TW: Homofobia internalizada.
—Dicen que tiene dos… Uno en cada pezón.
—Yo escuché que es sólo uno.
—¡No! Te digo que son dos. Dos argollitas negras.
—Se equivocan. Una vez oí a Daphne Greengrass decirle a Millicent Bulstrode que escucho a Pansy Parkinson diciendo que eran tres.
—¿Tres? ¿Y cuál sería el tercero?
—Me suena puro verso. Siempre anda alardeando sobre cuánto conoce a Malfoy. Se muere por él hace años.
—Pero quizás sí es verdad, en definitiva pasan mucho tiempo juntos.
Tomé aire para llenarme paciencia. Ya me dolía la cabeza de tanto cuchicheo. Eran las buenas nuevas. The talk of the town. Draco Malfoy tiene un arito en el pezón.
Traté de concentrarme en cortar los ingredientes y mezclarlos cuidadosamente en el caldero hirviendo. Por suerte tenía el misterioso libro del príncipe mestizo con sus respectivas anotaciones para ayudarme. Compartir Pociones con los Slytherin ya era malo. Tener que escuchar como unas niñas alzadas hablaban sobre los pezones de Malfoy, era aún peor.
Sin embargo, el galán en cuestión, apenas se dignaba a aparecer en clase. Estaba muy ocupado caminando por el castillo. Lo sé porque veo como su nombre recorre el mapa merodeador. Sé que anda tramando algo, aunque todos me tomen de loco paranoico. Esa historia del arito simplemente la usa para agregar más misterio a su imagen. Debo reconocer que le sale bien. Por alguna razón, lo veo muy ajeno a todo el escándalo que hacen las chicas por él. Tiene atrás como una perra en celo a Pansy Parkinson, que, aunque a mí no me atraiga particularmente, hay un consenso general de que la tipa es guapa. Y, es que lo es.
La clase terminó. Era la última del horario de ese día. Recogí mis cosas y salí disparado del aula, dejando atrás ese chismerío que, por alguna razón, me había dirigido la sangre a un lugar en específico de mi anatomía. Subí hacia la torre de Gryffindor sin cruzar ni una palabra con nadie. Me puse el pijama impacientemente, me metí dentro de las sábanas de mi cama y traté de olvidarme del tema.
Puedo comprender porque la idea de un arito en Malfoy es atractivo para las chicas. Nunca toqué su piel con delicadeza. Pero a veces, cuando me quedo mirándolo, puedo imaginarme que es como la porcelana. Suave, frágil y translucida. Es que el muy cabrón, me guste admitirlo o no, tiene un cutis para caerse muerto. Su palidez combina a la perfección con su cabello platinado. Además, es tan alto, y tan…
¿Puedo comprender entonces, que la idea de que Draco Malfoy tenga un arito en lo que seguramente es un exquisito pezón rosa pálido, excite a las mujeres? Sí. ¿Eso me hace maricón? No.
¿Puede ser qué, a la noche en mi cama, cuando veo sus pisadas junto a su nombre en el mapa, instintivamente comienzo a imaginármelo masturbándose? Puede ser. Pero no me imagino haciendo nada con él. Solo lo veo él, tocándose para mí. Con sus facciones angulosas frunciéndose, mientras el líquido perla que sale de adentro suyo brilla sobre su blanca piel. Un poco de semen salpica en ese misterioso pezón. Mierda. Ya me estoy tocando.
No soportaba más con la confusión en la que estaba viviendo. Estaba seguro que ese hijo de p*ta relevó a su padre como mortífago. No habría otra explicación para lo raro que se estuvo comportando durante el año. ¿Entonces por qué me estoy tocando cuando pienso en él? Habiendo tantas muchachas guapas en Hogwarts con las que podría probar mi suerte.
¿Esta puede ser mi manera de darme cuenta que soy homosexual? No. Esta debe ser mi manera de darme cuenta de que hay algo realmente muy mal conmigo. Sí, chicos guapos existen. Si, Malfoy definitivamente es uno. ¿Pero dedicarle pajas? ¿Justo a ese cabrón? ¿Acaso soy masoquista y me estoy dando cuenta ahora?
Estaba viendo el nombre de Malfoy en el séptimo piso. Ahí es donde está la sala multipropósito.
Quise saldar mis dudas una vez por todas. Quería saber si Malfoy se había hecho, en efecto, la Marca Tenebrosa. Quería saber si andaba tramando algo con el dueño de Borgin and Burkes. Quería saber si era cierto o no, que tenia un maldito arito del pezón.
Me paré de la cama y me calcé mis zapatillas. Agarré mi capa de invisibilidad, el mapa, mi varita y bajé hacia la común de Gryffindor. Salí por el retrato con un solo objetivo: coger a Malfoy.
