Yu Yu Hakusho pertenece a Yoshihiro Togashi.
Este fanfic está situado después de la realización del torneo del Makai, pero antes del regreso de Yusuke.
La danza de lo intocable
Capítulo I: Anomalía
La primera vez que la sintió estaba saliendo de la escuela. Al hacerlo, se detuvo en la entrada, tan alerta como siempre. Pero de la misma forma fugaz en la que creyó percibirla, desapareció.
Se trataba de una débil energía demoníaca, no perteneciente a ninguno de sus amigos.
"¿Habrá sido mi imaginación?", se preguntó Shūichi Minamino, conocido por sus aliados como Kurama, con la mirada clavada en el edificio principal del Meiou. Los alumnos pasaban a su lado; los varones de violeta, las mujeres de rojo. Algunos se quedaban viéndolo de soslayo, y es que en cualquier sitio llamaba la atención, ya fuera por su brillante cabello rojo, su atractivo natural como humano o el misterio que emanaba por su verdadera naturaleza.
— ¿Un demonio cerca de tu escuela? — preguntó Koenma apenas se lo informó, esa misma tarde. Hacía bastante tiempo que no visitaba las oficinas del Mundo Espiritual. — No hemos sido notificados de ninguna anomalía, pero si tú lo dices, lo mejor será investigar.
— Eso haré — respondió muy resuelto.
Hizo amago de retirarse, hasta que el príncipe volvió a llamarlo. Como era costumbre, dos grandes pilas de archivos se acumulaban a su alrededor y los ogros se movían de un lado a otro, inquietos.
— Sea lo que sea, Kurama, te advierto que estarás completamente solo en este caso — dijo Koenma. — Kuwabara está estudiando para sus exámenes finales y se solicitó de baja un tiempo. Por otra parte, Hiei tiene suficiente trabajo en el Mundo Demoníaco y está de más decir que aún no sabemos nada de Yusuke. — Suspiró, consciente de lo complejo que era no tener ningún detective espiritual activo. — Si efectivamente se trata de un demonio, es muy probable que sea un fugitivo que llegó al Mundo Humano producto de que ya no existe la barrera Kekkai, por lo que deberás dar con su captura y traerlo hasta mí.
— Entendido. — Y sin agregar nada más, se retiró hacia el Mundo Humano. Su hogar.
Aun con el tiempo transcurrido, trabajar para el Mundo Espiritual seguía resultándole extraño, como si fuera el deber de alguien más y él solo estuviera de paso haciéndole un favor. Después de todo, quien cumplía esa labor de manera formal hasta hacía un año era Yusuke, pero desde su despido Koenma solo podía recurrir a él y a Kuwabara para mantener a raya las anomalías del Mundo Humano.
Y bueno... Al parecer en ese preciso momento solo contaba con él, por lo que el trabajo le sabía más bien a una obligación que estaba dispuesto a aceptar.
Daba igual. Ya no se cuestionaba demasiado esas fugaces sensaciones de poca familiaridad. Había entendido que, después de tantos siglos siendo un bandido, era natural que su monótona vida humana le resultara ajena de vez en cuando.
O todos los días.
— Vaya, con que un demonio anda rondando los alrededores — fue el comentario de Kaito, al día siguiente. Si bien no era algo usual, no lucía demasiado sorprendido con la noticia.
Los recesos eran los únicos momentos en los que Kurama podía hablar tranquilamente con él, pues fuera del instituto solía estar muy ocupado ampliando sus conocimientos literarios. Y no era que lo necesitara realmente, ya que tenía un cupo asegurado en varias universidades prestigiosas tanto locales como extranjeras. Pero Kaito era un estudiante ambicioso y siempre iba por más.
En contraste suyo, él tenía todo el tiempo del mundo. Para profundo disgusto e inconformidad de sus profesores, había decidido no asistir a la universidad.
— Aún no estoy seguro, pero prefiero descartar la posibilidad — respondió el zorro.
— Me parece bien — afirmó Kaito. — Cualquier cosa que detecte, te la haré saber.
— Te lo agradezco.
El receso estaba por acabar, por lo que se encaminaron silenciosos hacia sus respectivos salones. En los pasillos robaban más de una mirada curiosa, y es que tanto Shūichi Minamino como Yū Kaito eran famosos en toda la preparatoria por permanecer invictos en sus respectivas posiciones del ranking académico. Eran el primer y segundo lugar, respectivamente.
