INUYASHA NO ME PERTENECE, SÓLO HAGO ESTO DE DIVERSIÓN

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El engaño del conde

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Capítulo 1

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Londres, 1831

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Es una verdad universalmente reconocida que no hay nada peor para un hombre de buen ver y que acababa de heredar un título nobiliario importante, como la de ser rechazada su mano en matrimonio.

El asunto es aún más doloroso cuando el referido proponente fuera un reconocido calavera en su juventud y que sólo ahora pretendía afianzar su turbulenta vida amorosa.

Era la última comidilla de Londres.

Bankotsu Preston, conde de Bradford desde hace seis meses, por la muerte de su padre había sido el desafortunado protagonista de aquel suceso, que ahora formaba parte de la cotilla de los salones.

La mujer, que fuere objeto de sus atenciones había sido la bellísima señorita Kikyo Gibson, hija de un magistrado de Bristol que pasaba la temporada en Londres en compañía de una pariente. Poco tiempo, pero suficiente para encandilar al recientemente nombrado conde.

El conde venía tras ella desde que la conociera y comenzó su cortejo, visitándola, acompañándola y llevándole obsequios bonitos, para que al final la hermosa dama rechazara su propuesta de matrimonio. Lo peor no fue eso, sino que pocos días después anunció su compromiso con un hombre de inferior posición social que Bankotsu.

El hombre que se prometió a Kikyo era Inuyasha Cavendish, un hombre casi tan atractivo como el propio conde y de idéntica edad, pero carente de títulos nobiliarios, aunque portaba un apellido ilustre.

Y es allí donde emanaba lo más importante que tenía Inuyasha: ser primo lejano del gran duque de Devonshire, y era el pariente varón más cercano y, por ende, su heredero, ya que el Duque no tenía hijos.

No había que ser muy listo para entender que el auténtico interés de Kikyo había sido la futura posición de Inuyasha en el mundo. Ahora era sólo un abogado rural, pero su futuro se enmarcaba brillante por la cuantiosa herencia que recibiría a la muerte de su primo: un título nobiliario antiguo y poderoso más una considerable fortuna en propiedades y dinero.

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Los dos hombres bajaron del carruaje para dirigirse a la entrada de Broderick Hall, la hermosa casona londinense propiedad de la gran duquesa viuda de Gloucester, quien era tía abuela del conde.

La fiesta anual de la duquesa siempre era la invitación más codiciada de la ciudad. Todo noble que se precie era invitado al mismo.

Cuando Bankotsu recibió la tarjeta estuvo decidido a no ir, pero finalmente su mejor amigo y administrador de su finca, Miroku Osborne lo convenció de que el mejor modo de acallar rumores era asistiendo al dichoso baile y no sólo eso, sino que desplegase todos sus encantos para encandilar a cuanta jovencita se topasen.

Lo cual no será difícil, ya que Bankotsu era un hombre muy alto, fácilmente sobresaliente sobre cualquier otro. Sus cabellos oscuros hacían un interesante contraste con la piel ligeramente tostada a juego con sus enormes ojos azules. Justamente su aspecto exótico lo hacía muy llamativo. La gallardía y apostura de su talante completaban el cuadro de su atractiva persona.

Tenía treinta años bien vividos, y hace seis meses se había convertido en conde, tomando el control finalmente de los bienes que su padre tanto se negó a entregarle en vida.

No es que sus antecedentes fueran impolutos, ya que el joven Bankotsu Preston era alguien despreocupado, apático y que distaba de los compromisos. Un muchacho disoluto que se ganó la desconfianza de su padre, así que cuando en los últimos meses Bankotsu se le acercó con un proyecto al viejo conde, éste se negó rotundamente a financiarlo.

El referido proyecto era el sueño de Bankotsu, parte de una visión que había tenido en los viajes que tuvo por el Norte de Inglaterra: la de abrir una fábrica textil con la lana procesada en sus propiedades, que era inmensa en recursos para ello.

Incluso Bankotsu se había tomado el tiempo de escoger el lugar donde abrir el negocio: en un terreno distante a sólo cinco kilómetros de Duncaness Hall, la propiedad ancestral de su familia en la ciudad de Bradford en Yorkshire.

