"Aquí está", me dije después de rebuscar en las profundidades de mi armario, sacando una camiseta negra un par de tallas más grande y hundiendo la cara en ella, disfrutando de la suavidad de la tela.

Me cambié de ropa y me fui directo a la cama. Por lo general leía un rato o estudiaba por las noches, pero estaba demasiado cansado. Las clases de ese día habían sido en extremo tediosas.

Me acomodé bajo las mantas y acerqué la camiseta de nuevo a la nariz. Aún olía como él.


La luna ya estaba en lo más alto para cuando oí abrirse la puerta. Sus rayos apenas se colaban por la ventana.

Permaneció allí un momento, tal vez para verificar que no hubiese nadie en el pasillo. El silencio en el colegio a esas horas era casi absoluto, solo roto por los ronquidos de mi compañero de junto.

"No puedes morirte en silencio, ¿verdad?", pensé. "Maldita sea, pareces una motosierra".

El otro rió por lo bajo y cerró la puerta tras de sí. Todo estaba bien, nadie iba a molestarlo.

Sentí sus pasos sobre el suelo de madera, casi imperceptibles. Podría haberse ahorrado el tiempo dando un par de zancadas hasta mí, pero creo que no le habría parecido divertido. Después de todo, el preludio es lo que le excita: lo inevitable, el saber que estoy ahí, el que YO sepa que está ahí, y aun así no poder escapar… o negarme.

El colchón se hundió bajo su peso, y con una lentitud casi agobiante se inclinó sobre mí.

— ¿Duermes? –me susurró, inclinándose sobre mí con una lentitud casi agobiante, y el colchón se hundió bajo su peso.

No dije nada, como cada noche. Ya sabía la respuesta, así que no tenía sentido contestar.

Se deslizó bajo la sábana y me abrazó por detrás. Pude sentir su aliento en la nuca, su respiración se entrecortaba. Ya no aguantaba más; y yo tampoco.

— Date la vuelta, no me gusta hacértelo mientras finges que estás dormido –me dijo mientras su mano se colaba entre mi ropa.

Desobedecer no era una opción. Algo en su voz me decía que lo hiciera.

— Al menos quítate eso –reproché, señalando la venda en su cabeza–. Es molesto no saber si me estás mirando o no.

— ¿Ah, sí? –preguntó con un sutil tono de arrogancia. Quizás pensó que era porque me gustaban sus ojos. Después de todo, son hermosos, y eso no lo niega nadie. Ni azules, ni celestes; sino más bien como si alguien hubiese arrancado un fragmento del cielo y se los hubiese puesto en los ojos.

En realidad, mi fetiche, por llamarlo de alguna manera, pasa por otro lado; por el hecho de sentirme observado. El verme reflejado en ellos y que sus pupilas se dilaten por mí; que vea cada mueca y cada gesto es algo que me enciende.

— ¿Mejor? –preguntó él con descaro.

Posé mis labios sobre los suyos en un beso ligero, nada especial. Sólo quería que se callara.

Metí la lengua en su boca y lo tomé por la nuca. Tenía un regusto dulce, como casi siempre. Él también entrelazó la suya y nos enzarzamos en una apasionada lucha por la supremacía. Sin embargo, no importaba cuánto peleara, sabía que al final yo saldría perdiendo.

No pude evitar gemir al sentir su mano dentro de mi pantalón.

— ¿Ya está despierto? –preguntó con una estúpida sonrisa en la cara, de esas que hacen que quiera golpearlo, metiendo su mano dentro de mi pantalón.

"Por supuesto", quería decirle, sin poder evitar gemir. La claridad de sus ojos, la suavidad de sus manos, el calor de su cuerpo, la dulzura de su boca, hasta la estupidez de sus palabras hacían que algo en mi interior se agitara.

— Hoy estás más caliente de lo habitual –observó– ¿Pasó algo?

