Disclaimer: Los personajes de Shingeki no Kyojin les pertenecen a sus respectivos autores, editoriales y productoras. Es una historia destinada sólo al entretenimiento y sin fines de lucro.

Portada de HARUKA.O (Pixiv). ID: 9026655.


La vida y nada más

Día 1: Época/histórico

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Petral Ral, 25 años, había quedado recientemente viuda del general Zeke Jäger, muerto en la línea de Hinderburg durante la Ofensiva de los Cien Días que puso fin a la Primera Guerra Mundial en 1918. Recién llegada de Berlín a Reims, Francia, tuvo que soportar las miradas hostiles y desconfiadas de los locales, pero no le importaba: con su último atisbo de dignidad, buscaría y recuperaría el cuerpo de su esposo para darle santa sepultura en Alemania, o lo que quedaba de ella.

Lo único que sabía era que tenía que buscar en Reims al capitán británico Levi Ackerman, del bando aliado y vencedor, a cargo de la identificación y recuperación de los caídos en batalla, sin importar su nacionalidad. Al llegar su tren a dicho destino, la pelirroja tomó un carruaje con pasajeros para ponerse rumbo a las afueras de la ciudad, en donde las tiendas de campaña y el papeleo la esperaban.

Era la única alemana en el vehículo, lo que la hizo tener que soportar miradas de desprecio. Salvo de una sola persona, quien se inclinó para hablarle.

—¿Busca a algún familiar desaparecido, Frau? —preguntó al joven con amabilidad. Tenía un enmarañado cabello negro y parecía no haber dormido por días, a juzgar por sus ojeras y mirada alelada. Petra sólo la contempló y se limitó a asentir.

—Yo también —dijo la chica con tristeza—. Mi novio también participó en la guerra y jamás regresó para que pudiéramos casarnos. Hace unos días me notificaron que su posible cadáver estaba en esta ciudad.

—Lo lamento —le dijo Petra con compasión—. ¿Se conocían desde hace mucho?

—Oh no, nos conocimos aquí en Reims cerca de las trincheras hace unos meses, fui enfermera durante un tiempo aquí y fue cuando se hirió la mano que nos empezamos a tratar.

Petra sólo sintió más lástima. Lamentaba que una pareja joven e ilusionada no haya podido cumplir su sueño de estar juntos.

—Yo estoy aquí para buscar los restos de mi marido, era un alto general alemán —le explicó la pelirroja extendiéndole la mano—. Me llamo Petra Ral.

—Pieck Finger —se presentó la otra joven estrechándola.

Ahora ninguna de las dos se sentiría tan sola.


Papeleo, papeleo y más papeleo. Y si no eran papeles era tener que ir a ver cadáveres o lo que quedaba de ellos. Levi Ackerman ya estaba hastiado de este trabajo. Apenas había terminado de combatir en la guerra y ahora tenía que dedicarse a ser el mensajero de malas noticias para viudas y parientes histéricos… ¿hasta cuándo la tortura?

Y su semana iba en vías de empeorar, pues de un momento a otro llegaría una nueva caravana de damnificados en busca de identificar o llevarse a sus muertos. Ya le dolía la cabeza de sólo pensar en tratar con llantos y parloteo sin sentido, pues para él, una vez muerta la persona querida, uno debía levantarse y seguir con la vida como si nada. Si él había sobrevivido a la muerte de su madre sin derramar una sola lágrima, ¿qué le costaba al resto de la gente hacer lo mismo?

Uno de los cabos le anunció la llegada del carruaje de pasajeros y con un suspiro, salió de su carpa para recibir a los recién llegados.

Con cierto alivio, vio que no eran más de diez personas, entre las que contaba a seis hombres y cuatro mujeres, de las cuales sólo dos eran jóvenes y potenciales lloronas a las que soportar. Las dos eran bajitas y la de cabello negro, particularmente, parecía a punto de colapsar. La otra mujer lo sorprendió: era una hermosa pelirroja, vestida elegantemente, con el rostro imperturbable y postura elegante. Se admiró de ver que esa mujer más que temerosa, parecía más apurada por terminar el trámite de buscar a su muerto e irse de una vez. Tal frialdad aparente entre los rostros compungidos lo maravilló.