— Ah, ¡casi lo olvido! — saltó de pronto Kaito. — Minamino, ¿puedes hacerme un favor?
— ¿De qué se trata? — preguntó él.
— Verás, suelo dar clases de reforzamiento a los alumnos de mi salón que están reprobando sus materias. Ya sabes, asumí ese deber como delegado.
— Sí, estaba enterado. — Kurama sonrió, notando ese aire orgulloso y algo pedante que su amigo y autoproclamado rival se daba en ocasiones.
— Hoy tengo una reunión muy importante del consejo de estudiantes becados y me coincide con la clase. Intenté acomodar los horarios, pero desistí. — Kaito hizo una mueca. — Solo es una estudiante y es... algo así como un caso perdido, así que no estimé que valiera el esfuerzo. En fin, ¿puedes ocupar mi lugar? Solo será por esta vez.
— No hay problema — aceptó sin pensar. Dadas las circunstancias, le venía bien una excusa para quedarse más tiempo en la escuela. Así podría investigar el perímetro sin tanta gente.
No obstante, antes de retirarse a su salón, Kaito le susurró una advertencia:
— Si se pone difícil solo ignórala y déjala suspender. De verdad, es el tipo de chica que no sabes cómo entró a Meiou.
A Kurama le gustaba su rutina. Despertar por las mañanas, compartir un delicioso desayuno familiar, asistir a clases, mantenerse ajeno al estrés colectivo producido por los exámenes de ingreso a la universidad, volver a casa, leer un libro, cenar en familia e irse a la cama. Eran días tranquilos, predecibles. Totalmente diferentes a su vida anterior.
No creía que un demonio intruso fuera a cambiar nada de eso. No teniendo una energía demoníaca tan baja, casi ausente. Lo entregaría a Koenma sin contratiempos y, si las cosas se ponían feas, sabía que podía manejarlo con mediana facilidad. Su única preocupación era que tomara de rehén a alguno de sus seres queridos, como tantas veces había sucedido antes.
Pensaba en todo esto mientras se dirigía hacia el salón asignado para las clases de reforzamiento. Al abrir la puerta, lo primero que notó fue las tonalidades anaranjadas. El atardecer estaba en su punto, colándose por las ventanas y bañando con su tenue resplandor los pupitres alineados.
Pero eso no era lo único.
Una estudiante se encontraba sentada en la última fila junto a la ventana, inclinada perezosamente sobre su mesa. Su cabello naranja mal teñido contrastaba con el uniforme rojo del Meiou; lo mantenía sujeto en un moño lateral que parecía atentar contra la gravedad, haciéndola ver muy desalineada. Kurama notó en un vistazo rápido que sus piernas entrelazadas bajo la mesa enseñaban los muslos de manera descarada en una falda innecesariamente corta. Bajo ellos vestía unas bucaneras blancas gruesas, prohibidas por el reglamento escolar, el cual solo permitía a las muchachas usar calcetas lisas y sobrias.
Apenas notó su presencia, ella volteó hacia él con un deje agresivo.
Kurama confirmó a la distancia que usaba maquillaje fuerte y accesorios de última moda, incluyendo uñas postizas absurdamente largas. La chica en sí no solo se veía escandalosa, sino que no encajaba en lo absoluto con el perfil del instituto. Su atuendo de pies a cabeza le garantizaba una visita con el director y una sanción que acabaría confiscando por completo su existencia.
Al reconocerlo, su ceño se frunció sobre una mirada carmín poco amigable.
— ¿Y Kaito? — preguntó ella, suspicaz.
— No pudo asistir — respondió Kurama, cerrando la puerta tras de sí. — Tenía una reunión importante.
— Eh...
La estudiante se levantó de su pupitre con la evidente intención de retirarse.
— Yo lo sustituiré hoy — aclaró él, acercándose para dejar los libros de texto sobre su mesa.
— Tsk — escupió ella de mala gana, dejándose caer de nuevo sobre la silla.
Kurama observó cómo se cruzaba de brazos y piernas, manteniendo una postura tensa, casi como queriendo manifestar de ese modo su desagrado hacia el estudio o hacia él mismo. O bien, podían ser ambos.
En silencio, acomodó un pupitre frente a ella y se sentó muy tranquilo.
— Mi nombre es... — comenzó diciendo.