Lo besé de nuevo y, en un arrebato de deseo, introduje mi mano en su pantalón, al igual que lo hizo conmigo.

También estaba duro, podía sentirlo palpitar bajo mis dedos. Moví un poco la mano por todo lo largo, despacio, hasta notar que comenzaba a humedecerse, para luego hacerlo un poco más rápido, sintiendo una pequeña punzada de orgullo en cuanto lo oí gemir junto a mi oreja mientras se frotaba contra mí.

Yo me corrí primero, y él llegó al éxtasis poco después. Jamás lo había hecho de esa forma; se sintió tan bien haberle dado el mismo placer que él solía darme.

Lo miré con lo que me pareció que era una mezcla de satisfacción y picardía, quitando la mano y limpiándome con las sábanas.

— Eso estuvo delicioso –dijo con una seductora sonrisa, lamiéndose los dedos con lujuria–. ¿Con quién has estado "entrenando"?

— No necesito un compañero para practicar –le dije, intuyendo a qué venía la pregunta, y lo más probable era que quisiera saber si me acostaba con alguien más–. Con imaginarte me alcanza y me sobra –agregué.

Hubo un momento incómodo de silencio, en el que abrí los ojos de golpe, comprendiendo lo que había dicho. Claramente olvidé conectar mi lengua al cerebro antes de hablar.

— ¿De verdad? –preguntó, ampliando aún más su sonrisa, mostrando toda una hilera de dientes perfectos–. ¿Piensas en mí cuando te tocas, Megumi?

Se recostó sobre mí y atacó mi cuello como si de repente se hubiera convertido en un vampiro.

— ¿Y qué tal lo hago en tus sueños? –preguntó entre besos, siguiendo la línea de la mandíbula.

"Ni te imaginas", quería decirle.

— Olvídalo –respondí en su lugar.

— Ni pensarlo, ahora quiero saber –siguió bajando por la clavícula hasta que la camiseta amenazó con estorbarle, así que terminó en el piso, como lo hizo mi pantalón unos segundos después–. Cuéntame alguna de tus fantasías.

— Lo pides como si fuera un cuento para dormir.

— "Cuentos eróticos para antes de dormir", por Megumi Fushiguro. Me encanta ese título; ya quiero mi copia autografiada.

— Tiene que ser una broma

— Mejor aún –agregó, sin escuchar ni una palabra de lo que le decía–. ¿Qué tal si tú me cuentas alguna de tus fantasías, y yo las convierto en realidad? Será divertido.

— Ni se te ocurra. Ambos sabemos lo extraño que es tu concepto de "diversión" –la perspectiva de representar con él algunos de mis "escenarios" me revolvía el estómago, pero no estaba muy seguro del porqué.

— No importa si es cursi o violenta. Seguro que tienes alguna salvaje en tu repertorio ––continuó, desvistiéndose también–. Cuéntame alguna de tus fantasías más sucias –pidió, relamiéndose–. Prometo que me portaré bien; no haré nada que no quieras, y me detendré si te hace sentir incómodo. No voy a lastimarte.

"Le dijo el lobo a caperucita", pensé.

— Entonces, no te molestará que continúe hasta que se te ocurra alguna, ¿verdad? –preguntó, bajando aún más.

— ¡Espera! –grité de pronto, cuando sentí su boca cerrándose a mi alrededor, poniendo una de mis piernas sobre su hombro–. Por favor… No… No quiero que termine así… –enredé mis dedos en su cabello. Tan fino, tan suave, tan blanco que contrastaba contra mi piel. Nunca me había fijado en eso.

— De acuerdo –dijo, besándome la cara interna del muslo–. Tal vez podríamos… intercambiar notas. Tú me cuentas una de las tuyas, y yo te cuento una de las mías. ¿Qué opinas?

Suspiré y me eché sobre la almohada, tratando de enfocarme en algún punto del techo para no pensar en lo que estaba a punto de hacer.

