Capítulo 39: Sirius Black


Era un cuarto bastante estrecho y obscuro, con apenas una antorcha por muro iluminando el lugar. La Jefa de la Aplicación de la Ley Mágica, Amelia Bones, se encontraba sentada frente a un escritorio con dos magos, posiblemente aurores, a cada lado, haciendo de guarda-espaldas.

Frente a ella, un hombre delgado, con un cabello largo y tan desmarañado como su barba, estaba sentado con las manos esposadas a su espalda. Su cabeza gacha apuntaba hacia el suelo, pero su mirada permanecía bastante vigorosa y desafiante.

— Admito que me sorprende el estado en que aún está, señor Black — dijo la mujer, con algo de desdén. — Pese a los años, aún está bastante cuerdo, a diferencia de cómo quedan varios con sólo unas semanas…

— Hay cosas que los dementores no pueden quitar, señora Bones — respondió el otro, con una sonrisa ladeada.

— Posiblemente tenga razón, y sería algo digno de reconocer — concluyó la otra. — Muy bien. Yendo directo al grano, ¿puede decirme qué fue exactamente lo que ocurrió durante el mediodía del primero de Noviembre de 1981?

— Lo mismo que he tratado de decir desde que me capturaron. Lo mismo que traté de decirle al bastardo de Barty Crouch cuando me envió a Azkaban sin siquiera un juicio — gruñó el hombre. — Yo perseguí al traidor Peter Pettigrew hasta que logré dar con él en una localidad cercana a Godric's Hollow. Al darse cuenta de que no tenía escapatoria, gritó a viva voz que yo fui quien mató a los Potter antes de usar la maldición explosiva, Confringo Máxima quizás, haciendo una explosión lo suficientemente grande como para permitirle escapar…

— Pero encontramos uno de sus dedos… — interrumpió la mujer.

— Seguramente se lo cortó para despistar. Él es un animago no registrado, capaz de convertirse en una rata; no me extrañaría que se hubiera escapado entre las cañerías — replicó el prisionero, gruñendo nuevamente.

— Un animago no registrado, igual que usted, ¿no?

— Dudo que en estos momentos yo no esté registrado… — dijo el otro, con molestia.

— Ciertamente pagó el tiempo de prisión con sobra, pero aún le falta pagar la multa monetaria — dijo Amelia Bones, con un todo algo presumido.

— Con gusto pagaría dos veces el valor de la multa antes que volver a Azkaban. Ahora, ¿podría decirme por qué me han sacado de allí y me han traído hasta el Ministerio de Magia? No creo que para darme falsas esperanzas… — zanjó el hombre.

— Oh, no. Es más bien para verificar cierta información que nos ha llegado — respondió la otra. — Claramente no podemos reparar lo ocurrido, pero es posible devolverle la libertad y su estatus si así lo prefiriera.

— Sí por mí fuera, hasta les ayudaría a atrapar a ese desgraciado que alguna vez llamé mi amigo… — sonrió Black, con un tono bastante sombrío.

— Eso ya lo veremos. Por ahora, dejaré constancia de que, a partir de esta fecha y hora, usted ha quedado en libertad y que se iniciarán las investigaciones necesarias para buscar a Peter Pettigrew, vivo o muerto — zanjó la mujer con una siniestra sonrisa. — Ahora, tiene una visita. Por favor, compórtese. Tenga un buen día.

Y, sin más, la mujer tomó sus cosas y salió por la puerta que abrió un tercer auror, que estaba apostado junto al umbral. La luz que había al otro lado era deslumbrante y encegueció por unos instantes al prisionero, quien todavía permanecía esposado en su asiento, vigilado por el par de aurores.

A través del umbral, como una silueta asomándose en la luz, entraron un hombre y un muchacho, y cerraron la puerta tras ellos. El chico se mantuvo oculto en las sombras mientras el otro se acercó al prisionero.

— Sirius Black… — dijo el recién llegado al tiempo que su rostro se hacía visible.

— ¡Tú…! — exclamó el aludido con una mezcla entre sorpresa y rabia. — ¿Qué crees que haces aquí, Snape?

— Pues he venido a liberarte… y podrás imaginarte que la idea no me gusta en absoluto. De ser por mí, habría dejado que te pudrieras en tu pequeño rincón de Azkaban — respondió el otro, con rabia. — Pero Harry insistió en que…

— ¿Harry? ¿Qué tienes que ver tú con Harry? — gruñó Sirius, con preocupación.

— Soy su tutor legal…

— ¿Su tutor? ¡Ja! Como si fuera posible… Tú odias a James tanto como me odias a mí. ¿Acaso esperas que yo crea que…?

— ¡Es la última voluntad de Lily! — bramó Snape, silenciando al otro. — Y no sólo eso… El testamento de James expuso muchas cosas que Harry no pudo evitar preguntar, y yo tuve que explicárselas — contextualizó. —Así que, ahora entenderás, que es su deseo el que yo interceda en liberarte.

