¡Buena~s! Aquí os traigo un KatsuDeku que forma parte de mis fics para el Kinktober2021. En realidad no estaba planeado el que escribiera esto, pero me sentí inspirada y pues esto surgió ;P

Aclaraciones: Katsuki es un hombre-escorpión en este oneshot. No es explícito, pero se dan un par de pistas. Además quiero aclarar que durante el apareamiento él es completamente humano, exceptuando por la cola, garras, colmillos y la ligera luminiscencia de su piel.

Advertencia: monster fucking, mind break, womb tattoo, breeding, belly bulge, creampie, non-con, etc

Espero que os guste nwn


Llevaba dando vueltas sin parar por la sala de estar de su cabaña horas, perdido profundamente dentro de su mente. Miles de pensamientos le abrumaban y él no sabía cómo organizarlos todos.

Dejando escapar un suspiro repleto de agotamiento, se dejó caer pesadamente sobre el modesto, pero cómodo, sillón que poseía. Sentía su cabeza punzar y los comienzos de lo que sabía sería una fuerte migraña.

Debía parar, tomar un descanso y despejar la mente o si no acabaría provocándose un ataque de pánico. Dirigió su mirada hacia la ventana, viendo los anaranjados rayos del sol adentrarse a su hogar e iluminarlo. Le gustaba esa hora del día dado que desde que tenía memoria había amado la tonalidad de colores que adoptaba el cielo durante ese momento del día.

Sus esmeraldas viraron hacia el libro que reposaba tranquilamente sobre la pequeña mesa de madera y suspiró de nuevo. Aquel objeto no le había traído más que problemas. Lo encontró un día que había viajado a la capital junto a su mejor amiga, en una recóndita librería en uno de los callejones de la ciudad. Su vibrante color rojo vino le llamó la atención nada más se adentró al reducido establecimiento por lo que sin pensárselo mucho decidió comprarlo y llevárselo consigo. Después se encaminaron a ver al príncipe para entregarle las pociones que se les fueron encargadas hace varios días, sin embargo, durante aquella reunión a él se le calló la bolsa que llevaba y el libro, junto a unas cuantas cosas más, se deslizaron fuera.

Fue mala suerte que el rey pasara por allí en ese mismo instante, el que reconociera el símbolo que adornaba la portada del libro y le ordenara traducir el tomo completo al igual que traerle todos y cada uno de los ingredientes que se mencionaran en él.

Por lo tanto, durante los siguientes meses se dedicó a cumplir con la petición del gobernante, incluso si era una tarea agotadora, y descubrió que aquel era un libro antiguo de poderosos hechizos y pociones que se creía perdido, apareciendo en algunas historias, pero considerado más un mito que una realidad. Hasta la fecha, había viajado casi sin descanso por distintas ciudades, bosques, lagos, mares y montañas, buscando y recolectando cada uno de los objetos mencionados en aquellas gastadas hojas de papel.

Por fin, después de meses, había logrado volver a su hogar, una cabaña de tamaño decente situada en un claro del bosque cercano a la capital. No había terminado con su encargo todavía, puesto que seguía faltando traducir y encontrar los ingredientes para la última poción del libro, pero el príncipe, quien decidió acompañarlos, a su mejor amiga y a él, durante su viaje, le ordenó tomarse un descanso en lo que él iba al castillo para entregarle a su padre todo lo que habían conseguido hasta la fecha.

Agradecido, él se dedicó a limpiar un poco su cabaña, darse un relajante baño y dormir en su cama, algo que no había hecho en tanto tiempo que casi le hizo llorar el verla de nuevo. Al levantarse al día siguiente, sus ojos se posaron en el libro del demonio, el causante de que fuese sometido a tan egoísta y cansado pedido del rey. Su curiosidad aumentó al imaginar lo que podría poner en esa última página.

Para ser considerado un libro mítico, los hechizos que había traducido no parecían ser tan poderosos. Era verdad que algunos eran inusuales y dependiendo de la imaginación del mago y/o hechicero que los utilizara podrían ser increíbles o desastrosos. Así que pensó que en esa hoja quizás había algo inimaginable.

La curiosidad es muy peligrosa y él lo comprendía mejor que nadie, sobre todo un par de horas más tarde cuando sus orbes observaron aquellas palabras grabadas en el papel burlarse de su persona. Los ingredientes para aquella poción no eran difíciles de encontrar, en realidad ya tenía la mayoría de ellos, excepto por el último… ¡¿Cómo que semen de monstruo?!