— Siempre… Siempre has tenido un lado salvaje –dije con lentitud–. No lo sacas a menudo, pero ahí está. Yo, quizás más que nadie, sé que existe, lo he visto. Sólo lo dejas salir cuando luchas, tal vez como una vía de escape para no herir a otros –tragué antes de continuar. Todo el cuerpo me temblaba mientras sentía su mirada sobre mí, expectante–. A veces… fantaseo con que lo dejas salir conmigo. Que me atrapas en algún lugar a solas, me arrancas la ropa y me haces el amor con violencia –tuve la sensación de que toda la sangre se me iba a la cara; estaba mareado. Pero, por alguna razón, hablar de eso se me hacía cada vez más fácil–. El solo pensar en tu cuerpo sobre el mío, metiéndote a la fuerza, obligándome a ser tuyo, mientras grito, suplicando que te detengas, hace que me ponga duro de deseo.

— Muy provocativo –comentó, sonriendo–. Podríamos probar algún día, si quieres.

Se puso sobre mí y me besó de nuevo, la misma maniobra que usaba siempre para distraerme de sus dedos que pujaban por entrar. Primero uno, luego el segundo. Dicen que uno se acostumbra, que pasado un tiempo, la capacidad de relajación de los músculos de esa zona aumenta, pero ese todavía no era mi caso.

"Un par de cogidas más, y tal vez ya no necesitemos hacer esto", me había dicho entonces. A lo que respondí, con toda la vergüenza y la estúpida inocencia del mundo, que era una lástima, porque realmente me gustaba.

— Me prometiste una de las tuyas –le recordé, sin dejar de besarlo, volviendo a enterrar mis manos en su cabello.

— ¿Recuerdas esa vez que lo hicimos en la sala de entrenamiento? Creo que nunca te lo mencioné, pero Yuji nos estaba observando. Y estoy en condiciones de decirte, por el tiempo que se quedó ahí parado, que lo disfrutó casi tanto como nosotros.

— ¿¡Qué!? –exclamé horrorizado. Entré en pánico; la sola idea de que mi amigo me pescara cogiendo con nuestro profesor me helaba la sangre –. ¿¡Lo sabías y aún así seguiste como si nada!?

— No habría cambiado nada; ya nos había visto. Además, estaba demasiado caliente como para detenerme; ni siquiera estaba pensando. Lo único que quería era tenerte y, quizás, invitarlo a jugar con nosotros. No a Yuji, claro; él es un buen chico, me cae bien y lo adoro; pero no me imagino intimando con él de la misma forma que contigo. Quería que "el otro" nos acompañara.

— No hablas en serio.

— En general no soy una persona egoísta; no tengo problemas en compartir. Excepto a tí; eres la única persona en el mundo que no entregaría a nadie.

— Pero no tendrías problemas en compartirme con ese demonio –dije ofendido.

Una media sonrisa se dibujó en su rostro, incomodándome aún más.

— Date la vuelta –dijo por lo bajo, retirándose un poco.

Le di la espalda, poniéndome de rodillas y respirando con dificultad. No era precisamente mi posición preferida. Las veces que lo habíamos hecho de esa forma fueron apremiantes, frívolas y hasta violentas. Hacía que me sintiera usado.

Me tomó por la cintura y me atrajo hacia sí, penetrándome despacio. Me aferré a las sábanas y arqueé la espalda al sentir la presión. Abrí la boca, pero de ella no salió ningún sonido.

Esperó un momento para que me acostumbrara a él, mientras me acariciaba los muslos.

— Le dejaría participar, sólo si promete jugar limpio –comenzó a moverse despacio, sujetándome con firmeza–. Que te besara, que te tocara… que te poseyera –el ritmo aumentó cada vez más, alternando embestidas rápidas y cortas con otras más lentas y profundas–. Podríamos tomar turnos contigo –agregó, y casi pude adivinar una sonrisa en su rostro.