— Como si fuera a creerte… — siguió gruñendo Sirius. — Seguro lo estas usando para después vengarte de mí, tal como podrías estarte vengando de James a través del él, pobre muchacho inocente… ¡Preferiría volver a Azkaban que ser liberado por una escoria como tú!

— Bueno, si es lo que crees, ¿por qué no se lo dices en persona? — zanjó el otro, haciendo un ademán para que Harry saliera de las sombras y se acercara.

El rostro de Sirius se deformó, pasando de la ira a un rostro lleno de compasión. Su corazón se estremeció con agradables recuerdos de su amigo al ver cómo su hijo se le parecía tanto.

— ¿Harry? — soltó, con un tono bastante dulce. — Oh, Dios, eres igual a tu padre…

— ¡No diga eso! — exclamó el chico, apartando la mirada. — ¿Quién le dio permiso para hablarme de esa manera? ¡Yo sé qué clase de persona es! ¡Sé qué clase de persona es mi padre! ¡Ambos me dan asco!

— Pero Harry… soy tu padrino… — continuó Sirius, perplejo. — Tu padre me dejó a mi cuidado.

— Mi padre puede decidir o pensar muchas cosas, pero usted necesitará mucho más que eso para ganar mi confianza — respondió Harry, mirándolo fijamente con el ceño fruncido. — Sí he insistido a mi tutor de que le ayude a recuperar su libertad es porque creo fielmente en que es lo que mi madre hubiera querido, nada más.

Entonces el otro bajó la mirada, derrotado. Snape le hizo una seña a uno de los aurores y éste soltó las esposas, liberando finalmente al prisionero.

— Bien. Sé que es mucho pedir, pero… ¿Por qué no mejor nos acompañas de vuelta a tu casa? — dijo Snape, forzando un tono amable. — Te das un baño, te pones algo de ropa limpia, y damos esto por zanjado, ¿sí?

Aún con la cabeza gacha, Sirius asintió y se puso de pie, siguiendo a los otros dos hacia el exterior de la habitación.

La luz lo encegueció tanto como el aire limpio lo embriagó. Los pasillos del Ministerio de Magia estaban ajetreados y llenos de ruido como siempre, mientras distintos magos iban y venían con una enorme cantidad de labores. Los pilares de mármol negro con detalles dorados resaltaban y daban elegancia al lugar mientras los pasos de Snape y Harry hacían eco por el lugar.

Uno de los auror puso un manto sobre la espalda de Sirius, cubriendo sus deplorables harapos, mientras lo escoltaba a seguir a sus liberadores. No tardaron en salir del ala de Justicia del Ministerio y encaminarse hasta las chimeneas de la Red Floo.

Era cerca del mediodía cuando los tres llegaron a la abandonada residencia Black en Londres, en el número doce de Grimmauld Place. El lugar estaba en pésimas condiciones, pero tenía las ventanas abiertas con tal de que se ventilara, aunque fuera un poco.

— Bien, bienvenido de vuelta — dijo Snape, toscamente. — Traté de limpiarla un poco, pero deshacerme de doxies y boggarts terminó utilizando la mayoría de mi tiempo. Eso sin mencionar que tuve que cubrir un retrato muy desagradable…

— Gracias — respondió Sirius con el ceño fruncido. — Todo esto no sería necesario si Kreacher hubiera hecho su trabajo.

— ¡Ja! Hacer mi trabajo, como si él tuviera voz en esta casa — se escuchó una voz en un rincón, por donde apareció un anciano y muy malhumorado duende doméstico. — Si la ama aún estuviera con vida, ya los habría expulsado, ¡si señor! La casa estaría en gloria como en aquellos tiempos…

— ¡Deja de farfullar, Kreacher, y vuelve a tus labores!

Pero el duende doméstico no le hizo caso. Siguió balbuceando sandeces contra los sangre-sucia y cómo el traidor contra la familia fue debidamente expulsado, pero que volvió para apoderarse de la casa ahora que su ama no estaba. Sirius no tomó su reacción de buena manera y mascullaba maldiciones entre dientes.

— Deberías aprender a valerte sin tu esclavo — dijo Harry, molesto. — Tratar así a una criatura anciana… No eres mejor que los Malfoy.

Y sin esperar a la reacción de Sirius, el chico se alejó, buscando algo que hacer.

— Déjalo. Él tiene muy claro cuáles cosas le agradan y cuáles no; verte como un abusivo, que lo eres, le quita todo el buen ánimo de su corazón — zanjó Snape, con seriedad. — Ahora, insisto, ve a darte un buen baño, que apestas más que esta misma casa…

— Te crees muy listo, ¿no?

— Para nada. Pero puedo llevarte de vuelta al Ministerio, para que ellos determinen cómo cuidarte mejor…

Ambos hombres se quedaron mirando fijamente unos instantes, sus ojos chispeando en el encuentro, hasta que Sirius finalmente desvió la mirada y se dirigió hacia las escaleras.

