Todo está bien

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One-Shot

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Todo está bien. Tan bien como puede estar.

La misma línea se reproduce en su mente una vez más mientras mantiene la mirada fija sobre su mochila en el suelo, cubierta de leche agria. Junto a ella, sus libros, mojados y regados sobre la tierra, sus lápices rotos, llenos de una porquería viscosa y amarillenta, que sabe debe intentar limpiar cuando llegue a casa.

Parpadea lentamente para lograr ignorar sus pertenencias en el suelo un momento y trepar el contenedor de basura una vez más. Debe buscar entre el contenido su billetera, al ya no encontrarla en el bolsillo interior de su mochila. Supone que sigue dentro del contenedor, perdida en alguna parte.

Busca debajo de las bolsas de basura que huelen a comida de tres días, luego en las que huelen a baño sucio, pero no encuentra nada. Necesita encontrarla antes de que el anochecer lo alcance o no cree alcanzar la salida del su tren, y para la siguiente salida, no va a llegar antes que su madre a casa.

Se distrae cuando la tapa se cierra sobre su cabeza de pronto, y el golpe en la cabeza lo tira contra las bolsas bajo sus pies, su mano perfora una bolsa y siente algo húmedo embarrarse en su palma; por inercia, lo intenta limpiar en el pantalón de su uniforme y se arrepiente inmediatamente. Se levanta apenas puede e intenta empujar la tapa, pero no sede. Golpea una y otra vez con fuerza, pero se detiene un momento cuando logra escuchar unas perversas risas de adolescentes afuera. Empuja y empuja nuevamente, desesperado por salir del maloliente cubo, aún sabiendo que es en vano. Detiene sus intentos un momento para cubrirse la nariz con el antebrazo, no logrando disminuir la peste encerrada en lo absoluto.

Cuando deja de escuchar las carcajadas vuelve a intentar abrir la tapa, lográndolo por fin. Voltea en todas direcciones, pero ya no están los chicos que lo encerraron; sabe que son el dueto que siempre lo molestan todo el día. Se lanza fuera del contenedor y cae sobre el duro suelo, donde la tierra se le pega a la suciedad del uniforme. Tose sin poder controlarse ante el repugnante olor que sabe se le ha impregnado, esperando que el aire limpio disminuyan sus ganas de vomitar.

Cuando logra controlarse divisa frente a él su billetera, aplastada y sucia de lo que huele como refresco de uva. La toma entre sus dedos, y la abre para encontrarse con la nada. No sabe por qué siquiera esperó que los chicos no hubiesen visto la pequeña abertura entre los compartimentos donde guardaba lo suficiente para un boleto de tren en caso de emergencia. Pero no quedaba nada.

Molesto por su propia impotencia ante la situación, quiere patear el contenedor, pero se contiene mientras intenta controlar el escozor de sus ojos. Rememora la lista de los daños colaterales a los que podría llevar una decisión tan irracional.

Odia ser tan débil y no poder defenderse de esos idiotas, odia no tener un quirk lo suficientemente especial o fuerte como para mantener a esos acosadores a raya; por el contrario, su maldito quirk sólo borra los de otros, y cuando lo usaba para intentar defenderse, sólo logra enfurecerlos y las cosas empeoran.

Dirige la mirada hacia el cielo, esperando que las lágrimas se sequen antes de que terminen de aparecer. Ya casi tiene catorce años, no puede seguir llorando como un bebé. Respira profundamente en busca de la calma que siempre lo ha caracterizado.

Todo está bien. Tan bien como puede estar.

Repite nuevamente su cerebro mientras recoge sus cosas del suelo y mete todo dentro de su asquerosa mochila sabiendo que peor ya no puede estar. Se la monta sobre sus hombros, sabiendo que más ya no puede apestar. Aspira profundamente, antes de comenzar el largo caminar que le espera hasta su casa.

Le cuesta trepar la reja de la secundaria, pero por la hora el velador nocturno debió cerrarla al creer que todos se habían ido. El tobillo se le dobla levemente al aterrizar del otro lado de la reja, por lo que comienza su andar con una sutil cojera. Paso a paso, recorre la primer cuadra, sabiendo que doce kilómetros lo distancian de su cama, donde finalmente podrá sentirse seguro. Pone sus manos dentro de los bolsillos, hechas puños ante la rabia e impotencia que siente a diario. Recordando, una vez más, cómo ha llegado hasta ahí.

Todo comenzó a principios de segundo año de secundaria, cuando sus compañeros de clase, quienes habían ignorado su existencia durante todo el primer año, escucharon sobre su confesión a un chico de último año, compañero con quien compartió su primer año en el club de lectura, durante la graduación pasada.

Jamás ha entendido la postura defensiva que suelen tomar las personas cuando a un chico le gusta otro chico de forma romántica. No es como si fuera un acto de villanía o antinatural siquiera, era algo presente incluso entre animales. Además, Shōta no había ofendido a su antiguo compañero de club, mucho menos le intentó obligar a corresponder sus sentimientos.