Leyó y releyó la información en aquella página y sintió su respiración acelerarse cada vez más. El problema, per se, no era encontrar a una criatura mágica, no, de estas había en todas partes desde dragones, salamandras elementales, sirenas, centauros, etc. Lo que lo complicaba todo era el ingrediente en sí. Polvo de cuerno de unicornio, una pluma del ala de una harpía, una escama de dragón… todo aquello era posible si sabías negociar con cada uno de los dueños de los mismos, sin embargo… ¡el semen era otra cosa muy distinta!

Estos seres escogían a una sola pareja para aparearse y pasar toda su existencia a su lado, por lo que… ¡ninguno de ellos accedería a darle una muestra! Era algo inconcebible. ¡La sola idea la considerarían un insulto!

De solo pensar lo que le sucedería si lo intentaba hacía que escalofríos recorrieran todo su cuerpo. No. Simplemente no. No tenía la más mínima intención de enfurecer a criaturas que podrían acabar con su existencia en un mero parpadeo. ¡Era valiente, pero no estúpido!

Ante la nueva información que poseía, su única opción era mentirle al rey, no obstante, aquello tampoco resultaría bien para su persona, más teniendo en cuenta que todos los que hablaban con su majestad se veían obligados a ingerir una poción de la verdad, precisamente para evitar tomarle el pelo al gobernante de la nación.

Y ese era el dilema que le llevó a acabar con un gran y fuerte dolor de cabeza.

Agotado de que sus pensamientos le llevaran en círculos una y otra vez, suspiró y decidido, agarró su mejor abrigo para luego salir de la cabaña en dirección al bosque. No pensaba caminar hasta sus profundidades, solo quería despejar un poco la mente gracias a la frescura y paz que le transmitía el bello paisaje. Estar rodeado de natura era algo que siempre había amado. Tal vez porque su magia se encontraba muy arraigada en esta, teniendo en cuenta la sangre druida que corría por sus venas.

Con paso lento y seguro se fue adentrando entre la frondosa vegetación. Dejando que sus pies le condujeran por el tan conocido camino sin que tuviera que pensar en la dirección a tomar. Tal vez haber dejado la mente en blanco no había sido la mejor opción, dado que cuando volvió en sí, se encontraba en una zona del bosque que él no reconocía y para hacer la situación peor, el sol ya se había ocultado, dejando a la luna tomar su lugar en el cielo.

Suspiró, frustrado por haber sido tan descuidado. La noche ya había llegado y él se encontraba perdido. Cierto que podía utilizar su magia para orientarse y poder volver a su hogar, sin embargo, aquello le conllevaría un desgaste físico importante además de una cantidad de tiempo considerable.

El frío se hacía cada vez más presente por lo que, teniendo en cuenta sus opciones, tomó la decisión de buscar refugio de las bajas temperaturas y esperar así la llegada del sol. Dirigió su mirada a su alrededor, notando no muy lejos de allí un lago de tamaño mediano cuya agua cristalina brillaba gracias a la luz de la luna. El sonido de una cascada llamó su atención y el rostro se le iluminó puesto que podía notar la entrada a una cueva tras de esta.

Con cuidado, caminó por el borde del lago hasta llegar a la rocosa pared y poco a poco, subió por las escaleras naturales de roca hasta llegar detrás de la cascada. Se asomó a la entrada de la cueva y asintió satisfecho al comprobar el tamaño de esta: podía notar su grandeza y profundidad lo que le llevó a sonreír.

Le encantaría explorar aquel territorio todavía desconocido por su persona, pero debía dejarlo para otro momento dado que su prioridad en ese instante era el no morir por culpa del frío que azotaba su cuerpo sin misericordia. Debía enfocar su atención en ello si no quería terminar mal.

Invocó una pequeña esfera de fuego para así iluminar el interior del lugar y que eso le facilitara un poco el moverse. Esta flotó a su alrededor, proporcionándole algo más de calor, lo cual era una ventaja a si hubiese utilizado un hechizo de luz en vez de uno de fuego.

