Un repaso de la vida de Alemania, desde los tiempos de la Guerra de Sucesión España (principios del 1700) hasta la firma del Tratado de Versalles (28 de junio de 1919), y su relación con Inglaterra y Francia. Aunque el romance no es lo principal, sí que lo hay entre otros personajes.
Y eso me quedó mucho más largo de lo que pretendía en un inicio.
CAPÍTULO ÚNICO: Feindlich
Ludwig seguía rememorando a Brandemburgo con bastante claridad.
Era una mujer con los mismos ojos de tonalidad azul pálida, como él, aunque su cabello era tan negro como el ébano. Ludwig recordaba que, después de despertarse en medio del campo, sin ninguna referencia de quién era, se había encontrado con un batallón de hombres con vestimenta extraña y que, a su vez, se le antojó bastante familiar.
Ellos le preguntaron algo que él supo que debería entender, pero sus ojos parecían taponados, y no terminaba de escucharlos bien.
Entonces, el batallón de hombres se había separado ante el grito de alguien que había sonado bastante claro en sus oídos. Sus ojos azul pálido habían coincidido con los carmesí del hombre albino, que había alzado su ceja y puesto sus brazos en jarras.
—¿Quién eres? —le había preguntado, con su voz potente atravesando las barreras.
La respuesta había salido de sus labios sin que él pudiese siquiera controlarse:
—Tú deberías saberlo, Preußen. —Prusia se había quedado mirándolo, sorprendido, y había fruncido ligeramente el ceño. Pocos segundos después, repitió la pregunta, y de sus labios salió la misma respuesta.
Prusia se había adelantado hacia él, y este, por instinto dada a la agresividad de sus pasos, se había cubierto con sus pequeños brazos. Sin embargo, el primer gesto que había tenido Prusia con él no había sido agresivo. Él sintió la calidad de su mano sobre su cabello rubio, y apartó ligeramente sus brazos de encima de él.
—No sé tu nombre, pero creo que sí que sé qué eres.
El hombre le había ofrecido su mano, pidiéndole que le acompañara. Y él la había puesto sobre la suya, porque era lo que le había pedido su cuerpo. Prusia, aunque en ese momento solo lo llamaba «Herr» por miedo a que su amabilidad desapareciese en cuanto le faltase al respeto, lo había montado en la parte delantera de su montura y se había subido al caballo.
El pequeño no había pensado ni por un momento que aquello que pudiese hacer estuviese mal. De hecho, conforme más tiempo pasaba con él, más se daba cuenta de la calidez que le brindaba el hombre.
Este le hizo unas cuantas preguntas por el camino:
—¿Tienes familia? —Su respuesta había sido un inmediato «No lo recuerdo»—. ¿Recuerdas algo siquiera? —«No más allá de despertarme solo en el bosque… Her»—. ¿Por qué dijiste que yo debería saber quién eres?
—¿No lo sabe, Herr? —había cuestionado él, permitiendo que la decepción se filtrase en su voz.
Pero había dicho…
Prusia había inspirado hondo.
—Sé lo que eres, que es lo mismo que yo y el resto de reinos; una representación humana de las gentes de su reino y de sus tierras. —El término le había resultado bastante abstracto desde el principio—. Sin embargo, no sé qué territorio en concreto. ¿Sientes… no sé, alguna clase de conexión con… no sé, algo?
Con sus gentes, quiso decir, al mismo tiempo que una chispa le recorría de la cabeza a los pies y le hacía estremecerse. Prusia no preguntó qué le había ocurrido mientras aceleraba el ritmo de su corcel.
Él no supo cuándo el ritmo hipnótico que había adoptado el caballo había hecho que se durmiese, solo que, al abrir sus ojos, ya no estaban en medio del bosque. Ya no había árboles, sino una enorme edificación de ladrillo ante sus ojos.
—Ya hemos llegado —había señalado Prusia, y, en cuanto él había alzado su barbilla, había encontrado una sonrisa orgullosa en su rostro. Sus ojos habían brillado con una chispa… extraña, pero él no se había aterrorizado de la misma manera que antes. Confiaba en él.
Había detenido al caballo ante un pequeño establo improvisado, donde se había bajado, insistiéndole en que se quedase ahí, y había amarrado las riendas a una de las barras. Después, había rodeado su cintura con sus brazos y le había dejado en el suelo.
—¿Esa es tu… su casa, Herr? —había cuestionado, en cuanto Prusia había comenzado a caminar hacia la puerta. Él había puesto un dedo sobre sus propios labios, chistando sobre ellos.