"No espero que los tomes, pero quería decirlo porque pienso que eres alguien asombroso". Fueron sus más sinceras palabras cuando terminó su confesión y vio que la incomodidad en el rostro de su superior se transformaba rápidamente en una suave sonrisa de comprensión. El chico le agradeció por sus sentimientos y se alejó de detrás del salón, donde lo había citado para hablar por última vez con él.

Ese día se sintió feliz de finalmente ser capaz de expresar sus sentimientos a alguien por primera vez; pero ahora, se ha arrepentido profundamente de todo lo que ello ha traído a su vida. No volverá a exteriorizar sus emociones por otra persona nunca más. El sentimentalismo, para alguien como él, no podía existir en una sociedad que lo repudia tanto, que lo rechaza y omite su existencia hasta que, cuando ya no pueden ignorarlo, intenta erradicarlo a la fuerza. ¿Cuándo iban a entender que él no había elegido ser así? ¿Cuándo iban a aceptar que no era una etapa? ¡¿Cuándo iban a dejar de meter sus narices donde no les importaba?!

Se detiene en el semáforo en rojo del cruce peatonal, notando que las personas se alejan un par de pasos de él, sabe que es por la desagradable combinación de olores que se le impregnaron, pero el fugaz pensamiento de que el motivo del distanciamiento es su orientación lo aborda y lo enfurece más. Aprieta los dientes con fuerza. Siente el estómago caliente del enojo y la bilis a punto de explotar. Pero entonces… Se distrae.

Siente un fuerte impulso empujando su espalda hacia el frente, arrojándolo irremediablemente hacia la avenida, donde los autos que avanzan a alta velocidad. Alcanza apenas voltear lo suficiente para ver a través del rabillo del ojo a uno de sus compañeros de clase que siempre lo molesta, quien parece alarmado por lo que acaba de pasar.

Alguien lo ha empujado.

El reflejo de las luces del auto que está a punto de atropellarlo lo ciegan. El sonido del claxon combinado con el de las llantas derrapando en el pavimento terminan de borrar el enojo y lo reemplaza por miedo. Tiene miedo a la inminente muerte.

No. No puede terminar ahora. No puede terminar así. Él iba a sobrevivir la escuela un par de años más y luego, iba a poder alejarse de esa bola de infernales adolescentes de una vez por todas, tomar el examen de ingreso a la U.A. para convertirse en el héroe que siempre ha querido ser y esperar que lo mejor sucediera. Su sueño de toda la vida, aquello por lo que ha aguantado días de infierno. ¿Acaso había sido todo en vano? ¿Había vivido tanto tiempo en vano? ¿Había sacado el pensamiento del suicidio tantas noches de su mente en vano?

Cierra los ojos apenas puede, esperando sentir el impacto que va a destrozar su cuerpo desde su lado derecho, lanzándolo varios metros lejos, para que el concreto termine de hacer el trabajo. Con suerte será rápido. Pero no siente nada.

Su mente supone que la adrenalina ha bloqueado sus sentidos, pero aún puede oír los gritos de las transeúnte y los autos derrapando mientras hacen sonar el claxon secundado al primero, alejándose conforme pasa cada segundo. Abre los ojos al sentir el estómago caliente. Lo primero que logra ver es la calle donde casi muere alejarse a alta velocidad. Voltea hacia su espalda y se percata de unas hebras rubias moviéndose a contra viento, mientras una gran mano le sostiene de la base de la espalda para que no caiga del musculoso hombro en el que reposa.

Su mente aún no logra conectar todos los puntos debido a la conmoción. Pero comienza a entender que un héroe lo ha salvado en el último segundo.

—Todo está bien, joven. ¿Por qué?

Shōta voltea hacia abajo, notando que están atravesando edificios enteros en cuestión de segundos en una pendiente ascendente a una velocidad parecida a la de un auto a más de ciento sesenta kilómetros por hora, que va disminuyendo su velocidad poco a poco. Entonces logra ver hacia dónde va.

—Porque estoy...

—¡Espera!

Su grito toma por sorpresa al héroe y lo desestabiliza en el aire. Por suerte logra detenerse sobre el techo de un edificio que queda a la altura de su salto. Barre el piso con sus botas, intentando disminuir su velocidad, hasta finalmente poder detenerse cerca del siguiente borde del edificio.

—¿Qué ocurre, joven?

Shōta voltea en todas direcciones, intentando ubicarse nuevamente tras el nuevo susto, mientras el héroe parece esperar lo siguiente que va a decir.

—Yo vivo hacia allá— señala a la derecha de dónde inicialmente se dirigía el salto. Inmediatamente, el héroe suelta una carcajada.

—Bien, te dejaré en la estación de tren más cercana para que continúes tu camino. Pero escucha, joven, debes tener más cuidado cuando cruces las calles, poner atención en los semáforos es…

—Me empujaron— las palabras se le salen sin querer, en un susurro que parece estremecer a su salvador.

El héroe lo pone en el suelo, lejos del precipicio de diez niveles y pone una rodilla en el suelo para poder verlo al rostro con una expresión seria. Shōta no había identificado al héroe hasta ese momento, ¡es All Might! Mierda, ahora su corazón comienza a acelerarse como loco al tenerlo tan jodidamente cerca.

