evitarlo. Albus había tenido que disculparse repetidas veces por haberle ofendido.
Scorpius no le había perdonado hasta que le había asegurado que le parecía tan gracioso como encantador. Albus había comprendido de dónde había sacado esa forma de hablar al escuchar por primera vez al señor Malfoy utilizar ese mismo tono al final del primer curso, cuando Scorpius se había empeñado en presentarle formalmente a sus padres al bajar del Expreso de Hogwarts. Era casi como si Albus y Scorpius hablasen dialectos del mismo idioma, sólo que el de Albus parecía más tosco y primitivo y el de Scorpius más formal y cantarín.
Un trueno retumbó en la lejanía, anunciando una tormenta de verano que aliviaría el intenso bochorno que asolaba Wiltshire esa tarde cuando Albus abrió la puerta de la cripta y entró dentro. Se acercó sin preocuparse por el ruido de sus pasos en el suelo pulido pero Scorpius, fingiéndose dormido con la cabeza apoyada en el mármol de Carrara que recubría la tumba de su madre, no hizo amago de moverse. A pesar del gesto pacífico y relajado de su rostro, Albus sabía a ciencia cierta que estaba despierto. Dos años compartiendo dormitorio en Hogwarts le habían hecho conocer al dedillo cada uno de los sonidos que hacía su mejor amigo al respirar durante las noches.
Si dormía tranquilo, Scorpius adornaba el silencio de la noche con pequeños resoplidos cadenciosos. Albus aprovechaba eso para pincharle asegurándole que roncaba como un viejo troll de las montañas. «Un Malfoy nunca ronca, Al», solía reprenderlo Scorpius, acompañando la respuesta con un gesto altivo de la afilada barbilla que no escondía su inseguridad. Si dormía profundamente, agotado por alguna actividad física o un día largo e intenso, intercalaba profundos suspiros cada tres o cuatro exhalaciones, como si necesitase coger un extra de aire para compensar la falta de energía. Esto indicaba que necesitaba que lo dejasen descansar. Si además babeaba, Albus sabía que era probable que se levantase malhumorado por haber dormido demasiado.
Al principio de ese curso, si eran jadeos entrecortados y los doseles estaban firmemente cerrados, era indicativo de que Scorpius no dormía. Las primeras veces, Albus había pensado que su amigo no se encontraba bien porque él, más pequeño, había tardado algunos meses más en desarrollarse y comprender qué era lo que encontraba Scorpius tan excitante como para encerrarse tras las cortinas y jadear con tanto ímpetu. Había sido ese momento cuando Albus había empezado a notar la diferencia de edad con Scorpius, a pesar de que iban al mismo curso. Aquello le había preocupado durante meses, creyendo que la diferencia iba a ser tan grande que no podrían seguir siendo amigos hasta que, primero su propia pubertad y luego los episodios de insomnio y pesadillas de Scorpius, le habían igualado y hecho ver que su amigo le necesitaba a su lado, respectivamente.
El insomnio de Scorpius era fácil de detectar. Se esforzaba por cerrar los ojos y relajar el rostro. Albus podía verlo a la escasa luz de la luna si este no cerraba los doseles. Respiraba muy despacio, cogiendo aire por la nariz y soltándolo por la boca, de forma muy distinta a como lo hacía cuando estaba dormido de verdad. Era como si se esforzase tanto por actuar como el perfecto durmiente que resultaba excesivo y poco creíble. Por otro lado, si la respiración de Scorpius era agitada, significaba que tenía sueños inquietos y que no estaba descansando. Y si, además, emitía pequeños sonidos, es que tenía una pesadilla terrorífica que le asustaba de verdad. Había habido varias de esas en el último trimestre, antes de las vacaciones de verano.
Durante las vacaciones de Pascua, Scorpius había intentado convencer a su padre de que le permitiese quedarse en Malfoy Manor. Este se había negado en redondo, obligándole a regresar a Hogwarts a pesar de la insistencia de Scorpius. «Compórtate. Un Malfoy no tiene rabietas en público», le había advertido en voz baja el señor Malfoy en King's Cross, delante de Albus, harto de la insistencia de su hijo a pesar de que su rostro no delataba enfado alguno. «Haz caso a tu padre, Scorpius, cariño», había dicho la señora Malfoy con una voz tan frágil que Albus había pensado que la mujer parecía a punto de romperse.
Scorpius había apretado los labios con fuerza, pero no había dicho nada más. Tras despedirse de sus padres (un abrazo corto y seco a su padre y uno largo y anhelante a su madre, según había podido ver Albus al mismo tiempo que se despedía de los suyos), Scorpius había montado en el Expreso con la cabeza alta y no había dicho ninguna palabra, limitándose a mirar a sus padres con tristeza por el cristal hasta que el tren arrancó y sus figuras quedaron atrás. Después, se lo había contado a Albus, que se había sentado a su lado sin comprender qué ocurría, expectante.
—Mamá tiene una maldición —había dicho con la voz tomada, pero firme, mientras el tren cogía velocidad—. Ha empeorado durante este curso y…
Rose, Lorcan y Lysander entraron en el compartimento charlando a voces y Scorpius no terminó la frase, pero Albus lo comprendió: temía que ocurriese lo peor durante su ausencia. No volver a verla. Albus nunca había pensado demasiado en la muerte, mucho menos en la de alguien que conociese. La ansiedad de Scorpius por regresar a una casa donde su madre ya no estuviera le impedía conciliar el sueño. Cuando lo conseguía, sus sueños estaban plagados de búsquedas infructuosas y aterradoras.