—Buenos días —saludó Levi, haciendo que todos dieran un respingo.

Petra, al verlo, se abrió paso a codazos para ser la primera atendida.

—Buenos días, Herr —respondió ella enfatizando su fuerte acento alemán, ganándose nuevamente miradas poco amables—. Solicito urgentemente el cuerpo de mi esposo. No puedo quedarme un día más en este lugar…

—Está bien, señora, pero primero pase a mi oficina, hace demasiado frío como para quedarnos todos a charlar afuera —Dio indicaciones a los soldados para llevarse al resto de los recién llegados a una salita para esperar su turno a la entrevista.

Petra ni esperó a que la invitara a sentarse frente a su escritorio.

—Necesito los datos del fallecido que viene a buscar, y si tiene una foto o algo que nos ayude a encontrarlo entre la pila de cadáveres que tenemos, mejor —pidió Ackerman mientras se acomodaba en su silla. Petra lo miró mal a causa de sus palabras.

—Zeke Jäger, general del ejército alemán —comenzó ella a explicar, dando una descripción del hombre que fue su esposo por seis años y adjuntando un retrato de él. También le entregó una sortija—. Esta es su alianza de matrimonio, puede ayudarlo también por la medida de su anular.

—¿Por qué no la llevaba él? —preguntó Levi, curioso.

—Una vez, al manipular armas pesadas, el anillo quedó enganchado y le produjo un corte en ese dedo. Si busca bien en todos los fallecidos, la cicatriz en su dedo anular izquierdo será clave para identificarlo.

—Sí, será de mucha ayuda —concordó el azabache mientras guardaba todo lo que le había entregado esa mujer—. Pero esto no será una operación de un día, señora Jäger. Deberá quedarse por lo menos un par de días hasta que podamos asegurarnos de entregarle el cuerpo de su esposo sin ningún error; además de los papeleos necesarios para su traslado a Alemania.

Petra no se veía muy feliz, pero aceptó quedarse. La guiaron hacia una tienda preparada para los familiares en busca de sus seres queridos, en el área de mujeres. Decidió que esperaría a que Pieck terminara su entrevista para poder charlar al menos un rato antes de descansar.

Pieck Finger, en cambio, temblaba de pies a cabeza ante la fría mirada de Levi Ackerman.

—Cuénteme, señorita Finger —solicitó—. Necesito los datos de su prometido, descripción y foto, si es que tiene algo.

—Cl-claro —balbuceó la joven, angustiada por la situación—. Era un soldado alemán que conocí aquí durante mi estadía un par de meses atrás. Era rubio, alto, muy guapo… aquí tengo una foto suya para agilizar más su labor, capitán —Le entregó una foto que hizo que Levi abriera los ojos de par en par—. Pero para ustedes será fácil, porque tiene una cicatriz en su anular izquierdo. Me contó una vez que se la hizo al manipular armas pesadas en su entrenamiento.

Levi pasó saliva, nervioso ante cómo manejar esto.

—¿El nombre de su novio?

—¡Ah, disculpe! —chilló Pieck—. Le he contado todo acerca de él y no le he dicho su nombre… Zeke Fritz, así se llamaba.

Levi tuvo que llevarse una mano al rostro para presionar el puente de la nariz con dos dedos. Era el colmo del estrés; si no gestionaba bien esta inaudita situación, su campamento se convertiría en un escenario dantesco, producto de la posible pelea entre dos mujeres celosas. ¿Quién rayos lo mandaba a meterse en estos berenjenales?

—¿Le ha contado a alguien más de esto? —demandó.

Pieck pareció pensarlo.

—Sólo a la mujer pelirroja, pero no le contado nada de él —respondió—. Sólo que vine a buscar a mi novio.

—Y así se tendrá que quedar, tiene prohibido hablar de su novio con alguien más —le ordenó el hombre.

