Antes de tomar el puesto en el gobierno que le ofrecieron, José Samuel Carioca no sabía de la existencia de las personificaciones de las naciones. Ni siquiera se le hubiera pasado por la cabeza el pensamiento de esa posibilidad.

Pero, una vez que conoció a Sergio Da Silva, supo decir que no eran humano. Eran lo suficientemente puro para descartarlo como un demonio, sin embargo, existía la suficiente cantidad de malicia para no encasillarlo como un ángel.

Por eso creyó en cada palabra acerca de la confirmación de la existencia de seres que, en verdad reencarnaban todo el concepto de lo que era una nación.

Para José Samuel Carioca le resultaba intrigante la forma en que Brasil cambiaba y navegaba por los años, siendo capaz de ver como se escribe la historia y, sin embargo, no formaba parte de ella al mismo tiempo.

Trabajar con Brasil fue una experiencia tanto familiar como desconocida. No era diferente al comportamiento de un adolescente rebelde, pero trabajaba con la calidad de un anciano experimentado en la política. Una vez le pregunto cómo era capaz de aquello y la nación le contestó perezoso "Cuando llevas tanto tiempo de jugar con las mismas personas, te sabes las reglas y las excepciones".

Claro que había otras personificaciones, todas con personalidades complicadas y únicas. Lo que provocaba que hubiera relaciones difíciles con todas las naciones vecinas. Desafortunada o afortunadamente, el señor Brasil tenía muchos vecinos.

José vio cada una de sus relaciones desde hace ya cuatro décadas, como crecieron y retrocedieron como las olas del mar. Estuvo al lado de su nación, aprendió varias cosas con todo el tiempo que invirtieron como amigos, observó su cambio gradual a quien es ahora, y trató de comprender cada amistad que Sergio mantenía con las otras naciones (a veces llegaba muy enojado después de un encuentro mundial).

Y sentía que, a pesar de todo, para Brasil, ellos significaban mucho en su corazón.

[...]

El señor Portugal era un hombre... relajado. Tenía formas raras de pensar y de expresarse, que le recordaban al tipo de amigo que es bueno para escuchar, pero no para aconsejar. Y es exactamente lo que era la nación ibérica.

Una especie de hermano despreocupado que le sigue la corriente a la vida, que iba bastante bien con la personalidad alegre del señor Brasil.

Parecían un par de amigos que sin importar cuanto tiempo pasará, se saludarían como si fuera ayer la última vez que se vieron (lo cual puede ser causa de su inmortalidad, si es que lo pensaba mejor). El hombre jamás se aprendió su nombre, a pesar de cuatro décadas de servicio, aunque tiene la sospecha de que el señor Portugal lo hace a propósito.

Era curioso como un ex imperio y su ex colonia, podían convertirse en amigos y había veces en que su relación podía tornarse hasta paternal. Ocasiones en que en el despacho se llenaba de los gritos de ambos y José tuvo que llamar para que remplazaran la puerta. Otras veces eran compañeros del crimen, que, en ocasiones, él tuvo que ir a sacarlos de la cárcel a las tres de la mañana con las promesas del señor Brasil de darle un generoso aguinaldo de navidad.

(Cosa que si cumplió)

Y al final del día, el señor Portugal siempre volvía.

[...]

Tuvieron que pasar varios meses, para caer en cuenta la gran importancia que jugaba Martín para Sergio.

A José le da vergüenza admitir que fue lo suficientemente ciego como para dejar pasar las señales. Las miradas que duraban más de dos segundos con una suave sonrisa. Lo que pudo descubrir en un bar al que acompañó al señor Brasil para tomar unos cuantos tragos. Era increíble la forma en que las naciones se mimetizaban con los humanos, actuando como un par de adolescentes.

A menudo se peleaban si transmitían un partido de futbol y elegían un equipo, (ni les importaba que no fueran de su país) y más de una vez la billetera del señor Brasil terminó vacía, aunque le hubiese dicho que no apostara. Luego competirían en un juego de dardos o cualquier tontería que hubiera en el bar para entretenerse. José no alcanzaba a contar todas las veces en que Sergio se paraba borracho en el karaoke y cantando un sinfín de canciones con una voz desafinada y el señor Argentina tuvo que bajarlo de ahí entre maldiciones.