—Aquí dentro te vas a encontrar a una de las bestias más peligrosas. —Un escalofrío recorrió su columna vertebral—. Así que guarda silencio y permíteme que yo me adentre primero en las profundidades del castillo, ¿de acuerdo? —Él asintió con la cabeza. Después de lo que le había dicho, se iba a quedar ahí clavado. Prusia había abierto la puerta—. Liebling! ¡Tenemos visita!
Él le había mirado, confuso. Y después había dado unos pasitos hacia la puerta, encontrándose con una estancia vacía.
—Herr…
Prusia se había puesto los dedos sobre sus labios.
—Espera un momento.
Y, entonces, había conocido a Brandemburgo. Estaba con el ceño fruncido y los brazos en jarra cuando acudió al encuentro de ambos.
—¿Pero tú no se suponía que volverías en mucho tiempo? —había cuestionado ella—. ¿Qué ha pasado con la campaña? ¿Ya no es interesante la Guerra de Sucesión o qué?
Prusia había bufado, apoyando una mano en la mesa de la entrada y la otra en el hombro de muchacho.
—Mira, Liebling.
La mujer había puesto los ojos en blanco.
—Gilbert, que no me llames… —Ella, en medio de aquel arrebato, había fijado sus ojos en el muchacho, frunciendo ligeramente el ceño—. ¿Quién es el Kind? —Prusia se había encogido de hombros—. ¿Lo has secuestrado en medio de la nada? Por favor, que tenemos nuestros límites…
Prusia le había puesto una mano en su espalda, empujando al muchacho hacia delante.
—Ven aquí, Erika. Este Kind es, ahora mismo, un cambio importante en la geopolítica de Europa.
Ella había abierto sus ojos con bastante amplitud, entendiendo qué era lo que le quería decir. El niño, sin embargo, seguía siendo desconocedor de todo lo que le estaban queriendo decir. Y no lo comprendería hasta más adelante.
—Ven aquí, Kind —lo había llamado la mujer—. Vamos a cambiarte esas ropas y a ponerte algo más presentable, además de darte un baño. Gilbert…
—¿Me bañarás tú, Liebling? —le había cuestionado él, poniendo su mano sobre su pecho.
La mujer había soltado un bufido.
—Vamos, Kind. Y deja de comportarte como un niño, Gilbert.
—¿Mi nombre es Kind? —había preguntado él, frunciendo sus labios. Estaba algo celoso de que, mientras que él no tenía ninguna clase de nombre, Prusia y la mujer estuviesen recibiendo dos. Quería saber quién era, quería tener una manera con la que poder referirse a sí mismo.
Erika se había arrodillado ante él, negando con la cabeza.
—No… —Ella había inspirado hondo, comenzando a frotar su dedo gordo contra su mejilla—. ¿Sabes qué? Ya que no sabemos quién eres todavía, ¿te gustaría que te llamásemos de una manera… humana?
¿Qué significaba eso?
—Friedrich o Wilhelm —había propuesto Prusia, caminando hacia Brandemburgo y poniendo su mano sobre su mentón.
La mujer lo había fulminado con la mirada.
—No, por favor, que parece que no hay otros nombres alemanes. —Había devuelto sus ojos hacia él, con cierta ternura—. ¿Qué te parece… Ludwig, por ejemplo?
Prusia había bufado.
—No, por favor, que ya pareces Österreich. No pienso permitir que el Kind lleve el nombre de un músico.
Brandemburgo había ampliado su sonrisa.
—Ludwig entonces. Yo soy Erika, o Brandenburg, y el idiota que te ha acompañado hasta aquí es Gilbert, o Preußen. Bienvenido a la familia.
—Esperemos no tener que presentárselo a todos —había mascullado Gilbert, inspirando hondo. Al contemplar que Ludwig lo estaba mirando, él le dirigió una de sus sonrisas—. Venga, Ludwig, vete con Erika. Te prometo que no podrás estar en mejores manos.
.
La primera vez que había conocido a Francia había sido mientras caminaba por Berlín junto a Erika. Durante sus primeros años de vida, 30 por el momento, se había percatado de bastantes cosas.
Gilbert casi siempre era el que salía a luchar «en batallas» y el que volvía ensangrentado, pero había veces en las que Erika también lo hacía. Personalmente, Ludwig prefería cuando ambos estaban en casa y no se tenía que preocupar por cómo volvería cada uno.
