—¿Puedo?

—Adelante.

Era un objeto maravilloso. Por momentos parecía una ilusión, pero al tomarlo entre las manos sintió el peso real, y la energía que cargaba. Era...

—El cosmos...

—Si, es de ella.

La sonrisa fue franca, y tenía en su gesto algo de melancolía. La presencia en sí misma era ineludible: Sangre divina había sido derramada para que aquello fuese posible.

—Es una cosmoenergia dulce, pero cargada de sabiduría y poder. Nunca pensé que podría sentir algo así.

—Así es nuestra diosa, Thais. Es bueno que la percibas de antemano. — la pelirroja entonces sonrió con confianza, abrazando la gran espada contra sí, concentrándose unos momentos, para volverla a mirar como objeto.

—Es extraño, siendo que no se nos permite usar armas. ¿Por qué ella elegiría hacerlo de este modo? — preguntó la mujer de repente, confirmando que la vaina era de cuero trenzado.

—La forjó mi abuelo, y mi padre la entregó a los enviados del Santuario como un símbolo de respeto y fidelidad a Atenea de parte de mi clan. Tengo la sensación de que le mejoró la vaina, porque los muvianos no tenían cobertura para sus espadas; las envolvían en lino y dormían con ellas.

—Oh, ya veo — volteo a verlo — ¿los recuerdas, a tu familia?

—El de la memoria eidética es Sage; pero yo recuerdo las risas, y los aromas de sus comidas. Esos son los buenos momentos, al final.

—Es cierto.

Thais miró de nuevo el arma, dejándola en su descanso de manera respetuosa.

—Conozco esa mirada, mi muchacha — el anciano dijo con una sonrisa amplia, luego de unos minutos de silencio — . Habla, hoy estoy de descanso.

—Lo siento — sonrió, sonrojada — . Es que el Santuario es un triste y largo historial de orfandades, en el cual jamás se habla del pasado. Y ahora que mencionaste a tu clan, no puedo evitar pensar cómo eran.

—Parecidos a nosotros, pero más sabios y maravillosos — respondió, caminando hacia ella, pero con sus pensamientos muy lejos — . En lo personal, adoraba a mi madre. Estricta, pero cariñosa, preocupada por su comunidad, siempre al servicio de los demás. Sage tenía más afinidad con mi padre, porque le gustaba leer. Mi abuelo tenía la fama de ser un trotamundos, ya que fue de los pocos Herreros Celestiales que salieron de mi pueblo para venir hasta acá a traer Cloths, junto con esta espada ofrendada; y tenía historias. Reales e inventadas, en las que no sabías cuál era cuál; pero no importaba — quedó parado junto a ella, mirándola desde su altura — . Mi padre creció con esos cuentos, con su maravillosa forma de narrarlos, y decidió naturalmente traspasar ese entusiasmo a su hijo menor. Entre el relato y los libros, fue cuestión de tiempo.

—Hablas como si fueras un iletrado, maestro Hakurei.

—No soy exactamente un buen lector, si te soy franco. Ni muy disciplinado como para estudiar por días enteros, y saber más de 15 lenguas. Prefiero más... no sé, vivir con otros sentidos — se miró las manos — . Supongo que es cosa de talento natural, si se quiere. Mi padre se sorprendió en un punto al saberme el siguiente Herrero de la familia. Pero, ¿entre nosotros? — sonrió — aún disfruto cuando Sage se inspira a relatar cosas como si fueran cuentos. Aunque sean hechos que yo mismo viví con él. Es un deleite personal escucharlo, y debes coincidir en esto conmigo seguramente.

—Lo es. E imagino que te permite no añorar tanto tu infancia.

—Soy consciente de mi fortuna. Aunque los perdimos de chicos, al menos los tuvimos.

Un silencio algo más tenso invadió la pequeña sala, y el viento que se coló por las ventanas acompañó la suave sonrisa de la mujer detrás de la máscara.