Al mirar detenidamente el interior de la cueva, se percató que, además del amplio camino que bajaba y se adentraba a las profundidades de la tierra, también se encontraban pequeños agujeros a los lados de esta, dentro de las paredes, algunos de ellos lo suficientemente grandes como para que él cupiera sin problemas. Analizó varios de ellos hasta decantarse por una algo más alejada de la entrada y mejor resguardada del frío. El hueco era más amplio que los demás, dejándole espacio suficiente para poder estirarse y moverse más cómodamente. Parecía que un pequeño túnel le seguía, aunque él no tenía ninguna intención de adentrarse más de lo necesario.

Se sentó y acomodó en el frío suelo lo mejor posible, aumentando un poco el tamaño de la bola de fuego para que esta le proporcionara más calor. Por suerte, nunca salía de su hogar sin una pequeña bolsa de tela donde guardaba distintas plantas comestibles. Después de tanto viajar y verse envuelto en todo tipo de situaciones peligrosas, había aprendido más de una cosa útil para poder sobrevivir.

Suspiró, cansado y decepcionado, ya que no podría disfrutar de su cómoda cama, algo que había esperado desde hacía tiempo. Cierto que amaba viajar, explorar y descubrir todo tipo de lugares recónditos, pero hasta él se sentía cansado de aquella vida.

A sus 24 años, muchos para algunos y pocos para otros, sus deseos habían ido cambiando hasta el punto en que ahora ya no ansiaba la adrenalina de la aventura, sino que quería poder vivir tranquilamente, comer caliente todos los días y, sobre todo, dormir en una cama decente, no en el suelo de una cueva, a la intemperie o una incómoda habitación de hostal. Quería poder disfrutar de un hogar como se debe. Incluso su cabaña se había vuelto un lugar extraño para él puesto que pasaba tan poco tiempo en esta que no se sentía cómodo. A duras penas tenía tiempo de cuidar de su huerto, cosa que le entristecía; polvo no dejaba de acumularse en sus muebles; la comida terminaba pudriéndose y por lo tanto sin consumirse… Había tantas cosas que ya no le gustaban de su casa que no sabía por dónde empezar para cambiarlo todo.

Cerró los ojos, sintiendo como estos se aguaban, decidido en no dejar que las lágrimas se derramaran. No queriendo dejarse abrumar por la tormenta de sentimientos que tenía dentro. No iba a llorar solo porque la soledad fuese cada vez más difícil de llevar, por que sintiera que no había logrado casi nada en su vida… si, era cierto que sus conocimientos sobre magia, hechizos y pociones eran los mejores del reino. Era verdad que trabajo no le faltaba y que le gustaba ayudar a los demás, pero… el no tener a nadie a su lado que le acompañara, que le cuidara o quisiera de verdad, alguien que no se apartara de su lado y le abandonara… alguien que decidiera compartir su vida con él. Eso era lo que le dolía más.

Sí, tenía amigos, pero incluso ellos ya tenían pareja y planes para formar una familia mientras que él no tenía a nadie.

Desconsolado, se acurrucó sobre sí mismo y decidió irse a dormir, pues nada bueno saldría de perderse entre sus miedos y más profundos y oscuros pensamientos.

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Se despertó sintiendo su cuerpo arder. Su respiración se encontraba agitada y podría jurar que el sudor le recorría toda su piel. Al moverse con incomodidad sintió algo suave contra su desnuda piel, reconociéndolo como pelo animal. Aquello le extrañó. ¿No se había dormido sobre el frío suelo de la cueva? ¿Además, por qué no podía sentir su ropa? No recordaba haberse desvestido… Tampoco parecía sentir el frío que hasta hace un rato le calaba los huesos. Nada de lo que sentía tenía sentido.

Un aroma dulce, aunque ligeramente picante, llegó a sus fosas nasales, relajando sus músculos y calmando su agitado corazón. Su mente se sentía nublada, con algo de dificultad para pensar correctamente. Con esfuerzo logró abrir lentamente sus ojos poco a poco. Tardó unos momentos en ajustar su vista, pero pronto enfocó su mirada en lo que le rodeaba: una pequeña hoguera ocupaba el rincón de la esquina derecha, saliendo el humo por un hueco natural formado en el techo. Algunas herramientas de cocina se encontraban cerca del fuego junto con algunas que él creyó serían para cazar.

Su conjetura resultó ser cierta cuando viró sus orbes sobre la tela donde se encontraba recostado, viendo un cúmulo de pieles de animal formando lo que suponía era la cama. Aquel rico aroma se encontraba impregnado en aquellas prendas y sintió un escalofrío recorrer su cuerpo desnudo.

