Cronopios del autor: Gracias por leerme.
ADVERTENCIA: Yaoi.
Descarga de responsabilidad: Ya lo saben, esto no es mío, ojalá lo fuera.
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Jazz, balas y champagne.
Por St. Yukiona.
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Samuel Smith, el zorro.
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—¿Cuál es tu nombre? —pregunta el inspector mientras el muchacho frente a él sigue encuadrado, está frente a alguien importante. No se ha presentado el inspector pero lo sabe, el muchacho lo sabe por el modo en que llegó a interrumpir la práctica de tiro, la forma presurosa en que el instructor lo llamó y sus gesticulaciones generales, la atmósfera que lo rodea y en que todos se mueven alrededor de él.
—Samuel Smith —responde casi de inmediato, sus ojos azules se fijan en los pequeños del mayor. Los ojos del hombre parecen pequeños botones incrustados en una cara dura, la nariz grande sobresale más que otra cosa y el ceño fruncido parece parte del rostro general, el de los ojos azules no puede imaginarse esa cara sin esa arruga entre sus cejas.
—¿Cuál es tu nombre, maldito bastardo? —exige nuevamente el inspector y el menor sale de sus pensamientos, también frunce el ceño.
—Samuel Smith —repite convencido, con tranquilidad y sereno, lo ha practicado tantas veces al espejo durante tanto tiempo que es algo natural para él, y no es como si mintiera, pues desde hace muchos años él es Samuel Smith, jamás ha titubeado, ni siquiera cuando fue llevado a la primaria del distrito en Brooklyn donde su madre lo llevó a vivir con sus otros dos hermanos. Traga saliva porque los pequeños ojos parecen afilarse y un escalofrio lo recorre.
—Tu maldito verdadero nombre, bastardo.
Pocas cosas le dan miedo a Samuel, no obstante se da cuenta que el sujeto frente a él está entrando a la lista de temores cuando se descubre conteniendo la respiración. Misma que exhala y vuelve a inhalar, el mayor no desistirá y Samuel se siente acorralado, se siente un poco perdido porque peleó toda una guerra para llegar hasta donde está pero... no hay más.
—Viktor Nikiforov —responde.
—¿Cómo? —el hombre de los ojos pequeños que es apenas un poco más alto que él, robusto y con un penetrante aliento amargo y cigarrillos acerca su oreja hasta los labios del menor.
—Viktor Nikiforov, señor —responde el de los ojos claros.
—Viktor, basura, Nikiforov... porque eres un cerdo comunista... ¿o eres una basura imperialista? —reza el inspector.
—No soy un cerdo comunista, ni una basura imperialista... —Viktor, que antes se llamaba Samuel no se mueve aunque aprieta los puños, responde con tanta calma como es posible.
—Que tu maldita raza aría son unos cerdos comunistas y el resto son basu- —el hombre queda con media palabra a decir, pues ha intentado sacar su fuete para disciplinar al contrario, pero Viktor le apunta con el arma debajo del mentón. El mayor siente la presión del cañón de la pistola contra la parte blanca de la mandíbula y no puede evitar sonreír.
El joven de ojos claros baja el arma cuando el contrario muestra sus manos en señal de rendición.
—Viktor Nikiforov, ese nombre me gusta más, zorro astuto... después de la guerra ser ruso ganó sus puntos en nuestro mundillo —reza con seriedad extendiendo su mano hacia el cadete—. Bienvenido al Departamento del Tesoro de los Estados Unidos.
—Se-señor —masculla sin poder entender lo que estaba ocurrido.
—Inspector Yakov Feltsman —aprietan sus manos y el mayor enciende un cigarrillo—. Por algún motivo los malditos americanos confían su dinero en los extranjeros que en sus propios connacionales.
Viktor no puede evitar reírse suavemente.
—Si en algo le sirvo, señor, ahí estaré... —no puede evitar dejar de sonreír.
—Mañana preséntate a las ocho de la mañana —dice Yakov y el otro ruso asiente.
Regresa a la práctica el Viktor mientras que se acomoda el pants deportivo que es el uniforme de entrenamiento policiaco, es de un gris oscuro, un gris rata, dicen.
—Le dije que Smith es todo un prodigio —comenta el instructor. Y Yakov asiente dando una larga calada a su cigarrillo—. En todas las áreas es un prodigio.
El cadete vuelve a su flanco, y se pone en posición, hay un fulgor en su pecho que bombea adrenalina a todo su cuerpo, se siente entre nubes y un hormigueo especial en sus dedos. Apenas termine la práctica correrá a llamar a Lilia, a su madre, para informarle que antes de graduarse ya tiene una asignación, y no cualquiera, era en el Departamento del Tesoro. Los disparos estallan uno tras otro y no falla ni un sólo tiro.
Yakov da la última calada a su cigarrillo antes de tirar la colilla al piso, donde lo pisa para apagarlo y salir de la sala de tiro, las balas estallando le están reventando los oídos. Se coloca su sombrero sobre su cabeza calva y acomodó la gabardina marrón. Afuera llovía y alguien tenía a Ella Fitzgerald a todo volumen en su megáfono musical.
Son los años 20's y hay Jazz, balas y champagne en el aire.
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St. Yukiona.
Quien los ama de corazón, pulmón y páncreas.