—Por si te lo preguntas, Altar, aún recuerdo a mi abuela que me dejó aquí — miró hacia adelante — . La odié por años, pero al final supe que me salvó la vida; y le costó mucho dejarme ir.

—No puedo siquiera imaginar el dolor que habrá sentido. Pero hizo bien.

—Muchas veces lo dude, pero ahora...

—¿... ahora?

—Ahora estoy bien.

—Me alegra saber eso. — cerró con otra amplia sonrisa, genuinamente aliviado.

La relación personal que compartían Sage y Thais era un secreto a voces en aquel lugar. Para tener charlas privadas era necesario ir a rincones recónditos, como la armería cerca de la Sala de Armaduras en donde se hallaban en ese momento.

El gemelo del Patriarca quería conocer más a la joven que se había ganado el corazón del viejo Cáncer. Ahora era su maestro, en cierto modo.

—Eres astuto, te hice una pregunta sobre esta espada y desviaste el tema para que terminara hablando de algo personal. — el viejo soltó una pequeña carcajada de triunfo.

—Mi curiosidad es fatal, te pido disculpas. Aún y con todo lo que Damasus me cuenta de la perspectiva que tiene sobre tí, hay cosas que quiero comprobar por mí mismo.

—... ¿Realmente están observando mis movimientos todo el día?

—Géminis, no yo. Y no lo culpo. Eres digna de mirar si es que tienes la atención de mi hermano de esa manera.

La pelirroja se sonrojó una vez más, dándole la espalda

— ¡Y lo haces de nuevo! Vine a saber el por qué existe esta espada, por eso acepte tu invitación aquí.

—Ya te respondí, la trajo mi abuelo como ofrenda de fidelidad.

—No puede ser sólo eso— La muchacha puso los brazos en jarras, desafiando con su baja estatura — . Conozco espadas y esta no es como ninguna que se crea como una ornamentación. Más si fue forjada por un Herrero Celestial, siempre hay propósito. De otro modo, ¿para qué necesita la sangre de la diosa?

Hakurei abrió la boca y la cerró, manteniendo una mueca de sorpresa.

—Vaya, ahora sé por qué Sage está embelesado... — se rascó la barbilla — Eres toda una sorpresa.

—Sextante me eligió más que por los puños, maestro.

—Como siempre, las estrellas eligen correctamente— le aseveró — . Así que contestaré tu pregunta. Sí, esta espada tiene un fin específico. Está hecha como arma de ataque, pero es simplemente una fracción de lo que hace. Es un catalizador.

—¿Un catalizador? ¿Qué es eso?

—Es un objeto que absorbe y transmuta energía. Obedeció a un pedido muy específico de la diosa, ante una necesidad en la guerra.

—¿Qué necesidad?

Hakurei comenzó a caminar en círculos, con sus manos cruzadas en la espalda, con una expresión seria y el gesto fruncido.

—En la Guerra Santa en donde peleó el legendario Krest de Acuario, estuvieron a punto de perder el embate de Hades. De no haber sido por esta espada, no estaríamos hablando ahora — la miró — . Atenea fue tomada por sorpresa mucho antes de los tiempos indicados en las estrellas para que los Espectros encarnaran. Era joven, y pasó algo que ninguno esperó: el Santo de Cáncer fue atacado en una emboscada lejos del Santuario, y lo asesinaron. Aunque era una baja quizás esperable, luego Acuario se dio cuenta de algo esencial: no había ningún agente de los nuestros que pudiera mirar los movimientos de las fuerzas del Inframundo desde el Otro Lado. En su momento, confiados, le restaron importancia a las advertencias en las preocupaciones del maestro Krest. Pero en el tiempo le dieron la razón: era un punto ciego.

Thais quedó absorta en el relato.

—¿Atenea espiaba a Hades?