Ya no había habido suaves resoplidos, profundos suspiros o jadeos entrecortados. Sólo noches repletas de pesadillas o insomnios que Scorpius intentaba disimular igual que hace ahora sobre la tumba de su madre mientras Albus se acerca a él y se pone en cuclillas a su lado: fingiéndose dormido con una expresión plácida y una respiración regular y silenciosa, demasiado perfecta para ser creíble. Albus tragó saliva y extendió la mano hacia Scorpius, sin atreverse a tocarlo.
Había estado a su lado durante el último trimestre de Hogwarts, apoyándole. Si Scorpius se removía agitado por una pesadilla, Albus abandonaba su cama y se metía dentro de la de él, consolándole en silencio hasta que la respiración se tornaba tranquila y regresaba la cadencia de los resoplidos. Esas noches, Albus no regresaba a su cama hasta el amanecer. Sabía que a Scorpius no le importaba porque este había hechizado los doseles de su cama la primera noche que habían dormido en el colegio con un encantamiento que su padre le había enseñado para impedir que nadie pudiese abrirlos, pero Albus sí podía traspasarlos. No sabía cuándo había modificado el hechizo Scorpius, pero mientras las cortinas se abriesen al toque de su mano para permitirle el paso, Albus estaba dispuesto a seguir levantándose para confortarlo sin que el resto de sus compañeros de dormitorio se enterasen de ello.
Al volver de Hogwarts para pasar el verano, la señora Malfoy le esperaba en el andén para recibirle, más pálida y débil que cuando la habían visto por última vez, pero erguida en toda su delgada estatura como un arrogante abedul. Albus incluso había llegado a pensar que las cosas no habían sido tan drásticas como Scorpius había asegurado tres meses antes, pero se alegró de no haber dicho nada al respecto cuando a principios de agosto a su padre le llegó una lechuza del señor Malfoy comunicándole el fallecimiento de la señora Malfoy y el deseo de Scorpius de que Albus estuviese en el funeral acompañándole.
Albus habría querido quedarse no sólo en el funeral y durante el entierro. Las ojeras de Scorpius delataban que no había dormido nada en días. Sus gestos eran lentos y pesados. Sus reflejos demostraban el agotamiento que debía sentir. Los párpados, hinchados, indicaban que había llorado, aunque no lo hizo durante la ceremonia, serio y digno al lado de su padre, con una túnica de luto similar a la de él. Albus no sabía que decir, pero consideró que en ese momento decían más sus silencios que sus palabras, vacías y huecas de contenido, así que se limitó, una vez más, a intentar apoyarle en silencio.
Al terminar el funeral, su padre lo condujo de vuelta a su casa, lo que le imposibilitó seguir estando al lado de Scorpius. El verano todavía estaba en su apogeo y Albus había tenido la esperanza de que no terminase sin visitar a Scorpius en la Mansión o que el pasase algún día en Godric's Hollow como habían hecho el verano previo. Le vendría bien estar distraído un rato. Durante las semanas anteriores, Scorpius se había negado aduciendo en las cartas que intercambiaban que deseaba pasar todo el tiempo posible con su madre. También se quejaba de que su padre seguía empeñado en que regresase a Hogwarts en septiembre. En realidad, las lechuzas que volaban de una casa a la otra estaban llenas de protestas amargas de Scorpius e intentos de Albus por animarlo. Sin embargo, a pesar de que Albus le había escrito al día siguiente del funeral, pensando que a Scorpius le vendría bien tener un rato de distracción entre que leía la carta y la contestaba, no había habido respuesta. Ni a esa, ni a las siguientes lechuzas que había enviado. Al principio había pensado que quizá Scorpius no deseaba hablar con nadie. Después, había empezado a enviar a la lechuza familiar tantas veces que esta se había negado a levantar el vuelo cuando intentó obligarla a entregar la cuarta misiva en menos de un día.
El corazón de Albus había latido con alegría al ver aparecer en La Madriguera, donde se encontraba pasando el fin de semana en compañía de sus primos, a Hefesto, el enorme búho real de los Malfoy. Sin embargo, el mensaje que portaba no había sido de Scorpius sino del señor Malfoy, rogándole encarecidamente (Albus se había aprendido la palabra, que desconocía hasta ese momento) que visitase a Scorpius a la menor tardanza posible y ofreciendo los servicios de Hefesto para que pudiese hacer uso de él para comunicarse con su padre y solicitarle su permiso.
—¡Papá! —Harry Potter había aparecido en La Madriguera apenas tres minutos después de que Hefesto llegase. Albus ni siquiera había tenido tiempo de encontrar una pluma con la cual escribirle—. Justo iba a enviarte un mensaje, el señor Malfoy…
—Me ha escrito a mí también —asintió Harry con una mueca que pretendía ser una sonrisa—. Imaginé que querrías ir inmediatamente, así que he venido a llevarte.
—¡Sí!