Tuvo que esperar la muerte de su padre para comenzar su ambicioso proyecto. Nombró a su amigo Miroku Osborne como administrador en Duncaness Hall y él se abocó a la textilera. Miroku debía encargarse de captar los recursos en Duncaness Hall para financiar la fábrica, aunque esto venía cuesta abajo, porque según Miroku, los números de la finca siempre estaban en rojo.

Aun así, Bankotsu comenzó sus planes. Fue en medio de aquella tarea, que conoció a Kikyo Gibson en una velada en Londres, donde la joven estaba de visita. La atracción fue inmediata y Bankotsu luego de frecuentarla varias semanas, se decidió a pedir su mano, en un acto de renuncia a su antigua vida licenciosa.

Al verse rechazado, se marchó a Bradford furioso, hasta que Miroku lo convenció de volver a Londres para la gala de la duquesa de Gloucester.

Y allí estaba Bankotsu, de pésimo humor haciendo entrada al baile más esperado de la temporada.

―Que no pongas esa cara, que espantas a las muchachas ―observó Miroku, saludando con la cabeza a unas muchachas con aspecto de debutantes.

―No sé porque dejé que me convencieras de venir a este circo ―masculló Bankotsu entre dientes

―Pues para buscar una gacela que sustituya a la que voló de ti ¿Qué no tenías deseos ardientes de casarte?

Bankotsu no respondió.

En esa burla, Miroku tenía algo de razón. Fue el propio Bankotsu quien había tenido la repentina idea de casarse con una mujer que llevaba poco menos de un mes conociendo. Actitud inesperada atendiendo su anterior aversión a los compromisos o relaciones formales.

Pero aparentemente el bicho de la mediana edad lo había picado encontrándolo sólo, sin hijos, con el título de conde y con un gran proyecto en puerta. ¿Por qué no casarse?

A Bankotsu no le pareció mala idea en ese momento.

―No pienso volver a comprometerme ―cercenó

Apenas pisaron la entrada, caminaron con dificultad porque el sitio estaba atestado de gente. Era claro que la vieja duquesa no había escatimado en gastos para la fiesta donde estaba reunida lo mejor de la sociedad actual.

Miembros insignes de la nobleza londinense.

Hermosas jóvenes debutantes, hijas de los primeros.

Y varios invitados especiales provenientes de otras ciudades que se hospedaban en Broderick Hall.

Mientras bebía una copa de champaña, Bankotsu se puso a estudiar el ambiente mientras Miroku recorría el salón. Algunos caballeros, conocidos de Bankotsu del club fueron a saludarle y entablar charla, ya que hace varias semanas que no lo veían desde que recluyera en Bradford. Alguno que otro esbozó alguna broma sobre que se había librado de las cadenas del matrimonio.

Probablemente hubieran seguido con la charla picante, pero todos huyeron cuando vieron llegar rengueando a la anfitriona. Nadie quería ser objeto de las aseveraciones de la picante lady Gloucester, quien además era tía abuela de Bankotsu.

―Muchacho, sabía que vendrías.

Él hizo una reverencia.

―Nunca me perdería una velada de su señoría.

― ¿Pero qué haces oculto aquí?, las más bellas debutantes de la temporada están en esta fiesta y no deberías dejarles margen ―refirió la anciana con tono despreocupado e informal ―. Además, la mujercita en cuestión no ha sido invitada ni tampoco su prometido.

Ella meneó la cabeza al ver la extrañeza de él.

―Porque ninguno es de nuestra posición social, muchacho ¿en que estabas pensando al cortejar a una mujer que ni siquiera tiene árbol genealógico?

Él sonrió de lado.

― ¿Qué acaso ese sujeto no es heredero de un gran ducado? Pensé que eso haría que lo invites.

―Pues ahora es un abogaducho rural y no es nadie. El duque de Devonshire aún vive y sé de buena fuente, que no tienen buenas relaciones ―refutó Lady de Gloucester, justificando el desaire a la pareja. Lo cierto es que además de los motivos esgrimidos, la duquesa rehusó invitarlos como una especie de venganza hacia la afrenta cometida hacia su sobrino nieto.

―Que, considerado de tu parte, tía.

―Por eso, deja esa cara de pocos amigos y saca a bailar a las muchachas, que las más apetecibles diamantes de la temporada están en este salón ―la vieja duquesa iba a girar para señalarle algunas damas, cuando vinieron algunas personas a buscarla.

