Hermione levantó el cepillo para intentar controlar su indomable cabello, en momentos como este extrañaba más que nunca a su varita. Hoy sería el día donde tendría que regresar a Hogwarts. Se había levantado temprano con la excusa de asegurarse de tener todo listo, pero por dentro ella sabía que su mayor razón para haberlo hecho era porque siempre tardaba mucho con sus rizos.
Ella nunca admitiría cuánto tiempo tardó, pero al final se decidió por bajar a desayunar.
La señora Granger la observó de reojo cuando bajó de las escaleras, ella se hallaba con un sartén en la mano e intentaba voltear un huevo revuelto.
—Buenos días —saludó su madre cuando ella se sentó en uno de los bancos de la barra—. ¿Estás emocionada?
En realidad ella todavía no sabía la respuesta a eso. Lo estaba, claro, pero también sentía nostalgia; cada vez faltaba menos para que su aventura en Hogwarts se terminara y eso la agobiaba.
Hermione suspiró.
—Estoy feliz de regresar —contestó—, pero me asusta pensar que cada vez queda menos para graduarme. No sé qué haré cuando no vea a mis amigos.
Su madre apagó el sartén y luego tomó una servilleta para limpiarse las manos. Se acercó a su hija y sonrió.
—Seguro encontrarán alguna manera de seguir en contacto —dijo, y luego alzó la voz para llamar a su esposo. Sacudió el cabello de Hermione unos segundos antes de regresar a la cocina y ella se arrepintió de haber pasado horas frente al espejo para aplacar unos rizos que su madre ahora se había encargado de destruir.
•••
Mientras iban camino a King's Cross, Hermione iba mirando a la ventana, sólo observando cómo pasaba el mundo muggle. Era curioso, pues después de tanto tiempo estando en el mundo mágico, ahora ella se sentía como una extraña en este lugar, algunas veces incluida su casa.
Giró su mirada hacia delante, para mirar a las dos personas que tanto amaba. Siempre había tenido excelente relación con sus padres, ellos la querían y apreciaban mucho. Aunque aún así, se llevaba mucho mejor con el señor Granger, él era más comprensivo y cariñoso, sin mencionar que la llamaba «mi princesa» cada vez que podía. Su madre también la quería y todo, pero muchas veces chocaban en conducta, ya que ambas tenían el mismo carácter y eso algunas veces les ocasionaba problemas.
Y entonces volvía el ciclo, porque cada vez que iban para la estación, Hermione deseaba regresar a su casa, queriendo quedarse más tiempo con sus padres. Era un bucle del cual no podía salir, aunque procuraba disfrutar el momento mientras iban en camino.
Cuando llegaron, su padre bajó su baúl y la jaula de Crookshanks, y luego comenzaron a avanzar hacia el andén nueve y tres cuartos. Ella nunca olvidaría la emoción que sintió cuando cruzó la barrera por primera vez.
—Bueno —Jean Granger dijo cuando se posaron delante de dicha barrera—, aquí nos despedimos, cariño.
A los padres de Hermione no les gustaba atravesar la barrera porque se sentían muy agobiados en el mundo mágico, así que siempre la dejaban cruzar sola. Cosa que ella nunca entendió realmente pero tampoco presionó en el tema.
Como la persona sentimental que era, se apresuró a envolver a sus padres en un abrazo antes de que sus ojos comenzaran a picar. Apretó más de lo necesario.
—Los extrañaré —murmuró, casi inaudible.
Su padre la miró con una sonrisa cuando se separaron, y luego de que su madre dijera un «Escríbenos cada vez que puedas», ella tomó su baúl y lo arrastró delante de ella cuando corrió hasta la barrera que dividía el andén.
Mentiría si dijera que la primera vez no pensó que chocaría.
El ya conocido sonido de la locomotora del expreso de Hogwarts le hizo sacar una sonrisa. A lo largo de los años, el colegio se había convertido en su segunda casa.
Emocionada, comenzó a caminar en busca de Harry y Ron. Apenas habían pasado dos meses desde la última vez que los vio, pero de igual manera quería encontrarlos cuanto antes. Casi llegando al final de la plataforma, pudo notar unos cuantos pares de cabezas pelirrojas. Sonrió satisfecha y luego se acercó.