Si Albus había pensado en que necesitaba el permiso de alguno de sus padres para cruzar la chimenea de los abuelos Weasley rumbo a Malfoy Manor, se había equivocado. Su padre le había sujetado el hombro y los había aparecido a ambos directamente en el vestíbulo de Malfoy Manor. Scorpius y sus padres vivían allí desde siempre, según le había contado el propio Scorpius, pero sus abuelos se habían mudado a una finca de campo cuando sus padres se habían casado. Al aparecerse en medio del enorme vestíbulo, Albus pensó en lo grande que debía de ser aquella casa ahora que la madre de Scorpius no estaba. También se preguntó durante un segundo desde cuándo el señor Malfoy permitía a su padre el privilegio de poder aparecerse en el interior de su casa, pero descartó la duda en cuanto el rostro serio y acongojado del señor Malfoy, que les esperaba con gesto impaciente, le recordó que era él quien le había pedido que visitase a Scorpius.
—¿Dónde está? —preguntó inmediatamente, girándose hacia la escalera que subía al piso donde estaba el dormitorio de Scorpius.
—No está allí —dijo el señor Malfoy secamente, reteniéndole con cortesía del brazo cuando echó a caminar sin esperar respuesta—. Seguidme.
Albus había oscilado la mirada, desconcertado, entre este y su padre, percatándose por primera vez del gesto serio y preocupado de Harry, reflejo del suyo propio. Por primera vez, Albus vio las semejanzas que compartía con su padre, tan parecidas a las que tenía Scorpius con el señor Malfoy. Harry había debido de interpretar su mirada como una petición de permiso, porque asintió antes de guiarle tras el señor Malfoy hasta la verja que separaba el jardín francés de Malfoy Manor del pequeño espacio arbolado donde se ocultaba la cripta.
Albus no había entrado allí durante el funeral de Astoria Malfoy. La ceremonia se había realizado en un acto íntimo junto a la verja. Sólo habían estado los cuatro abuelos de Scorpius, sus tíos y su primo y un par de amigas de Astoria, además del propio Albus y Harry. Después, cuando Albus oyó hablar a su madre con su padre sobre ello, había comprendido que los Malfoy no debían de tener demasiados amigos. El abuelo de Scorpius, alto, delgado e imponente, había oficiado la ceremonia con gesto digno y altivo, pero sólo Scorpius y el señor Malfoy habían seguido el féretro, que había levitado dentro del bosquecillo cuando las puertas de la verja le habían franqueado el paso.
—Muchas generaciones de Malfoy descansan aquí —había murmurado el señor Malfoy con solemnidad cuando los tres se detuvieron junto a la verja. El funeral había sido tres días atrás, pero Albus los sentía como una eternidad. El señor Malfoy levantó la mano y la cancela se abrió lo suficiente para permitirle entrar, sin emitir sonido alguno—. Nadie que no sea Malfoy por nacimiento o matrimonio la ha pisado antes, Albus. Te ruego que muestres respeto mientras estés dentro.
—Scorp…
—No ha querido moverse de allí. Vive entre los árboles y las lápidas y se niega a entrar en la Mansión. Astoria… su madre… —La voz del señor Malfoy se rompió. El padre de Albus le apretó el hombro con un gesto de empatía en el rostro. Draco Malfoy carraspeó antes de seguir, agradeciéndoselo con un asentimiento—. Descansa en una cripta de mármol blanco que mi padre mandó preparar para él y mi madre. No tiene pérdida, la encontrarás fácilmente. Si Scorpius no está dentro, no andará lejos.
—¿Qué tengo que decirle? —Albus miró a su padre al preguntar esto, pero fue el señor Malfoy quien contestó.
—No lo sé. Nada de lo que yo le he dicho ha funcionado. —Albus vio, impresionado, cómo una lágrima se derramaba por la mejilla del señor Malfoy, que apretó los labios y se la enjugó con el dorso de la mano en un gesto de rabia. Albus nunca había visto llorar a ninguna persona adulta hasta ese momento, ni siquiera en el funeral de Astoria Malfoy, donde todo el mundo había tenido un gesto solemne y digno. Su padre le había explicado que seguramente llorarían su dolor cuando estuviesen a solas, pero Albus no había llegado a comprender qué significaba exactamente esa expresión—. Le he llevado comida y he hecho unos pocos hechizos para asegurar su comodidad, pero no quiere abandonar la cripta. Sólo… quizá… pensé que tú podrías convencerle de volver a casa. Que le vendría bien verte y estar contigo.
La amistad de Albus y Scorpius había fluido desde el primer día de colegio. El azar los había llevado a sentarse en el mismo compartimento. Scorpius le había mirado con gesto desafiante y Albus había recordado lo que su tío Ron había mencionado en el andén pero, unas ranas de chocolate después y comprobar que tenían los mismos gustos musicales, habían permitido que la típica cordialidad infantil se instalase entre ellos. Cuando el Sombrero Seleccionador los había colocado a ambos en Slytherin con seis compañeros más que ninguno de los dos conocía, aunque Scorpius había asegurado saberse sus apellidos y líneas genealógicas, había provocado que fuese natural elegir camas contiguas y sentarse juntos en la mesa de Slytherin al día siguiente. Un par de semanas después, todo el castillo se había acostumbrado a verlos juntos y al final del curso ambos eran inseparables.