Podían platicar de cualquier cosa, expandían cada tema con cada ocurrencia que salía de los labios del señor Brasil. Sentándose muy juntos, dándose empujones en las costillas por un comentario juguetón. Sus ojos no abandonaban los movimientos o muecas que hacía Martín. Esos ojos simplemente decían "Me haces feliz" y mantenían una conversación sin palabras con esos mismos ojos.

Sus manos cerca, los dedos rozándose entre ellos con los susurros de "estoy aquí". Mientras el señor Brasil se quedaba dormido por la alta ingesta de alcohol, pero luego se enderezaba recordando que se hallaba en un lugar público, con las risas del señor Argentina riéndose a su costa y lo único que hacía Sergio era devolverle el gesto.

El señor Argentina era especial para su nación

[...]

La señorita Colombia y la señorita Venezuela eran hermanas, pero sus personalidades estaban muy alejadas de ser similares.

Donde Colombia era suave, Venezuela era dura. La que trataba de ser optimista y la que era la realista. Esto era evidente en la forma en que trataban al señor Brasil en las reuniones mundiales. Las reuniones eran exasperantes y demasiadas cosas que recordar, en que las personificaciones hablaban de sus problemas y trataban de encontrar una solución efectiva, según la exposición e información dadas por esa nación.

La señorita Colombia ladearía la cabeza en el momento en que el señor Brasil estaba a punto de decir algo indebido, por otro lado, la señorita Venezuela sin mostrar una pizca de timidez le decía que se detuviera con una mirada feroz. En varias ocasiones vio a la señorita Colombia dándole notas con pegatinas de colores a Sergio con palabras de aliento y la señorita Venezuela le traería un café con mucha azúcar y se pondrían a conversar para tranquilizar los nervios del muchacho.

El señor Brasil le traía dulces y medicamentos para el dolor a la señorita Venezuela sin pedir explicaciones y rara vez recibía un agradecimiento verbal. A la señorita Colombia le regalaba grandes canastas de frutas con un animal de globo atado. José no entiende la parte del globo, pero era lindo.

En esas reuniones en que decidían sentarse a los lados del señor Brasil, a menudo se reían entre dientes con la sonrisa enorme de la señorita Venezuela. Todo lo que se necesitaba era un solo comentario para provocar una sonrisa en alguno de los tres.

Eran un apoyo constante para el señor Brasil.

[...]

El señor Bolivia...

Le encantaba jugar bromas. Un apasionado bromista.

Gracias a Dios que se enfocaba en el señor Chile y no en su nación. Porque José Samuel Carioca sabe con certeza que hubiera renunciado, si esas bromas pesadas fueran constantemente dirigidas a su puerta.

Al señor Bolivia se llevaba al señor Brasil a fiestas en que, por alguna razón, uno de los dos llegaba con una ropa diferente. Cocinaban juntos, esa era de las actividades en que nada terminaba en un desastre. La comida a veces se les quemaba por que se entretenían jugando Animal Crossing.

Eran buenos amigos, y presentía que el señor Brasil trataba de ponerse de su lado bueno para no ser víctima de sus bromas y José le daba todo el apoyo del mundo.

[...]

Los años pasaron y José asumió nuevas responsabilidades cada vez más ligadas a la vida personal del señor Brasil. Tenía el directorio de los números de todas las personificaciones e incluso de los mandatarios (José dio un grito ahogado cuando la reina de Inglaterra llamo a su teléfono). Se le confió las direcciones de las casas de Brasil y el de sus familiares más cercanos, disponía del horario completo de su nación y claro, organizaba los partidos de futbol que tenía con la señorita México.

Siempre llamaba para preguntar por la familia, el trabajo o mandaba una clase de meme para él y el señor Brasil en los momentos más aleatorios. La señorita México se esforzaba en reconocer su presencia con una agradable sonrisa que siempre era acompañada de comida (José engordó tres kilos en una semana) y tenía esa manía de mover mucho las manos para enfatizar todo lo que decía con esa voz cantarina suya.

La señorita México era la clara muestra de lo que era, un ser inmutable que simultáneamente actuaba como una niña y una anciana que ha visto y vivido demasiado. Lo que el señor Brasil le dijo que era raro que un humano se diera cuenta de eso. Je, eso lo hizo sentir algo especial.

