Los personajes no me pertenecen.
Lo bien que me haces
—No sé, Arnold... — ella habló en apenas un hilillo de voz. Mejillas rojas y ojos brillantes, una expresión extrañamente atractiva para alguien cuyas ropas eran más negras que la misma noche.
Arnold aferró su cintura, con la confianza de quien se sabe el único con derecho a disfrutar de tan maravillosa cercanía. El corazón se le detuvo un poco, conmocionado. Ella invadía cada resquicio y partícula de su joven existencia. Picaba en su mente y espíritu, como nadie más podría hacerlo. Descarada y abiertamente. De modo rudo y gentil. Con gracia y desfachatez. A lo torpe y a su vez con inteligencia.
Helga era tanto, tantísimo.
Maldita loca rubia. Cuánto la quería.
Su aroma, su calor, la inquieta lengua en su boca y la saliva que humedecía sus labios carnosos. Su cuerpo desarrollado, sus piernas largas y blancas, sus brazos delgados, su cintura pequeña. Su mente creativa y su espíritu rebelde. Su voz y sus avispados ojos azules, a veces triste y muy nerviosa.
—¿Por qué te es imposible el creer que te amo, Helga?
La sintió tirar de su cuerpo, queriendo alejarse. Afianzó su abrazo, prensándola, pegando torso contra torso y casi sintiendo el frenético latir de su agitado pecho.
Que le golpeara un rayo en el culo antes de permitirle escapar.
—Dime, ¿por qué?
—Porque siempre has sido un tonto enamoradizo de chicas completamente opuestas a mí — las manos se cerraron sobre sus brazos, y él sintió las uñas clavarse en su piel bajo las mangas de su suéter. — Idiota, el que te haya ayudado en San Lorenzo no es razón para amarme, y no estaré contigo por amarte cuando tú no sientes lo mismo. ¿Puedes entender? Tu gratitud te hizo creer que…
—Bien, ya no hables, Helga — con una mano en su nuca, la doblegó hacia su boca. Le quitó el aliento, porque él lo necesitaba y porque ella debía dejar de hablar estupideces. Detestaba cada puta inseguridad, cada punzada de desconfianza y temor que ella pudiese sentir. — Si bien… — respiró. Todavía sujetaba su cuello. Aplastó nariz con nariz y la punta de su lengua recorrió la superficie de sus labios entreabiertos, catando cada piegle. El placer que le ocasionaba su simple sabor, le tiñó la piel e hizo a su estómago contraerse. — si bien siempre te estaré agradecido por toda tu ayuda, debes saber que no te amo por ello.
—Ar…
—Cierra la boca — picoteó nuevamente, capturando por tres segundos su labio inferior. — Cállate, solo cállate y escucha. Desde que tengo uso de razón, solo has gritado y maldecido sin parar. Escúchame y créeme. Joder, Helga, que solamente tú me haces esto. ¿Acaso no te das cuenta? Desde niños solo pienso en qué hacer para hacerte feliz.
—Eso no…
—Me molestaba el ser abordado por todos para un puto consejo. Sí, lo confieso. ¡La gente debe aprender a resolver sus propios problemas! Y no correr hacia un niño de nueve años. ¿No es así? Pero nunca lo dije, no. Aunque me creyesen un metiche, nunca me detuve. Pero tú, Helga… mierda, eras la piedrita en el zapato.
—¿Pero qué…?