—¿A qué te refieres con que te empujaron? ¿Sabes quién lo hizo?— All Might le sostiene de los hombros con firmeza, haciéndolo olvidarse de sus sentimientos encontrados, cuando recuerda lo que pasó momentos antes. Horas antes. Días antes. Meses antes.

Shōta siente un extraño cosquilleo en la boca del estomago cuando no intenta desacreditar sus palabras como exageraciones de adolescente desde un inicio, cosa que suelen hacer los maestros de su escuela.

"¿Estás seguro que trajiste tu billetera?" "¿No habrás olvidado dónde dejaste tus cosas?" "¿No se te cayó el almuerzo?" "¿Alguien más lo vio?" "¿Seguro que no cerraste por accidente antes de entrar?"

Los adultos no le creen a los adolescentes cuando todo un grupo de estudiantes miente para cubrir entre ellos sus propias maldades hechas a su juguete de clase. Los adultos simplemente no creen en los adolescentes como él.

—Olvídelo. Puede que haya sido mi imaginación— intenta fingir demencia, mientras trata de aparentar que no se está desmoronando por dentro.

—Joven, soy un héroe profesional. Estoy para salvar a aquellos que lo necesitan, así que dime, ¿Necesitas ayuda?

Aquella expresión con la que se lo pregunta: con los últimos rayos del crepúsculo dándole en su de por sí ya resplandeciente rostro con aquella expresión de genuina preocupación, el vibrante azul de sus ojos en contraste a su rubio cabello mecido por el viento, el suave tono con el que salen sus palabras de entre esos labios sin sonrisa falsa; todo ello termina por romper a Shōta. Y las frías ráfagas de viento que azotan su espalda le enchinan la piel, haciéndolo sentir algo parecido a un ataque de ansiedad a punto de ocurrir.

Se abraza a sí mismo mientras intenta cubrir su rostro con su mano y desvía la mirada tratando de encontrar paz. Tratando de tranquilizarse para detener el llanto que lo quiere desbordar. Estabiliza tan pronto puede su respiración, para poder emitir palabras coherentes. Aunque sabe que sólo está reprimiendo nuevamente un poco de todo el dolor que su cuerpo y mente soportan constantemente. Su cerebro parece querer convencerlo de lo contrario, obligándolo a decirse una vez más:

Todo está bien. Tan bien como puede estar.

¡Y una mierda estaba bien! Nada está bien, ¡Todo está mal! ¡Todo está jodidamente mal! Nada de lo que ese grupo le hacía era normal, ni mucho menos estaba bien. Las desapariciones de sus cosas, las constantes roturas de su uniforme, los golpes espontáneos entre cada clase, el tirar su comida, atacarlo con quirks, encerrarlo en los almacenes y mojarlo con agua fría en los baños en cada oportunidad no eran normales.

—No sé si siquiera All Might puede ayudarme... No sé si hay alguna forma de hacerlo— su voz se rompe un instante. —Pero... si de alguna forma es posible. Por favor, sálvame.

—Joven, todo estará bien. Porque estoy aquí.

Por fin se atreve a mirarlo de nuevo, pudiendo apreciar aquella sonrisa que le dedica. No es la clásica sonrisa que muestra a la prensa o al resto del mundo cuando se enfrenta en una pelea contra el peligro y la muerte. Es una sonrisa sencilla y sincera, apenas sobresaliendo de la comisura de sus labios. Pidiendo su confianza.

—Mis compañeros de clase… Ellos me molestan. Constantemente. Me obligan a ser miserable sólo porque soy…— se queda en silencio cuando el pensamiento de que no debe terminar de hablar lo invade, el miedo de que All Might deje de dedicarle aquella sonrisa cuando lo diga, lo invade —… Quiero que se detengan. Sólo quiero que me dejen en paz.

—¿Ellos te arrojaron basura encima?— All Might quita el spaghetti que no había notado que se enredó con su largo cabello. Shōta también acaba de notar que, en ningún momento, el héroe ha hecho alguna expresión de asco por su olor.

—Arrojaron mis cosas a la basura, yo entré al contenedor a buscarlas... Y se llevaron todo mi dinero, por eso intento caminar a casa.

Su voz se quiebra un momento, pero al menos ha dejado de sentir la necesidad de llorar por un momento. Mientras intenta recuperarse por completo de aquella sensación al recordar su día, ve a All Might mete sus manos en cada uno de los compartimentos de su traje sin llegar a sacar nada.

—Por ahora, te llevaré a tu casa, ¿De acuerdo?

Antes de que Shōta pueda procesar sus palabras, una alarma se dispara en la avenida de abajo. Sin esperar su respuesta, All Might lo sostiene por la cintura y lo carga como saco bajo su brazo, y se deja caer por el borde del edificio en vertical seis pisos, donde un balcón sirve de estación momentánea para el adolescente, quién tiembla como gelatina a causa de la adrenalina de la caída libre; mientras una mezcla de excitación y miedo le recorren todo el cuerpo. El rubio le da una suave sonrisa mientras desaparece en un parpadeo.