—¡Hermione! —llamó la señora Weasley en cuanto pudo divisarla. Varias cabezas más se giraron hacia ella, pero la madre fue más rápida y se apresuró a tomar a la morena entre sus brazos.
—También me alegro de verla, señora Weasley —respondió aún entre sus brazos y con la voz ahogada. Ginny también la abrazó cuando su madre se separó de ella.
—¿Qué tal te fue con ese surtido de artículos de broma que enviamos, Hermione? —preguntó George.
—Excelente, aunque casi le dio un infarto a mi madre cuando vio que uno explotó —contestó con una ligera y casi tímida risa.
Ambos gemelos se miraron entre sí.
—Cierto... —dijo Fred—. Olvidamos decirte que cuando no se abre rápidamente, explota.
—Pequeño detallito —añadió su gemelo.
Hermione sonrió, restándole importancia, incluso cuando en el momento a su madre casi se le salió el corazón por la garganta.
—¿Dónde están Harry y Ron? —preguntó a Ginny cuando la familia volvió a distraerse.
—Ya han subido —le contestó—. Dijeron que querían apartar el lugar de siempre. Supongo que los de Slytherin tienen algo qué ver con ello.
Hermione rápidamente recordó que Ron se molestó mucho cuando el año pasado, Draco Malfoy y sus amigos tomaron el compartimiento que ellos siempre usaban.
—Deberíamos subir ya —avisó la pelirroja justo cuando el silbato del tren sonó.
Molly se despidió de su hija, y luego dio un último abrazo a Hermione. Fred y George dijeron una última broma que hizo ruborizar a ambas chicas y se despidieron soltando besos al aire cuando estas subieron al expreso.
—¿Quieres venir con nosotros? —preguntó Hermione a Ginny cuando llegaron a la mitad del pasillo.
Ella negó.
—No —contestó econ una sonrisa amable—, iré con Dean esta vez.
—Bien, entonces nos vemos después.
—Adiós —replicó mientras se alejaba al lado contrario.
Hermione comenzó a avanzar hasta el último compartimiento, que era donde siempre viajaban. Pero justo cuando estuvo por llegar, un compartimento más cercano se abrió de golpe. De él salió Crabbe, de Slytherin. Se posó delante de ella, impidiéndole seguir caminando debido a su robusto cuerpo. La morena reprimió un resoplido sólo porque no tenía ganas de discutir.
—Que te quede claro que nosotros sabemos jugar mejor —soltó de la nada, acercándose demasiado para el gusto de Hermione.
—¿De qué hablas? —preguntó guardándose una rodada de ojos.
—Potter y la Comadreja —contestó obvio, y no hizo falta que dijera algo más para que ella entendiera de qué estaba hablando. De repente le pareció demasiado infantil las 'peleas' que habían entre las casas.
Alzó una ceja.
—Oh, ¿te refieres a que ellos sí tuvieron algo de cerebro y optaron por ganar el compartimiento?
Tampoco era que ella fuera así de grosera e impulsiva, pero Crabbe siempre había sido una persona desagradable para ella y en estos momentos lo único que quería era llegar al compartimiento con sus amigos. Mientras él siguiera delante suyo, no podría.
Crabbe apretó sus puños, y la morena mantuvo su expresión neutra a pesar de que quiso enumerarle las mil y un razones de por qué esa era una horrible señal.
De pronto, alguien dentro del compartimiento de donde este había salido, bufó.
—Por favor, Crabbe —espetó la tenue voz de Draco Malfoy, como si estuviera dando un paseo al parque—, no dejes que te gane alguien tan insignificante como ella.
Hermione giró su mirada hacia donde provenía su voz. Malfoy estaba en el asiento de la ventana, solo con su vista pegada a un libro que leía, parecía que estaba muy atento a su lectura como para prestar atención a otra cosa. Luego, regresó su mirada al chico que tenía delante, viéndolo desafiante.
—Bueno —dijo—, si no se te ocurre una mejor réplica, entonces podrías dejarme pasar.
