LA MAÑANA DE SEPTIEMBRE

México se despertó en la mañana con sus sábanas en el suelo y el sonido de golpes estruendosos en su puerta. Ella se quejó hundiendo su rostro en su almohada, prometiendo una muerte lenta y dolorosa en su cabeza a la persona que estaba perturbando su fin de semana libre, pero de nuevo, los golpes desesperados la forzaron a abandonar esos pensamientos. Independientemente de quien sea, recibirá un buen golpe de ella. Concentrando todas sus fuerzas en su cuerpo, Rosalía rodó por su cama con un gemido cansado, parpadeando para desvanecer su vista borrosa y dejar de tambalearse como un ciervo recién nacido. Avanzó hacia la silla que tenía su sostén rosado antes de prepararse para verse decente. Sus ojos notaron que el sol apenas salía a saludar al cielo mientras se cepillaba el desastre que era su cabello.

Los golpes no desistieron.

— ¡¿Quién mierda es?! — México espetó. El mes de septiembre la mantenía ocupada por las grandes celebraciones de su cumpleaños y varias festividades importantes para su gente. Además de que en la Ciudad de México comenzaba a hacer frío por esas fechas y su hábito de ver películas de mala calidad a altas horas de la noche no le estaba haciendo ningún favor a su estado de ánimo. Era seguro que un ataque de gritos o conversación agresiva seria en contra del que osó a despertarla tan temprano. No le importaba si era Inglaterra, Chile, Filipinas o Alemania.

Tropezó entre las escaleras apenas dándole importancia a los platos amontonados en la cocina a la espera de ser lavados. Lástima, esta demasiada cansada y de mal humor como para atender eso. México caminó directamente a través del desorden de los platos sucios y papeles hacia la puerta principal, parecía uno de esos zombis de The Walking Dead. Cuando llego frente a la de metal y con tres cerraduras de seguridad. Un pasador, un seguro en el pomo y otra puerta, pero de madera. Cuando desbloqueo cada medida de seguridad, oró por la pobre alma en desgracia que sería víctima de su creciente furia.

— ¡¿Sabes qué hora es?! ¡¿Qué quieres?! — gritó casi arrancando la puerta de sus bisagras por su sobrehumana fuerza y falta de control de la misma. La otra nación ni siquiera se inmutó.

— México, necesito que me escuches — dijo Estados Unidos atropelladamente, sudando nerviosismo — Sé que estás enojada conmigo por desper-

— Nooo wey, ¿cómo crees? Me encanta despertarme por el canto del gallo — habló México impasible, fastidiada de que la distancia entre ellos era demasiado grande como para darle un buen zape — ¿Qué quieres gringo?

Alfred asintió — Bien, si eso. Mira, hay una buena y gran razón para que viniera a esta hora... pero te lo diré mañana. No, tengo que decírtelo hasta mañana.

Rosalía alzó una ceja, su confusión prevaleció momentáneamente sobre su enojo, aunque eso no borró su mirada mortal en el hombre que tenía adelante. Eso no era una respuesta, México quería una respuesta clara y no una críptica.

— ¿Qué? — preguntó quejumbrosa.

— Puedo hacer esto... puedo hacer esto... puedo hacer esto... — Estados Unidos lo repitió durante casi un minuto como una especie de mantra, mirando el suelo de baldosas crema de la entrada de la casa y su respiración alterada. Parecía a estar a unos segundos de un ataque de pánico — Mex, Rosa, sé que las cosas entre nosotros no han sido fáciles desde, bueno... lo que quiero decir es que eres una buena amiga. Una de las mejores amigas que he tenido, aunque a veces me enojas, y no lo cambiaría por nada del mundo.

Okey, eso fue... inesperado.

— Ehh... — todo proceso mental de México se detuvo por esa abrupta declaración del rubio, no sabía cómo reaccionar a las palabras dichas. Incluso su ira se apagó por completo al tratar de encontrar su compostura y voz.

Después de un proceso exhaustivo, ella ofreció un silencioso — Yo... ¿Lo mismo aquí?

Alfred negó furiosamente — Espera, no, no, no, no ¡Vamos América! ¡Puedes hacerlo mejor que esto! Está bien, solo acaba con esto, eso es más simple.

Parecía que estaba hablando para sí mismo que para México. Regañándose en voz alta e insultándose mirando el suelo. ¿Tal vez era una broma? Una broma realmente molesta y rara con alguien fuera de la casa que le indicaba a Estado Unidos que decir. Actuaba demasiado raro, ajeno a lo que ocurría a su alrededor.