Caminé por los pasillos del castillo bajo la capa. Mirando alrededor en alerta, por si me veía la Filch o la señora Norris. Cuando llegué al séptimo piso, me metí en el corredor izquierdo. La puerta de la habitación seguía materializada y no había rastros de Malfoy por ninguna parte. Me saqué la capa y fui sin más preámbulo hacia la puerta de roble. Cuando la abrí de un golpe seco, vi a Malfoy con las manos apoyadas en un armario. La habitación estaba llena de muebles abandonados y apilados uno encima del otro. Malfoy miró hacia atrás asustado, con los ojos muy abiertos. Lo agarré con las manos en la masa.
—¿Qué diablos?
—Explícate Malfoy.
—Estas puto enfermo Potter. ¿Cómo entraste? ¿Acaso me seguiste hasta aquí?
—Tengo mis métodos.
—Me doy cuenta de eso.
Comenzó a caminar hacia mi dirección y tomé mi varita con más fuerza.
—Me estuviste persiguiendo desde que llegamos a este maldito castillo en septiembre, Harry Potter.
—Porque sospechaba que te traías algo en manos. Por lo que veo, estaba en lo correcto.
Draco chasqueó la lengua y cruzó sus brazos.
—¿Sabes? Me da la impresión de que eso no es del todo cierto.
Tragué saliva.
—¿Qué diablos quieres decir?
Draco no respondió, pero por alguna razón me sentía muy expuesto.
—Mira, solo vine aquí porque sé qu…
—Sí, que me ando con planes mortífagos y todo ese rollo. Ahórrame el cuento porque lo entendí la primera vez.
—Deja de decir estupideces.
Malfoy rio sarcásticamente.
—Sé en lo que piensas cada noche, Potter. Joder, sé lo que estás pensando ahora mismo.
Sentí que me habían arrojado un balde de agua fría. Mierda, mierda, mierda. Me quedé callado, sinceramente no supe qué responder. Preferí no decir nada, porque talvez no se refería a eso.
—Lo podría usar tu contra. ¿no, Potter? ¿El elegido fantaseando con el hijo de un mortífago? ¿Esa es una noticia jugosa, no lo crees? —definitivamente se refería a eso. Nunca lo miré con tanta furia. Quería ir y golpearlo. O besarlo. No pude distinguir muy bien que me pasaba. Se acercó aún más a mí —. Maricón de mierda.
Perdí los estribos y me abalancé a él para golpearlo. Literalmente salté encima de suyo. Lo tiré al suelo y comenzamos a forcejar. Pude meter dos puñetazos en su cara, pero él metía rodillazos en mi estómago. Luego de un par de insultos y forcejeos, logré inmovilizarlo con las muñecas al lado de su cabeza. Estaba sentado a horcajadas. Los dos comenzamos a respirar pesadamente. Quería soltarle una muñeca para tomar mi varita, pero no quería que se escape. Tenerlo así era… interesante.
Pude ver que sus mejillas fueron adquiriendo un tono rosado, habíamos comenzado a sudar. Creo que ambos nos dimos cuenta al mismo tiempo de nuestras respectivas durezas. La situación fue muy incómoda, comencé a intercalar la vista de la erección de Malfoy y su rostro. Me asusté y me senté a su izquierda, saliendo de encima suyo. El corazón palpitaba con mucha fuerza.
—Yo- eh- No entiendo que- No entiendo cómo-
—Ambos tenemos una erección del tamaño de la torre de astronomía, Potter. No nos andemos con gilipolleces.
—¿Pero tú? Digo- ¿Tu eres?
—Merlín, es que eres muy ingenuo. ¿Qué tan duro tengo que estar para que te des cuenta de que también soy gay?
—Cállate. Yo no soy gay.
Malfoy soltó un bufido.
—Lo que digas.
Pasé una pierna encima suyo para sentarme de nuevo a horcajadas. Lo tomé por la camisa violentamente y lo besé. No entiendo bien que parte de mi cerebro actuó en ese momento, pero aún así lo hice con mucha decisión. Él quiso insultarme dentro del beso, pero sus palabras ya estaban siendo devoradas por mi boca. Comenzó a tirar de los costados de mi camisa hacia él. Ambos intentado friccionar nuestros cuerpos lo más que podíamos, mientras nos besábamos con rudeza. Nunca había tenido un beso así. Malfoy me mordía y me tiraba del pelo. Era increíble. Me separé de nuevo inmovilizándolo de las muñecas. Malfoy había cruzados las piernas alrededor de mi torso.
—Esto es ardiente —refregaba su dureza contra la mía, haciendo fuerza con sus piernas —. No me equivoque contigo, ¿no, Potter?
—Muéstrame el arito.
Malfoy sonrió presuntuosamente e interrumpió el refriegue.
—¿Y qué me darías a cambio, Harry Potter? Sé que te mueres por verlo.