Otra cosa de la que se había percatado era de que, por más que Erika y Gilbert habían insistido en que los llamase «hermanos mayores», ambos tenían una relación que se salía de la simple fraternidad. Tanto entre ellos como con Ludwig.
Desde luego, era consciente de que los hermanos no se deberían llamar «Liebling» entre sí, y tampoco intercambiar ciertos gestos como una mano en los muslos del otro y cejas alzadas. Un día, había dado un paso al frente y se lo había preguntado a Prusia.
—No somos realmente hermanos de sangre; ninguno de los que se llaman así entre ellos lo es —le había explicado Gilbert—, y tampoco consideramos que lo seamos. Ella es la «tierna» mujer con la que quedé unido desde el momento en el que decidieron anexarme a sus tierras.
—¿Y yo?
—Tú eres nuestro hermano pequeño, tontorrón.
Y, a pesar de que Ludwig sentía que debía decir algo respecto a eso, más que nada porque las demás personas que lo conocían, como la criada, suponían que debía de ser el hijo del matrimonio, no lo hizo.
Ser su hermano pequeño estaba igual de bien.
Erika le había preguntado, al encontrarlo muy aburrido leyéndose el nuevo libro que Gilbert le había entregado, si quería acompañarla al Palacio Real en Berlín. Ludwig había bajado el libro que tenía ante él de inmediato, mirándola con los mejores ojos de cachorrito que pudo hacer.
—¿Puedo? —le preguntó—. ¿No resultaré una molestia?
Erika se había reído.
—Por supuesto que no, tontorrón. Esto segura de que al rey Friedrich le encantará verte. —El Rey tendía a ser bastante amable con él. Le dejaba estar en las reuniones militares, incluso aunque Ludwig no entendiese nada de lo que estaban hablando, y les decía a las criadas que le diesen dulces. Que era un niño y que debía crecer como uno.
El Rey parecía un tío que le estaba todo el rato consintiendo.
A veces le preguntaba si Gilbert o Erika, llamándolos Prusia y Brandemburgo, por supuesto, se estaban portando bien con él. Ludwig asentía con la cabeza; ¿qué más podía pedir? Tenía todo lo que necesitaba; una familia y un hogar al que siempre volver.
Después de que le hubiese acomodado su ropa, además del pequeño pañuelo en su cuello, se habían encaminado hacia el Palacio del Rey. En cierto momento, justo cuando caminaban entre aquellos jardines, Erika se había detenido y había apretado su mano.
—Ten cuidado, ¿vale?
Y Ludwig no sabía a qué había venido eso hasta que se habían encontrado a un hombre rubio. Lo primero que había llamado su atención habían sido aquellos ojos azules, que brillaban de una forma que hicieron que Ludwig tragase saliva, además la sonrisa que llevaba bajo aquel pequeño bigote dorado; amplia, como la de un gato.
El abrigo azul con los bordados dorados y la maravillosa calidad y longitud de sus mechones rizados, que llegaban más allá de sus hombros, y sus zapatos brillantes no hacían más que remarcarle que debía de ser importante.
—Bonjour, Brandenburg.
Erika soltó un gruñido a modo de respuesta.
—¿Qué haces aquí, Francia?
Francia había puesto sus dedos, que no le había visto relajar, sobre sus labios.
—Bueno, beneficiaros, por supuesto. L'Autriche no quiere daros lo que os debe, ¿eh? Pues vengo a ayudaros. —Ludwig se acordó de Austria; aquel hombre con aspecto de delgaducho de ojos violetas, un lunar bajo la comisura izquierda de su labio y cabello castaño rojizo. Sintió el impulso de decir que su hermano no necesitaba ayuda contra él, pero Erika apretó su mano justo cuando el hombre dejó caer sus ojos sobre Ludwig. Él tragó saliva—. ¿Y quién es este petit enfant? Nadie me ha dicho que había un nuevo descendiente de Germania correteando por aquí.
—Quizá porque no es asunto tuyo, Francia.
Él alzó su ceja. Había algo en la simple manera de comportarse del hombre que le ponía los pelos de punta.
—¿Ah, no, Brandemburgo? ¿Por qué? Podría limitar con mis tierras. ¿Acaso eso no sería asunto mío? Además, me gusta disponer de una buena información de todos aquellos que me rodean. No te preocupes, Brandemburgo, no tengo una atención especial en mi pareja favorita; estoy seguro de que l'Espagne y l'Angleterre reciben muchas más visitas de mi parte.