Rosalía miró detenidamente a su amigo/vecino. Entre más lo miraba, comenzó a notar cosas fuera de lugar; el cabello de Estados Unidos normalmente peinada y cuidada, ahora parecía un lío sucio y desordenado que jamás conoció una botella de shampoo. Su ropa era un desorden de estilos, como si hubiera tomado lo primero que encontró en su armario. Su chaqueta de bombardero la tenía puesta, una camisa promocional de un auto lavado, unos pantalones vaqueros roídos y... ¿zapatos de diferentes colores?, y sus ojos estaban inyectados en sangre... Alfred necesitaba descansar, la última vez que lo vio tan descompuesto fue durante la guerra civil contra la confederación.

Algo muy malo estaba pasando. Muy mal. México necesitaba ver las noticias y averiguar qué estaba pasando.

— ¿Estás bien?

— ¿Yo? ¡No, quiero decir estoy de maravilla! ¡Estoy bien, sugarcube! Soy Estados Unidos... estoy bien... bien... puedo hacer esto... — Él se perdió en un murmullo de palabras, repitiéndolas en un ciclo que llego al punto de que no sonaban como palabras reales.

— ¿States? — Rosalía llamó, moviéndose lento tratando de agarrar su mano en un intento de que saliera de su trance. Su enojo inicial se convirtió en preocupación, luego fue reemplazado por un miedo del estado mental de Alfred... él parecía tan frágil — ¿Quieres entrar?

Los ojos del estadounidense pasaron del suelo a ella, abiertos exageradamente en una fracción de segundo — ¿Quiero...? — hizo una pausa, miro sus manos, luego a ella — Qué más da. No tengo nada que perder. ¿Acepto? Digo, si, si quiero entrar ¿puedo?

México asintió, temiendo que un brusco movimiento desencadenará una reacción de huida, se hizo a un lado y frunció el ceño mientras los pasos temblorosos de Estados Unidos lo adentraban al desorden de papel — Perdón por el desmadre.

— Está bien... estará bien... todo es normal... — Alfred se interrumpió, mirando las fotos colgadas en la pared, las pilas de papeles y post- it.

Siguiendo al estadounidense a través del desorden de la sala de estar, Rosalía vio asombrada como el rubio esquivaba sin mirar cada pila de papeles y platos en el suelo, no comprendía como era capaz de hacer aquello sin equivocarse, incluso ella no podría hacer eso y fue la causante de todo el caos. Sin ninguna dificultad, Estados Unidos se encaminó al sofá principal y se desplomó encima, espero en silencio a que México se uniera en ese espacio que dejo libre, lo que ella hizo. Buscó el control remoto entre los cojines, sin embargo, la mano del rubio la detuvo.

— No — dijo a secas.

México frunció el ceño, pero cedió por el bienestar de Estados Unidos.

— Necesito... — comenzó a decir, mirando el techo de la sala. Sus ojos recorrieron cada esquina posible, ninguna grieta se quedó sin revisar por el par de ojos azules, hasta que sus ojos se posaron en México. Sus manos se apretaron en puños, y dio un duro puñetazo en su rostro, se estremeció de evidente dolor y la mexicana se sobresaltó por la repentina acción de autoflagelación.

— ¿Qué carajos? ¿Por qué hiciste eso?

Alfred negó con la cabeza ignorándola — No estoy soñando, estoy aquí. Todo normal. No tengo que arruinar esto.

Ahora México comenzó a enojarse de nuevo, no con Alfred, sino porque no era capaz de comprender que estaba pasando — States, ¿qué está pasándote?

— ¡Hay que hablar! — aclamó Estados Unidos, con una gran sonrisa mirando a su amiga — Yo no te cambiaría por nada en el mundo ¿lo sabes? ¡Jamás! ¿te acuerdas de eso...? — un hilo de miedo se mezcló en la última pregunta.

— Si me acuerdo... fue literalmente hace unos minutos.

La cabeza de Alfred asintió sin dejar de estar acostado en el sofá — Eso está bien, muy bien de hecho. Todo esto se está mezclando ¿sabes? De todos modos, hay que hablar, espera... ya dije eso, ¿Qué es lo que sigue? Lo tengo en la punta de la lengua ¡Ya me acorde! — se reincorporó en posición vertical, al fin sentándose en el sofá, sin embargo, manteniendo la cercanía con Rosalía.