—Haría lo que sea —era verdad. La adrenalina que sentía era inigualable.
—Suéltame, entonces —movió sus delicadas muñecas dentro de mi agarre.
Prosiguió a desbotonarse la camisa. Era demasiado lento para mi gusto. Mi boca se estaba haciendo agua. Era una dulce tortura.
Un sutil destello plateado cegó mi vista por una milésima de segundo. De pronto, lo vi. Era una pequeña barra de titanio con dos tuerquitas en forma de pelotitas. Superaba mil veces la idea que me había hecho en mi imaginación. El color plata resaltaba de una manera muy elegante sobre su pezón rosa clarito. Era estéticamente bello de ver. Acaricié con la yema del dedo índice justo debajo de su pedúnculo y vi como se le erizaba la piel de esa zona.
—¿Te duele? —pregunté sin dejar de mirar admirado el arito. Sentí que mis palabras habían interrumpido una especie de trance significativo entre nosotros. Él seguía sosteniendo el lado izquierdo de su camisa. Intercalaba la vista entre su pezón y mi rostro estupefacto.
—¿No te gusta? —su voz notaba inseguridad.
—Malfoy… —direccioné mi mirada a su rostro —...Es… Bueno- es… Claro que sí me gusta.
Los dos nos sonreímos como dos idiotas. Nunca pensé estar en una situación así con él.
—Cuando me los perforé, sí me dolió mucho. Pero ya no. Fui con Madam Pomfrey para que me alivie el dolor con un poco de magia. Creo que me vio una Hufflepuff de segundo año y ahí comenzaron los rumores.
—¿Te lo hiciste sin magia? –pregunté incrédulo.
—Sí —se rio —. Me los perforé todos con una aguja muggle. A que no te lo puedes creer.
—No realmente —bufé una risita. Esa declaración tan inesperada me estaba descolocando —. Espera… ¿Todos?
Malfoy guiñó un ojo y procedió a correrse el otro lado de la camisa, dejando su otro pezón al descubierto. Mierda. Malfoy era flaco, pero ciertamente de escuálido no tenía nada. Dos pectorales simétricamente agradables estaban a un palmo de distancia de mi rostro. Cada uno tenía un aro perfectamente alineado con el otro. El resto de su camisa seguía abotonada y yo me moría de intriga por lo que había allí debajo.
—Wow, Malfoy… -Metí mis dedos con cuidado por donde había abierto la su camisa. Apoyé mis palmas en los costados exteriores de su pecho. Sus pezones estaban colocados entre mi dedo índice y pulgar de cada mano. Su piel era cálida. Se sentía demasiado delicada para mis dedos callosos. Tuve la necesidad imperiosa de escurrir ese tórax con mis manos. No para hacerle daño, necesariamente. Fue más como un reflejo.
—¿Quieres tocarlos?
De nuevo, las palabras corrompieron el trance. ¿Qué demonios pasaba? ¿ Porque el silencio de pronto era tan agradable en esta situación? Volví a encontrarme con una mirada grisácea que al parecer estuvo penetrando mi rostro todo este tiempo.
—¿Puedo? –comencé a acariciar alrededor de ellos con la yema de mis pulgares. Malfoy arqueó un poco su espalda como un reflejo, mientras fruncía el ceño y mordía su labio inferior. Esa respuesta tan erótica hizo que mi corazón palpite más fuerte. No esperé que me responda, ni lo toqué con mis dedos. Bajé mi cabeza y pasé la punta de mi lengua en su pezón derecho con mucho cuidado.
—Mierda, Potter —me asusté un poco y retrocedí. No me podía imaginar que tanto dolía que te mutilen esa parte tan delicada del cuerpo, y sin magia —. No pares.
Eso fue suficiente para volver a bajar y chupar el aro sacando toda la lengua. El material frío y duro contrastaba deliciosamente con la piel suave y cálida de Malfoy. Sin separarme de su pecho, tracé un camino hasta el otro pezón y repetí los mismos movimientos. La piel de su torso reveló sus escalofríos y el gemía como loco. Comencé a chupar en el medio de sus pectorales muy lento hasta sus clavículas. La mezcla del tacto de su piel erizada contra mi lengua y la sinfonía de los gemidos de Malfoy era música para mis oídos. Creo que nunca estuve tan duro.
Me senté de nuevo. Sus pechos tenían una fina capa de mi saliva, se veían espectaculares. Ambos estábamos muy sonrojados. ¿En qué momento había escalado todo de esta forma?
—¿Quieres tocar el tercero?
—¿Tocarlo?
—Bueno- eh...
—¿Hay un tercero?
—Sí. Pero si no quieres, tú te lo pierdes.
Malfoy habrá comenzado este encuentro siendo el petulante pedazo de mierda que es. Pero desde que me mostró los aritos, pude notar como le importaba mi validación.
—Sí quiero. Muéstramelo.