Los disparos llaman su atención hacia la avenida nuevamente. La escena que se desarrolla es de un par de asaltantes saliendo apresurados de una joyería, tratando de subir a un auto mientras disparan al par de patrullas que acaban de llegar en auxilio de la alarma. Entonces, la característica risa de All Might resuena entre los edificios. En menos de diez segundos, veinte si se toma en cuenta la característica presentación del héroe, los dos sujetos están inconscientes sobre el concreto, y el conductor dentro del vehículo de escape es jalado a través de la ventana hasta estar a los pies del rubio.

Toda la escena de la pelea, aunque corta, hizo que algo dentro de Shōta se sintiera vivo de nuevo, le hizo recordar por qué quiere ser un héroe profesional. Ahogando, por un momento, la duda de si tenía lo necesario para serlo o no. La misma que lo ha perseguido constantemente durante todo el año.

All Might saluda a la multitud, ignorando que había un copiloto oculto en el vehículo de escape, quien ahora apunta dos dedos hacia su nuca sin percatarse de ello. Shōta entra en pánico ante lo desconocido que podría intentar hacer y, olvidando las prohibiciones sin licencia a los civiles, activa su quirk. El sujeto parece desorientado de lo que no pasa y All Might finalmente lo nota, aprovechando la situación de desconcierto para noquearlo. Entrega a los criminales a la policía y desaparece de la escena a la misma velocidad en la que apareció, dejando a la multitud de ciudadanos que presenciaron la pelea, extasiados y confundidos.

—¿Listo?

Antes de que Shōta pueda decir algo, All Might lo carga en brazos nuevamente. La mitad de su cuerpo está pegada al pecho del héroe, sintiendo su lado derecho comenzar a calentarse contra los músculos, dándole una extraña sensación de blandura y dureza que lo ponen nervioso. Voltea hacia su rostro, viendo aquella mirada azulada determinada, como flamas azules que arrasaran todo a su paso, mirar al frente. En el rostro del héroe se posa una suave sonrisa nuevamente mientras dirige su siguiente salto en la dirección donde había apuntado cuando lo detuvo antes. Ni siquiera el aire nocturno logra volver a enfriar el cuerpo de Shōta . Sabe que está sonrojado, jodidamente sonrojado y nervioso. Está siendo cargado por su amor platónico de toda la vida y el único pensamiento que da vueltas en su mente en ese momento es lo insignificante que debe ser su peso para el hombre más fuerte del mundo. Oculta su rostro en el pecho al que se aferra con fuerza y se arrepiente de inmediato porque eso sólo empeora sus nervios. ¿Qué demonios está haciendo? Está siendo demasiado irracional. Si no pone sus pensamientos en orden, el rubio terminará pensando que es un chico realmente extraño.

—¿Tú hiciste eso?

El héroe pregunta de pronto y Shōta capta la duda tras la pregunta de inmediato. Eleva la mirada, esperando ver reproche en su rostro, pero sólo hay una expresión seria tallada, con las espesas cejas rubias curvadas contra su cien, terminando de enmarcar la expresión. El pelinegro no sabe mentir, no puede mentirle y asiente al no querer decirlo con palabras.

—Borré su quirk un momento. Ese es mi poder.

—¿Un borrador, eh?— de pronto lo escucha soltar una carcajada que parece cargar diversión. —Es un magnífico quirk.

Shōta se sonroja de nuevo, esta vez hasta las orejas, mientras una boba sonrisa, que contadas veces aparece, adorna sus labios. Lo está reconociendo. Está elogiando su quirk. Además de su madre, nadie había hecho eso antes. Toda la situación se siente como una especie de fantasía irreal, en la que All Might lo carga en brazos a través de la ciudad; incluso, la idea de que en realidad murió en aquella avenida tras el accidente y ahora está en su paraíso personal después de la vida sin saberlo crece. Pero si es así o no, no le importa más.

El héroe se va deteniendo cada ciertas cuadras para confirmar si está yendo en la dirección correcta, hasta que finalmente llegan a los suburbios a las afueras de la ciudad. El recorrido que a Shōta le hubiese tomado cuarenta y cinco minutos en tren y cerca de tres horas a pie, All Might lo realiza en veinte minutos, o menos.

Da un último salto, justo donde señala como la calle de su casa. El héroe lo deposita en el suelo tan pronto aterriza, pero no se va de inmediato, como está acostumbrado a ver en los videos que circulan en internet. Shōta voltea a verlo interrogante, luego de esos pocos minutos se ha logrado acostumbrar un poco más a su presencia, por lo que su sonrojo es más tenue.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

—Ya la has hecho.

All Might se ríe por su respuesta. Eso saca una sutil sonrisa del chico.

—Puedes.

—¿Sabes por qué te molestan esos chicos?

Shōta se estremece y desvía la mirada, nuevamente avergonzado. No esperaba que preguntara eso. No estaba preparado para responder, por lo que tarda en hacerlo, o al menos lo intenta.