—Bueno, es una estrategia militar. Y es mutuo, ya lo sabes — respondió — . Fueron más rápidos, y como no atendieron el asunto, se encontraron con un problema tiempo después. Ya que si bien la diosa puede viajar por sí misma, no puede permanecer allí por su cuerpo humano; es una habilidad que sólo los Cáncer tienen. Y sin el Santo...

—Nadie vigiló más el Yomotsu, que es una de las puertas.

—Exacto. Cuando las secuelas comenzaron a tener peso, la diosa pidió a través del muviano que era el Santo de Aries de esa época, que forjara un objeto que no fuera una Cloth, pero que pudiera tener su sangre, para que que cualquier protegido suyo pudiera activarlo con su cosmos, y así ser un pasaje al Yomotsu Hirasaka. Básicamente, una versión artificial del Seki Shiki Meikai Ha — se señaló la sien — . Aries fue a Jamir y llamó a los Herreros Celestiales, entre los que estaba mi abuelo. Y a él se le ocurrió que fuera la espada, ya que no debía ser nada llamativo o detectable en primera instancia. Tomó un diseño muviano muy antiguo de armas, le dio su toque y aquí la tienes.

Caminó hacia el arma y la acarició despacio.

—Y funcionó.

—Otros Santos pudieron ir al Yomotsu, en turnos. Se logró descubrir las fugas que aventajaban a los Espectros y emparejar un poco el tablero en un momento decisivo. El resto es historia, y la espada quedó como una reliquia de la diosa, consignada a los Herreros para custodiarla. Cuando fue mi turno, decidí tenerla conmigo siempre.

—Entiendo que no es un arma en sí, sino que tiene la forma de una, pero no veo por qué no usó otra cosa que ya existiera; quizás, ¿las Armas de Libra? Son para cada Santo Dorado, como un último recurso. ¿Por qué no elegir alguna de esas en vez de arriesgarse a hacer otra de cero?

—Por su función. Las Armas de Libra son sagradas, pero no tienen la sangre de la diosa, sino algo propio de su estrella: son imparciales, como su signo. No hay poder divino adicional.

—Pero, técnicamente sirven a Atenea.

—Técnicamente puede convertirse en un Sapuri — respondió, deteniéndose en un momento — . La fidelidad de las Cloth pasa por otro lado. Por eso hay que ganarse la confianza con acciones; no dar por sentada las cosas, como mal acostumbran los humanos.

—Espera, ¿Estás diciendo que ellas no hubieran aceptado ser una catalizador al Yomotsu?

—Exactamente.

—Déjame entenderlo. Supongamos que su dueño se corrompe, ¿la armadura también?

—Por supuesto, es un vínculo mutuo. Siempre y cuando su portador la respete, las convicciones que sigan juntos pueden variar.

Se detuvo un momento, mirando entonces la puerta hacia la otra sala, donde había Cajas de Pandora esperando a sus dueños.

—No creí que pasara algo así.

—Por eso deben aprender a escucharlas, es algo en lo que insisto siempre — la miró — . En el momento en que tu protección no te considere digna, puede abandonarte, porque ya no quiere saber más nada contigo — sonrió — . Tienen mucha voluntad propia, sólo hay que saber escuchar. Así que siempre debes comportarte con Sextante, es muy rígida.

—... estás hablando como si fuera una persona.

—No lo es, en cierto modo. Y en cierto modo, sí.

—Mnh. Entonces sé honrar su curiosidad.

La pelirroja lo enfrentó. Una mirada fija y determinada traspasó los ojos metálicos, con una precisión tal que el muviano también se detuvo, como si estuviera concentrado en su rostro.

—... dime hacia donde lleva la conversación ahora.

—No es muy difícil — la joven sonrió — . Si yo quisiera ir al Inframundo, podría ir con la Espada de Atenea, ¿cierto?

De repente, y antes de que pudiera reaccionar, el muviano dio dos zancadas amplias, interponiéndose entre la muchacha y el arma en el atril, a metros de ella.

