Título: If she was here.
Personajes: Ray, Isabella.
Pairings: -
Línea de tiempo: Arco de Grace Field - Post-final.
Advertencias: Disclaimer Yakusoku no Neverland/The Promised Neverland; los personajes no me pertenecen, créditos a Kaiu Shirai y Posuka Demizu. Posible y demasiado OoC [Fuera de personaje]. Situaciones dramáticas y dolorosas. Nada de lo ocurrido aquí tiene que ver con la serie original; todo es creado sin fines de lucro.
Clasificación: T
Categoría: Dolor/Consuelo, Familiar.
Total de palabras: 2145
Nota de autora: Sólo soy yo, todavía llorando por Isabella–
Summary: Su cámara no es necesaria. La imagen se quedará adherida a sus retinas hasta el último día de su vida. Como la voz de aquella mujer, que tanto deseaba la libertad, aunque nunca hubiera probado de tal cosa.
I.
Al principio, Ray siente ella que es como un tragaluz, al final de un túnel que, en realidad, no tiene un final. Y es muy gracioso pensar en ello por más de tres segundos.
(Porque Isabella es todo dulzura, amor y paciencia. Porque tiene una sonrisa de perlas y lo abraza con la calidez semejante a una fogata en mitad del invierno. Porque le da tesoros —y basura— y le dice que le ama a pesar de todo, que estará de su lado hasta que ya no lo esté y que le canta– canta– canta desdichadas melodías de ruiseñor herido.)
Sin embargo, él no es capaz de reírse ni un poco. Apenas puede sonreír, apenas puede pensar en una flor de primavera sin adelantarse a la imagen prematura de su muerte predestinada, donde sus pétalos se marchitarán y acabará siendo un hierbajo inútil en el interminable patio de juegos en el que está aprisionado incluso desde antes de existir.
No es culpa suya.
No es culpa suya, es culpa de Isabella. Es culpa de Mamá porque— porque siempre es culpa de ella, todo lo es, todo la miseria que se retuerce en sus órganos, en su alma, bajo su piel, recorriendo sus venas (la singularidad de una inteligencia heredada y el talento para danzar acorde a los guiones prescritos para su próxima obra, titulada «habremos de fingir ser felices por siempre»), maldiciones inhóspitas que aprietan su cuello y lo hacen vacilar al caminar alrededor del precipicio sin fondo. Toda ella– Isabella es un horror con rostro de ángel, con su arpa de nube, invisible a los ojos mundanos, tocando las cuerdas de su futuro —los hilos entrelazados a las muñecas y tobillos de todos los niños inocentes que habitan bajo sus alas endemoniadas— repitiendo el mismo insano cántico a un ser que ya no existe en ese mundo, que no es más que una imagen superficial y borrosa de algo parecido a la felicidad en sus tiempos de inocencia (ignorancia inaudita que aún le pesa tras los ojos y la mantiene encadenada a una jaula y a sus amos eternos).
—Leslie... así se llamaba...
Ray nunca ha escuchado ese nombre salir de la boca de su madre —no existe, porque si existiera significa que ella está absuelta de culpas y eso no, eso definitivamente no—. Él sólo ha oído la canción. Esa maldita canción del infierno.
Aun así, a Ray le gusta mucho cantarla. Cantar en la mañana, cuando sus hermanos aún duermen. Cantar en las tardes, cuando se ha perdido a propósito en medio del bosque. Cantar en las noches, en soledad, mientras lee libros, en busca de un consuelo al ahogar su mente en palabras que nunca podrá olvidar.
(Momentos que no podrá olvidar, por supuesto, son los que lo obligan a recitar esa falacia llamada música, para apaciguar un poquito ese sentir indiscreto de culpa y temor que se mantiene pendiente en círculos tras sus pupilas.
El horror no acaba sino hasta que la dama vestida de negro le ha quitado la vista de encima. Cuando ella deja de sonreír para verlo con una sinceridad abrumadora —sin nada más que una expresión en blanco y un interior rebosante de repulsión al haberlo encontrado a él imitando la voz de su ser más amado—. Y es entonces que, al menos, se permite configurar una especie de mueca cargada de absurda satisfacción.)