Estuvo a punto de decir «Por favor», pero se mordió el labio antes de hacerlo. Cuando vio que Crabbe no se movió, se dignó a simplemente rodearlo y seguir avanzando.
Llegó hasta el final del tren y luego abrió el compartimiento de golpe, haciendo saltar ligeramente a sus dos amigos por la brusquedad.
—¡Hey! —protestó Ron.
—Lo siento —se disculpó Hermione mientras se dejaba caer sobre el asiento con un largo y sonoro resoplido.
Harry y Ron, quienes estaban acostumbrados a los entusiastas saludos de Hermione cada vez que regresaban del verano para después bombardearlos con preguntas sobre si habían hecho o no sus deberes, al verla simplemente entrar y dejarse caer sobre el asiento, supieron que algo había pasado.
Tampoco fue muy difícil de adivinar.
—¿Malfoy, cierto? —preguntó Harry, casi con un tono de voz cansado.
—No exactamente —respondió—, pero sí.
—Mi fantasía es golpear a Malfoy —dijo Ron, haciendo fruncir el ceño a Hermione y Harry al escucharlo. Él sólo se encogió como defensa—. No pueden negar que lo tiene muy merecido.
Hermione negó con la cabeza.
—No debes rebajarte a su nivel.
—No me interesan los niveles, Hermione. Juro que ese idiota me está sacando canas verdes...
—No golpearás a nadie, Ron —demandó ella, y eso fue suficiente para que el pelirrojo se diera por vencido.
—¿Y tú si pudiste hacerlo en tercer grado? —murmuró en voz muy baja, casi inaudible.
—¿Qué?
—¡Nada! —Ron levantó ambas manos en señal de rendición, y luego regresó a su plática con el azabache.
No hubo más sobre el tema. El transcurso a Hogwarts pasó rápido. Hermione estuvo leyendo sus libros de nuevo curso (hábito que siempre tenía), mientras que Harry y Ron jugaron naipes explosivos (ganándose muchas quejas por parte de Hermione cada vez que la distraían en algo importante de su lectura).
No lo dijo, pero estuvo feliz de volverlos a ver. Aunque estaba segura de que ellos ya lo sabían.
•••
Para cuando el expreso arribó en la estación de Hogsmeade, el trío se dispuso a bajar y tomar los carruajes que llevaban al castillo. Cosa que les llevó un poco más del tiempo previsto debido a que Ron se puso histérico porque no encontraba a Pig, quien se había perdido en el equipaje. Harry y Ron tuvieron que esperarlo mientras veían con nostalgia cómo los carruajes se iban llenando cada vez más rápido.
Cuando por fin lograron hallar a Pig (quien todo el tiempo estuvo dormido entre el abrigo de Ron), los tres casi corrieron hasta los carruajes con la esperanza de alcanzar uno y no regresar caminando.
—Ni lo piensen, no está pasando —Una voz resaltó entre los faroles de la noche cuando se acercaban a la estación.
Apenas con la poca luz, Hermione logró ver que, para la mala suerte del trío, sólo quedaba un carruaje, y era el mismo que estaba montando por Malfoy, Pansy, Crabbe y Goyle.
Hermione apenas escuchó una risita burlona y no hizo faltar pensar para reconocer que era de Malfoy.
—No me subiré con ellos —protestó cuando estuvieron demasiado cerca del transporte.
—Es el último carruaje —replicó el encargado de la estación—. Suben juntos, o se van caminando.
El hombrecillo apuró a Hermione, Harry y Ron a subir al transporte, sin siquiera darles tiempo de protestar, por lo que antes de que alguno pudiera decir nada, ya se hallaban frente a los Slytherin con una mirada terriblemente incómoda.
—No —espetó Goyle de repente mientras bajaba del carruaje—. Prefiero irme caminando a subirme con ellos.
Crabbe hizo lo mismo.
—¿Qué están haciendo, idiotas? —dijo Pansy, y la vaga respuesta pasó por la mente de la morena—. Si nos bajamos nosotros, les estaremos dejando el carruaje a ellos solos.
A Hermione no le pareció mala idea.
—Mejor —Ella escuchó a Ron replicar en voz baja.