El miedo de Albus a la reacción de los Weasley ante su amistad con Scorpius había sido infundado. Bien porque tía Hermione hubiese aleccionado a tío Ron, bien porque realmente este estuviese bromeando en el andén, lo cierto era que toda la familia había acogido a Scorpius con amabilidad en el fin de semana que este pasó en La Madriguera a finales del verano posterior a primer año. Scorpius había tenido algún problema más. Por lo visto, el señor Malfoy no era partidario de dejar a su hijo a solas entre tanto Weasley. Harry había hablado con él, pero Scorpius afirmaba que quien realmente le había convencido había sido la señora Malfoy y Albus había ido a pasar un fin de semana a Malfoy Manor en primer lugar y luego Scorpius había devuelto la visita. Aunque en un principio le había dado la impresión de que su padre y el de Scorpius se llevaban mal, al volver a verlos juntos, en vacaciones de Navidad de segundo año descartó la idea. Habían ido a la heladería que había en el Callejón Diagon a insistencia de Scorpius y Albus y, a pesar de que sus padres se habían sentado en la mesa de al lado para dejarles a su aire, Albus pudo observar que se trataban con cortesía e, incluso, cierta simpatía. Además, sabía que se escribían, sobre todo cuando Scorpius y él se habían metido en algún lío en Hogwarts o si quedaban durante las vacaciones escolares.
Albus había asentido una vez más, sonriendo con optimismo al señor Malfoy, que ya no lloraba, pero seguía apretando los labios con fuerza, como si estuviese conteniéndose. Estaba deseando ver a Scorpius, aunque le inquietaba que hubiera estado viviendo en un cementerio durante tres días y nadie le hubiese obligado a salir de allí.
—Quizá deberíamos esperar dentro de la casa, Draco —sugirió Harry en ese momento, en dirección al señor Malfoy.
—Si consigues que Scorpius vuelva, estaremos en el salón de té —asintió Draco Malfoy haciendo un gesto a su padre—. Vamos, Potter.
Caminando con cautela, Albus había traspasado la verja. La puerta se había cerrado detrás de él silenciosamente, pero no se preocupó demasiado. Caminó entre los árboles un tanto al azar, porque no había sendero ninguno que le guiase. Entre los árboles, en alguno de los cuales pudo distinguir bowtrucles, había lápidas vetustas con formas de símbolos celtas marcando el lugar de las tumbas de los antepasados de Scorpius. El jardín, que había parecido pequeño desde fuera, era más grande de lo que creía. Se había preguntado si estaba encantado para que fuese así. Pasó junto a un panteón y dos criptas antes de encontrar la que le había indicado el señor Malfoy, blanca como el David de Miguel Ángel que había visto en una ocasión en una diapositiva del colegio muggle al que había asistido hasta los once años.
Era mucho más pequeña de lo que había imaginado en su mente al oír la descripción del señor Malfoy. Más ostentosa por fuera que por dentro, sólo estaba el recubrimiento de mármol donde Scorpius reposaba. Albus se arrodilló a su lado para tocarle en el hombro con suavidad. Scorpius estaba helado a pesar de que el final del verano todavía conservaba su calidez y se estremeció bajo el contacto de su mano, delatándose.
—Soy yo, Albus —dijo este, antes de darse cuenta de que probablemente era una estupidez y que Scorpius ya sabía quién era—. He venido a buscarte, Scorp. Tienes que volver a casa, tu padre está preocupado por ti.
Scorpius gruñó y movió los hombros para deshacerse de la mano de Albus, pero este no se lo permitió.
—Estás helado. —Albus rozó el mármol de la tumba con los dedos de la otra mano. Se sentía extrañamente cálido. Cerró los ojos un segundo y se concentró, percibiendo la magia que danzaba por la cripta. Seguramente, el señor Malfoy había puesto hechizos para mantener el lugar caliente. Junto a Scorpius descansaba una bandeja con agua, leche, bollos y pan, pero no la había tocado—. Scorp…
—Hola, Al —dijo este, finalmente, con la voz ronca, abriendo los ojos y fijándolos, enormes y desconsolados, en los de Albus. Este sintió un nudo en la garganta al verlos enrojecidos e hinchados, y se preguntó si había estado llorando allí solo durante tres días—. ¿Por qué estás aquí?
—He venido a buscarte. Me… tu padre me llamó y me dijo que no te habías querido mover de aquí en días.
—¿Días? —Scorpius parpadeó, desorientado.
Albus se preguntó si realmente llevaba sin comer tres días. No sabía cuánto tiempo podía aguantar una persona sin comer y beber. Lamentó no haber llevado una sudadera para ponérsela a Scorpius y ayudarle a entrar en calor, pero el verano seguía siendo caluroso y la temperatura de la cripta era agradable. Además, las ropas de Scorpius estaban arrugadas, pero no sucias. Albus se preguntó dónde habría hecho este sus necesidades. Scorpius pareció comprenderlo, porque se sonrojó avergonzado.
—Vine con mi varita —explicó Scorpius sucintamente—. Cuando me escapé por la noche de mi dormitorio, no estaba seguro de que la verja se abriese para mí como para mi padre, así que cogí la varita por si tenía que obligarla a hacerlo.
—No podemos hacer magia fuera del colegio —recitó automáticamente Albus.
—En realidad, sí podemos —dijo Scorpius, esbozando una mueca a modo de sonrisa.