—Cállate — y regresó a su boca, besando atrevidamente, desplegando su travieso y desinhibido ser interior con la única chica capaz de encenderlo con la chispa de su intensa presencia. La apretó a sus caderas, sin vergüenza en hacerle notar la tensión acumulada, tanto en su ferviente y acelerado pecho como en sus pantalones. — No puedes imaginar siquiera la frustración que sentía al no poder comprenderte, al no saber interpretarte y aún así, no poder evitar querer acercarme para ayudarte, porque de todos los que me rodeaban, Helga, solo tú te negaste a buscarme para pedirme algo. Yo lo necesitaba aunque me insultases de todas las formas posibles. Y cuando lograba hacerlo y ver que pude, al menos un poco, influir en ti y hacerte sonreír, Dios, era la gloria. — suspiró, voz entregada y devota. Frente contra frente y respirando su rico aliento, mentolado por sus caramelos masticables. — Me hace bien quererte feliz. Me hace bien que estés bien, me hace bien amarte y por ello lo hago. Llámame egoísta, pero quiero y necesito estar contigo por mí. ¿Me comprendes? ¿Puedes creerlo y aceptarlo? Porque es la verdad — la miró a los ojos. — Eres increíble. ¿No puedes notarlo? Lo asombrosa que eres y lo bien que me haces…
—Arnold… — su voz se quebró y su cuerpo tembló; una masilla suave y hermosa entre sus manos ansiosas.
Quería acariciarla, moldearla a sus deseos y llevarla a su habitación.
—¿Lo aceptas? — hundió el rostro en su cuello. — Dios, Helga, te he extrañado mucho, mucho. Tus maravillosas cartas no fueron suficientes. Aún ahora te extraño aunque esté aquí, abrazándote. ¿Me entiendes? Dime que sí, dime que comprendes que te amo y que tú me extrañas de igual modo. — tembló de necesidad.
—Sí — él se estremeció, besando su cuello. — Sí, Ar... Arnold.
—No más dudas, ¿de acuerdo? — su nariz acarició la piel chinita de su clavícula. El placer de doblegarla con una caricia era más de lo que podría pedir. Resultaba casi insoportable, casi doloroso, el disfrutarlo tanto, tanto.
Helga G. Pataki era la viva ráfaga de viento indomable, libre, y él era la pobre, linda e inocente cometa a la deriva. Pero, carajo, para qué negarlo, adoraba cuando los roles se invertían, y podía llevar, por momentos, las riendas de su precioso y enigmático ser.
Contuvo el ardiente impulso de exponer los dientes y atrapar una pequeña porción de su deliciosa epidermis, succionar y sentirla desvanecerse entre sus brazos.
—Vamos a…
Decir lo que tenía en mente no era propio de un caballero como él, pero ella estaba preciosa, olía divino, su boca tenía el sabor de la ambrosía, y sí, la extrañaba locamente aún teniéndola allí, apretadita a su cuerpo caliente.
—Helga…
—¿Tus padres están en casa? ¡Da igual! Asegúrate de poner seguro a la puerta, cabeza de balón. ¡Dios! Sabes que sí, sí, sí te extraño como una maldita loca. Mi amor… — saltó sobre su cuerpo y envolvió las piernas en sus caderas. Arnold alcanzó a sostenerlos a ambos, antes de caer de culo sobre los relucientes cristales de su claraboya. — Vamos — murmuró, ojos grandes y relucientes.
Él casi perdió la cabeza, condenadamente excitado y aún más, totalmente enamorado. Aleteos de incontables libélulas bajo la piel, mejillas calientes y lava en su vientre. Manos que picaban y gritaban por tocar más. Senderos que ansiaba recorrer, probar y, Jesucristo, también marcar.
—Vamos, cabeza de balón, vamos a hacernos bien, los dos juntitos. ¿Quieres?
Él rió, entre nervioso y maravillado. La besó sin descanso, preso de sus labios, y sin temores ni dudas la llevó a su cuarto.
Hacerle bien a ella y, todavía mejor, hacerse bien a él mismo, al estar con ella, fue su más sabía e inteligente decisión.
Definitivamente.
N/A:
Esta caricatura sigue siendo mi favorita y amo mucho a estos dos queridos, por ello me anclé nuevamente aquí, con algo muy pequeño. Qué más.
Mis drabbles siempre han sido improvisados, escritos al momento y apenas una revisión a las apuradas. Espero no sea una completa decepción este escrito y pueda, quien dé una oportunidad, disfrutar un poquito de la lectura y dejarme una opinión. La crítica bien dicha ayuda muchísimo.
¡Un abrazo a distancia!
Yanii.