Harry se quedó mirando hacia las calles de Londres a través de la ventana, mientras su mente tenía un vaivén constante de pensamientos.

— ¿Te arrepientes de haberlo liberado? — dijo Snape, acercándose.

— Ningún inocente merece ser aprisionado injustamente — respondió Harry, con suavidad. — Pero para mí no es mejor persona que Dudley, y esa sola idea me causa mucha rabia…

— A mí igual, pero si tú confías en que el juicio compasivo de tu madre puede sacar lo mejor de los demás, entonces quizás merece una oportunidad de redención — concluyó, frunciendo un poco el ceño.

— Él sabe quién traicionó a mis padres… al menos eso debería servir para algo…

— Sí, pero deja que otros se hagan cargo de eso. Tu deber es continuar en Hogwarts y ser quien quieres ser; no te dejes atar en algo tan vacuo como la venganza…

— Pero usted… ¿Acaso no querría vengarse de aquellos que pasaron años haciéndole mal? — preguntó Harry, volteándose para mirar directamente a los ojos de su tutor.

— Sí, pero también quiero ser mejor — respondió Snape, ablandando su mirada, — no sólo por mí o porque tu madre me lo pidió en su última voluntad… sino para ayudarte a ser una mejor persona, mejor que cualquiera.

Harry sonrió ante la respuesta y se alejó de la ventana para poder así ayudar a su tutor a mover algunas cosas mientras el otro realizaba algunos encantamientos de limpieza y así poner a punto, aunque fuera un poco, la desolada casa.

Kreacher, el viejo duende doméstico, iba y venía de vez en cuando, balbuceando cosas, pero parecía más a gusto al ver la casa en mejores condiciones que como estaba antes de la llegada de aquellos que no fueron invitados.

No pasó mucho más tiempo cuando Sirius volvió a reunirse con Harry y Snape, mucho más acicalado, aunque no tan ordenado, vistiendo unas ropas algo elegantes pese a su apariencia antigua.

— Vaya, ahora sí que te ves más presentable — dijo Snape, con tono burlón. — Pero la duda es, ¿permanecerás aquí? ¿Qué planes tienes a futuro?

— Di lo que quieras — respondió toscamente el otro. — Además, ¿qué te hace creer que responderé esas preguntas?

— Lo sacamos de Azkaban, e incluso le ayudamos a volver a su casa… creo que nos debe al menos la cortesía de responder nuestras preguntas — interrumpió Harry, de mala gana, lo que sorprendió un poco a Sirius e hizo que se mordiera un poco su lengua.

— Muy bien. Tienes razón — dijo, mirando al menor. — Sí, permaneceré aquí… aunque yo escapé de casa aún estudiando en Hogwarts, mi madre no me desheredó oficialmente; retomaré mi posición como Black y arreglaré un poco esta familia, especialmente expulsando a los Death Eaters que aún se ligan a la casa Black.

— Te refieres a… — comenzó a pensar en voz alta Snape.

— Sí, a ella — zanjó el otro. — Con eso debilitaremos en algo al enemigo y aseguraremos una fuerte alianza para Harry. ¿No te parece adecuado?

— ¿Y cómo pretendes hacerlo? No tienes posición alguna realmente — preguntó Snape, con algo de escepticismo.

— Bueno, eso seguramente tú ya lo tienes pensado. Soy el último miembro de la casa Black que aún porta su apellido, por lo que soy el único miembro apto para heredar el manto de Lord — respondió Sirius, con una chispa sagaz en sus ojos. — Primero debo reemplazar la varita que rompieron en mi sentencia, luego recuperar mis maestrías, y entonces apelar por mi posición…

— Aun así, trata de descansar y recuperarte lo más posible — acotó Snape. — No quiero imaginar el daño que dejó en tu cuerpo y mente los años en prisión… sin mencionar a los dementores.

Sirius frunció el ceño y miró fijamente al otro, pero al cabo de un rato asintió. Snape entonces hizo un leve ademán con su cabeza y comenzó a alejarse, con Harry siguiéndolo.

Sirius acompañó al par hasta la salida de la casa y se despidió con un "Muchas gracias por todo…" lleno de sentimientos encontrados.

El camino de vuelta fue bastante silencioso… pero, por alguna razón, igualmente se sintió como un día reconfortante.


Notas (breves) de autor:

Hola! Hemos vuelto!

Después de nuestra pausa habitual, y a punto de iniciar el segundo semestre del año, les entregamos este nuevo capítulo. Como siempre, muchísimas gracias a todos los que pasan y leen esta modesta idea.

En este capítulo ya se puede ver el primer cambio importante respecto a la historia de la autora original, J.K. Rowling, siguiendo los pasos de lo que fue el capítulo anterior. Con esto, muchas cosas serán diferentes...

Saludos y nos vemos en el próximo capítulo!