—Frankreich! —El escuchar el grito de Gilbert le hizo demasiado feliz. El hombre apartó sus ojos azules de él, girando su cabeza hacia la figura de su hermano—. ¡No fue ahí donde te pedí que te reunieses conmigo!
Francia levantó sus manos de una manera inocente.
—Ups. Me perdí. —Por las caras de sus hermanos, ninguno de los dos se había creído lo que les estaba diciendo el francés. Él devolvió sus ojos hacia Erika y Ludwig por un momento, frunciendo sus labios—. Un placer conocerte…
La presión de la mano de Erika le recordó que era mejor que no dijese nada. Los nombres humanos no era algo que debiesen intercambiar entre reinos, no si no se confiaba en ellos. Y no confiaba en Francia.
—West —respondió Gilbert.
—¿Westfalia? —Francia frunció el ceño.
—Solo West. —El tono de Erika fue cortante.
El francés se encogió de hombros.
—De acuerdo. Solo West.
Y, a continuación, por fin, el hombre se alejó de ellos, pegándose a su hermano. Ludwig arrugó la nariz, notando la manera en la que trataba de poner sus manos sobre su hombro o su brazo, como si no fuese capaz de sobrevivir sin el contacto.
—Lo has hecho muy bien, Ludwig. Sé que no tiene que ser fácil enfrentarse a un reino como Francia, y más por primera vez.
Ludwig inspiró hondo, girando su rostro para mirar a su hermana con los labios fruncidos.
—¿Gilbert debe volver a irse a la guerra?
Erika bajó sus ojos hacia el suelo.
—Sí. Pero no dudes que, si va a la guerra, es para traernos beneficios a ambos. Esos territorios nos pertenecen, y, cuanto más grande seamos, mejor será para ti, ¿no lo crees, Ludwig? Y has hecho muy bien al recordar lo que te he dicho sobre los nombres. Cada territorio se debe referir a otro por el nombre de sus tierras, y no tomarse demasiadas confianzas.
—Pero… ¿sabéis cuál es el verdadero nombre de Francia?
Erika se rio.
—Ay, no, Ludwig, no es su verdadero nombre. «Ludwig» no es tu verdadero nombre, es un apodo que te hemos puesto hasta que sepamos cuál es el nombre de tus territorios. Pero sí, todos terminamos sabiendo el apodo de cada uno.
—¿Y cuál es el de Francia?
Ella inspiró hondo.
—Lo terminarás por saber. Aunque no te preocupes; no es algo que importe mucho.
Él hizo un pequeño mohín. A Ludwig sí que le importaba.
Sobre todo porque Francia volvía a tener dos nombres, como sus hermanos, y Ludwig tenía solo uno. No había manera de que se sintiese completo si no lo sabía. ¿Cuánto tiempo continuaría así?
.
Ludwig apenas se enteró del momento en el que conoció a Inglaterra. Estaba cortando leña junto a su hermano con una pequeña hacha, y un pequeño cachorro negro los había estado contemplando hasta que había detectado la presencia extraña en su parcela y había comenzado a ladrar.
Él alzó sus ojos, observando a un hombre rubio en un abrigo rojo y bordes dorados apoyado sobre la verja exterior. Su cabello rubio estaba sujeto en una coleta y con unos rulos encima de su oreja. Pero eso no fue lo que más le llamó la atención, no, sino sus ojos verdes, sus cejas tupidas y las pequeñas manchas que habría sobre su tez. Recordó cómo Erika las había llamado; pecas.
—Vaya con el pequeño —masculló él, arrugando la nariz antes los constantes ladridos del cachorro.
Gilbert le silbó.
—¡Oye! —le exclamó al cachorro—. No le ladres a Hannover. Suficiente es que se ha dignado a aparecer por aquí. —Gilbert se acercó al hombre rubio, tendiéndole la mano—. La invitación era hacía bastante tiempo, ¿eh?
Hannover soltó un pequeño bufido, aceptando el gesto de su hermano y apretando su mano.
—Ya, bueno, estaba con Austria en la Guerra, y tú estabas con Francia. Y con España. —Su sonrisa se tensó cuando dijo aquello—. Ya sabes lo que ocurre cuando se está cada uno a un lado de la guerra.
—Gajes del oficio —señaló su hermano, dándole un manotazo en la espalda. Hannover no tomó mal, sino que resopló—. Por supuesto, si tú vienes a pedirme ayuda, yo tengo mis brazos abiertos. Mi Rey ya me ha avisado.