Odié admitirlo, pero aquella retorcida imagen comenzó a gustarme. La idea de estar atrapado entre ellos, que me sometieran e hicieran lo que quisieran conmigo me excitaba.

Podía oír nuestras pieles chocando. El sudor me caía a mares por la frente. Las sábanas estaban sucias y mojadas debajo de nosotros. En un momento me alarmó el escuchar cómo la cama crujía y rechinaba, rogando que no se oyera hasta la habitación de al lado.

Estaba a punto de venirme con eso en mente, y él pareció darse cuenta, porque salió de adentro de mí y apretó la punta de mi miembro para evitar que me corriera.

— Aún no termino contigo –dijo en un desagradable tono, casi sádico.

— No… –musité, dejándome caer. Me dolían las rodillas y las muñecas; y era evidente que no planeaba acabar pronto.

Esperó un momento antes de volver a penetrarme, esta vez con más fuerza.

— Podríamos hacértelo al mismo tiempo –continuó, apoyándose con una mano y sujetándome por la barbilla con la otra–. Devorarte y saborear tu esencia es lo máximo que le permitiría hacer antes de dejarte ir.

— ¡Para! ¡No tan fuerte! –supliqué, aferrándome a los barrotes de la cama, gimiendo sin control.

— Mientras sigo embistiéndote hasta terminar dentro de tí, sólo para hacerle saber que eres y seguirás siendo mío. Te gustaría eso, ¿no? Que le demuestre que me perteneces.

El éxtasis llegó como una oleada, deliciosamente intenso. Mi cuerpo temblaba con violencia debajo del suyo, mientras se corría en mi interior.

Se quedó quieto un momento, tratando de recuperar el aliento antes de desplomarse a mi lado.

— ¿Estás bien? –preguntó, ya más tranquilo, apartándome el pelo húmedo de los ojos.

Asentí en silencio, acomodándome entre sus brazos.

— Me gusta cuando haces eso –confesé, y él me miró extrañado, sin entender muy bien a qué me refería–. Que me preguntes si estoy bien. Me hace sentir que de verdad te preocupas por mí, sin importar lo que hagamos.

— Entonces lo haré siempre –respondió sonriendo–. Y sí, me preocupo por tí; siempre lo he hecho –me besó en la frente y luego en los labios, esta vez de forma suave y considerada, dulce, atrayéndome hacia su cuerpo para que pudiera descansar sobre su pecho. Podía escuchar los latidos de su corazón; primero acelerados y luego cada vez más lentos, pausados. Es curioso, no creí que tuviera uno.

— Buenas noches –dijo somnoliento, y yo le respondí de igual forma.

Pero la verdad era que no quería dormirme, porque sabía que al despertar ya no estaría allí.


El reloj sonó como un cañonazo al día siguiente. La cabeza me daba vueltas y sentía que no había descansado nada.

"Carajo", pensé al ver las sábanas húmedas y pegajosas, y la ropa tirada en el piso. Traté de voltearme cuando se me terminó el colchón y me di de bruces contra el piso. Debí haberme enredado con las sábanas mientras dormía. Había tenido sueños húmedos antes, pero no tan vívidos como ese.

— ¡Fushiguro! –gritaron desde la habitación de al lado–. ¿Estás bien? Oí un golpe.

— Es muy temprano para andar haciendo ruido –respondí, pero al instante me arrepentí de eso. Itadori siempre se preocupaba por los demás de forma genuina–. Descuida, estoy bien.

— Hoy es día libre, así que Kugisaki y yo iremos a la ciudad, ¿vienes? –casi podía ver sus ojos de perrito a través de la pared.

Suspiré sonoramente y me froté el entrecejo. Kugisaki debió engatusarlo con la promesa de ir a comer, para luego usarlo para acarrear todas sus compras hasta aquí. Iluso.

— De acuerdo, porqué no –dije al final– ¡Pero yo elijo dónde almorzar esta vez! –agregué, recordando lo insulsa que había sido la comida la última vez que ellos escogieron el lugar.