—Me molestan porque soy… porque me gustan… me atraen los...

No es capaz de contestar la pregunta, la seguridad de su persona ha sido destruida tantas veces a causa de su orientación que ya no quiere expresarla a otras personas por miedo irracional a su reacción. No sabe en qué momento aquellos pensamientos y constante necesidad de ocultarlo aparecieron. Pero ahora, en ese punto se siente como tabú.

—¿Hombres?

El cuerpo de Shōta se estremece completamente cuando All Might completa la oración por él, siente el golpe de la realidad cuando los pensamientos se vuelven palabras. El silencio que le sigue le da ansiedad y cierra los ojos con fuerza, incapaz de mirar al héroe. No quiere ver aquella mirada azul que lo hechiza ahora, siente que va a quemarlo como llamas el infierno.

Escucha el crujir de la tela de su traje de héroe, como cuando la tela se esfuerza en estirarse ante movimientos pronunciados. En su mente ve la imagen del rubio en acuclillas, preparándose para saltar y alejarse de él lo más que pueda. La idea del asco que debe sentir por su persona en ese momento, finalmente logra arrancarle lágrimas. Jamás se ha sentido tan culpable y sucio por tener un enamoramiento platónico con el héroe número uno como en ese momento.

Tantos pensamientos negativos dentro de su mente, que jamás se espera el cálido y áspero tacto de la robusta mano sobre su mejilla, borrando sus lágrimas. Cuando logra reunir valor para abrir los ojos, lo ve nuevamente con una rodilla el suelo para verlo de frente.

—¿Cuál es tu nombre, joven?

—… Aizawa Shōta.

—Aizawa-kun. No tiene nada de malo lo que prefieres. Y nadie, nunca jamás, tiene por qué hacerte sentir lo contrario.

—Entonces… incluso yo...— aprieta el borde inferior de su uniforme, tratando de no bajar la mirada, queriendo verle al rostro cuando responda —Alguien como yo, ¿Puede convertirse en un héroe?

No quería alzar la voz como lo hizo, pero las emociones acumuladas en su pecho lo sobrepasaron. Quiere saber qué dirá el héroe, quiere conocer lo que piensa el héroe número uno. ¿Alguien "diferente" puede convertirse en héroe profesional? ¿Alguien tan débil? ¿Alguien con una particularidad tan inútil para el heroísmo como la suya?

La sonrisa de All Might se ensanchó más, si es que eso era posible, pero aún sin llegar a sentirse falsa.

—Aizawa-kun. Las personas que tienen la fuerza de voluntad y determinación para seguir fieles a sí mismos, son quienes están destinadas a convertirse en héroes—. El pulgar borra la lágrima que iba rodando por su mejilla, y se retira luego de eso. Dejando que el rostro del adolescente vuelva a sentir el frío aire nocturno.

All Might se reincorpora, dejando ver su verdadera altura y el porqué tiene que arrodillarse para verlo al rostro; y, el que Shōta aún no haya terminado de crecer aún, tampoco ayuda a reducir la distancia. El rubio se aleja tres pasos de espaldas, sin perder el contacto visual en ningún momento.

—Recuerda, Aizawa-kun. No importa hacia quién diriges tus sentimientos, sólo importa que sean reales y genuinos. Porque aquellos que viven sin reconocer su propio sentir, terminan convirtiéndose en villanos, de una u otra forma— una vez más, el rubio le sonrió con suavidad —Nos vemos.

Shōta parpadea un efímero instante, pero es tiempo suficiente para que All Might desaparezca de su campo de visión. La velocidad de sus movimientos no deja de sorprenderle jamás, especialmente ahora que lo ha presenciado en persona. Los ojos negros lo buscan en el cielo, esperando aún poder ver algún indicio perdido del héroe, pero es inútil.

Se acabó. Se ha ido.

Su aventura de una noche con el gran héroe número uno ha terminado, toda una hazaña de vida para contar, que duró menos de media hora. Una aventura que de alguna forma ha reavivado su entusiasmo por vivir lo que queda de secundaria y seguir adelante hasta llegar a cumplir su sueño. Su único sueño.

Su madre no le creerá que conoció a All Might, ni mucho menos que lo llevó a casa personalmente. Nadie jamás le creerá, como siempre, pero eso no le importa. No le importa si nadie le cree, o si sus compañeros siguen siendo una bola de idiotas mañana y el resto de los días de secundaria; porque el héroe más fuerte del mundo lo salvó esa noche, reconoció su quirk y, lo más importante, lo reconoció a él. Y eso le bastaba para una vida.


Luego de salvar lo más que pudo de sus pertenencias anoche, se metió a la bañera durante una hora, hasta sentir que algo de la peste se desprendió de su piel. Para cuando su madre llegó del trabajo y lo llamó a cenar, había logrado desaparecer casi toda la evidencia del día, pero aún así le hizo notar que aún olía a rancio en cierta medida perceptible. Shōta se excusó con haber ayudado en la cafetería a tirar la basura y que la bolsa escurrió un líquido asqueroso en su pantalón y zapatos. Logró evitar que su madre supiera de su situación una vez más, así como también logró evitar que descubriera que se había quedado sin el dinero de la semana antes de tiempo. Todo gracias a que siempre guardaba lo poco que le sobraba cada semana en casa.

