Es la primera vez en mucho tiempo que puedo decir que he vuelto a casa. No es como si el lugar donde Mio y yo vivíamos no lo fuera, pero se siente diferente vivir en una ciudad que, a pesar de haberte acogido por años, se siente ajena, que hacerlo en el pequeño pueblo donde nací y crecí. Es justo ahora, cuando hemos terminado de organizar todo tras la mudanza, cuando finalmente puedo ponerme en modo nostálgico. Después de todo, conocer a Mio, hacerme su amiga, fundar Houkago Tea Time y muchas otras cosas buenas pasaron aquí.
Es curioso que en su momento la espera por volver aquí se me hacía eterna, pero ahora, sentada en la sala de nuestro nuevo hogar, sonría aliviada de que, aún en la situación actual, solo nos tomara unos meses conseguir la nueva casa y lograr mudarnos. Después de todo, teníamos algunos requerimientos algo particulares para ella. Soy baterista, así que necesito tener un lugar donde poner mi instrumento, lugar que también nos debería servir como estudio casero. Además, planeamos tener un hijo, así que necesitamos al menos 3 cuartos. Junto con un agente inmobiliario fuimos descartando opciones hasta dar con la que ambas pensamos que es la correcta.
Ubicada relativamente cerca del centro del pueblo, pero algo retirada para que no haya vecinos a los que pueda molestar cuando esté ensayando o grabando algo, nuestra nueva casa cuenta con dos plantas, tres amplias habitaciones, dos baños, una cocina con bastante espacio, un enorme salón donde ubicamos nuestra sala y el comedor, y está rodeada por espacios verdes que podremos adornar con plantas y hacer nuestro jardín/huerto casero.
—El aire de este lugar es mucho más agradable, ¿no crees? —comenta Mio sentándose a mi lado.
—No lo creo —respondo en son de broma—, estoy completamente segura de eso. A veces pienso en que pospusimos demasiado nuestro regreso aquí.
—También yo, aunque eso significaba tener discusiones innecesarias con mi abuelo y…
La expresión de Mio grita lo que su voz calla. Su abuelo se opuso fervientemente a nuestra relación y siempre instigó a su nieta a dejarme y buscar a un hombre para que se casara. Puede que me cataloguen de mala persona, pero una parte de mí se alegró cuando ese hombre murió.
El sonido del timbre nos saca de nuestros pensamientos. No estamos esperando visitas, pero es de suponer que la novedad de tenernos de vuelta en Toyosato es bastante atractiva para los demás habitantes del pueblo. Suspiro al ponerme de pie y me dispongo a abrir la puerta.
—¡Ricchan, Mio-chan, bienvenidas a casa! —exclama Yui ni bien termino de abrir, abalanzándose para abrazarme. Azusa sonríe disimuladamente con algo de vergüenza, mientras que Kumiko lo hace mostrando lo divertida que debe verse esta escena a los ojos de una niña de su edad.
—Gracias por la cálida bienvenida —dice Mio a mi espalda. Aún sin verla sé que está sonriendo también—. Algo me decía que ustedes tres serían las primeras en venir a vernos. ¡Pero pasen, no se queden ahí afuera!
Las Hirasawa entran. Mio y yo les damos un pequeño tour por nuestro nuevo hogar. Noto que el par de esposas queda muy impresionado por nuestro estudio casero, algo que su hija aprovecha para juguetear con mi batería, golpeando los tambores y platillos con sus manitas, algo que me saca una sonrisa.
—Kumiko apenas tiene tres años y tiene mejor ritmo que tú —se burla Mio.
—Como digas —respondo rodando los ojos—. Me sorprende que no hayas ido a detener y regañar a tu hija, Azusa.
—No quiero coartar su curiosidad. Es la primera vez que ve una batería y mira lo feliz que está de poder "tocarla".
—No decías lo mismo la última vez que Kumiko tocó a Muttan, Azu-nyan —interviene Yui, comentario que nos hace reír a Mio y a mí.
—¡Eso fue porque quería grabar una idea antes de que se me olvidara! Además, tú eres la más celosa de las dos en cuanto a que nuestra hija toque sus instrumentos.
—¡No quiero que Kumiko lastime a Guitah!
El puchero que adorna el rostro de Yui me trae recuerdos de nuestra adolescencia. A pesar de los años, hay cosas que nunca cambian. Un suspiro nostálgico sale de mi ser, anhelante de regresar a aquellas épocas donde todo era más simple, donde estábamos las cinco. Si mis cálculos no fallan, Mugi ha de estar dormida a esta hora. Lo que en principio era un viaje de estudios a Inglaterra por un año se ha extendido de manera indefinida.
—Chicas, ¿se quedan a almorzar con nosotras? —pregunto.
—¿No será mucha molestia? Digo, ustedes apenas terminaron de acomodarse tras la mudanza, así que han de estar cansadas.
—No es molestia, Azusa. Sabes que siempre nos ha gustado atender bien a nuestras visitas, en especial si son nuestras amigas.
Azusa sonríe mientras carga a su niña, quien no se ve tan feliz de tener que dejar de jugar con mi batería.
Entre Mio y yo preparamos un almuerzo ligero mientras conversamos con las Hirasawa acerca de nuestro día a día. No deja de sorprenderme lo bien que ellas logran compaginar sus carreras como solistas con sus responsabilidades como madres. Puede que la situación actual ayude, ya que no están constantemente de gira como en años anteriores, pero sigue siendo admirable.
Luego del almuerzo ellas se marchan, prometiendo que pasarán a visitarnos ocasionalmente y que la próxima vez nos mostrarán algunas ideas para la banda. Me alegra ver que su compromiso con Houkago Tea Time siga intacto y eso me da energías para continuar pensando en nuevas ideas también. Probablemente pronto logremos ponernos de acuerdo y hacer un nuevo álbum. Estoy segura de que Mugi no tendrá ningún problema en grabar sus partes de teclado y voces en la distancia, aunque no podamos tocar y ensayar juntas como es debido a causa de los retrasos que una conexión a internet, aun siendo de alta velocidad, conlleva. Con esos pensamientos me dirijo a nuestro estudio. Observando la batería, aún puedo ver las huellas de las manitas de Kumiko. Sería algo irónico que la hija de dos guitarristas terminase siendo baterista. Pero eso solo el tiempo lo dirá.