— Shūichi Minamino. Lo sé — lo cortó ella. — Todos te conocen, niño bonito.
— Ya veo. — Él sonrió. — ¿Tú eres...?
— Yotsuba Tenjō. Clase A.
Kurama pensó que su nombre era muy peculiar, pero también notó que no era primera vez que lo escuchaba. Aquello le extrañó, pues casi no se relacionaba con sus compañeros y estaba muy seguro de que esa era la primera vez que hablaban. ¿Dónde podría haberlo oído?
— De acuerdo, ¿qué materia ibas a reforzar hoy? — preguntó, empezando a hojear sus apuntes. Ante la falta de especificidad de Kaito, decidió traer lo necesario para hacer un repaso general de las asignaturas más importantes.
La escuchó suspirar.
— Tienes mejores cosas que hacer, ¿no es así? — interrumpió ella, apoyando un codo sobre la mesa y permitiendo que su rostro descansara sobre aquella mano con enormes uñas llenas de brillantes. — ¿Qué tal si lo dejamos? Podemos mentirle un poco a Kaito y...
— Ya estamos aquí. Sería un desperdicio no hacer la clase solo porque Kaito tuvo un inconveniente — se opuso el pelirrojo, con la educación y prudencia que le caracterizaban. — Además, entiendo la necesitas, ¿no?
Yotsuba resopló.
— Si tú lo dices — respondió entre dientes.
Él simplemente optó por ignorar su mala actitud. Seguro tenía motivos para portarse de ese modo tan infantil, quizá una familia disfuncional o una fase rebelde, pero nada de eso interesaba a Kurama.
— ¿Cuál es la materia que peor se te da? — preguntó tranquilamente.
— Matemáticas — contestó ella, desviando la vista hacia la ventana.
— Empezaremos por ahí, entonces.
— Sádico.
Aquel comentario le sacó una media sonrisa.
Kaito tenía razón. No existía una razón lógica que explicara cómo Yotsuba Tenjō entró al Meiou, un instituto superior conocido por su excelencia académica y exigentes protocolos. La muchacha no solo se vestía como una gal cualquiera, sino que estaba por reprobar todos los cursos y ni siquiera tenía interés en hacer algo al respecto.
Kurama estuvo casi dos horas estudiando con ella por compromiso, comprendiendo en el proceso por qué Kaito la llamó "caso perdido". En algunos momentos pensó en convencerla de poner algo más de empeño en lo que hacía, pero era tan testaruda que rápidamente notó que insistir sería una pérdida de tiempo. "Como sea, no es asunto mío", resolvió para sus adentros, limitándose a hacer un repaso que quizá no traería fruto alguno.
Acabaron tan tarde que el guardia de seguridad los escoltó hasta la salida. No se respiraba ni una sola alma en el establecimiento a esas horas.
Una vez la reja de la escuela se cerró a sus espaldas, Yotsuba acomodó su bolso sobre el hombro y rompió el silencio:
— Bueno, gracias por lo de hoy... Supongo.
Era el gesto más amable que había tenido a lo largo del día. Kurama le sonrió.
Para él, era la oportunidad perfecta de investigar el territorio o buscar alguna pista que lo llevase al demonio que creía haber percibido el día anterior. Sin embargo, bien sabía que no era correcto dejar que una joven anduviera sola de noche. Sus planes tendrían que esperar.
— ¿Vas a la estación? — le preguntó.
— Ah... Sí — respondió ella, quien parecía deseosa de irse de una vez.
— Te acompaño.
— ¿Eh? No es necesario. — A Yotsuba le sorprendió el ofrecimiento, pero rápidamente dijo: — De hecho, por favor no lo hagas.
Kurama parpadeó, un poco perplejo.
— ¿Por qué? — preguntó. — Vamos en la misma dirección.
— Bueno, es que... si te ven caminando conmigo, tendrás problemas... y arruinarás tu reputación — balbuceó la chica, evitando mirarlo a los ojos. Lucía algo nerviosa.
El pelirrojo ladeó el rostro, aún más extrañado.
— ¿Y eso?
— Es... difícil de explicar. Mejor despidámonos aquí — insistió Yotsuba, para entonces decirle adiós con un gesto breve de mano y acelerar el paso hacia su destino. Kurama caminó pausadamente hacia el mismo lado, manteniéndose siempre varios pasos más atrás, para su consternación: — ¡Hablo en serio, Minamino!