No quería que su madre supiera que lo seguían molestando. Se había rendido en meterla en sus problemas cuando pasó el primer mes y el que su madre reportara con la dirección los incidentes que le contaba lo terminara perjudicando más. Porque al final la oficina no hacía nada por resolverlo y sus compañeros lo apaleaban luego de librarse de todas las acusaciones.

Esa mañana se obligó a levantarse más temprano de lo usual, para bañarse al menos dos veces más, intentando arrancar la mayor cantidad de la peste que perseveraba en su piel y cabello. El sutil olor que aún quedó, lo disfrazó con colonia lo mejor que pudo.

Unas pocas cuadras antes de llegar a la escuela, un brazo rodeó su cuello de sorpresa, con demasiada fuerza innecesaria y lo atrajo hasta hacerlo agacharse unos pocos centímetros para acomodarse bajo la axila ajena. Unos segundos después, una corriente eléctrica le atravesó por la garganta y le recorrió todo el cuerpo unos segundos, los músculos del cuello se le tensaron del dolor al instante y le comenzaron a palpitar cuando la corriente paró. Sabe que más tarde su garganta se pondrá violeta y tendrá que ocultarlo, pero ignora la idea por ahora al saber lo que va a ocurrir ahora.

—¡Shou, que bueno verte!— el grito de su acosador principal en el oído le lastimó el tímpano. —Creí que el auto te había hecho puré— la declaración lo perturba.

Voltea a verlo. Aquel maldito rostro adornado por una barbárica sonrisa, mostrando los afilados dientes mientras los ojos amarillos le miraban con una mezcla de odio y diversión. Su mirada pasa al regordete chico al lado de él para cerciorarse; era el mismo que vio ayer, el que había visto con terror cómo fue arrojado fuera de la acera. Aún se veía nervioso, con los ojos café llenos de temor, mirando en todas direcciones y susurrándole a su amigo un:

—Raijin, no hables tan alto o nos meterás en problemas.

¿Había sido él? ¡Por supuesto que había sido él! Nadie había escalado con maldades contra su persona tanto como ese bastardo, era el "idiota alfa" de su clase y en cuanto él "aprobaba" nuevas formas de molestarlo, lo secundaba el salón entero. Como si fuera su dueño, como un juguete que compartía con sus compañeros de clase. Su perra más bien.

—¿Qué va? Shou sabe que fue una simple broma— El agarre en su cuello se cierne hasta comenzar a asfixiarlo. Por instinto, quiere intentar arrancar el brazo fuera, pero sabe que eso sólo provocará que le dé otra descarga —Bueno, ahora que sé que eres bastante resistente, ya no tengo porqué contenerme al jugar contigo, ¿Verdad?

Mierda. ¿Piensa ser peor ahora? ¿Eso es siquiera posible?

Raijin no suaviza el agarre, incluso intenta arrastrarlo hacia abajo, mientras la tráquea comienza a dolerle cada vez más. Lo lleva en esa posición, como si fuera una especie de correa, las últimas dos cuadras antes de llegar al colegio. Hasta que, al doblar en la esquina que da a la entrada principal, suaviza el agarre al ver una aglomeración de estudiantes, desesperados por entrar.

Shōta también se pregunta qué está pasando. Cuando escucha a uno de sus compañeros que pasa corriendo a su lado, ni siquiera tiene tiempo de reaccionar a la noticia cuando Raijin lo empuja para tomar impulso y correr en la misma dirección que todos, Shōta cae de culo como resultado. El trasero le duele al estrellarse contra el pavimento, pero eso pierde importancia. Se levanta tan pronto como puede y comienza a avanzar, tan rápido como el dolor en la cadera le permite, en la misma dirección que todos. Quiere corroborar con sus propios ojos si lo que dicen es verdad.

"All Might está en el colegio"

Shōta no lo puede creer. ¿Era verdad? ¿Realmente estaba ahí? ¿Estaba ahí por él? ¿Intentaría salvarlo? Pero, exactamente, ¿Qué es lo que haría? ¿Amenazaría un colegio entero por él? ¿Golpearía adolescentes hormonales y psicológicamente inestables por él? Eso no era racional para un héroe en lo absoluto.

Cuando pasa el portón de entrada comienza a disminuir la velocidad hasta que el punzante dolor se vuelve mínimo, viendo a prácticamente todo el colegio rodeando a una sola persona en medio de la explanada rodeada de edificios. Entonces la idea de intentar acercarse desaparece poco a poco de su mente, al escuchar a sus compañeros de clase pidiendo fotos y autógrafos, haciéndole preguntas y gritando palabras de devoción que sólo terminan siendo bullicio inentendibles entre toda la bola de voces estudiantiles hablando al mismo tiempo.