—¿Te vas a volver a ir a la guerra? —cuestionó Ludwig, llamando la atención de ambos reinos. Él tragó saliva al contemplar los ojos verdes del hombre que su hermano había llamado «Hannover» sobre su persona. Sentía como si estuviesen a punto de derretirlo.
Gilbert inspiró hondo, devolviendo sus ojos hacia Hannover.
—Este es West, por cierto. Mi hermano pequeño. Tú, que ahora mismo estás invadido de niños, entenderás lo que es.
Hannover soltó un resoplido.
—Ya me gustaría tener al crío. A los míos se les cae las manos antes de trabajar. Y son bastante torpes —comentó el hombre, llevando su mirada hacia Ludwig y relajando sus facciones. No parecía que hubiese manera de que esbozase una sonrisa, pero algo era algo.
Su hermano soltó una risotada.
—Hannover, por más que seamos amigos, no te voy a dar a West. Lidia tú con tus propias colonias. —Él tardó un rato en poder inspirar hondo y calmarse, bufando—. Por cierto, ¿quieres entrar y ver a Brandemburgo? Seguramente se alegre al ver que por fin has venido.
Hannover negó con la cabeza, poniéndose un sombrero de tres picas sobre su cabeza.
—No me gustaría molestar a la familia feliz. Solo era para avisar de que por fin había llegado y que recordases las reunión.
—Por supuesto, Hannover. No te preocupes que iré. Si hay alguien a quien le tengo ganas es a Francia.
Le pareció ver que Hannover esbozaba una pequeña sonrisa, antes de inclinar su cabeza.
—¿Nos veremos en el Palacio?
—Por supuesto. Ahora en un momento.
Ludwig mantuvo sus ojos en la prenda roja a sus espaldas. No se había percatado antes, pero tenía una especie de pañuelo, de un tono rojo tirando a rosa, que recorría su espalda de manera diagonal.
—Ludwig —lo llamó Gilbert, sacándolo de sus pensamientos—. Vete dentro con Erika, por favor. —Antes de que Ludwig pudiese protestar, teniendo en cuenta que sabía que se iría, él puso su dedo sobre sus labios—. Por favor, Ludwig. Te prometo que volveré antes de tener que coger un barco.
Su garganta se cerró.
—¿U-Un barco? —cuestionó Ludwig, sintiendo cómo su boca se quedaba seca—. ¿T-Tienes que subirte a un barco?
Gilbert inspiró hondo.
—Ludwig… La guerra es en el Nuevo Mundo. —Al contemplar que Ludwig abría su boca con tal de protestar, él se la tapó con la mano—. Ludwig, por favor, entra a casa o te hago entrar yo.
Y él no tuvo más opción que obedecer y entrar en su casa, corriendo para no mirar atrás y no recibir ninguna reprimenda. Por supuesto, cuando llegaba a su casa y cerraba la puerta tras de sí, no podía evitar subirse al sofá y contemplar la espalda de su hermano alejándose para desatar a su corcel.
—¿Qué ocurre, Ludwig? —preguntó la voz de Erika.
Él se giró hacia Erika con sus ojos llorosos por las lágrimas.
—U-Un t-tal H-Hannover s-s-se ha v-vuelto a llevar a G-Gilbert —sollozó él. Erika abrió sus ojos de la sorpresa, y Ludwig supo de inmediato que lo había reconocido.
—¿Hannover? ¿Dices Inglaterra?
La mandíbula de Ludwig cayó hasta el suelo.
—¿Inglaterra? Pero… ¿no se suponía que era enemigo de Francia? —Ludwig se sintió encoger ante la risa de Erika—. Se supone que…
Ella se retiró una lágrima del ojo mientras inspiraba hondo.
—Ludwig, si hay una cosa que debes tener clara es que no puedes esperar que tus aliados sean siempre tus aliados. Es por eso por lo que debemos esperar aliarnos con Francia o con Inglaterra dependiendo de qué nos interese, sin tener en cuenta que Inglaterra nos caiga bastante mejor que Francia —contestó Erika, dejándose caer sobre el sofá—. Y si hay algo que debes tener en cuenta es que no se aliarán entre ellos. Es prácticamente… imposible.
—¿Estás segura?
Erika asintió con la cabeza.
—Y, si lo hacen, ten por seguro que no será en contra de nosotros.
Ludwig apretó sus labios.
—¿Crees que el barco de Gilbert llegará bien al puerto? —Erika esbozó una dulce sonrisa, levantándose para sacudirle el cabello y posar un beso en su coronilla.
—Reza por ello. Y no te preocupes, que Gilbert estará bien. Aunque se tenga que nadar todo el trecho del océano que nos separa del Nuevo Mundo, volverá a casa.
