Recuerdo mi nombre y el olor del mar.
Cuando era niña solía caminar en la playa buscando pequeñas conchas y algunas piedras de colores, las coleccionaba y guardaba en una caja de madera que me había regalado mi padre por mi sexto cumpleaños; caminaba por horas y perseguía las olas para recuperar las conchas que me eran arrebatadas hasta que el agua me llegaba debajo del abdomen; algunas veces el mar me vencía y se las llevaba y otras veces yo ganaba y llegaba victoriosa a casa.
Algunas conchas se las regalaba a mi madre que las guardaba todas en un jarrón negro que escondía celosamente de la vista del mundo en un baúl en el que guardaba sus más grandes tesoros. El kimono de su boda, su diario, una peineta de flores que mi padre le había regalado cuando pidió su mano, la cobija con la que me envolvía de recién nacida y un libro lleno de las flores que mi padre le regalaba cada tanto tiempo y ella secaba en ese libro esperando que se marcaran en la hoja para que fueran eternas y por supuesto su jarrón lleno de mis regalos.
Mi padre por su parte trabajaba en el campo, pescando cangrejos o haciendo mandados al señor de la zona.
Algunas veces acompañaba a mi padre; el señor de la zona era un hombre amable y le tenía cierto cariño a mi padre porque se esforzaba mucho en hacer sus mandados, era muy rápido y se aseguraba de hacerlo bien.
Entre los hombres que servían al señor había uno en especial, uno muy alto, me daba algo de miedo, aunque mi padre decía que era agradable; no estaba casado pero tenía un hijo, era pequeño y tímido, cuando acompañaba a mi padre a hacer los mandados siempre jugaba con él, casi siempre jugábamos a algo sentados, siempre estaba lastimado y cuando le preguntaba porque me decía que era por su entrenamiento.
Un día el señor de esa zona fue decapitado y todos sus sirvientes lo siguieron en el más haya o al menos eso se decía. El pueblo se quedó desamparado. La hambruna nos azoto con violencia, la cosecha de mi familia y los cangrejos que pescaba mi padre dejaron de ser para vender y se volvieron lo poco que podíamos comer, la gente fue muriendo, primero los ancianos que no se podían mantener solos y lentamente se volvieron una carga para las familias.
Y después los niños. Los padres con los niños delirantes de hambre y sin más opciones subían al acantilado con ellos en brazos y los arrojaban al violento oleaje del mar, otros se lanzaban con ellos y otros como mis padres hacían lo posible por mantenernos vivos.
El tiempo paso y de la hambruna llego la plaga, no sé de qué enfermaba la gente pero la mayoría de contagiados moría.
Mi padre, salió a buscar cangrejos y llego con cinco o seis de ellos, ese día, recuerdo, cenamos muy bien y mis padres sonreían.
A los días mi padre cayo en cama, tosía, vomitaba, tenía fiebre.
Mi madre me llevo al templo, me encargo con los monjes "serán unos días en lo que papá está mejor" me había dicho y me abrazo muy fuerte, se fue y la mire perderse mientras lloraba y uno de los monjes me sujetaba la mano.
Ella nunca volvió.
Mi padre se había contagiado. Los cangrejos que había llevado para la cena los había obtenido cerca del acantilado cuando bajo la marea, había estado muy cerca del cadáver de un contagiado.
Mi madre, por cuidar a mi padre se contagió y murió en soledad.
Y yo me quede esperándolos llegar por mí hasta que me resigne.
Pasó casi un año y se acercaba mi cumpleaños número siete. Los monjes que cuidaban el templo no tenían dinero, no había como ayudarnos a todos los huérfanos…
Los mismos monjes y algunos niños empezaron a enfermar, morían.
Un día, con niños y monjes muy enfermos, delirantes y débiles llegaron unos bandidos buscando mujeres solas.