—La prudente limitación…
—No funciona aquí —negó Scorpius, interrumpiéndolo—. Probablemente tampoco funcione en tu casa. El abuelo Lucius me explicó que el Ministerio no tiene manera de saber qué mago ha hecho magia, sólo que se ha hecho magia. Así que, técnicamente, sí podemos hacerla. Yo la he hecho aquí para asearme.
Albus resopló, a medio camino entre la indignación porque Scorpius no hubiese compartido ese dato con él antes y la admiración porque, incluso en una situación como en la que estaban, Scorpius dejaba salir el alma sabihonda que llevaba dentro. Supuso que ese mismo carácter era el que le había impelido a limpiar sus ropas mágicamente: Scorpius odiaba estar sucio y desarreglado. Mientras que él llevaba el uniforme con descuido en Hogwarts, Scorpius siempre mantenía la corbata en su sitio y los faldones de la camisa dentro de los pantalones. Albus sospechaba que en realidad lo hacía con algún hechizo, igual que el pulcro peinado que siempre llevaba.
Sin embargo, en ese momento Scorpius no estaba peinado en absoluto. Su pelo rubio, más claro que el de su padre, aunque no tanto como las fotografías de este cuando era pequeño que había visto en la Mansión, caía alborotado sobre su frente y sus orejas y se levantaba erizado en la nuca. Albus se dejó llevar por el impulso de pasarle los dedos por los cabellos, intentando domarlos como Scorpius hacía alguna vez con los suyos propios, que no peinaba nunca. Scorpius se dejó hacer y, por primera vez desde que Albus había entrado en la cripta, dejó de abrazar el mármol que recubría la tumba y se volvió hacia él.
—Te he escrito —dijo Albus, sin saber muy bien qué debía decir para conseguir que Scorpius volviese a casa como su padre deseaba. Como él mismo deseaba. Le destrozaba ver a su amigo tan roto por dentro.
—Sí. He leído tus cartas. —Scorpius sacó el fajo de pergaminos de su bolsillo, arrugados. Aquello tampoco era propio de él, que solía ser prolijo con sus cosas. Prolijo era otra palabra que Albus había aprendido de Scorpius. Se preguntó una vez más cuántas cosas más habrían cambiado en aquellos tres días en su amigo que debía conocer de nuevo—. Las lechuzas las trajeron directamente aquí aunque las dirigieras a mi habitación. Siento no haberte contestado, Al. No se me ocurrió invocar una pluma y pergamino. Y creo que tu lechuza ya no quería llevar más cartas.
—No importa —repuso Albus, sorprendido de que la conversación fuese tan natural, dadas las circunstancias.
Scorpius se sentó recostándose contra el mármol y Albus lo imitó, colocándose a su lado y abrazándose las rodillas con los brazos. Con gesto distraído, Scorpius alisó las cartas de Albus y, sosteniéndolas con una mano, comenzó a leerlas en voz alta.
—No puedo imaginar cómo te sientes, Scorp. Lo siento mucho. Tu madre me pareció siempre muy guapa y muy simpática. Siempre se preocupaba de que tuviésemos un vaso de leche caliente cuando me quedaba a dormir contigo en Malfoy Manor y nos dejaba compartir la habitación a pesar de que tenía que poner una cama extra. —La voz de Scorpius se quebró. Albus apretó los labios, sintiéndose culpable por haber tenido tan poco tacto de recordarle a su madre—. No sé si está bien que te hable de ella. Ni siquiera la conocía demasiado. A lo mejor no quieres que lo haga y estoy metiendo la pata.
—Lo siento —susurró Albus. Scorp dejó la carta a un lado, negando con la cabeza, y cogió la siguiente.
—¿Recuerdas el día que mi primo Fred se estrelló contra la valla del jardín y salieron varios gnomos a empezar a darle patadas? —continuó leyendo Scorpius en respuesta. Albus se soltó las rodillas y estiró las piernas. Sin levantar la mirada de la carta, Scorpius extendió la mano y buscó la de Albus, apretándola con fuerza—. Pues hoy le ha pasado a Molly. Estaba jugando un juego de buscadores con Lucy y ha calculado mal una finta. Se ha estrellado contra una de las guaridas de los gnomos y estos han comenzado a morderla. Se ha llenado de lunares violetas y la señora Longbottom ha venido desde Hogwarts para revisarla. Ha dicho que tardarán días en desaparecer. La abuela Molly se ha enfadado con el abuelo Arthur porque dice que no debería haber gnomos en el jardín.
Scorpius dejó la carta a un lado, sobre la anterior, y leyó la tercera. Su voz se fue aclarando mientras leía y el sonido rebotaba en las paredes de la cripta en una suerte de resonancia que no llegaba a ser un eco. No soltó la mano de Albus en ningún momento. Cuando terminó la última, suspiró profundamente.
—Las he leído todas varias veces. Me ha gustado cómo has hablado de mi madre. Y me han hecho compañía, Al —aseguró Scorpius.
—¿Por qué estás aquí si no quieres estar solo? —preguntó Albus, curioso y tranquilo al verle más centrado.
—Supongo que pensé que si estaba aquí, sería como estar con ella. O que quizá, si regresase como fantasma, este sería el primer lugar donde aparecería —confesó Scorpius.