Y Erika tuvo razón; Gilbert volvió a casa al terminar su participación en la Guerra de los Siete Años. Sin embargo, poco más de una década después, Francia se presentaría en la puerta de su casa con tal de hablar de lo que después se llamaría la Guerra de Independencia de las 13 Colonias, y Gilbert se vería obligado a volver a coger un barco.
Por supuesto, volvería intacto, aunque en su abrigo habría una mancha de sangre que reflejaría que el viaje no había sido tan maravilloso como el de ida.
Lo miraría nada más atravesar el umbral de la puerta con los ojos entrecerrados.
—Prométeme que te tomarás en serio tu educación militar cuando seas lo suficientemente mayor como para recibirla. —Y él, con el aspecto humano de un niño de 12 años, se lo prometería.
.
El siglo XIX, o al menos sus comienzos, fueron horribles para Ludwig. El Ejército del Emperador francés, Napoleón, se encontraba a bastante poca distancia de Berlín cuando sus hermanos se tuvieron que preparar para la guerra.
Sí, porque Erika consideró adecuado acompañar a Gilbert a la batalla.
Antes de que ambos saliesen de la casa, lo escondieron en una especie de baúl.
—No salgas de aquí hasta que no vengamos a buscarte, ¿de acuerdo? —Ludwig asintió con la cabeza, indicándole que así lo haría. Erika cerró el baúl con llave, pidiéndole al cachorro de aquella década, a quien todavía no le había puesto nombre, que lo protegiese.
Él se removió, nervioso, en el interior de la cavidad al escuchar sus pasos alejándose.
La luz se filtraba desde el exterior de la cavidad, y, cuando se hizo de noche, apenas hubo. A pesar de que el cachorro le había lamido la mano para tranquilizarle en un principio, los ligeros ronquidos que se escucharon poco después le indicaron que ya se había quedado dormido.
Y él se debió dejar llevar por la tranquilidad del ambiente, porque también lo hizo una vez que los dolorosos pinchazos en su pecho hubieron cesado.
Se despertó al escuchar unos sollozos en el exterior, algo siendo arrastrado por el suelo de madera, y una respiración bastante costosa.
—¿H-Hola? —cuestionó, al sentir una presencia familiar.
—L-Ludwig… —La voz temblorosa de Erika lo alteró.
—Ábreme, por favor.
—P-Prométeme que no te alterarás, ¿de acuerdo? —¿Por qué, por qué se tenía que alterar? Ludwig empujó con su espalda la tapa del baúl hacia arriba una vez que le hubo abierto, encontrándose con el rostro lloroso de su hermana. Además de lágrimas en su tez, advirtió, también había sangre. Entonces, se percató de que una parte de su uniforme estaba manchada de un color carmesí.
Como si le hubiese leído la mente, ella negó con la cabeza, arrodillándose ante una masa de, no, una persona de pelo blanque… Ludwig sintió cómo su corazón se aceleraba.
—¡Gilbert! —exclamó él, saltando hacia el exterior del baúl y corriendo hacia la zona en la que su hermano yacía cabeza arriba. Ludwig se puso a su lado, contemplando cómo Erika comenzaba a desabotonarle la chaqueta que había llevado de manera tan orgullosa a la hora de salir a la batalla.
Podía escuchar cómo Gilbert se esforzaba sin respirar, y cómo el desconsuelo de Erika aumentaba cuando dejó al descubierto la herida en su costado, o intentó hacerlo, porque la sangre salía a borbotones. Ludwig tuvo que esforzarse por no vomitar en el momento en el que Erika trató de limpiar la zona de la herida con una toalla.
—Ludwig, céntrate en Gilbert, por favor —le pidió ella, dirigiéndose hacia él de la manera más autoritaria en la que lo había hecho nunca—. Haz que no se duerma…
Ludwig centró su mirada en el rostro de su hermano. Si su rostro estaba ya demacrado de por sí, por su condición pálida, ahora había perdido realmente todo su color. Sus ojos tonalidad carmesí estaban fijos en el cielo, y, ante la falta de parpadeos, él se preocupó.
Además de que sus labios se habían amoratado.
—¿Gilbert? —cuestionó él, con un hilillo de voz, poniendo su mano sobre su boca—. ¿G-Gilbert?
Su cuerpo se sacudió ligeramente y sus ojos perdieron todo el color.
Él lo agitó con tal de que le respondiese, pero no parecía posible.