—Mejor será que te calles, Weasley —Malfoy demandó con voz aburrida y mirando al pueblo, como si los que estaban delante suyo no fueran lo suficientemente importantes como para mirarlos.
—¿Qué si no?
—¿Podríamos simplemente subirnos todos para así llegar más rápido al castillo? —intervino Hermione justo a tiempo y subiendo el tono de voz para acallar la discusión que estaba por venir.
Pero Crabbe y Goyle no subieron. Se quedaron plantados en el suelo. Ambos miraban a Pansy y Malfoy, insistiendo con la mirada a que ellos también bajaran. El rubio pareció sentir los ojos del dúo, porque se giró hacia ellos y alzó una ceja.
—No bajaré —dijo—. Que ellos lo hagan, porque yo no.
—Me quedo igual —Pansy se encogió de hombros y luego sacó algo redondo de su túnica y se lo llevó a la boca. El sonido del mascar rápidamente llegó a los oídos de todos.
Por instinto y por ley, Hermione y Ron miraron a Harry.
—No voy a bajar tampoco —decidió este al captar la mirada de sus amigos.
—Bien —habló el hombrecillo, cansado de la conversación y dirigiéndose a Crabbe y Goyle—, entonces si no subirán, el carruaje ya puede irse.
Dio un ligero traqueteo a la parte trasera del vagón y el carruaje comenzó a andar. Tal vez fue honrado, o tal vez fue estúpido, pero el par de amigos no quisieron subirse y decidieron llegar a pie.
El transcurso de Hogsmeade a Hogwarts fue en un silencio extremadamente incómodo para el gusto de Hermione, aunque internamente agradeció que no se hubieran matado en el camino. Pero a decir verdad, el ambiente era tan tenso que la morena tragó saliva más de unas diez veces. Cualquier sonido le ponía los pelos de punta a todos, y por más ganas que tenía Hermione de bostezar, las reprimía, pues todos mantenían un silencio mortal. Definitivamente, por más que ella lo intentara (aunque tampoco era como que quisiera), los Gryffindor y los Slytherin jamás se llevarían bien.
Arribaron a Hogwarts después de una hora. Todos bajaron en cuanto tuvieron la oportunidad, había sido demasiado incómodo para el gusto de los demás. Luego, cada grupo se separó y avanzó a zancadas hacia el gran castillo. Pansy y Malfoy actuaron como si ellos no existieran cuando tomaron sus cosas.
El trío hizo lo mismo y luego avanzó.
—Me sorprendió que no estuviera molestando en el camino —dijo Ron una vez estuvieron lo suficientemente lejos del par Slytherin.
—Fue el silencio más incómodo que tuve en toda mi vida —soltó Hermione, sintiendo que ahora podía respirar con tranquilidad.
—¿Se imaginan compartir casa con ellos? —Harry preguntó con inocencia—. Gryffindor y Slytherin compartiendo espacio día y noche, conviviendo con ellos. Sería una tortura.
—Por favor, Harry —suplicó Hermione, acallándolo con un bufido—, ni siquiera lo pienses. Tienes tan mala suerte que puede hacerse realidad y, pormás que intento imaginarme siendo amiga de un Slytherin, no logro obtenerlo.
—Bueno... —canturreó Ron con burla—, tampoco es como que tengas una muy buena imaginación, ¿cierto?
Hermione le dio un codazo en su estómago con una mirada molesta. Iba a protestar, diciendo que si ella quería podía tener una buena imaginación, pero al levantar la vista hacia el Lago Negro, algo captó su atención.
—¿Qué es eso? —preguntó apuntando con el dedo.
Ambos se giraron a ver, y luego ambos fruncieron el ceño.
—Es un barco —respondió Ron.
—Vaya —dijo Hermione, resistiendo el impulso de rodar los ojos—, me alegra que me hayas sacado de la duda.
Él se encogió de hombros.
—No es nada.
—¿Por qué estaría un barco en Hogwarts? —preguntó Harry mientras avanzaba, ignorando las infantiles burlas de ambos.
—Ni idea —respondió Hermione, avanzando detrás de él junto a Ron—, pero será mejor que nos apresuremos a entrar. Nos hemos quedado solos aquí afuera.