Una cruel broma. Una guerra en silencio. Palabras nunca dichas.
(«No tienes idea de cuánto te odio»)
(Y él nunca sabrá que ella jamás se ha arrepentido de quererlo.
O de convertirlo en el mejor.)
II.
Isabella nunca dejará de ser un monstruo. Uno egoísta.
(Los humanos siempre han sido egoístas. Las mujeres, sin destino fijo, educadas como muñecas de guerra, con esperanzas vacilantes, son las más egoístas de todas.)
Pero Ray ni siquiera es capaz de culparla. Ya no puede— no puede hacer algo. Nada. Eso es lo único que le queda. Nada. Absolutamente nada.
Ni siquiera la canción ayuda.
No ayuda porque... porque ya no es más que una ilusión anticuada. No hay lágrimas que derramar. Emma ha llorado lo suficiente por los dos (la niña de fuego que nunca ha conocido el mar de tristeza, se apaga y se hunde al fondo, muy al fondo, en la profundidad de un poco sin luz). Cruelmente, y sólo para hacerse más daño, siendo eso lo único que reconoce como un sentimiento verdadero en su existencia, se pregunta si Norman habrá llorado antes de morir.
Se pregunta, también, si Isabella habrá llorado el día en el que se convirtió en el verdugo de seres tan pequeños e indefensos —niños, como ella, con ganas de vivir, con sueños y esperanzas arrebatadas—. Si habrá llorado al descubrir la verdad. Si habrá llorado en los entrenamientos, viendo morir a sus compañeras. Si habrá llorado al darlo a luz y entregarlo para convertirse en un futuro aperitivo. Si habrá derramado aunque sea una sola lágrima el día en que supo que pudo volver a ver a su único hijo.
Y él mismo se responde que no. Cómo ella podría hacerlo. Los monstruos no lloran.
—Eres una perra.
—No te eduqué para que le dijeras algo así a tu madre.
La sonrisa, el muro impenetrable al que, en algún momento, en su estúpida esperanza, pensó que podría derribar usando la idea del amor incondicional, sigue allí, imponente e indestructible.
Ray le tiene tanto miedo.
Pero está tan cansado que ni siquiera es capaz de idear un plan para huir de allí.
Así que solamente espera, en mitad de la oscuridad, a que el ejecutor lo visite en la fecha predestinada de su deceso. Un final justo, tal vez, como el de las margaritas que él decidió aplastar sólo porque sí.
Quizás se lo merece. Quizás es su karma. Quizás es porque, al igual que ella, tan solo es un ser egoísta que piensa únicamente en sí mismo.
No merece nada más, ni siquiera piedad.
Y, aun así, Isabella continúa sonriéndole con una dulzura que casi– casi se ve tan jodidamente real que lo asfixia. Ya ha caído, de nuevo.
Ella le ayuda a hacerse un nido con los libros que le faltan por leer. Le permite esconderse en su cueva, como un animal herido, esperando pacientemente el día del juicio final. Isabella podría tener piedad de él.
(La tiene, de verdad la tiene. Porque a pesar de su traición lo mantiene a su lado, esperando pacientemente hasta el día de su cumpleaños para que sea recogido, como hubieron acordado hace tiempo.
Porque, pese a todo, quizás– sólo quizás, ella le ha tomado cierto cariño, familiaridad, añoranza de lo perdido, al punto en querer alejar tanto como sea posible la meta de su recorrido.
Es tan absurdo como doloroso —gracioso, entre risas descontroladas, al punto de escupir sangre de unos pulmones perforados por las sardonerías de un completo par de mentirosos—.)
Sólo que, en el final, ella está tan asustada de morir que ve su cerebro como lo único capaz de salvar. Ya se ha rendido con él. Ya no le queda nada que perder. Ya no hay lágrimas, sólo risas y maldiciones y odio, odio, odio, odio, odio—
Y, tal vez, un poco de felicidad. Alivio. Esperanza (en cuanto cierre los ojos y nunca más vuelva a despertar ni a escuchar melodías mal entonadas).
Ray corre por el bosque, tan rápido como puede, temiendo que, detrás suyo, ella vaya tras él y lo atrape.