En esos partidos de futbol, sucedía que por accidente volaban con una patada, la pelota lejos de la cancha. Jugaban piedra, papel y tijera y el que perdía tenía que ir por el balón. A veces el balón le pegaba en la cabeza a alguno de los dos y tenían que parar todo, lo que daba pie a una revancha para desempatar. El señor y la señorita paseaban por los barrios cuando se escapaban de sus deberes, cantando en la playa y volviendo con un sombrero lleno de monedas.

(Monedas que el señor Brasil terminaba donando)

Cada vez, sin falta, cuando le informaba que la señorita México llamaba, él sonreía.

[...]

Al señor Perú, lo describiría como un personaje con carácter y que iba directo al punto.

Y el chico tenía una gran obsesión con las llamas que nombraba con nombres de apóstoles y profetas de la Biblia. Le parecía divertido que una llama con el nombre de 'Jonás' le robó el celular al señor Perú y marcara a su despacho. El señor Brasil y él se reían de los intentos desesperados del peruano tratando de recuperar el artefacto "¡Jonás! ¡Se bueno y quita de tu hocico mi teléfono!"

Su relación con el señor Brasil fluctuaba mucho y dependía del clima. En los días soleados, los dos hombres serían vistos como los mejores amigos. En los nublados o con tormentas, se pelearían mucho tratando de llevarse la contraria, a pesar de que uno de ellos tuviera la completa razón. Era constante las burlas de Sergio a la altura diminuta del señor Perú, que acababa en una pelea.

Su relación era así; pelear y reconciliarse sin recordar el día anterior. En ocasiones no se hablarían por semanas, sin dar el brazo a torcer y el orgullo bien el alto. Sin embargo, cuando el señor Perú pasaba mucho tiempo en silencio, Sergio abandonaba su trabajo y visitaba a la otra nación.

José aprendió que representar a toda una nación conllevaba a las opiniones diferentes, peleas, conflictos y caídas económicas.

Y eso les dolía.

[...]

Hubo años difíciles en que Brasil no se levantaba de la cama. Esos días, eran los días malos en que cancelaba todas las citas y llamaba al señor Portugal para que hablara con la joven nación que luchaba con los asuntos internos. No había nada que alguien pudiera hacer para aliviar el dolor, era algo que estaba fuera del control de cualquier ser terrenal. Eso hizo sentir impotente a José.

Porque para un humano era sencillo aliviar sus malestares. Iban al médico y tomaban el medicamento recetado. Pero para las personificaciones eso no les servía, solo esperaban a que pasara o que disminuyera lo suficiente para continuar trabajando.

Eso fue lo que hicieron, esperar. Escuchando historia tras historia del señor Portugal o cantando canciones inventadas para llenar el silencio. Él mismo contaba historias de su infancia para distraer a su nación.

Luego llegaron varias llamadas e incluso Argentina vino.

José los dejo solos sintiéndose tranquilo, sabiendo que las naciones se tenían los unos a los otros.

[...]

Los años alcanzaron a José, sus dedos padecían de artritis y su vista se oxidó. Pero Brasil seguía viéndose igual en el día en que le conoció y que continuaría haciéndolo mucho tiempo después de su muerte. Era insólito el saber que existían criaturas que eran la dualidad de la humanidad dentro de ellos y que habían vivido más tiempo de lo que le gustaría pensar. Dejo de tratar de encontrarle lógica a su existencia, solo la aceptó. Pasaron ya más de cuarenta años de cuidar a ese adolescente que olvidaba regar las plantas de su oficina. Era gracioso lo tanto que paso al lado de él, literalmente viendo como la historia de los libros era escrita.

Las naciones que conoció, lo que para ellos fue un instante y que para José fue casi toda una vida. Nunca los volvió a ver, desaparecieron detrás del telón dejando que los protagonistas de la esfera de la política actuaran y nunca hubo una señal en ningún lado de su existencia. Cada personificación se encontraba oculta detrás de los escenarios, escondidos entre los guardaespaldas o una cara más en una multitud. El modo en que las personificaciones deben ser vistas.

Pero a veces, ve un destello de un joven pelinegro muy parecido en el parque cerca de su casa o a un adulto sospechosamente familiar en una tarde de verano con un balón de fútbol que se reía y desaparecía...

Tras bambalinas.