Un suspiró tembloroso salió de entre sus labios azulosos. Hacía frío, quizás era una de las noches más heladas del año, se sentía como algo importante, sería la noche más helada para ella, de cualquier manera.

Una ventisca fuerte azotó sus mejillas, pequeñas dagas rozaron su piel, volviéndolas sonrosadas por el maltrato del viento, mientras una única lágrima descendió por el costado de su cara, perdiéndose más allá de la comisura de su boca. La esquina izquierda de sus labios se alzó, en una sonrisa casi imperceptible, casi una mueca. Sus ojos muertos miraron más allá, hacia el horizonte, un mar de luces tenues que borroneaban la ciudad, como pequeñas velas encendidas. De alguna manera le trajo calma, su corazón casi muerto golpeó contra su pecho con un poco más de fuerza, como intentando decirle que había algo que valía la pena, que más allá, hacia aquellas luces, que brillaban más que las estrellas que siempre amó, alguien esperaba por ella. Casi rio, casi, pero ya no había nada por lo que reír, como no había nada por lo que vivir.

Sus dedos rodeaban el borde de metal del puente, sus pies descalzos descansaban suavemente sobre el borde, rozando levemente la reja de contención. Su cuerpo a este punto estaba en total relajación, ya había asumido que su vida terminaría allí, veinte metros hacia el suelo, sobre el asfalto. Esperaba que fuera rápido, aunque si así no lo fuera tampoco le importaba, sólo esperaba que el golpe fuera fatal.

No miró hacia abajo mientras escalaba suavemente la verja, a pesar de sentirse completamente segura de su plan de acción, aún estaba consciente de lo extraña de la naturaleza humana, y era probable que, de alguna manera, si miraba hacia abajo, su cerebro, la parte más primitiva por lo menos, la detendría, aludiendo a su instinto de auto conservación. Pero aquello, definitivamente, iría completamente con sus planes. Después de todo, luego de una vida condicionada por los demás, sería lo primero que haría por cuenta propia, su primera decisión en toda su vida, y quería disfrutarla tanto como pudiera.

Sus piernas tiritaron suavemente mientras las apoyaba en el borde superior, su mano derecha se agarró al pilar a su lado, mientras acomodaba sus pies. Sólo unos minutos más, viendo lo que había más allá bastaría. Era un pequeño regalo, una forma de ver lo que a lo mejor podría haber sido suyo si la vida hubiese sido más benevolente con ella, diferente.

Llenó sus pulmones de aire, mientras las pequeñas lucecitas se movían, se juntaban y titilaban en la distancia, como si tuvieran vida propia, como pequeñas luciérnagas. Sonrió, sería la última vez, y a pesar de que no llegó a sus ojos, sintió como la paz la invadía. Sería maravilloso ser como esas luciérnagas, libres, hermosas, o quizás como esos focos, inertes, pero aún con un propósito, teniendo una función en la vida, cumpliendo una meta, sintiéndose útiles. Si tan sólo la vida hubiese sido más benevolente con ella.

Ya era hora.

Con una última mirada al cielo, hacia esas maravillosas luces, hacia lo que nunca sería ni pudo ser, cerró los ojos, sonrió como una niña pequeña, y suavemente se soltó del apoyo a su lado derecho. Sus pies resbalaron de su base ligeramente redondeada, y la gravedad hizo lo suyo con su cuerpo.

Y allí, en la noche más fría del invierno, con un vestido blanco, níveo, tan níveo como su piel, y su cabello ondeando libre en la oscuridad de la noche, cayó, y cayó con una sonrisa en los labios, dándole la bienvenida a la inconsciencia.

Un solo golpe, duro sobre el asfalto. Dolor que reverberó por todo su cuerpo y luego todo fue oscuridad.