—Mi padre dice que la gente no suele querer volver como fantasmas —dijo Albus, rememorando un dato que había oído años atrás, cuando todavía era demasiado pequeño para participar en las conversaciones de adultos, pero lo suficientemente mayor para comprenderlas—. Dice que la gente prefiere seguir adelante y que es mejor así.
—Yo sólo… sólo quería pasar un poco más de tiempo con ella, Al —murmuró Scorpius, con la voz rota, cerrando los ojos. Albus le soltó la mano y le rodeó los hombros, atrayéndolo hacia él. Scorpius apoyó la cabeza en su hombro y Albus le dio un beso en la sien—. Solía hacer justo eso.
—¿Qué? —preguntó Albus, confundido.
—Besarme así. Cuando estaba triste o deprimido, me abrazaba y me besaba para consolarme.
—Claro. —Albus asintió. Lo había hecho sin pensar, repitiendo un gesto que había visto miles de veces en su casa—. Mi madre también lo hace conmigo.
—Mamá ya no podrá dármelos nunca más —dijo Scorpius en voz tan baja que Albus casi creyó habérselo imaginado. Inmediatamente, Albus volvió a besarlo en la coronilla, tratando de consolarlo—. No es lo mismo, no se siente igual.
—Lo siento —se disculpó Albus, disgustado, apretando los labios al pensar que se había equivocado al interpretar las palabras de Scorpius—. En realidad, no sé qué hacer para que te sientas mejor.
—Eso dijo papá también cuando vino —dijo Scorpius. Su voz sonó triste y arrepentida, pero Albus sospechaba que él tampoco habría querido hablar con su padre en su lugar—. Lo cierto es que bastaba con que estuviese aquí, preocupándose por mí. Basta con que estés aquí conmigo, Al.
—No me iré si no quieres.
—Sí me he sentido mejor, Al. —La voz de Scorpius sonó más somnolienta que triste. Se acomodó mejor, recostando casi todo su peso contra Albus—. El beso. Sólo he dicho que no se siente igual, pero sí ha servido para hacerme sentir mejor. Gracias.
Albus no contestó. Se limitó a estrecharle lo más cerca que pudo para transmitirle su calor, aunque ya no notaba tanta frialdad procedente del cuerpo de Scorpius y volvió a besarle la coronilla. Unos segundos después, un suave resoplido de Scorpius le indicó que estaba dormido. Incómodo por la postura y lo duro del mármol, Albus se removió lo más discretamente que pudo para no molestar a Scorpius, dejó caer la cabeza hacia atrás y, sin darse cuenta, se quedó dormido también.
Se despertó destemplado, con la mente obnubilada y pesada por el exceso de sueño, cuando un trueno más fuerte resonó en la cripta. El sonido de las gruesas gotas de agua golpeando el mármol de la cripta hizo que el interior retumbase como si estuviesen martilleando con fuerza, en un murmullo relajante. Scorpius seguía apoyado en él, abrazándole con ambas manos y escondiendo el rostro en el hueco de su hombro, respirando de manera acompasada, todavía dormido. Tiritando de frío por el bajón de temperatura corporal provocado por el sueño, Albus tanteó con la mano que tenía libre hasta encontrar la varita de Scorpius y realizar un hechizo calentador más potente que el que el señor Malfoy tenía funcionando en la cripta, rezando silenciosamente porque Scorpius tuviera razón y no estuviesen metiéndose en un buen lío. El movimiento y las palabras, ya que todavía no sabía hacer magia no verbal, despertaron a Scorpius.
—¿Qué hora es? —preguntó este, con voz pastosa.
—Tempus. —susurró Albus. Unas manecillas fantasmales aparecieron frente a ellos—. Hemos dormido más de tres horas. ¿Qué tal te encuentras?
—Anquilosado.
—Scorp… ¿qué clase de chico de trece años utiliza la palabra anquilosado en una conversación?
—Casi catorce —matizó Scorpius con una risita. Albus sintió el pecho llenársele de emoción. Había temido no escucharle bromear o reír nunca más—. Me ha sentado bien dormir.
—¿No has dormido en todo el tiempo que llevas aquí?
—Sí. Pero era peor que estar despierto —dijo Scorpius. A pesar de que se había quejado y de que el propio Albus sentía dolor en todo el cuerpo por la postura en la que habían dormido, ninguno de los dos se había movido. Scorpius se acurrucó un poco más junto a él—. Perdía a mamá una y otra vez, o la buscaba y no conseguía verla. A veces no sabía si estaba dormido o despierto.
—A lo mejor es porque no has comido nada —gruñó Albus, estirando las piernas e intentando no pensar en por qué Scorpius no tenía pesadillas nunca cuando dormía a su lado—. No puedes quedarte aquí, Scorp. No podemos quedarnos aquí —matizó para aclararle que estaba dispuesto a quedarse con él si hacía falta.
—Tienes razón. Será mejor que volvamos.
Todavía tardaron unos minutos en comenzar a moverse. Se pusieron de pie entre quejidos y Albus se estiró, intentando devolver a la vida sus músculos doloridos. Cuando vio que Scorpius buscaba a su alrededor, se dio cuenta con culpabilidad de que seguía teniendo su varita. Se la devolvió con un gesto de disculpa, pero Scorpius no pareció darle importancia.