— También voy a la estación — argumentó él, encogiéndose de hombros. — Aunque no vaya contigo, caminas por delante de mí.
En respuesta, Yotsuba gruñó y avanzó aún más rápido. Kurama no entendía por qué se empeñaba tanto en perderlo de vista, pero la dejó hacer. Una vez separados, podría regresar a la escuela sin cargos de consciencia.
Sin embargo, la suerte no estaba de su lado ese día. A solo unas cuadras fueron interceptados por una pandilla estudiantil. Eran alrededor de ocho sujetos de apariencia yankii, uniformes de estilo gakuran desgarbados y las cabezas teñidas, rapadas o peinadas al estilo Pompadour. Aparecieron bajo un foco de luz; con la penumbra a su alrededor, lucían muy intimidantes.
— Miren a quién tenemos por aquí — dijo el aparente líder, acercándose unos pasos hacia Yotsuba, a quien observaba despectivo. Un vendaje le atravesaba el rostro y escondía las manos en los bolsillos de su pantalón.
— ¿A quién? Solo veo a una puta rastrera — preguntó uno de sus colegas con malicia.
— Tsk, ustedes otra vez — escupió la muchacha.
Al comprender que se conocían, Kurama mantuvo su distancia, observando la escena en silencio.
— ¡Tenjō, ni creas que me he olvidado de esto! — gritó desaforadamente el líder, apuntando hacia su cara vendada con enfado.
— Pero, ¿qué dices? Si estás guapísimo — le respondió Yotsuba, esbozando una media sonrisa llena de confianza. De improviso, miró a Kurama por sobre su hombro y le dijo: — Será mejor que te largues de aquí.
Antes de poder responder, la pandilla se abalanzó contra la chica:
— ¡A ella! — gritaron al unísono.
— ¡Rápido, corre! — insistió a Kurama, para entonces lanzar lejos su bolso y ponerse a la defensiva, dispuesta a recibir sin miedo a los sujetos que la atacaban.
El demonio se precipitó para ayudarla; sin embargo, en menos de un minuto Yotsuba se las había ingeniado para resistir el ataque grupal como toda una luchadora. Esquivó golpes a gran velocidad, dio saltos grandiosos, varias patadas y codazos. En medio del desconcierto, Kurama notó que incluso estaba evitando usar sus manos, hasta que en un momento no tuvo otra opción más que sostener a uno de los vándalos del cuello de su uniforme para lanzarlo violentamente hacia uno de sus aliados.
Su fuerza era abrumadora, pero ni siquiera eso pudo evitar lo inevitable:
— ¡Ay, me rompí una uña! — lloriqueó la muchacha, dejando atónitos a todos los presentes. Kurama comprendió entonces por qué estaba evitando pelear con las manos. — ¡¿Tienen idea de cuánto me costaron?! ¡Ahora sí me hicieron enojar!
Dicho esto, Yotsuba se lanzó agresivamente sobre los pandilleros, impactando un fuerte cabezazo contra uno, deteniendo el golpe de otro y aprovechando la posición para clavarle un rodillazo en el estómago. Los que quedaron también fueron apaleados uno a uno, siendo el último literalmente sostenido por los aires y lanzado hacia un basurero.
Kurama no tuvo la necesidad de intervenir, pero le quedaba claro que la fuerza de esa chica tan salvaje no era normal. Además, su estilo de pelea le recordaba bastante a Yusuke. "¿Será que...? No, no puede ser...", reflexionó, sin moverse de su sitio.
Cuando Yotsuba acabó con todos, contempló con los ojos llorosos su manicure completamente arruinada. Suspiró con resignación, para luego palmear la mugre de sus manos e ir por su bolso. Al hacerlo, notó que Shūichi Minamino seguía ahí, observándola.
— ¿Aún sigues aquí? — le preguntó ella, colgando el bolso sobre su hombro. — ¿No te lastimaste?
— Estoy bien — respondió Kurama, quien a diferencia de ella no tenía ni un solo rasguño. — ¿Qué hay de ti?
— Tsk, siempre sucede lo mismo — gruñó. — No sé qué rayos sucede con estos tipos.
Él le sonrió.
— Si los derrotas una vez, volverán a buscarte — dijo. — Normalmente así es como funciona.
— Me he dado cuenta, ¡por eso te dije que no debíamos caminar juntos! — protestó ella.