— ¡Hecho! –exclamó entusiasmado, antes de salir corriendo para desayunar.

Me limpié, me vestí de prisa y saqué las sábanas para ponerlas en el cesto de la ropa sucia; podría ponerlas a lavar al regreso. Nadie tendría que enterarse.

Salí lo más callado que pude de mi dormitorio, y de camino al comedor me topé con Kugisaki atravesando el pasillo con la misma delicadeza de un elefante, con una actitud de pocos amigos que me disuadió siquiera de saludarla.

— Buenos días –dijo Itadori en su lugar, con una cara tan larga que pensé que se la iba a pisar.

— Buenos días –respondí–. ¿Qué ocurre?

— Misión de último minuto –informó, bostezando y rascándose la cabeza–. Contábamos con que el profe volvería mañana, pero se adelantó. Supongo que saldremos otro día –agregó, alejándose también.

Lo había olvidado. Al profesor Gojo le habían asignado una misión especial, así que había estado fuera el día anterior.

— ¡Si terminan antes seguiremos teniendo tiempo para holgazanear! –exclamó Gojo alegremente, yendo tras Itadori a grandes pasos y con las manos en los bolsillos, tan fresco como una lechuga–. Hola –dijo, deteniéndose ante mí.

— Buenos días –contesté–. No pensé que volvería tan pronto.

— Yo tampoco; pero terminé antes, así que no tenía sentido ausentarme más tiempo ¿Y tú? ¿Estás bien, Megumi? –quiso saber. No podía ver sus ojos a través de la venda, pero podría jurar que me estaba escudriñando con la mirada–. No dormiste bien anoche.

— Estoy bien –respondí, algo confundido.

— Si estás cansado, puedes quedarte. Ya habrá más misiones.

— Estoy bien —repetí, tratando de no irritarme más.

— ¿Qué pasó anoche? —preguntó, acercándose más y poniendo los brazos a ambos lado de mi cuerpo, acorralándome contra la pared.

— No hagas eso –exigí, tratando de quitármelo de encima–. Teníamos un trato. Nada de exhibiciones en lugares públicos.

— No hay nadie cerca –se justificó, queriendo besarme, pero giré la cabeza para evitarlo, y él se ensaño con mi oreja a modo de castigo–. No respondiste mi pregunta. Tu fantasía debió haber sido fantástica para hacerte gemir tanto. Usar prendas de otra persona para dormir tiene efectos muy curiosos.

— Yo no… Espera, ¿qué? –me frené un instante antes de seguir discutiendo ¿Cómo es que sabía eso?

— Te veías tan bien en mi ropa.

— ¿Me observaste mientras dormía? Eso es tenebroso –esquivé otro de sus intentos por besarme y él gruñó frustrado, yendo por mi cuello esta vez.

— Las cortinas no dejan nada a la imaginación –me agarró del cabello y me forzó a exponer aún más el cuello–. Me debatí todo el tiempo entre quedarme ahí observándote o entrar y tomarte en ese instante –me clavó los dientes en la piel, dejando una marca que luego tendría que esmerarme en ocultar–. ¿Tienes idea de lo frustrante que es tener que buscar alivio por mi cuenta, mientras te retorcías de placer en tu cama, gritando mi nombre?

— No tienes vergüenza –le espeté, dejando que hiciera lo que quisiera, sintiendo su mano en mi espalda, apretándome contra él–. Pareces un acosador; un pervertido. Mira que estar tocándote mientras me espías –añadí, tanteando la pared con frenesí, buscando la puerta más cercana.

— Si vienen les dices que no te sientes bien, o cualquier otra excusa que se te ocurra –me ordenó impaciente, quitándose el abrigo–. No les importará si llegas un poco tarde.

— No… Creo que no… –le dije sonriendo, dando por fin con la manija y arrastrándolo al interior de la habitación.