Camina por la orilla de la aglomeración, viendo cómo el héroe pone su atención justamente sobre Raijin y le toma del hombro con la sonrisa de comercial que siempre muestra al público; por supuesto que lo haría, es un héroe profesional, sin mencionar que el más conocido y respetado, obviamente no es consciente del potencial villano al que le está sonriendo. ¿Qué esperaba Shōta? ¿Qué golpeara a un estudiante en específico sin motivo aparente en medio del cuerpo estudiantil? No, por supuesto que no. All Might no golpearía a alguien por él. Quizá nadie lo haría.

Su único consuelo ante la escena, que le reafirma una vez más que su vida escolar es un constante asco, es que no le sonríe tan cálidamente como a él. Eso lo hace sentir, aunque sea por un efímero momento, especial.

Está a punto de doblar en el edificio de su aula, lejos de la explanada donde todos rodean a All Might. Pero el director está justo en medio del pasillo, aparentemente esperándolo.

—Tú vienes conmigo a mi oficina en este momento— los viejos ojos marrones lo miran fijamente, con el entrecejo fruncido.

Lo toma por la manga del uniforme y lo arrastrar consigo. Shōta no entiende porqué lo mira tan molesto, sólo puede pensar en lo jodido que se siente en ese momento; a él le tocará ser castigado por algo que desconocía, pero estaba seguro no había sido culpa suya, mientras a su acosador le tocaban palmaditas en la espalda, frente a toda la escuela, por el héroe número uno.

Mientras camina a la par del director hacia la dirección, no puede evitar dirigir su mirada nuevamente hacia la muchedumbre y ver por el rabillo del ojo como All Might sale de entre ellos, arrastrando a Raijin consigo con un sutil tacto en la espalda alta. Por la dirección de ambos. parece que en algún momento sus caminos van a cruzarse.

Quizá, cuando ese momento llegue, el héroe le dedique una rápida mirada sin reconocerlo, antes de alejarse con el idiota que no merece su atención en lo absoluto. Pero es entonces, mientras aún no llegan ni a la mitad del camino, cuando los ojos de All Might voltean en su dirección hasta toparse con los suyos. Azul vibrante contra negro oscuro.

Sólo con esa mirada es suficiente para que su pecho vuelve a acelerarse y aquella corriente eléctrica de la noche anterior le recorra todo el cuerpo, ese hombre en serio es algo.

La sonrisa de Raijin se borra lentamente cuando nota que están llegando al edificio directivo y que, por algún azar del destino, Shōta parece ir en la misma dirección. Los ojos amarillo lo asesinan un par de veces cuando están frente a frente en la entrada de la oficina del director. Pero aquella mirada desaparece a la par que su expresión palidece cuando, al abrir la puerta, su amigo y los padres ambos junto con su propia madre, están dentro de la oficina, junto a unos oficiales de policía.


Shōta está en shock.

Con la cabeza gacha y la mirada perdida en el pisapapeles del director, mientras todo pasa a su alrededor sin que él pudiera estar realmente presente más que como un oyente que ocasionalmente tenía que afirmar o negar cosas. ¿Esto es real? ¿Realmente está pasando?

All Might tiene contactos en todos lados. Eso es algo que todos saben, algo lógico siendo un héroe de su estatus. Pero no imaginó, ni por un segundo, que entre ellos estuviera el personal del sistema de tráfico de la ciudad, de quienes consiguió imágenes del momento justo en que su compañero, efectivamente lo empujó contra el tráfico circulante.

A partir de esa prueba irrefutable, tres horas en la oficina del director comenzaron a pasar en medio de un ambiente de tensión, donde el juego de pesadilla que Raijin había armado todo ese tiempo fue cayendo. Poco a poco. Pieza por pieza. Todo lo que le había hecho fue confesado por su secuaz quien, entre lágrimas y arrepentimiento quizá fingido, pidió perdón a todos los presentes; todo frente a los padres del acosador, quienes se veían dispuesto a castigarlo por el resto de su vida, todo frente a oficiales de policía, que parecían listos para arrestar a sus compañeros en el momento que parara de hablar, todo frente a All Might, el héroe que cualquier persona en su escuela admiraba profundamente, aquel por quien su generación entera deseaba convertirse en héroes profesionales.

Es espectador de cómo los adolescentes son arrestados, mientras sus padres exigen su inmediata liberación o al menos un trato más humano. Raijin mira a todos lados con miedo tatuado en los ojos, por lo que sabía que va a ocurrir. Escucharlo gritar una y otra vez que sólo habían sido bromas entre compañeros, lo asquea. Cuando le suplica a Shōta que secunde su mentira, lo termina por enfadar. Pero puede dejar ir el enojo, porque de nada sirven sus vacías palabras. Los oficiales lo arrastran fuera de la oficina, mientras sigue gritando, hacia un futuro incierto. Su amigo fue menos difícil de sacar, ya que sólo se dedicaba a sollozar en silencio, pidiendo perdón a todos. Sus humilladas familias los siguieron de cerca, aún intentando argumentar con los oficiales.