Debería sentirse alarmado, pero por alguna razón no era capaz de ello. Se dio la vuelta para quedar boca abajo y así poder hundir su rostro en el suave pelaje, aspirando aquella fragancia con anhelo y desesperación. No sabía de dónde venía ese intenso sentimiento, pero poco le importaba en ese momento, más enfocado en disfrutar de aquel atrayente aroma.

Quizás debería haber intentado despejar la mente y centrarse en analizar la situación. Si lo hubiese hecho, probablemente hubiera notado la presencia de aquel ser que le observaba desde la oscuridad, con los ojos brillando por el deseo y la lujuria. A lo mejor, podría haber evitado lo que vendría.

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Abrió los ojos, sabiendo que la noche estaba por llegar. Estiró su cuerpo y lentamente se levantó, para a continuación salir de lo que consideraba como su hogar con la intención de recolectar leña y cazar su cena. No tardó mucho en conseguir su objetivo y entonces regresó a la cueva que había reclamado como su territorio.

A sus fosas nasales llegó un ligero aroma a jazmín y lluvia, lo que ocasionó que se lamiera los labios con hambre. No esa sensación que venía del estómago, más bien esa que procedía desde lo más profundo de su ser… de su parte más primitiva y animal. Pensó en ir en busca del origen de aquella deliciosa fragancia, sin embargo, primero tenía que dejar la carga que portaba. No obstante, no esperó que, al llegar a su hogar, se encontraría con semejante bello ser.

Sus rizados y cortas hebras color vegetación, sus ojos semejantes a las esmeraldas, su piel besada por el sol y adornada por las estrellas… era la criatura más hermosa que alguna vez vio.

Agradecía el haber viajado durante tanto tiempo, hasta llegar a aquel precioso lago, porque así pudo encontrarse con esa belleza. Se relamió los labios y con su mirada siguió sus movimientos, sonriendo maliciosamente al verle adentrarse a su hogar.

Lentamente le siguió, observándole con detenimiento desde las sombras, y esperó pacientemente a que el sueño se adueñara de él para entonces sonreír más ampliamente. Con sigilo se movió por los pasillos de la cueva hasta llegar a la caverna, casi en lo más profundo de esta, donde él residía, lugar donde dejó lo que traía consigo y después de encender el fuego para que calentara la estancia, se dirigió de nuevo hacia donde reposaba su más reciente visitante.

Con cuidado se acercó a la bella durmiente y le alzó en sus brazos. El joven tenía músculos bien desarrollados, pero aún así su contextura delgada y sus curvas bien definidas, le hacían ver delicado. Su rostro era increíblemente adorable y él se sintió tan tentado por ese angelical ser que tuvo que controlar sus deseos de reclamarle en ese preciso instante. No era el momento. Tenía que ser paciente y hacer las cosas bien si no quería problemas luego.

Lento, pero seguro volvió hacia su caverna con el joven entre sus brazos. Miró las prendas que conformaban su cama y asintió complacido pues consideró que era el lugar adecuado para que el de cabellos verdosos descansara cómodamente, al menos durante unas pocas horas.

Después de acomodarle sobre las pieles, sonrió con algo de maliciosidad, y procedió a desvestirle, sintiendo que aquellas prendas no eran más que un estorbo para sus intenciones para con ese bello ser. Una vez terminó, posó sus rojizos orbes sobre la pálida piel del contrario y se lamió los labios con deseo ante lo tentador de aquella imagen. Respiró para calmarse y controlar sus depravados impulsos. Todavía no era el momento.

Tomó la decisión de cocinar su cena para así pasar el tiempo. Luego, recogió algunas de sus pertenencias y las guardó donde consideró el mejor lugar, para a continuación virar su atención al fuego y, después de decidir que no hacía falta añadir más leña, se dirigió hacia el cuerpo que yacía sobre su cama.

Con cuidado y suavidad, posó una de sus manos sobre la delicada piel del contrario, sintiendo la calidez emanar de él. Se maravilló ante las cicatrices que recorrían algunas zonas, sabiendo que él era fuerte, al menos lo suficiente como para poder defenderse lo cual le atrajo todavía más. Acarició levemente su abdomen para luego posar su palma sobre la zona de su bajo vientre y ejercer un poco de presión allí, notando el leve quejido escapar de los sonrosados labios ajenos.