Él negó con la cabeza y sonrío pícaramente. Abrió un poco su boca y se quedó esperando en esa posición. Traté de descifrar que estaba pasando, pero no entendía. Intercalé mi vista entre sus labios y sus ojos, confundido.
—¿Está ahí?
Asintió con la cabeza sin cerrar la boca. Me estaba invitando a que le meta los dedos ahí. Esto no se podía poner más caliente. Muy lentamente coloqué mi dedo medio e índice en su labio inferior. Pulsé un poco hacia abajo para que abra más la boca. No hubo ningún tipo de resistencia. Yo sentía que me podía desmayar. Fui adentrando los dedos en su boca y lo sentí. El acero quirúrgico entre su lengua dulcemente mojada y tibia era una obra de arte. Con mis dos dedos masajee la tuerca del arito. Malfoy cerró los ojos. Para mi suerte, parecía que él también lo estaba disfrutando. Instintivamente bajé mis dedos más hacia atrás, recorriendo el camino de su exquisita lengua, hasta que él se atraganto y saqué mi mano rápidamente.
—No sé porque hice eso —agarré mis dedos mojados con mi otra mano. Estaba avergonzado.
—Yo creo saber.
Malfoy acarició mi erección con el dorso de su dedo índice por encima de mis pantalones. Nunca nadie en mis dieciséis años me había tocado ahí. Una vez besándome con Ginny, las cosas se habían puesto muy calientes. Yo estaba apretando sus pechos y ella prosiguió a abrirme el cinturón. Pero me puse tan nervioso que interrumpí la sesión con una patética excusa que ya ni recuerdo. Esto era tan distinto. Sentí que mi miembro recibió ese sutil tacto con mucha naturalidad.
—¿Quieres que...? Ya sabes… Ya se lo he hecho a otro chico una vez.
Tragué saliva. ¿Por qué era tan amable conmigo de repente? Eso era sospechoso.
—Puedo irme y jalármela a mí mismo en el dormitorio.
—¿Y si alguien te escucha?
—Tengo práctica siendo discreto al masturbarme —no pude evitar reírme un poco.
Malfoy parecía decepcionado. Miré hacia abajo, su erección no había cesado. Quise ponerle una mano encima, pero me dio miedo.
—¿Me quieres tocar?
Maldecí por dentro. Estaba siendo muy evidente. No respondí nada cuando Malfoy ya se estaba desabrochando el cinturón y revelando su pene. Tenía un color más rosado que el resto de su ingle. Era más larga y estrecha que la mía. Miré su rostro con desconfianza.
—¿Quieres, sí o no?
—Vale —me resigné. Estaba preocupado de hacerlo mal, pero la idea me daba intriga y excitación.
Estiró el brazo a su izquierda y palmeó el suelo. Estaba buscando su varita que se había caído. Cuando me di cuenta de esto, la agarré yo mismo. Su varita era como pene, un poco más finita y sofisticada que la mía. Él tomó mi mano derecha y giró la palma hacia arriba.
—Apunta con la varita ahí mismo, diciendo fuerte y claro "Lubricatae"
Procedí a hacerle caso. Una sustancia un poco viscosa se hizo paso desde el centro de mi palma hasta la punta de mis dedos.
—¿Dónde aprendiste eso?
El no respondió. Continúo mirándome muy seriamente y entendí lo mucho que estaba deseando esto. Sin preámbulos comencé a masturbarlo con cuidado. El cerró los ojos, parecía concentrado. Pasaron un par de segundos y solo se oían sus suspiros. Comencé a tomar un poco más de ritmo. Su dureza dentro de mi mano se sentía natural. Me encantó tocar su pene y sentir que lo estaba direccionando a correrse.
—Oh, sí. Eres bueno.
Eso fue un pie de seguridad para adquirir un movimiento más fuerte. Antes de que me diera cuenta era una masturbación rápida y bruta. Su pecho subía y bajaba agitadamente. Su respiración era entrecortada. Y su rostro… Oh, su rostro. Tenía todas sus fracciones contraídas del placer, avecinándose al clímax.
El líquido comenzó a salir por el extremo de su dureza. Arqueó tanto la espalda que casi se sostenía solo con la coronilla de la cabeza. Saqué la mano y me quedé mirándolo expectante. ¿Cómo nunca me pude admitir a mí mismo que este hombre es hermoso? Quise decírselo. Esa idea vino y se fue de mi mente como una ráfaga de viento. Estaba muy inseguro de hacer cualquier cosa.
Su respiración comenzó a estabilizarse. Sus ojos grises resplandecían más de lo normal. Su blanca piel, esparcida de semen y saliva, brillaba como nunca. Pensé que quizás, sólo la luz de luna que entraba por el ventanal, era capaz relucir todo su esplendor. Como un ángel que nació para brillar de noche.