— Te escucho.

— Es esto... no estoy realmente... ¿contento? ¿conforme con nuestra relación actual? Suena normal, si, no tan loco. Suena bien. Normal es bueno. Te prometí hace muchos años que no te dejaría, que siempre estaría a tu lado, solo que quiero ser más que solo tu vecino...

— Yo... no estoy entendiendo — Rosalía contestó con cautela — Alfred, no entiendo, ¿Qué est-

— Déjame terminar — gritó Estados Unidos, pero su sonrisa no titubeo — Por favor, sugarcube. Me... tú me... llamaste Alfred, eso es excelente, vamos en buen camino, no recuerdo la última vez que me llamaste por mi nombre. Continuemos como estamos, Mex. Necesito eso para que funcione.

Esa parte no era del todo verdad, Rosalía solo le decía Alfred en privado o cuando las cosas realmente estaban mal. Por lo general lo llamaba Estados Unidos, States o gringo.

La frente de México se arrugo en un ceño fruncido, molesta por todo y de hecho asustada por Estados Unidos. Cerró su boca con fuerza para evitar que cualquier tontería fuera de lugar saliera y derribara el delicado equilibrio que Alfred estableció en el inicio de su conversación, parecía que eso fuera lo único que mantenía claro la cabeza del chico. México prestó atención cada acción y gesto de su amigo.

— Bien, como dije yo... no estoy feliz con esto — rió desesperado — Lo que trato de decir es que quiero más que una amistad contigo. Siempre he querido eso desde que me di cuenta...

— ¿Acaso tú estás con-

— ¡Te amo, México! — gritó Estados Unidos de repente.

Un silencio sepulcral lleno la habitación inmediatamente después de que la declaración fue profesada. Nada se movió, ninguno hablaba ni parpadeaba, nada respiraba. Fue una burbuja de puro silencio espacial que rodeaba todo. Parecieron horas, sin embargo, fue solo un minuto de silencio, Alfred saltó del sofá lejos de Rosalía como si su presencia lo quemara luciendo a un paso del llanto desenfrenado.

— ¡Mierda! ¡No! ¡No! ¿¡Qué demonios contigo, América!? ¡Idiota! ¡Idiota! Estúpido, estúpido. Ella jamás...

México dio un respiro profundo, recordándose que por más inmortal que fuera, necesitaba oxígeno para vivir. Estados Unidos siempre decía cosas descabelladas o sacadas de la ciencia ficción, pero esto... superaba todo. No tenía ninguna clase de sentido de que él sintiera amor romántico por la mujer que ha estado a su lado desde la existencia de sus fronteras.

La mexicana carraspeó saliendo de su estupor, miro al hombre que daba vueltas por la sala, murmurando para sí mismo — ¿States? — se aventuró probando las aguas turbulentas, lento con cuidado extendió su mano para agarrar el antebrazo de su amigo.

— ¡Esto es un desastre! — gritó el rubio, dándose la vuelta y mirando a los ojos dorados, mitad miedo y mitad locura grabados en sus ojos azules — ¡Necesito que sea normal! Tiene que serlo, esto no va a funcionar ¿lo es?

— De hecho... nada en esta situación es normal, estoy muy confundida.

— ¡Por qué no lo es! — Alfred golpeó la pared creando un agujero y que cayeran escombros pequeños de cemento y bloques.

México se encrespó — ¡Deja de hacer eso!

— ¿De qué?

— De golpear. A ti o a cosas. No hagas eso — recriminó la mujer tocando la mano desnuda de Alfred. Él... no traía guantes. México trazo las cicatrices irregulares, los duros callos que estaban presentes en sus palmas. El estadounidense dio unos cuantos respiros, tomo la muñeca de Rosalía plantando un beso en ella.

— Mañana lo volveré a intentar — dijo con desdén y desilusión, plantando otro beso en los nudillos de México.

— Alfred, necesito que te relajes por un minuto y decirme que pasa — pidió México sonrojada e incómoda ante las muestras de afecto, afianzo su agarre en el antebrazo de Estados Unidos y apretó los dientes — Primero me despiertas antes de que salga el sol y en segunda estas actuando como un loco. Ahora ¿tú solo haces esto? Detente, quiero que me digas que está pasándote.