— No tienes que tener tanta consideración conmigo. Sé defenderme solo.
Yotsuba esbozó una sonrisa burlesca y, rodeando al pelirrojo, le dijo:
— Ah, ¿sí? Me gustaría ver eso, princesita. — Fue un comentario con sorna, acompañado de una deliberada inclinación hacia delante.
Kurama comprendió de inmediato que estaba buscando provocarlo, pero no hubo oportunidad para continuar la conversación. El líder de los gamberros acababa de levantarse a duras penas, dispuesto a seguir la pelea. Ambos estudiantes voltearon hacia él.
— Vaya, ¿aún quieres más? — preguntó Yotsuba, enarcando una ceja.
— Por alguna razón, ser golpeado por ti me genera un extraño placer — admitió el hombre, esbozando una sonrisa extrañamente desequilibrada.
— No sabía que tenías esos gustos, Ishikawa — respondió ella, tronando sus nudillos sin dejarse intimidar. — Pero, si tanto lo deseas, con gusto te complaceré.
La estudiante volvió a asumir una posición de combate varios pasos delante de su compañero de instituto. No obstante, la distancia no evitó que el demonio notara las verdaderas intenciones del tal Ishikawa, quien empezaba lentamente a llevarse una mano hasta el bolsillo.
Cuando Kurama entendió lo que planeaba, estuvo a punto de gritarle a Yotsuba que se detuviera, pero la impulsiva muchacha actuó antes que él y corrió hacia su enemigo, dispuesta a darle una nueva paliza. Apenas el demonio vio el brillo de la navaja asomándose, se movió a una velocidad inhumana para aparecer tras Ishikawa y detenerlo.
Todo pasó en una fracción de segundos. Antes de que Kurama consiguiera dormir al atacante, una extraña electricidad lo recorrió de pies a cabeza, paralizándolo momentáneamente. "¿Qué es esto?", pensó entonces, reconociendo de inmediato un calor sofocante en todo el cuerpo. Era la misma energía demoníaca que percibió el día anterior.
Yotsuba lucía desconcertada, tanto por ver la navaja dirigiéndose hacia su rostro, como por la repentina aparición de Shūichi Minamino, quien en un parpadeo noqueó al sujeto, esta vez de manera definitiva. Este cayó pesadamente junto a la chica, cuya mirada viajó del peso muerto hasta su compañero de escuela. La calle estaba muy oscura, pero el foco de luz sobre sus cabezas le permitía ver la frialdad de aquellos ojos color esmeralda, los más calculadores e inhumanos que jamás había visto en su vida.
Empezó a temblar, consciente de que la amenazante atención de ese hombre estaba fija en ella.
— ¿Qué...? — balbuceó, recibiendo entonces un golpe rápido y certero en el cuello, el cual fue suficiente para desmayarla.
Cuando Yotsuba despertó se encontraba en una habitación desconocida. Abrió un poco los ojos e intentó desperezarse, notando de inmediato que la luz le molestaba y algo evitaba que se moviera con libertad. Recordaba vagamente su pelea contra los chicos de la preparatoria Date, aquellos que querían a toda costa recuperar el territorio del Meiou. También recordaba el trágico incidente de su uña y la presencia de...
— ¿Quién eres?
Una pregunta brusca interrumpió sus cavilaciones.
Levantó la vista a duras penas, encontrando a Shūichi Minamino junto a la cama donde yacía, observándola con seriedad. Se sobresaltó, notando en el acto que una extraña enredadera envolvía su cuerpo, inmovilizándolo.
— ¿Mi-Minamino?
— Será mejor que me respondas — zanjó él.
— ¿Por qué...? ¿Qué...? — balbuceó, totalmente desorientada. ¿Por qué estaba él ahí? ¿Acaso se encontraba en su habitación?
Y lo más importante, ¿por qué la miraba con tanta frialdad?
— ¡Suéltame! ¡¿De qué va todo esto?! — exigió saber, pero la planta que la aprisionaba se movió por cuenta propia, envolviendo su boca para evitar que gritase.
Esto alteró aún más a Yotsuba, quien empezó a moverse de un lado a otro en un desesperado intento por liberarse, sin obtener resultados.