—E-Erika…
—Ayúdame a llevarlo a la cama.
Ludwig giró su cabeza para mirarla, contemplando cómo ella se levantaba.
—Erika…
—Ludwig, e-escúchame, ¿vale? —Su voz seguía ligeramente temblorosa—. P-Por suerte, para las naciones, u-una m-muerte e-en batalla no es el final. É-Él volverá. Ahora, voy a llevarlo a la c-cama, y a esperar a que se despierte, ¿v-vale?
Ludwig esperó que tomase su parálisis como una afirmación de que le afectaba, y no como el miedo intenso que estaba sintiendo en su interior. Erika fue capaz de comenzar a arrastrar el cuerpo de Gilbert sin demasiado problema, dejando una mancha de sangre bastante concentrada sobre el suelo.
Él tragó saliva, al mismo tiempo que sentía una extraña chispa recorrer su columna vertebral. Era como una especie de mal presentimiento.
—¿La Prusse ya ha muerto o qué? —Ludwig alzó su rostro desde la dirección de la que había venido la voz. El cabello de Francia había sido cortado, y no llegaba más allá de sus hombros, y aquella sonrisa socarrona había desaparecido de su rostro para dejar que un ceño fruncido resaltase la frialdad de sus ojos en demasía.
Tenía un corte en el hombro, y sus pantalones blancos no se habían escapado de la masacre.
—F-Francia… —Se arrepentía de que su hermano aún no hubiese empezado con su adiestramiento. No tenía manera de defenderse de Francia, ni de impedir que comenzase a caminar hacia el interior.
El hombre desenvainó su espada de una manera tan veloz que no se percató de cuándo Ludwig tuvo el filo sobre su cuello. Y, según se percató, este seguía manchado de la sangre que debía haber sido de su hermano.
Ludwig sabía que, si hacía algún movimiento, Francia lo degollaría ahí mismo.
Y, si bien Erika había dicho que la muerte en batalla no era el final para una nación, Ludwig sabía que debía de doler bastante si Gilbert había llegado sin apenas poder respirar.
—Tienes suerte de que sea benevolente y te vaya a permitir quedarte aquí con tus hermanos en vez de llevarte conmigo. —Francia acercó un poco más la espada a su cuello, y el pequeño pinchazo que sintió, además del dolor y el calor que lo acompañaron le dijeron que el hombre le había hecho sangre—. ¿Sabes ya tu nombre como reino, West? Porque yo sí. Eres la Confederación del Rin, un estado satélite de mi Imperio y que tendrá que obedecer todas mis órdenes. —El francés soltó una pequeña carcajada, pegando la parte plana de a su barbilla y haciéndole alzar sus ojos hacia Francia—. Sería incluso poético que te pusiese el nombre de la región de Westfalia, que acabo de hacer resurgir, pero algo en mi interior me dice que no eres eso.
Ludwig trató de retener sus lágrimas cerrando bastante sus ojos, pero todo lo que hizo fue ganarse una fuerte patada en el estómago que le hizo derrumbarse hacia delante y toser.
—No te he dicho que puedas retirar tus ojos de mí —masculló Francia—. Alégrate, Confederación del Rin, porque acabo de hacer más de lo que alguien podría hacer nunca por ti. Ni siquiera tus hermanos.
Él inspiró hondo, retirando, por fin, la maldita espada de su piel y guardándola en la vaina.
—Avisa a Brandemburgo de que, la próxima vez que esté aquí, quiero ver a mi súbdito bien vestido. —Francia frunció sus labios, escudriñándolo con la mirada—. Quizá, lo primero que necesites es que te limpie la sangre.
El hombre se sacó un pañuelo del bolsillo de su chaqueta, hincando una rodilla ante Ludwig. Francia intentó limpiarle la cara, pero Ludwig no se lo iba a poner tan fácil. Se apartó hasta el punto de que el francés no tuvo otro remedio que sujetar su cabello con sus dedos para que se estuviese tranquilo.
Sin embargo, Ludwig siguió revolviéndose, intentando por todos los medios dificultarle aquella tarea lo máximo posible. Hasta el punto en el que Francia lo pegó contra él de espaldas, poniéndole la mano a modo de horca sobre el cuello y reteniéndolo ahí mismo.
Y, así, por fin pudo limpiar a quien él llamó «su querida Confederación».
Después, lo lanzó hacia delante, y, mientras Ludwig recuperaba el aliento, Francia debió ponerse en pie e irse. Él escupió la sangre resultante de la patada al suelo, cerrando sus ojos con fuerza y tratando de retener aquellas lágrimas de impotencia.