—¿Por qué, capitán? —se encogió la otra en su asiento.

—En cuanto lo confirme y encuentre a su novio, lo sabrá. Pero prométame que no dirá nada.

Pieck no le veía sentido a la petición de ese hombre, pero su instinto le decía que era mejor obedecerlo y no causar problemas. Asintió y salió de la oficina del capitán.


A la mañana siguiente, cerca del mediodía, Levi Ackerman exigió la presencia de Pieck Finger en su oficina.

—¿Ya lo encontraron, capitán? —preguntó al joven con angustia.

—Sí, encontramos a tu novio —respondió el hombre con severidad—. Pero tú te irás hoy mismo de aquí.

Pieck se quedó de una pieza.

—Pe-pero... ¿por qué?

Levi le alcanzó unos objetos que ella no conocía, pero reconoció la fotografía de un hombre rubio de lentes, ataviado en un uniforme militar de alto rango.

—Tu "novio" —comenzó a explicarle Levi—, en realidad era Zeke Jäger, general del ejército alemán... y esposo de la señora Petra Ral —La miró con lástima—. Lo siento, señorita Finger.

Pieck se quedó congelada en su sitio y las lágrimas no tardaron en recorrer sus hundidas mejillas, presa del dolor y el shock.

—Pero él... él me dijo que era un humilde soldado de la zona rural... y yo... —farfullaba con voz queda.

—Te mintió —le dijo Levi sin rodeos—. Era obvio que necesitaba una cama caliente durante su estadía aquí y en medio de una guerra. En cuanto terminara toda esta mierda, si seguía vivo, regresaría con su rica esposa en Berlín. Pero ya no está aquí para responderle a ninguna de las dos —y agregó—. Mandaré a uno de mis cabos, Galliard, a que te lleve hasta tu pueblo.

Pieck seguía quieta y llorosa, mirando fijamente a la nada y tratando de digerir la revelación.

—Te aconsejo que te vayas de aquí inmediatamente —prosiguió Ackerman—. Y ni se te ocurra decirle una palabra a la señora Ral, yo mismo lo haré —Aquello era mentira, pues no pretendía revelarle nada a la pelirroja mujer. Un sentimiento de egoísmo le decía que no le convenía que Ral resultara lastimada y, sobre todo, rencorosa de los hombres ante tal secreto revelado.

Y así, una entristecida y deshecha Pieck Finger volvió a su poblado natal, escoltada por Porco Galliard, uno de los soldados de confianza de Ackerman. Cabe decir que, poco tiempo después, Porco comenzó a frecuentar en demasía ese lugar para visitarla, hasta que llegó el día en que solicitó una licencia por matrimonio. Al menos Pieck pudo continuar con su vida.

Volviendo al campamento, Petra fue notificada del hallazgo del cadáver de Zeke, pero jamás se enteró, en lo que a Levi respectaba, de lo que había hecho en estas tierras y la doble vida que llevaba. Ella le dio las gracias y volvió a Alemania para enterrar a su marido y vivir su luto en paz.

No sin antes prometerle al peculiar capitán británico un intercambio de misivas dando comienzo a una gran amistad. Amistad que el mismo Levi se encargaría en hacer evolucionar a algo más en cuanto tuviera la oportunidad.

Oportunidad que aprovecharía al marchar hacia Berlín la semana próxima. Ella, al igual que Pieck y con más razón, merecía rehacer su vida. Y quién mejor que él para vivir el mismo destino que Galliard.

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Nota: ¡Hola a todos! Aquí les ofrezco una serie de historias para esta semana Rivetra. Aunque confieso que no completaré la semana... la vida adulta no da tregua y tuve que elegir temas que ya tenía más desarrollados. Este, por ejemplo, no ha terminado del todo como a mí me gustaría, pienso que pudo haber sido mejor... pero bueno, es lo que he alcanzado a hacer, las historias irán mejorando con los días. En fin, espero que gusten y disfruten de estos one-shots que les dedico a la mejor de todas las parejas.