— ¡Nunca me crees! ¡Jamás me has creído cuando te lo digo! — gruñó doblegándose al agarre — Lo he intentado tanto ¡pero pareces ser incapaz de comprender de que alguien puede amarte! ¡Sé que la cague! ¡Quiero arreglarlo! No es una broma cruel, no estoy jugando, todo lo que te digo es la verdad. Te amo, lo he hecho desde hace siglos. Yo, Estados Unidos de América, te amo con todo mi corazón, México ¿¡Qué parte de eso es tan difícil para que no lo entiendas?!

Rosalía respiro pesadamente, negó con la cabeza — No me grites, estoy justo a tu lado — demandó la mujer apretando su agarre.

Alfred resopló escéptico, parpadeo un par de veces antes de decir — Lo siento.

— Cálmate, solo necesitas calmarte.

— Esta bien, lo que sea. Estoy calmado, muuuuuuuy calmado — prometió el estadounidense sin apartarla.

— Vale, te creo ¿desde en cuándo? Y explícame que está pasando — declaró México, guiando al muchacho de regreso al sofá.

— Esto es nuevo... — murmuró incrédulo frotando sus manos en señal de nerviosismo, volvió a mirar a Rosalía — Es difícil decir cuando me enamore de ti, solo sé en qué momento me di cuenta de lo que sentía por ti.

México asintió sin realmente entenderlo— ¿Cuál es la diferencia?

— Que cuando comencé a amarte simplemente no era algo de lo que era consciente y solo me di cuenta cuando bailamos en ese campo abierto sin música. Sé que suena estúpido, simplemente lo supe y fue claro como el cristal, que extrañaba tu cercanía, el sonido de tu voz, el olor de tu perfume y tu sonrisa. Fue cuando pensé, quiero hacer esto, solo bailar, reír, crecer a su lado, llorar y amarte — su voz era tierna, viéndose en paz a diferencia de toda la locura que mostro antes — Te amo, eso nunca ha cambiado.

El corazón de Rosalía latió dolorosamente contra su pecho, buscando un rastro de mentira en su rostro. Claro que no le creía, era Alfred quien le estaba diciendo eso, simplemente no tenía sentido. Ese hombre no podía mantener en secreto sus sentimientos, aunque su vida dependiera de eso. Hubiera dicho algo, dado alguna señal de su enamoramiento hacia ella o tal vez era tan pendeja que ignoro lo evidente. Dios, toda la situación es demasiado para su cabeza, pero algo seguía sin encajar.

— Yo... no comprendo, ¿todo esto ha sido una artimaña? ¿para qué? — preguntó con una voz queda.

— México — Estados Unidos tenía un semblante serio — No estoy jugando. Vine aquí para invitarte a una cita, Rosie. Pero dijiste que no.

Rosalía frunció el ceño, frustrada con la confusa situación — Todavía no he dicho no. De hecho, ni me has preguntado, gringo atarantado.

— ¡No me refiero a eso! — negó Alfred apretando sus manos en puños negando con la cabeza — Me refiero a ayer. Bueno, más ayer. Quizás fue hace un mes. Es difícil decir, todo es igual y cuando no lo es, parece sacado de un sueño. Borra eso, lo importante aquí es que te pregunte y dijiste que no. Me hirió, bastante. Me fui a dormir después de consumir muchos botes de helado y... me desperté en el mismo día.

— O sea, que te despertaste más tarde.

Otra vez, el estadounidense negó con la cabeza — Desearía hubiese sido eso ¿te acuerdas de esa película que vimos en el cine? Se llamaba día de la marmota. Eso es lo que me está pasando. Me desperté en este mismo día. Como en la mañana de este mismo día; no al día siguiente. Fue como borrar y cuenta nueva, tú no te acordabas de nada. Fue como un reinicio.

— States, esto no es una película, no nos hemos visto desde nuestra reunión de hace unos días. Fue la semana pasada, en Querétaro ¿no lo recuerdas? Hemos estado ocupados en otras cosas — explicó Rosalía con cada pizca de paciencia que se agotaba rápidamente.

— No me acuerdo de eso — confesó Alfred tratando de recordar — Mex, no recuerdo eso. Fue hace mucho tiempo, vivir lo mismo una y otra vez enloquece mi memoria. Fue hace un año, eso creo. Estaba anotando todos los días que repetía, pero... me detuve... solo...

México acaricio gentilmente los hombros de Estados Unidos — Eso sucedió la semana pasada.

— ¡No! Fueron meses... años... décadas... estoy perdiéndolo aquí... ¡para mí no fue ayer! ¡y nadie se está acordando de lo que hago! ¡Todo se resetea como un videojuego! Ayer entre a tu casa, te desperté y te besé y estoy seguro que no lo recuerdas.