Tiene tanto miedo porque, si pasara eso, no está seguro de querer salir huyendo otra vez.
(—Madre, ¿por qué me tuviste?
—Para sobrevivir. Más que nadie.)
(«Aunque eso ya no importa ahora»)
III.
Cuando vuelve a verla, varios años más tarde, no puede evitar sentir su corazón bombear con fuerza, con algo más que miedo.
Sin embargo, se niega a aceptar que aquello sea alivio. No es posible. Porque él la odia, se ha convencido de ello. Porque ambos son enemigos, enemigos desde que nacieron en ese mundo, desde antes de conocerse, desde antes de saber que comparten la misma sangre, desde antes de todo. Porque ella es una dama elegida para matar y él era un niño elegido para morir. Porque, desde el principio, no es más que simple banalidad y ruindad de parte de seres superiores a ellos, que les buscan el corazón y el cerebro para devorarles desde el núcleo y—
Si es así, no entiende. No entiende. No lo hace. Ni siquiera con su inteligencia le es posible comprender más allá de su propia alma, intrusiva, cruel, traicionera, gritando pensamientos ajenos a la realidad.
—Han sobrevivido, mis niños.
El tiempo no cura nada. Ray no puede perdonarla, no puede quererla. Ni siquiera puede mirarla sin tener en los recovecos de su memoria las miles de imágenes de la furia infinita que le daba, que era su combustible para continuar con vida otro día más.
Y aun así— aun así—
—Lo siento, Ray.
Ella sangra, como él. Se ahoga. Se destruye desde adentro hacia afuera. Las joyas en sus ojos, pulidas como cuchillos, las perlas en su sonrisa, su inigualable porte de elegante ángel de la muerte. Todo en ella se desvanece en cuanto lo mira, desde el suelo, mientras que desde su interior se desborda un mar rojo que llama a la eternidad hacia el otro mundo.
Isabella no se ve como Isabella.
Ray ni siquiera la reconoce. Él no puede ver a otra persona. Pero es ella, su mente reafirma que es ella y, sin querer, acaba hundiendo sus recuerdos en un baúl anticuado que jamás podrá volver a abrirse sin la llave. Es de esa manera que, también sin querer, sin permitirse pensar más de tres segundos en las flores marchitas bajo sus pies, que se acerca y la abraza y—
Casi puede amarla. Casi puede perdonarla. Casi podría desear que siguiera con vida, por más tiempo. Tiempo suficiente para que pudiera redimirse de sus errores, que pudiera hacerle ver que era sincera, que era su madre, que no mentía al decirle que lo amaba y que deseaba que tuviera una vida más larga.
Sólo que, al final, el único tragaluz de su infancia no es más que una grieta sencilla que anuncia el esperado final de aquel túnel, que simulaba no tener fin.
Era poético.
Y Ray está enojado, y triste, y desolado. Otra vez.
(Y quiere decirle «mamá» muchas más veces, hasta quedarse sin aliento, frente a una tumba con un solo nombre.)
IV.
En el ocaso del día, hay una canción resonando en sus oídos, a través de los audífonos que lo ayudan a borrarse del extenuante mundo con el que soñaban Emma y Norman (y él también). La vida con los humanos le ha dado beneficios. Tantos que casi puede sonreír.
A pesar de ello, la sonrisa dibujada en su rostro no parece más que un espejismo.
—No me gusta esta canción.
Puede mentirse. Aunque, en realidad, en serio no le gustan las canciones de Ray Charles.
—Qué mal gusto para los nombres.
Se ríe de un recuerdo de Isabella.
Observa la Mona Lisa, puesta perfectamente en aquel muro, delante de todos los seres a su alrededor. Se ve majestuosa.
Su cámara no es necesaria. La imagen se quedará adherida a sus retinas hasta el último día de su vida.
Como la voz de aquella mujer, que tanto deseaba la libertad, aunque nunca hubiera probado de tal cosa.
—Mamá, si estuvieras aquí...
«¿Me dejarías cantar esa canción otra vez?».
(De nuevo, ha estado pensando en cosas inútiles.)
fin.