—Evanesco. —Tras hacer desaparecer la bandeja con la comida, Scorpius rodó la varita entre sus dedos—. Se siente diferente.
—Lo siento —dijo Albus, pensando que, quizá, no debería disculparse tanto. Seguía sin saber cómo tratar a Scorpius, temía decir algo que provocase que se rompiese o llorase, aunque en ese momento parecía más él mismo que cuando lo había visto al llegar.
—Más cálida. Como si estuviese contenta.
—¿Pueden estar contentas las varitas?
—Eso parece. —Scorpius se encogió de hombros y apuntó a Albus con ella—. Musculi relaxo.
—Gracias —dijo Albus al sentir cómo dejaba de dolerle la espalda al instante, con una sensación de un masaje recién hecho.
—Se lo he escuchado al abuelo Lucius alguna vez, cuando se queda dormido en un sillón después de comer —explicó Scorpius, apuntándose a sí mismo y repitiendo el hechizo.
—Scorpius Malfoy, ¿has probado conmigo un hechizo que no habías utilizado nunca?
—Culpable. Pero ha salido bien, ¿no? —bromeó Scorpius. Albus le devolvió la sonrisa, pero este volvió a ponerse serio y se giró hacia la tumba de su madre—. Querría pasar contigo el resto de mi vida, mamá. Te quiero. Vendré a verte más veces, ¿de acuerdo? Pero Al y papá tienen razón. Ahora tengo que marcharme.
Albus quiso decirle que, seguramente, su madre también estaría de acuerdo con ellos. Que Scorpius tenía derecho a reírse, bromear y ser feliz, pero no sabía si era adecuado pensar eso. A él nunca se le había muerto ningún familiar, cercano o lejano, que hubiese conocido. Ni siquiera era capaz de imaginar cómo se sentiría en el lugar de Scorpius, mucho menos cómo se sentía él.
—Vámonos —murmuró Scorpius al cabo de unos segundos de respetuoso silencio.
Salieron de la cripta y Albus ayudó a Scorpius a cerrar la pesada puerta. El chaparrón, típico del verano, había cesado tan repentinamente como había comenzado. El ambiente estaba húmedo y pegajoso y el olor a lluvia impregnaba todo el bosquecillo. Sin mediar palabra, Scorpius agarró de nuevo la mano de Albus y lo guio a través del bosquecillo hasta la verja, que se abrió a su paso sin necesidad de utilizar la varita. Caminaron hasta la mansión, que se levantaba magnífica, reflejando los tonos púrpura y anaranjados del atardecer.
—Tu padre dijo que estarían en el salón de té —murmuró Albus, rompiendo el silencio, cuando entraron en la casa.
Scorpius asintió, pero no soltó su mano. Cuando llegaron a la salita, Albus vio que tanto su padre como el señor Malfoy estaban sentados en dos sillones con un vaso de wiski en la mano cada uno, charlando quedamente. Enmudecieron al verles entrar y se levantaron inmediatamente. Al ver el gesto serio de ambos, Albus temió que reprendieran a Scorpius, pero pronto comprobó que su miedo era infundado.
—Hijo… —dijo el señor Malfoy. Harry sujetó el vaso de wiski que este le tendió cuando se abalanzó sobre su hijo, abrazándole. Albus se sonrojó, avergonzado, y bajó la vista. Nunca había visto tan efusivos a Scorpius y su padre, que solían comportarse con extrema corrección cuando él estaba en la mansión, pero Scorpius no le había soltado la mano y Albus no quería ser el primero en romper el contacto. Sin embargo, antes de poder seguir sintiéndose un intruso en aquel abrazo, el señor Malfoy se separó de su hijo y puso su mano sobre el hombro de Albus—. Gracias por acudir, Albus.
—¿Puede quedarse a dormir? —Scorpius miró a Harry al preguntar en lugar de a su padre—. Aunque sólo sea esta noche. Por favor.
—Tengo que consultarlo con su madre, pero no creo que haya problema —dijo Harry tras intercambiar una rápida mirada con Albus, que asintió rápidamente. Luego se volvió hacia el señor Malfoy, que también dio su permiso silencioso—. Voy a hacerlo ahora mismo. Draco, ¿qué chimenea…?
—Binky —dijo el señor Malfoy, interrumpiéndole. La elfina doméstica apareció en la sala con un crujido—. Guía al señor Potter a la chimenea de mi despacho e indícale dónde están los polvos flu. Lo siento, no hay ninguna otra chimenea conectada a la red ahora mismo, Potter.
—Te lo agradezco.
—Quizá tú, tu esposa y tus hijos queráis cenar con nosotros dos. No somos la compañía más alegre de Inglaterra ahora mismo, pero Scorpius tiene razón, nos vendrá bien despejarnos un rato con otras personas —dijo el señor Malfoy con tono inseguro.
—¿Yo he dicho eso? —preguntó Scorpius en voz baja.
Sólo Albus le oyó y le dirigió una sonrisa que esperaba que fuese alentadora, contento porque a pesar de lo pesado del ambiente, Scorpius seguía dispuesto a bromear. Albus vio que su padre levantaba las cejas y parecía sorprendido, pero se limitó a asentir antes de salir del salón de té, siguiendo a la pequeña elfina. Albus no creía que su madre se negase. Aunque no había ido al funeral, se había mostrado verdaderamente apenada de que Scorpius perdiese a su madre y había escrito las condolencias de rigor al señor Malfoy. Además, Lily y James deseaban ver la mansión desde que Albus había vuelto el verano pasado de pasar unos días allí, encantados con lo que este les había contado.
