Rosas salvajes


Las rosas son hermosas, las reinas de todo jardín. Son incuestionables, atractivas, crueles y carecen de propósito. No son las preferidas para polinizar de las mariposas o las abejas, ni siquiera las mariquitas las utilizan para camuflarse. Las rosas son hermosas y, por sí mismas, no significan nada especial para ningún ser vivo.

El primer humano que cayera enamorado de la apariencia de una rosa y sufriera un desengaño al pincharse la yema de los dedos con sus espinas cuando pensó poseerla, probablemente, él era el culpable de que las llamaran «flores del amor». Porque el amor es hermoso y, si no se le trata con cuidado, puede causar mucho daño.

En resumen, las rosas solo significan «amor» porque los humanos existen.

Afrodita de Piscis tenía un jardín repleto de rosas salvajes, él no cuidaba de ellas, porque las que no pudieran mantenerse por voluntad propia le resultaban inútiles en batalla y, por consiguiente, lo mejor era que se marchitasen para dejar espacio a otras. A veces, de cualquier forma, conversaba con ellas o las acompañaba en noches muy calurosas bajo la luz de los astros.

Afrodita, portador del nombre de la deidad del amor, no creía que las rosas fueran las plantas más apropiadas para representar tal sentimiento. Ellas estaban podridas de envidia, recelo y egolatría. Quizás él mismo también lo estaba, no lo negaría.

Sus rosas, de cualquier forma y a diferencia suya, sí parecían amar algunas cosas en particular; algunas personas en particular.

Sus rosas blancas se morían en cotilleos respecto al santo guardián de Cáncer, como si discutir sobre él entre ellas les diera motivos para continuar viviendo. Afrodita, normalmente, las escuchaba en silencio recostado de espalda sobre la hierba mientras pensaba lo equivocadas que se encontraban en muchas de sus suposiciones. Claramente, sus rosas más letales tenían consciencia de las habilidades de Máscara de Muerte y Afrodita juzgaba que el simple hecho de pensar en asesinatos en masa era lo que las excitaba tanto.

Por supuesto, a él mismo le atraía la idea de erradicar la fealdad de la faz del planeta, pero los métodos y acciones de Máscara de Muerte carecían de elegancia, cuidado y gusto, en cambio, eran pura honestidad, inclemencia y valentía —o idiotez—.

Sus rosas negras admiraban con fervor al santo de Capricornio, aquél que podía cortar la tierra misma con sus manos desnudas, cada palabra que pronunciaban respecto a él sonaba como oír el rezo de un fiel a una deidad. Afrodita tendía a oírlas descansando contra alguna roca, y a veces reía divertido por la cantidad de disparates —cada uno más surrealista que el anterior— que pensaban dedicarle a Shura la siguiente vez que subiese hacia el recinto patriarcal; aunque, si sus compañero pudiera oírlas, el doceavo santo las arrancaría de su apacible sitio con tal de evitar morirse de vergüenza.

Las rosas piraña adoptaron el estilo de ataque de Shura incluso sin que Afrodita se los enseñase —al menos, no de manera consciente—. Cortes finos, profundos, limpios, brutales e irresistibles.

Las rosas rojas, aquellas que también decoraban las escaleras hacia el último templo del santuario, rara vez alzaban la voz mas nunca estaban calladas. Afrodita debía arrodillarse y hasta agachar la cabeza con cuidado para no perturbarlas y escuchar lo que compartían entre ellas. Muchas veces las encontró haciendo preguntas tipo «¿cómo estará?», «¿cuándo volverá?» que no podían referir a sí mismo, mientras otras veces las escuchaba compartir halagos apenados y deseos extrañamente puros; cosa que Afrodita encontró difícil concebir hasta que descubrió sobre quién solían hablar ellas.

Las rosas de fragancia ponzoñosa parecían amar al santo de Acuario, su vecino. Afrodita lo estudió durante algún tiempo y no se vio capaz de catalogar lo que ellas sentían de ninguna otra manera; por más surrealista que lo considerase, amaban a Camus como si fuese el primer amor de sus vidas, el más puro y más leal. Y solo cuando lo sentían subir las escaleras, finalmente se enmudecían.

Afrodita no lo entendía.

Incluso se rebajó, ante las burlas de las rosas blancas y los comentarios secos de las rosas negras, a cuestionarlas sobre porqué procuraban tal sentimiento hacia el joven Acuario. Insistían, llenas de vergüenza, en desconocer el motivo y, si Piscis las presionaba demasiado, incluso se disponían a arrullarlo con sus toxinas para evitar su hostigamiento.

Por más que las reemplazase por otras nuevas, a todas y cada una, Afrodita tardó poco en averiguar que el sentimiento era algo que parecía haberse establecido en su tierra; pues no tardó en presentarse nuevamente la siguiente vez que Acuario —totalmente inconsciente de ello— deleitó con su mera presencia los sentidos de las jóvenes enamoradas.

Las blancas y negras se reían de su confusión como si ellas conocieran la respuesta y no pensaran compartirla. Claro que ninguna se atrevía a insultarlo directamente, pero, tampoco tenían un ápice de misericordia hacia su maestro. Al fin y al cabo, eran rosas salvajes.

Rindiéndose con sus esfuerzos, una tarde en que Acuario pidió permiso para subir a hablar con el patriarca, Piscis cruzó los brazos en la entrada de su templo —acto que logró que Camus arquease una ceja—, y cuestionó:

—¿Qué piensas de las rosas rojas, Acuario?

El joven guardián se notó confundido en un principio, mas debió resolver que si no respondía de una manera que contentase a su compañero no podría pasar de allí sin una pelea, por lo cual se puso a pensar un largo, largo rato. Era un joven inteligente.

La mirada que le dedicó a Afrodita luego de ese rato era inusual. Contrario a su regular máscara de pasividad, lucía genuinamente preocupado por la conclusión a la cual había llegado. Afrodita presionó los labios.

—Yo… Lo lamento Piscis, pero, no significan nada para mí.

Un simple parpadeo bastó para que su expresión usual regresase, preparado para un enfrentamiento, y Afrodita pudiera respirar con alivio.

—Ya veo —el mayor descruzó los brazos y se hizo a un lado—. Puedes pasar.

Acuario estuvo a punto de cuestionar el accionar de Piscis, mas pronto resolvió que lo mejor era cerrar la boca, asentir y continuar su camino.

Pese a que Afrodita estaba completamente seguro de que sus rosas oyeron la respuesta de Camus y debieron compartirla hasta que la noticia alcanzara a la última de ellas; nada en su actitud cambió. Afrodita supuso entonces que su naturaleza tóxica las forzaba a amar solo a una persona, sin importar los sentimientos ajenos. Y eso, como mínimo, tenía sentido.