—Sí —coincidió Ron—, no quiero encontrarme con Crabbe y Goyle.
Harry y Hermione rieron.
•••
Dumbledore se paró justo en el pupitre donde siempre daba sus anuncios al inicio de cada curso. Los murmullos del Gran Salón fueron callando poco a poco hasta que todos guardaron silencio. Aunque Hermione tuvo que darle un manotazo a Harry y Ron para que dejaran de hablar y prestaran atención.
—¡Bienvenidos a Hogwarts nuestros nuevos alumnos! —dijo el director con una pequeña pero intelectual sonrisa—. Y a los que no son nuevos, ¡bienvenidos también!
El lugar retumbó en aplausos, y el hombre alzó una mano para recuperar al silencio antes de volver a hablar.
—Antes de comenzar el banquete me gustaría dar un importante anuncio que aclarará sus dudas. Muchos se preguntan el por qué hay un barco mágico varado fuera de nuestras instalaciones; la respuesta es fácil y sencilla. Ustedes saben, que Hogwarts no es el único colegio de magia, y en estos momentos está ocurriendo un guerra tanto mágica como muggle en Bulgaria, así que se nos ha pedido hospedar al colegio de Durmstrang aquí en nuestro castillo durante el tiempo que exista esa guerra. Así que demos una cálida bienvenida a nuestros nuevos huéspedes.
Todo el colegio, entre confusión y emoción (más la primera), comenzó a aplaudir, al mismo tiempo que los alumnos entraban por la puerta. Pero eran demasiados, había desde los más pequeños hasta los más grandes. Hermione ni siquiera imaginó cómo todos ellos podrían vivir en un barco el tiempo que tuvieran que quedarse. De repente se sintió tonta cuando otra cosa se le ocurrió.
Después de una breve pero emocionante presentación de los alumnos más grandes de Durmstrang, quedaron de pie en la entrada, sin saber qué hacer. Todo el Gran Salón volvió a posar su mirada en Dumbledore.
—Como bien he dicho —habló este una vez la atención volvió a él—, no se sabe cuánto tiempo durará su guerra, así que lo único en que podemos ayudar es siendo unos buenos anfitriones. Por tanto, los alumnos de Durmstrang tomarán posesión de las casas de Gryffindor y Ravenclaw, que son las más grandes para...
El discurso del director ya no se pudo escuchar debido a los abucheos que surgieron entre esas casas, reclamando que era injusto. Incluso Hermione lo creía, le dolía que sería arrebatada de su hogar, aunque también se sintió culpable y egoísta ya que no estaba mostrando mucha calidez hacia invitados que sufrían una guerra en su país.
—¡Silencio! —espetó el profesor, haciendo que todo el Gran Comedor volviera a callar — Repito de nuevo: debemos ser buenos anfitriones. Tomaremos esta oportunidad para juntar nuestras casas.
—Oh... —Fue lo único que Hermione pudo decir y automáticamente pasó su mirada a Harry, quien se había encogido lentamente en su lugar apenas escuchó lo que dijo el director.
—No les estoy pidiendo su permiso —aclaró el director con voz tranquila, aunque lo suficientemente alta para que todos escucharan—. Todo esto se hace por una buena causa. Profesora McGonagall, ¿podría hacerme el favor?
La mujer se acercó a Dumbledore con una pequeña bolsa en manos.
—Los primeros dos colores que saque, serán las casas que tendrán que convivir entre sí —explicó él—. Tendrán que compartir sala común, pero seguirán teniendo sus clases por separado.
El director metió su mano en la bolsa al mismo tiempo que un Ron colorado desviaba también su vista hacia Harry.
—Te juro, Harry —murmuró—, que si nos toca con Slytherin, te mato.
Dumbledore sacó dos fichas: una color amarillo y una azul. Ron bufó, al igual que todo Gryffindor y Slytherin, pues sabían que esos colores significaban que las casa restantes tendrían que convivir.
Por primera vez, Hermione quiso maldecir a Harry, él siempre tenía un presentimiento que no duraba en hacerse realidad.
El director sonrió.
—Bueno —dijo—, esto será interesante. Ravenclaw con Hufflepuff, y Gryffindor con Slytherin.