—Gracias, papá —murmuró Scorpius.
—No importa. Si necesitas a tu amigo aquí, no seré yo quien se niegue —dijo Draco, forzando una sonrisa.
—Y… lo siento. Creo que no me he comportado como un Malfoy —añadió Scorpius, pareciendo contrito. Apretó aún más la mano de Albus, que le devolvió el apretón.
—Scorpius… Es increíble cuánto has crecido, hijo. —El señor Malfoy volvió a acercarse a él y puso la mano en su hombro. Albus no notaba diferencia en la altura de Scorpius, así que imaginó que el señor Malfoy se refería a ese cambio que él mismo notaba en su amigo y que no sabía cómo gestionar—. Escúchame. No estoy enfadado contigo. Sólo preocupado.
—Los Malfoy no…
—Al infierno con lo que los Malfoy hacen o dejan de hacer, ¿de acuerdo? —Scorpius tragó saliva y asintió. El señor Malfoy le sonrió cariñosamente, aunque todavía tenía tristeza en el rostro—. Subid a tu habitación, anda. Voy a pedir a los elfos que preparen cena para siete.
—Me alegro de que tu padre y el mío se lleven mejor —dijo Scorpius mientras subían las escaleras.
—¿Por qué dices eso? Yo pensaba que se llevaban bien —repuso Albus, extrañado. Scorpius seguía aferrando su mano con fuerza y él se estaba dejando llevar—. Siempre que quedamos hablan entre ellos.
—Quizá ahora sí, pero al principio a mi padre no le gustaba. Y estoy seguro de que a tu madre tampoco —negó Scorpius, volviendo a sonreír tímidamente—. Creo que no eran amigos antes de que nosotros lo fuésemos. Pero cada vez se llevan mejor, estoy convencido. Papá no tiene muchos amigos, más allá de tía Pansy y tío Theo. Y tío Theo no cuenta, porque es el marido de tía Daphne.
Entraron en el dormitorio de Scorpius. Este se descalzó pisándose los talones de las zapatillas que llevaba. Ese era otro cambio. Scorpius era siempre muy prolijo con su ropa, pero no parecía dispuesto a soltarle de la mano para agacharse a quitarse las zapatillas. Albus se percató por primera vez en toda la tarde de que eran totalmente muggles y volvió a sonreír. Scorpius vestía ropa mágica al llegar a Hogwarts pero, cuando había estado el primer verano en La Madriguera, Albus le había prestado unos vaqueros, una camiseta y unas zapatillas muggles para bajar al pueblo a dar una vuelta. Desde entonces, Albus había estado seguro de que Scorpius vestía ropa muggle en su casa cuando nadie le veía, pero no lo había podido confimar.
Albus le imitó antes de dejarse llevar por los tirones de la mano de Scorpius, que se dejó caer encima de la cama y le arrastró con él. Inmediatamente, Scorpius se acurrucó a su lado, de manera similar a como había hecho en la cripta, y Albus le permitió hacerlo, contento de que Scorpius volviese a acercarse a él.
—Papá dijo que dejaría de doler en algún momento y pesarían más los buenos recuerdos que la tristeza de ahora —musitó al cabo de un momento, y Albus comprendió que volvía a hablar de su madre—. No lo entendí cuando lo dijo. Cómo no iba a ponerme triste que mamá no esté… Es casi una traición.
—¿Pero? —Albus lo conocía lo suficientemente bien como para saber que había algo más.
—Mientras dormíamos he soñado con mi madre. Un buen sueño, no como los otros —se apresuró a aclarar Scorpius—. Me abrazaba y me decía que me quería mucho, que fuese feliz. Creo que ya entiendo qué quería decir mi padre.
Albus no sabía si lo entendía, pero sí comprendió que aquel cambio que se había operado dentro de Scorpius no afectaba a la amistad que tenían. En cualquier caso, la reforzaba, así que no se preocupó. Había temido que Scorpius, llevado por la tristeza, se alejase de él.
—Ni se te ocurra quedarte dormido. Deberías ducharte y cambiarte antes de que tu padre nos llame para cenar —advirtió Albus, cambiando de tema cuando oyó la respiración de Scorpius relajarse y empezar a incorporar algún que otro resoplido.
—No te preocupes, hay tiempo —murmuró Scorpius con voz relajada—. Tú también puedes asearte y cambiarte, te prestaré algo de ropa.
—De acuerdo. —Albus se movió lo suficiente para poder besar la sien de Scorpius y este hizo un sonido agradable y se apretó más contra él.
Satisfecho por haber encontrado una forma de llegar a Scorpius y mitigar su tristeza tras tres días de desazón por no conseguirlo, Albus suspiró y miró al techo. Un suspiro gemelo bajo su brazo le indicó que, finalmente, Scorpius había vuelto a caer rendido de sueño, esta vez más profundamente. Fastidiado por tener que despertarle, decidió dejarlo dormir un poco antes de hacerlo, acariciándole las suaves hebras del cabello para relajarse.