Una leve risa salió de su propia boca, pensando en lo adorable que era aquel joven. Volvió su atención a lo que estaba haciendo. Con una de sus garras trazó finas líneas sobre la piel hasta formar un tatuaje del sol y la luna entrelazados, seguidos por el símbolo del infinito justo debajo. Se lamió los labios al ver los pequeños hilos de sangre recorrer y adornar la piel del peliverde y sin contenerse, pasó su lengua para limpiar toda la zona. Las heridas no tardaron en cerrarse, gracias a las encinas sanadoras de su saliva y pronto pudo ver las cicatrices que estas dejaron en el cuerpo del contrario.

Trazó con su dedo el tatuaje resultante y sonrió complacido cuando notó como emanaba calor de este. Ahora solo le quedaba esperar. No tomaría mucho tiempo. Pronto podría reclamarlo como suyo.

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No sabía cuanto tiempo llevaba allí. Su cuerpo seguía calentándose cada vez más y ese aroma le hacía desear por más, como si supiera que la fuente de esa fragancia podría saciar esa sensación de vacío en su ser. Ni si quiera sabía qué era lo que tanto ansiaba, lo que su cuerpo parecía suplicar a gritos.

Un gemido quedo escapó de sus labios y con dificultad se movió hasta quedar recostado sobre su lado izquierdo. Sus esmeraldas se posaron sobre una figura cerca del fuego. Un nuevo quejido salió de su boca y sintió escalofríos recorrer su desnudo cuerpo cuando brillantes rubís se encontraron con sus jades.

Había algo raro en él. Algo en su mente gritaba que huyera, pero era una parte tan pequeña de su ser que casi no podía ni oírla. Él se acercó con lentitud hacia donde se encontraba recostado su persona. Sus rubios cabellos siendo iluminados por el fuego de la hoguera. En realidad, todo su cuerpo parecía brillar ligeramente en un tono entre rojizo y anaranjado, incluido aquellas cuatro patas… Parpadeó confundido. Eso no tenía sentido. Aquel hombre tenía piernas humanas. ¿Por qué le pareció verle con partes de arácnido? Soltó un quejido, su cabeza dolía y no podía pensar con claridad.

Su atención volvió al de orbes como la sangre cuando él posó una de sus manos sobre su mejilla y la acarició con suavidad. Gimió ante el contacto, sintiendo su cuerpo relajarse ante la cercanía del extraño. Su toque resultaba tan placentero que no podía evitar desear más.

Sintió algo rodear su cintura, pero no era capaz de comprender qué era puesto que estaba seguro que el tacto era muy distinto al de la piel humana. ¿Pelaje animal? No, eso tampoco era. Las pieles formaban la cama así que no podía ser lo que le rodeaba con fuerza, pero delicadeza al mismo tiempo.

Pensó fugazmente en mirar lo que era, sin embargo, eso implicaría apartar la mano del contrario y no quería perder ese placentero contacto. Las alarmas de pánico en su mente sonaban cada vez más apagadas, como si estuvieran muy lejos. Un sonido parecido a un ronroneo salió de su garganta y, aunque sintió un poco de miedo ante el ruido tan inusual, el pensamiento de que había algo mal con su persona desapareció rápidamente al oír la suave, aunque profunda voz del rubio.

-Eres tan adorable… tan perfecto. –dijo con su aterciopelada voz y un quejido necesitado escapó de sus labios sin que pudiera evitarlo, no que fuese capaz de pensar en algo como aquello. Su cuerpo parecía arder con mayor intensidad a causa de las palabras del más alto. –Shhh… tranquilo, pequeño… Sé un buen chico y deja que cuide de ti. –habló él y, a pesar de que prácticamente no comprendió sus palabras, su mente se encontraba demasiado nublada y perdida, asintió lo más rápido que pudo.

Aquellos ojos rubís brillaron con satisfacción y un leve toque de algo oscuro que no se veía capaz de reconocer en ese momento. Le vio sonreír de lado, notando los afilados colmillos en su boca. Una voz gritó en su mente que aquello no era normal, pero pronto no pudo oírla pues su atención se vio enfocada totalmente en aquellos labios que habían apresado los suyos con fuerza y pasión. En ese momento le importaba muy poco todo lo que no fuese lo placentero de sus caricias, el fuego que recorría todo su cuerpo, el deseo de ser llenado… Solo podía enfocarse en él y las reacciones que le provocaba a su cuerpo con sus actos.