—Con el catalizador, sí. Pero como aún aprecio la cabeza pegada a mi cuello, te pido que siquiera lo consideres.

—¿Por qué?

—El Yomotsu es un lugar horrible. Y se suma el hecho no menor de que Sage me matará si se entera de que sabes todo esto por mí.

—Creo que exageras. Esto debes enseñarlo, tarde o temprano.

—Entre enseñarte algo, a ir, hay un abismo de diferencia.

—¿Y si debo hacerlo algún día? ¿Por qué no saberlo antes?

—Quizás nunca debas. Y es mejor.

Thais se movió a un costado, pero Hakurei se interpuso nuevamente, cubriendo la vista a la espada. Al siguiente intento hacia la otra dirección, el hombre se volvió a interponer.

—¡Hakurei!

—¡No seas caprichosa! — le insistió, con el ceño fruncido — ¿Qué no aprendes de lo que te digo?

—Justamente, ¡quiero saber!

El hombre suspiró con profundidad y se tocó los puntos, reflexivo. Entonces estiró sus manos sobre los hombros de la muchacha, en un acto de confianza que la hizo sonrojarse con fuerza.

—Sextante, soy el ser vivo más inadecuado para prohibirle algo a alguien, porque yo mismo soy producto de esas desobediencias — sonrió apenas, burlándose de sí mismo — . Pero eres una muchacha inteligente, no eres impulsiva y tonta como yo lo sería en tu lugar. Que tu curiosidad no nuble tu entendimiento. Debes entender lo serio que es que hagas algo arrojado como eso. Un movimiento en falso, y no podrás volver.

—Maestro...

—Además... — la soltó, más relajado — A diferencia de todos los demás, tienes una ventaja difícil de comparar.

—¿Cuál?

—Puedes pedirle a Sage que te enseñe.

Ella se sorprendió por tal idea, pero enarcó una ceja.

—¿No puedes hacerlo tú?

—El Seki Shiki requiere de una profunda confianza para ser aprendido. Expone a las almas a través de la tuya y el vínculo con quien te enseña. Como no eres de la estrella de Cáncer no se dará naturalmente; pero combinando tu lazo con el Patriarca, sumado al ejercicio del catalizador, creo que podrías aprender a viajar. Aunque es sólo una apuesta a tus capacidades — sonrió — . Pero podría funcionar.

—No.

—Pero...

—Dije que no, Thais.

En aquel estudio, la indignación de la joven estaba expuesta al aire. Sus ojos redondos parecían sacar chispas y su boca torcida arrugaba las infinitas pecas de su nariz.

—El maestro Hakurei me dijo que...

—Hakurei habla demasiado.

Sage dejó la pluma en el tintero y cruzó sus manos sobre los papeles que estaba revisando hasta ese instante, para mirarla directo a los ojos. No necesitaba poner de pie su gran altura con aquella cara detrás de su escritorio. En contraste, Thais parecía una niña siendo reprendida; pero no lo era, realmente.

—Dame una buena razón que no sea personal.

—¿Necesitas saberlo? Está bien: tu cosmos no es lo suficientemente fuerte para el catalizador. Morirías en el proceso.

—¿Estás insinuando que soy débil?

—No lo insinúo — le cortó. La pelirroja abrió la boca, sorprendida y más indignada por el orgullo herido. Pero el Patriarca cerró los ojos — . Antes de que me agredas por mi afirmación, déjame aclararte algo — Thais cerró la boca — . Mi hermano no mencionó quiénes pudieron hacer ese viaje. Eran Santos de Plata; su cosmos era más fuerte y apenas pudieron hacer el traspaso. Fue muy difícil sin el Santo de Cáncer. Y algunos se quedaron en el camino al intentarlo.

—Porque sólo tenían la espada. Les faltaba el vínculo. —retrucó, dispuesta a discutir. El hombre asintió.

—Es posible. De todos modos, es muy arriesgado.