— ¿¡Qué tú me besaste?! — Rosalía gritó mortificada y con una risa nerviosa — ¡Eso jamás paso, wey!

— ¡Eso es lo que estoy tratando de decirte! — Alfred alzó sus brazos al aire, exasperado — No te acuerdas, en algunos días eso es bueno, pero la mayoría de las veces es un infierno. Cada vez que llega la noche y dan las doce, retrocedo y vuelvo al inicio de la partida. Recuerdo todo lo que hice el día anterior, pero solo yo, es como en esa película, estoy atascado repitiendo este día una y otra vez. Pensé que era una de esas cosas que Inglaterra llama magia, pero fui con él y al día siguiente no recuerda nada. No importa cuántos días repita, sigue siendo el maldito mes de septiembre. No sé qué hacer más que actuar con normalidad.

— States, yo no sé si eso funcione.

— ¡NO TENGO MÁS OPCIONES! — gritó en completa histeria — He intentado incesantemente. Esta es la treceava vez que trato de razonar contigo, que te pido que necesito que me escuches y nunca me crees. No crees que te amé y no crees lo del día de la marmota. Hubo veces que provoqué la Tercera Guerra Mundial, en que me arrestaron, en que me metí en una pelea con mi jefe, pero me despierto en mi casa. Actuar con normalidad es la única opción que me queda, cabe la posibilidad de que ese funcione; de que un día al pedirte una cita digas que sí. Nunca has dicho que sí, creo que es porque te he asustado la mayoría de las veces...

Rosalía puso su mano sobre los labios de Alfred, deteniendo todo su vomito verbal. México resopló — Lo que estás diciendo, es que estas viviendo tu propia versión del día de la marmota o una clase de bucle en el tiempo.

— Siempre dices que es imposible, pero eso es lo que está pasando.

— Es que parece una broma — dijo Rosalía sin complicaciones — Parece sacado de una película, y lo que sucede en ellas no es real, solo la imaginación de un escritor. Excepto las películas históricas.

Estados Unidos gruño exasperado — ¡¿Parece que estoy bromeando, México?! No estoy mintiendo, he estado repitiendo este maldito día desde hace meses, años tal vez décadas.

México no sabía que pensar, una parte de ella quería mandarlo a la mierda, no entendía la situación lo cual la tenía frustrada. Pero había algo en la mirada de Alfred que gritaba una completa honestidad en sus palabras, el cansancio y la locura que se ahogaban en el mar azul de sus irises. En caso de que fuera verdad ¿qué podría hacer? México no era una hechicera como lo es Inglaterra, Noruega o Rumania, ni tan sabia como China ni tan inteligente como Chile o Japón...

Lo único que sabía de bucles de tiempo era de películas de dos horas de duración. Pero todas coincidían en una verdad, la forma de romper con el ciclo del día de la marmota era lograr una meta que el protagonista se estableció en el inicio, aunque no de la forma en que quería.

La otra cosa que la molestaba era la declaración de amor de Estados Unidos, si era verdad lo que estaba diciendo, lo que quería de ella no era su amor, si no que algo fuera diferente, que si aceptaba su propuesta el infierno que estaba viviendo se detendría. Alfred solo la busco por eso y fin del asunto... Solamente eso ¿verdad?

— Dijiste que nunca he dicho que sí, ¿verdad? Entonces... sí, sí quiero ir a una cita contigo.

— Tú... aceptaste... ¡lo hiciste! — Alfred tomó el rostro de Rosalía entre sus manos, viéndola con adoración — ¡Dijiste que sí! ¡Eres increíble!

México se removió en su posición con su rostro demasiado cerca del estadounidense extasiado — States, suéltame.

Su petición cayó en oídos sordos.

— ¡Finalmente esto sucedió! ¡Desde un inicio debí actuar como un completo loco para que aceptaras! Mierda ¿por qué no lo intenté antes? De hecho, lo hice... pero eso no salió tan bien ¡Todo se detendrá! ¡Finalmente volveré a vivir un día y luego otro y otro! ¡Todos diferentes!

La mujer saboreaba el aliento del hombre sobre su cara, México lo miró preocupada y divertida por esa reacción, de repente Alfred la soltó y comenzó a saltar y reír de alegría sin importarle derribar las pilas de papel.