Kurama la observó con desconfianza. No solía ser tan agresivo a la hora de lidiar con otro demonio en el Mundo Humano; al menos, no mientras este no hubiera mostrado cierta hostilidad o resentimiento hacia su persona. Pero las malas experiencias le enseñaron y no estaba dispuesto a correr riesgos. Se sentía obligado a tomar precauciones, más si el demonio en cuestión sabía quién era él y cómo dar con su familia. Incluso, no podía descartar que hubiera llegado al Meiou precisamente por él.
No obstante, aún estaba abierto a negociar.
Acercó una silla a la cama, donde se sentó de piernas cruzadas, esperando pacientemente que la chica se cansara de gritar y llorar.
— Será mejor que te tranquilices. Si no lo haces, te lo haré más difícil — la amenazó con un tono calmo. Yotsuba obedeció, asustada. — Cuando estabas combatiendo contra ese sujeto emanaste una especie de energía afrodisíaca como forma de defensa — volvió a hablar, inclinándose deliberadamente hacia ella. — Eso es algo que solo puede hacer un demonio al verse en peligro.
Cuando las plantas de Kurama liberaron la boca de Yotsuba, ella seguía llorando, pero al menos había dejado de gritar. Su rostro estaba completamente manchado con la máscara de pestañas y el maquillaje corrido, por lo que se veía incluso más espantosa que antes.
— No sé... de qué me estás hablando... — respondió ella, temblorosa.
Kurama fijó su atención en los capullos de la enredadera, la cual era una planta especial que florecería en caso de que su víctima mintiera. Esto no ocurrió.
— De acuerdo. Me presentaré otra vez — dijo, más tranquilo. — Yo soy Shūichi Minamino y también soy el afamado ladrón del Mundo Demoníaco, Youko Kurama. ¿Sabes algo acerca de eso?
Yotsuba negó con la cabeza. Los capullos no se movieron.
— ¿Sabes algo acerca de los demonios? — preguntó él.
La chica repitió el movimiento. Ninguna flor apareció.
— Al menos sabes que no eres humana, ¿verdad? — volvió a insistir él, cada vez más extrañado. ¿Cómo era posible que utilizara esa técnica sin ser consciente de ello?
La prisionera intentó negar otra vez, pero en lugar de eso rompió en llanto. Un llanto ahogado, silencioso, de esos que expresaban un miedo real y profundo, usualmente asociado a la certeza de estar a punto de perder algo muy importante. Como la vida o la dignidad.
Kurama sintió la culpa helarle la sangre y resolvió dormirla con un somnífero. Estaba claro que había cometido un error.
Una vez en el Mundo Espiritual, Koenma se hizo cargo de examinarla.
Yotsuba yacía dormida sobre una camilla metálica, aguardando la sentencia del príncipe del más allá. Él pedía algunos datos a Botan, quien no salía de sí de la sorpresa. Kurama se mantuvo erguido con la espalda recargada contra una pared y, de cuando en cuando, intercambiaba alguna palabra con sus viejos amigos.
Aun cuando no lo expresara, hacía tiempo que no se sentía tan incómodo consigo mismo.
Precipitarse no era su estilo, pero aun así creía que su deducción había sido lógica. Con su capacidad actual, resultaba imposible considerar que no captó la presencia de otro demonio en su misma escuela; mucho menos si este no era consciente de su naturaleza y estaba allí desde hacía años. De alguna forma u otra, Yotsuba sabía ocultarse de él; lo que se reforzaba al recordar su temeraria forma de pelear y la técnica que utilizó para defenderse. O, al menos, eso fue lo que pensó cuando decidió interrogarla.
También cabía la posibilidad de que fuera como él, una especie de fusión con mayores dificultades para nivelar su biorritmo. O podía ser un híbrido cuya parte demoníaca había conseguido definitivamente separarse de su identidad humana, provocando una doble personalidad o algo parecido.
Las posibilidades iban y venían en su cabeza, abrumándolo; pero no importaba cuán descabelladas o convincentes estas fueran, nada cambiaba el hecho de que había amenazado hasta el llanto a una niña que tenía como máxima preocupación el cuidado de sus uñas.
Al recordarlo, se sintió profundamente avergonzado.
Por fortuna, los ogros no tardaron en regresar a la sala de exámenes con los resultados. Le hicieron entrega a Koenma de una carpeta cuyo contenido revisó en silencio.
— Es un súcubo — informó. — Y de la más baja categoría.