Bankotsu se creyó afortunado de ver como su tía se marchaba a cumplir con sus otros invitados. Es que, si lo dejaba en manos de ella, lo acabaría comprometiendo con alguna desconocida.

Cuando uno de los lacayos le trajo una copa de champaña, un rápido vistazo por el salón de baile acabó por darle la razón a Lady Gloucester. Era cierto que estaba lleno de mujeres jóvenes muy bonitas.

Quizá su tía no estaba errada en que debía fijar sus atenciones en alguna de ellas. Cuando Kikyo rechazó su propuesta para aceptar la de otro, no fueron los celos lo que lo dominaron, sino las huellas de su orgullo herido.

Y esta velada estaba abarrotado de muchachas y algunas de ellas, con suculenta dote. El sentido práctico de Bankotsu afloró al pensar en ello. Una buena dote podría ayudar a financiar su textilera.

En ese momento, su tía que estaba a unos metros de él, le hizo una seña con los ojos por un grupo de jovencitas que parecían reunir este último requisito. Quizá eran hijas de notables nobles de la ciudad. Bankotsu se acercó decidido hacia ellas, pero por estar con la mirada fija en su presa, acabó chocando con alguien que venía igual de distraída que él.

Toda la champaña de Bankotsu acabó en el vestido de la persona con la que había tropezado.

― ¡Válgame dios! ―el grito de la dama no se hizo esperar

―Ruego me disculpéis ―se apresuró Bankotsu en pedir, haciendo uso de su educación aristócrata

Tampoco es que pensaba gastarse saliva en las disculpas, porque la mujer con la que había colisionado no era ninguna beldad, sino una de esas damas floreros que además tenía un aspecto redondeado por los evidentes kilos demás en su figura.

Así que luego de decir la corta disculpa, Bankotsu la dejó sola.

La mujer quedó mirándolo mientras se marchaba. Y tampoco insistió en pedir más excusas. Era claro que nunca la veían como merecedora de tanta lisonja.

Bankotsu se olvidó de ella segundos después y volvió a su rincón, de mal humor que el tropezón con la mujer con sobrepeso le hubiera cortado la inspiración para ir a flirtear con las deliciosas jovencitas del otro lado.

Habia cogido otra copa de champaña, cuando Miroku apareció sonriente y caminando de prisa desde el otro lado del salón. Parecía traer noticias que no podían esperar.

Vino directamente a él.

―Pareciera como si te estuviera persiguiendo alguien ¿Qué ocurre? ―preguntó Bankotsu, malhumorado

―Es que vengo a traerte la solución a los dos males que te aquejan, amigo ―esbozó sonriente al administrador de Duncaness Hall

―Ilumíname con tu sabiduría, que no te entiendo.

Miroku perfiló una sonrisa peligrosa.

―Encontré a la dama perfecta para ti, que aliviaría tu falta de liquidez porque aportaría una dote interesante, sino que es la llave para vengarte de esa Kikyo Gibson.

― ¿A qué te refieres? ―preguntó Bankotsu, sin entender.

Miroku ya no siguió hablando y le hizo una seña disimulada.

Bankotsu giró y se topó con la misma dama de figura redondeada con la que había tenido al altercado un poco antes, y que estaba sentada en una esquina con una amiga, probablemente otra florero como ella.

―Es una broma ¿cierto?

Miroku meneó la cabeza.

―Ninguna broma, que nunca había hablado tan en serio. Esa mujer es la llave de tu perfecta venganza. Solo tienes que casarte con ella.

―! ¿Qué?! ¿estás loco?

―Nunca estuve más cuerdo, amigo mío. Se llama Kagome Cavendish, es una solterona y es la hermana menor del duque de Devonshire. Si te casas con ella, y tienes un hijo varón ―Miroku rió ante la perspectiva ―. Tu hijo se convertirá en el heredero del duque y desplazará del puesto a Inuyasha, el hombre porque quien Kikyo Gibson te cambió.


CONTINUARÁ.

Gracias hermanas por la oportunidad, he iniciado un nuevo proyecto corto de Regencia Inglesa, asi como El duque de Suffolk, es un fic que intentaré terminar en menos de tres meses.

Nos leemos en par de días, que mi intención es actualizar dos veces a la semana.

Los quiero.

Paola.