Rosalía se rio un poco en voz baja — Ta' bien me alegro por ti. No tenías que armarme todo este show para que te dijera que sí, si hubieras llegado con un paquete de tortillas hasta una ceremonia de boda nos habría organizado.

Estados Unidos se le quedó mirando por un momento, con una mezcla de sentimientos que México no fue capaz de identificar — Aceptaste. Nosotros... tendremos una cita ¡Una cita! Lo planee todo hace tanto tiempo ¿qué era? ¡Cena y una película en el cine! Reserve toda la sala de cine para que pudieras comentar libremente, sé que te gusta hacer eso. Y ya hice las reservas, estaba bastante seguro de que aceptarías. Es esta noche, te recogeré a las 5:00.

Con eso Estados Unidos se fue con una gran sonrisa en el rostro por la puerta. México esperaba que lo que atormentaba a su vecino, al fin haya terminado. Bueno, ahora tendría que buscar un vestido.

[ ... ]

"Otra vez" pensó con irritación e ira al despertarse nuevamente con el sonido de los golpes en su puerta que parecían tratar de derrumbarla. Suspiró, rodó por la cama y estiró una de sus piernas tratando de encontrar una de sus pantuflas. El sol acariciaba el cielo con unos pequeños rayos de sol, aparentemente no tenían nada mejor que hacer que llamar su atención en un fin de semana.

Al encontrar sus pantuflas pudo levantarse de la cama, pararse para ponerse de pie y bajó las escaleras, observo de reojo ese montón de trastes sucios que no lavo el día anterior. Las pilas de documentos esparcidos por la habitación que debería haber limpiado ayer. Abrió la puerta sin importarle verse indecente, preparando mentalmente su ataque a la persona que la despertó, se detuvo cuando vio a Estados Unidos llorando, viéndose aún más roto que el día anterior.

— ¿Q-Qué paso? ¡¿Estas bien?! — preguntó México, choco su mano contra su frente al ver el estado angustiado de su vecino — Que pregunta más pendeja, claro que no lo estas, ¿te paso algo? ¿tu jefe hizo otra estupidez de nuevo? ¿Qué ocurre?

— No te acuerdas, sé que no lo haces y eso me duele... Rosie, yo...

Rosalía interrumpió el balbuceo trayéndolo a un abrazo, apoyó su cabeza escuchando la respiración errática de Alfred— ¿De qué no me acuerdo?

El estadounidense acepto el gesto, sollozando dijo — Salimos a nuestra cita ayer... a una cena en ese restaurante que acaba de abrir, y-y... después yo, nosotros... nosotros, fuimos al cine a ver-

— Al, me acuerdo de todo eso — interrumpiendo por segunda vez con una sonrisa dulce, Rosalía se separó un poco del abrazo, bueno, lo más que podía permitirse por la fuerza en que Estados Unidos la tenía envuelta — Fue realmente divertido, deberíamos hacerlo mucho más seguido. No esperaba que fueras tan... dulce y atento. No creo que lo pueda olvidar.

México sintió los músculos del hombre tensarse y el llanto se detuvo en seco. Vio los ojos azules mirándola como si fuera la primera vez con su mandíbula abierta. Estuvieron un rato en silencio, ella pensó que era porque se dio cuenta de la locura que estaba diciendo... eso fue hasta que la aparto repentinamente y saco de uno de los bolsillos de su chaqueta, dos trozos de papel doblados — Esto lo encontré en mi mesa en la mañana... lo siento... en verdad lo siento, México.

La voz de Estados Unidos se quebró, las amargas lágrimas comenzaron a rodar de nuevo por sus mejillas, cerrando sus ojos con fuerza.

México dio un grito ahogado cuando reconoció la textura del papel, el color y el formato de éstas de las manos sin guantes de Alfred. De color azul pastel con blanco, en las cuales se leía la hora de la función, el número de asiento y el logo del cine. Todo marcado para esta noche. Una función de cine a la que recordaba muy claramente haber asistido ayer, donde uno de los trabajadores rompió esas entradas al entrar a la sala.

La mujer morena entro deprisa a su cada dejando atrás al rubio, revolvió todo en su sillón buscando el control de la televisión, lanzó los cojines en su búsqueda rompiendo algunos jarrones que tuvieron la desdicha de ser alcanzados por uno de éstos. Al encontrarlo, presiono el botón rojo de encendido.

Las noticias eran las mismas de ayer...

Misma fecha. Alfred tocó el hombro de la mortificada Rosalía.

— Estás atrapada conmigo ahora... lo siento mucho.