Quería más. No. Necesitaba más. Sentía que no podría seguir viviendo sin su toque, sin esos labios besando con posesividad y lujuria los suyos. No era consciente de las súplicas que escapaban de su propia boca. Solo podía oír su voz llena de satisfacción y los cumplidos que le eran dirigidos.

Si el ser un buen chico le llevaría a sentirse tan bien siempre, entonces es lo que sería por el resto de su vida.

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Por fin podía tomarle entero. Oír su voz perdida por la desesperación y el deseo era lo mejor. Ver esos preciosos jades nublados por el placer y la lujuria, aguados y soltando lágrimas por el placer, le hacía sentir el ser más poderoso del mundo.

Acarició cada centímetro de piel, besó aquellos labios con fuerza hasta dejarlos hinchados, hasta robarle el aliento por completo. Sus manos llegaron a su principal objetivo: su entrada. Mojada y contrayéndose con clara desesperación y necesidad por ser llenada por completo.

Él sonrió complacido. El de rizos parecía aceptarle sin problemas.

Con cuidado, adentró sus dedos en la entrada ajena, no sintiendo mucha resistencia ante la intrusión gracias al estado acalorado y absolutamente necesitado del menor. Gruñó al sentir sus dedos empaparse de aquel dulce y viscoso líquido que el de ojos jade producía.

No podía esperar más. Necesitaba sentir esa cálida y húmeda cavidad rodear su miembro, por lo que sacó sus falanges del interior del más bajo, ocasionando que este se quejara y suplicara dulcemente por ser llenado de nuevo.

Era tan adorable… tan bello e irresistible. Sonrió más ampliamente ante lo perfecto que era su pareja.

Utilizó ese fluido para lubricar su miembro y con lentitud le penetró. Adentrándose poco a poco, centímetro a centímetro. Cuando su pelvis tocó el trasero del contrario, entonces fue cuando se detuvo un momento. La calidez, estrechez y humedad de esa entrada eran perfectas.

Sus ojos se posaron sobre el bajo vientre del peliverde y soltó un gruñido animalístico al ver el bulto causado por su miembro. Realmente le estaba llenando hasta lo más profundo de su ser. Se relamió los labios y una ligera risa salió de su boca, completamente complacido ante el profundo gemido que escapó de los sonrosados labios ajenos cuando una de sus manos apretó levemente la zona.

Podía notar en su paladar el potente aroma a deseo y desesperación que embargaba y emanaba de su pareja. Sus súplicas eran cada vez más dulces. No aguantando más sus propios impulsos y deseos, agarró con fuerza esas delicadas caderas, sabiendo que dejaría profundas marcas en la piel contraria y amando la sola idea, y abriendo todo lo posible las piernas del menor comenzó a embestirle. Con fuerza, precisión y sin misericordia, penetró ese asombroso agujero una y otra vez, llevándole al éxtasis sin descanso. Amando como su abdomen se abultaba cada vez más, por cada orgasmo que tenía y, por consiguiente, el semen que no dejaba de llenarle.

-Tan maravilloso. Increíble. Mío. Eres solamente mío. Mi pareja. La madre de mis hijos. Eres perfecto. –siguió repitiendo sin descanso, demasiado perdido en su deseo carnal como para importarle otra cosa que no fuese aparearse con ese bello ser y llenarle con tanto bebés como fuese posible.

-Eres mío… para siempre. –declaró directamente contra el oído del más bajo justo antes de morder con fuerza el cuello de este, marcándole como suyo para lo que restaba de sus vidas, puesto que no iba a dejarle huir. No después de ver lo maravillosamente compatibles que eran.

Los sonidos plagados de placer continuaron durante mucho tiempo. Ambos demasiado perdidos en la lujuria como para prestar atención a algo tan trivial como lo era el paso del tiempo.

FIN


¿Qué os ha parecido? No es muy explícito, o eso me parece a mi, pero sinceramente después de investigar sobre la fisionomía de los escorpiones, su apareamiento, etc... no sentí muchas ganas de ser descriptiva. La verdad es que los arácnidos me dan bastante repelús, no obstante dí lo mejor de mi para que saliera algo de lo que pudiera sentirme orgullosa n/n

Me encantará saber vuestra opinión al respecto y si os interesa podéis leer alguno de los demás que he publicado o publicaré próximamente nwn