Por su parte, su madre lo abraza protectoramente, derramando lágrimas sobre su maraña de cabello oscuro tras escuchar la lista de atrocidades que le habían hecho pasar una y otra vez, exigiendo iracunda una explicación al director por la que nadie había hecho algo por detener el maltrato a su hijo; luego le exigió a él, angustiada, una explicación del porqué no le dijo lo que seguía pasando, porqué había fingido que todo se había resuelto al inicio del ciclo escolar. Aunque ambos sabían que fue porque Shōta nunca decía lo que realmente le pasaba.

—Necesito hablar con el director y tú madre a solas un momento— el oficial de policía que se había quedado en la oficina llamó su atención, un hombre joven con una mirada gentil.

Shōta entiende y camina fuera de la habitación, al solitario pasillo del edificio directivo. Está por cerrar la puerta tras de sí y darles privacidad a los adultos, pero la fuerte mano de All Might lo detiene y sale con él al solitario pasillo. Ambos permanecen de pie en el pasillo, uno al lado del otro. Shōta quiere preguntar por qué se ha salido de la "charla de adultos" pero no sabe cómo cortar el silencio.

Ciertas dudas circulan en su mente, mientras pasa el pensamiento de cómo su mayor problema ha sido resuelto, pero ahora se pregunta cómo sobrellevar al resto de su clase ahora que lo consideren un soplón con palabra. Probablemente su relación con ellos empeore ahora, esperando que sólo empeore eso. Pero un anuncio en el altoparlante le resuelve su duda; al parecer, All Might va a dar una charla sobre "el acoso en las escuelas" dentro de diez minutos en el auditorio.

Pero hay una duda que aún da vueltas y que, sin importar cómo, no logra responderse en su totalidad.

—¿Por qué, All Might? ¿Por qué hiciste todo esto por mí?

Deja salir las preguntas que no paran de darle vueltas en su mente una y otra vez, sus palabras flotan en el aire unos segundos mientras la incertidumbre de no poder responderlas con lógica en su mente no lo dejan voltear a verlo. Honestamente, no espera una verdadera respuesta más allá de lo que un héroe diría, pero aún así necesita que el héroe al lado suyo lo diga con su propia voz.

—Porque me pediste ayuda, Aizawa-kun. Y un héroe jamás ignora una llamada de auxilio.

Ahí está su respuesta genérica. Pero aún así no termina de entenderlo… Entendía la llamada a la policía por lo que pasó en la avenida, esa es una reacción racional en cualquier héroe pero, ¿Por qué estaba él ahí? ¿Por qué presentaría ÉL una charla ante sus compañeros? Cuando bien podría hacerlo la consejera escolar, o incluso un oficial de policía. Eso no tenía sentido, es un héroe demasiado ocupado como para… niminidades.

Shōta cree que va a llorar ante las emociones a las que no logra ponerle nombre, ante las dudas que le invaden y la necesidad constante de su propia mente de hacer irrelevantes sus propios problemas y necesidades. Cuando su visión se nubla por las lágrimas acumulándose en sus ojos que se esfuerza por contener, como siempre, All Might continúa hablando.

—Está bien llorar de vez en cuando, Aizawa-kun. Los héroes también lo hacemos.

Contrario a sus palabras de aprobación, el rubio se agacha para borrar sus lágrimas con ambos pulgares. Nuevamente, vuelve a sentir la cálida aspereza de sus manos. Y, cuando le hace levantar la mirada hacia su rostro y ve aquella expresión de genuina preocupación mientras sus pulgares se posan suavemente sobre su garganta, posiblemente sobre los moretones hechos en la mañana, ese calor termina recorriendo todo su menudo cuerpo.

—Además, yo también hubiese querido que alguien viniera a salvarme cuando estuve en tu lugar.

Las palabras definitivamente toman por sorpresa al pelinegro y las preguntas se atoran en su garganta cuando aquella mirada de azul brillante armoniza con la cálida sonrisa en los labios del héroe. Esa expresión le erizan cada vello del cuerpo.

¿Qué acaba de decir? ¿Acaso…? ¿Acaso él también…?

No puede llegar a preguntarle. All Might se reincorpora y comienza a caminar por el pasillo, acercándose a la secretaria que acaba de aparecer en la esquina del pasillo, buscándolo para guiarlo al podio donde dará su charla, y posibles advertencias, al resto de sus compañeros.

—No tienes que preocuparte más, porque estoy aquí— los ojos negros vuelven a humedecerse ante la emoción que lo está invadiendo en ese momento —Shouta-kun, cuando te conviertas en héroe profesional, ven a buscarme. Te estaré esperando.

Fueron sus palabras de despedida antes de desaparecer en la esquina de aquel pasillo, dándole una suave sonrisa hasta el final, antes de dirigirse al estadio escolar. A la charla estudiantil a la que el adolescente no asistirá, sin saber que esa sería la última oportunidad que tendría para ver al héroe en mucho, mucho tiempo. Pero eso no importa en ese momento.

Porque ahora lo sabe.

Todo estará bien. Gracias a All Might, a partir de ahora, todo estará realmente bien.


Bueno, traigo un corto y nuevo fanfic mientras trabajo en los demás.

Espero que les guste.