— Tiene sentido — respondió Kurama, confirmando sus sospechas. — Cuando uno de los sujetos intentó herirla, su reacción reflejo fue emanar feromonas para aminorar la agresividad del ataque.
Después de un minuto leyendo el informe, Koenma cerró la carpeta de golpe. Lucía preocupado.
— Hiciste bien en traerla hasta aquí. Vamos a devolverla al Mundo Demoníaco — resolvió.
— ¿Qué? — Kurama reaccionó con algo de perplejidad. — Con todo respeto, Koenma, pero utilicé una planta especial para detectar mentiras. Esta niña no conoce su naturaleza. Así como está, no pertenece al Mundo Demoníaco y difícilmente podrá sobrevivir si la llevas a él.
— ¿Tienes idea de lo peligroso que es tener un súcubo suelto en el Mundo Humano? Incluso si ella no es consciente de serlo, ya está en edad de empezar a desarrollar sus poderes, lo que implicará sufrimiento para sus allegados y para ella misma. — Kurama lo sabía muy bien. Conocía las implicancias de un poder como ese; un poder destinado a atraer a quien fuera con el objetivo de drenar su energía, de matar y controlar. Koenma suspiró. — Intentaré dar con su familia en el Mundo Demoníaco, si es que tiene una. Si no, la dejaremos bajo la custodia de alguien que pueda hacerse cargo.
— ¿Quién querría hacerse cargo de un demonio de esas características, si no es para aprovecharse de él? — protestó Kurama, escéptico a creer que esa decisión iba a llegar a buen puerto. — No sé, Koenma. Tu propuesta no me sabe bien.
— ¿Y qué vas a hacer? ¿Te harás cargo tú?
La pregunta fue desafiante y directa. Lo hizo cuestionarse.
Tenía claro que defendía la integridad de la chica por culpa, sentimiento que no tardaría en amainar con el paso de los días (como cada vez que recordaba uno de sus horribles crímenes como Youko Kurama). También entendía los motivos del gobernador para dar esa sentencia: un súcubo suelto en un instituto lleno de adolescentes hormonales era, sin lugar a dudas, una pésima idea y un riesgo tremendo.
Sin embargo, también sabía que Yotsuba no había hecho nada como para merecer un exilio que le significaría una muerte segura. Era una inocente desafortunada, un demonio nacido y perdido en el mundo de los humanos.
Era tan similar a Shūichi que resultaba doloroso.
Y él, que cargaba con pecados mucho más pesados sobre su alma, había tenido una segunda oportunidad que disfrutaba cada día. ¿Cómo iba a dejarla sola, a merced de la crueldad de un mundo que él mismo abandonó?
Con este sentir muy personal acalorando su corazón, Kurama tomó una decisión de la que estaba completamente seguro se arrepentiría.
— Creo... que puedo hacerlo — respondió al fin. — Al menos, hasta que pueda dominar sus poderes.
Koenma y Botan lo quedaron viendo con asombro. Pensaron en recordarle la complejidad del asunto, pero el hijo del rey Enma dedujo que Kurama estaba al tanto de eso.
Al verlo tan serio y decidido, soltó una última advertencia:
— De acuerdo, queda bajo tu tutela. Pero te harás responsable de cualquier cosa que suceda. — Dicho esto, palmeó un par de veces su hombro antes de agregar: — Espero sepas lo que estás haciendo.
— Descuida — respondió Kurama, forzando una sonrisa que pretendía transmitir seguridad.
Una vez Koenma se retiró a revisar los expedientes de la carpeta junto a Botan, volvió la vista hacia el súcubo inconsciente: una muchacha nada agraciada, tosca y malhumorada.
Acompañándose de un suspiro, pensó: "¿En qué lío me metí?"
NOTAS DE LA AUTORA:
No sé cómo pasó esto. Empecé y no pude parar.
Me dije a mí misma que quería evitar clichés y estoy segura de que caí de lleno en ellos, pero, ¡bleh! Me la estoy pasando de pipa escribiendo esto.
Como es una historia en español reemplacé los conceptos del Ningenkai, Reikai y Makai por Mundo Humano, Mundo Espiritual y Mundo Demoníaco (iba a poner Mundo del Mal como en el doblaje latino, pero me pareció que podía ser confuso). Intentaré mantener esa coherencia en tanto me sea posible y se entienda.
¡Gracias por leer! Si llegaron hasta aquí, por favor no olviden comentar.