—Si es cuestión de poder, entrenaré más duro para prepararme. Siento que es mi responsabilidad — se tocó el pecho — . Soy la tercera en sucesión al Patriarcado, Sage. Si algo llega a pasar con ustedes, y hay alguna emergencia y necesitamos...

—Altar y yo hemos organizado a todo el Santuario para que, de faltar nosotros, no sea necesaria tal cosa — le dijo con más calma — . No podemos predecir el futuro, pero no queremos usar ese recurso. Y creo que no deberíamos hablar más del asunto.

—En verdad, ¡sí debemos! Si tanto tengo que conocer este lugar, necesito involucrarme en esos planes también.

—Tu planteo es válido, pero...

—¿Entonces?

—Thais...

—¿Qué?

Sage suspiró, mirando en un punto perdido las cerdas de la pluma adornada en el frasco de tinta.

—El Yomotsu no es para pasear. Es un portal donde las almas son absorbidas y — frunció el ceño — si llegara a pasarte algo, yo...

—Entonces, enséñame — se cruzó de brazos, inmóvil. El hombre la miró de pronto — . Sé que estás asustado porque sabes que tengo razón, como Sextante. Y es necesario. Tienes que confiar en mi fortaleza. Entrenaré más duro en los tiempos que me dejen las labores aquí; y si el maestro Hakurei aprueba mis progresos, volveré a plantearte esto. Para ese entonces, deberé estar lista.

El muviano se sentó derecho en su silla, y colocó sus manos debajo de la barbilla. Frente a ella no podía fingir por demasiado tiempo. Sus razones eran válidas, y las de ella también. Suspiró.

—Hagamos una cosa — se reclinó sobre su silla dorada, apoyando la espalda — . Te daré una chance. Sólo una. Cuando mi hermano sepa que estás en condiciones, yo mismo te acompañaré.

—... bueno, no esperaba eso.

—Cuando tienes una idea fija en tu cabeza es imposible sacártela; entonces contigo aprendí a negociar, nos ahorra tiempo — sonrió algo burlón — . Traspasar esos mundos para mí es cuestión de parpadear, y como psicopompo puedo enseñarte algunas cosas para que sepas por dónde ir, en caso de que en algún momento el destino así lo requiera. Los páramos espectrales tienen otros conceptos espacio-temporales, y si no sabes cómo orientarte...

—Terminaré como aquellos Santos de Plata. Sí, me quedó claro — dijo la pelirroja, con la misma seriedad — . Comprendo el riesgo y como parte del deber me comprometo a alcanzar el objetivo para poder algún día usar esa herramienta.

—No esperaba menos de tí.

A pesar de estar solos, la pareja mantenía las formalidades y distancias propias de sus rangos cuando correspondía. Eso ayudaba muchas veces a no perder el foco en las cosas.

—Entonces, ¿puedo hacerte cambiar de opinión?

—Sigo pensando que no es una buena idea; pero como soldado de la diosa estás en tu libertad de tomar el riesgo por la causa. Cualquier cosa diferente a eso, es egoísmo de mi parte.

—¡Jaja! Como si supieras ser egoísta.

—Puedo serlo, pero me he disciplinado para lo contrario — contestó, con un aire de superioridad — . Aclaradas las cosas, nuestra conversación ha terminado.

—Sí, Patriarca. Permiso.

Thais se inclinó levemente, con la mano sobre el pecho, en un gesto de respeto, y se retiró, colocándose la máscara apenas cruzó la puerta. Los guardias en la puerta apenas hicieron un gesto con sus armas para dejarla pasar, como muestra de reconocimiento de rango.

Era irrisorio que vistiera como una doncella con el rostro cubierto por el metal; pero hasta tanto no tuviera nuevas misiones a las que dedicarse, su rol era estudiar y aprender todas las artes fuera del combate. Aún así, sonrió triunfante ante la victoria de aquella pequeña batalla verbal.

Sería la primera vez que Sextante aprendería los secretos del Más Allá.