Asesinaron a los pocos hombres sanos del pueblo, les dieron el golpe de gracia a los monjes enfermos y se llevaron mujeres y niños sin contagiar.
Ataron a todas las mujeres, tenían los brazos en la espalda y una cuerda las mantenía unidas en fila recta, a los niños nos ataron de las manos y con otra cuerda unieron nuestras ataduras a las de alguna mujer, caminábamos a su lado, custodiados por bandidos.
Llegamos a otros dos pueblos donde hicieron lo mismo, no sé cuántas éramos, pero no podía ver el inicio ni el final de la fila.
Antes de llegar a nuestro destino, ellos nos sentaron, y caminaban mirando a todas las mujeres, después, empezaron a cortar las cuerdas de algunas y se las llevaron.
Cuando volvieron nos dijeron "las venderemos más caras, son más lindas"
Algunas regresaron llorando y otras regresaron con los pechos de fuera y otras caminaban extraño.
Al día siguiente caminamos a una playa, nos vendaron los ojos y viajamos en barco. Fue mucho tiempo, no sé cuánto, porque no podía ver el sol.
Podía escuchar y oler el mar, me sentía mejor, me sentía cerca de mis padres, cerca de casa.
Nos bajaron en un puerto de noche, nos quitaron las vendas, no había más que la luz de la luna, apenas y se veía algo.
Hombres y mujeres pasaban con farolillos y los ponían en nuestras caras para verlas y juzgarlas, lentamente mujeres y niñas fueron subidas a carretas de madera cara.
Otras tantas se fueron caminando
Y yo, termine en una carreta de madera fina.
"¿A dónde vamos?" les había preguntado a las mujeres que viajaban conmigo y todas me respondían "no se" aunque estoy segura que sabían a dónde íbamos porque todas lloraban de angustia, solo no querían asustarme.
Un día de camino pasó, llegamos a una ruidosa ciudad y ahí nos fueron dejando en casas, de algunas salían elegantes mujeres mayores acompañadas por jóvenes de caras blancas como de porcelana y de otras mujeres más sencillas solas o acompañadas de hombres que se veían poco amables.
En la última casa nos bajaron a mí y a otra chica.
Como yo era muy pequeña dijeron que sería una criada hasta que me pusiera "interesante" y a la otra chica se la llevaron halándola por el cabello, ella gritaba y pataleaba, yo solo mire asustada.
Pasaron los años y yo pase de la felicidad a la hambruna, de la hambruna a la enfermedad y de la enfermedad a la soledad, pase de la tierra del hombre al infierno.
Vi tantas cosas a tan corta edad que todos mis recuerdos aparecen en mi mente con un filtro, como si viera las cosas a través de un lago de agua revolcada.
Recuerdo mi nombre, recuerdo el olor del mar, recuerdo que mis padres existieron, recuerdo al amable señor, recuerdo al niño con el que jugaba, recuerdo a su padre que daba miedo y recuerdo el sabor de los cangrejos, recuerdo a la mujer atada a mi lado, recuerdo como se la llevaron y regreso con los pechos de fuera, como lloraba y decía que le dolía la entrepierna, recuerdo que se la llevo un grupo que se fue caminando, recuerdo a las mujeres elegantes y a los hombres con caras de enojo, recuerdo la madera fina, recuerdo mi nombre y el olor del mar, recuerdo colores, olores y sabores, recuerdo la calidez de los monjes y recuerdo la frialdad de sus cuerpos muertos, recuerdo el ultimo abrazo que me dio mi madre y la última vez que mi padre me tomo de la mano, recuerdo ver kimonos hermosos y yukatas sencillas, recuerdo el sonido de las olas romper con el acantilado y los gritos de los suicidas.
Recuerdo mi nombre, Kaoru Kamiya, y recuerdo el olor del mar, pero no recuerdo cual es el nombre de mi pueblo ni el rostro de nadie.
Estoy sola con un montón de recuerdos enlodados.