Pero, en el fondo, sabía que lo que Francia le había dicho era cierto. Su hermano había perdido, y Francia había creado una Confederación a la que él se había adaptado.
Y eso solo hacía que cada músculo de su cuerpo ardiese por cada persona que había perdido la vida en el conflicto.
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Por suerte, Francia estuvo bastante ocupado durante los siguientes años como para hacer visitas. Su hermano Gilbert, desde el momento en el que había vuelto de entre los muertos y se había enterado de que Napoleón estaba tratando de invadir España y Rusia, le había dicho que no le sería posible.
Que España era un país con el que no había que meterse de lo resistentes que resultaban, y que Rusia no se podía invadir a no ser que se estuviese preparado para sufrir las consecuencias.
Y su hermano parecía haber adivinado el curso de la guerra.
Ludwig no pudo evitar preocuparse en cierto momento ante la manera en la que Erika se había debilitado con los años. La creación de la Confederación y la muerte de sus soldados no parecían haberle hecho ningún bien a ninguno, pero a ella le estaba afectando especialmente.
En cuanto Gilbert se hubo recuperado lo suficiente, se preparó para partir hacia París y vencer a los franceses en su propio juego. Dejó a Erika recostada sobre la cama en la que él se había recuperado, le había dado un beso en la frente y le había asegurado que volvería pronto.
Ella había tomado su rostro entre sus manos y había juntado sus labios.
Ludwig se sintió bastante sorprendido de que ambos compartiesen un gesto de tal magnitud en público.
—Lucharé por ti, ¿de acuerdo? —murmuró su hermano, cogiendo la mano de Erika y besando su dorso. Después, llevó sus ojos color carmesí hacia Ludwig, y él recordaba muy bien en el momento en el que habían estado sin vida—. Y el fin del Imperio francés no será tu perdición, Ludwig. De hecho, parece una broma, pero incluso me ha dado una idea.
Gilbert no le contaría aquella idea hasta más adelante, porque él estaba más centrado en otras cosas.
—Hermano, quiero ir contigo.
Él negó con la cabeza.
—No, Ludwig, no puedes.
Ludwig levantó su rostro, mostrándole la herida que le había hecho Francia.
—Quiero vengarme.
Gilbert inspiró hondo.
—Permíteme que yo me vengue por ti, ¿de acuerdo?
—Pero necesitarás…
—¿Ayuda? No lo creo. —Aquella voz y el acento que siempre lo había acompañado lo sorprendieron. Él se giró de inmediato, contemplando a Inglaterra con la ropa del mismo estilo militar que llevaban su hermano y Francia, aunque con la chaqueta de color rojo. Su coleta también había sido cortada, aunque no pudo evitar pensar que su cabello y su barba estaban desarregladas—. A no ser que tú seas mejor que Austria, Rusia, tu hermano y yo.
Ludwig llevó sus ojos hacia su hermano, que sonreía.
Por supuesto, si Francia era el enemigo, Inglaterra iría en el otro bando.
Y más teniendo en cuenta que él había sido la causa principal de la Independencia de las 13 Colonias. Él nunca sabría cómo luchaba Inglaterra hasta más adelante, pero se alegró de tenerlo ahí junto a ellos. El mismo Inglaterra le prometió que le cortaría un dedo a Francia por haberse siquiera atrevido a ponerle una mano encima, y su hermano añadió que serían dos y una nariz rota. Ludwig supuso que su venganza estaba en buenas manos mientras se recostaba para cuidar a Erika.
—¿Gilbert ya se ha ido? —cuestionó ella, con una voz bastante débil.
—Sí.
—¿Crees que vaya a durar el suficiente tiempo?
—¿El suficiente tiempo para qué?
Erika se negó a darle la respuesta a su pregunta, y cerró sus ojos.
Él sintió, por primera vez, la inquietud de su corazón de qué pasaba si un reino no moría en batalla. Al fin y al cabo, antes de que cualquiera de sus hermanos había un hombre, Germania, que había sido la representación de bastantes pueblos gregarios. Y él ya no estaba allí.
Su hermano le continuó contando sobre la campaña en las cartas que le enviaba. España, Portugal y Suecia también habían asistido a la batalla, buscando detener al francés de una maldita vez. En la mandada con fecha después de la Batalla de Leipzig, hubo un reguero de sangre.
«A pesar de que estuve pensando en mandarte el trozo de carne directamente, sé que tú todavía eres sensible respecto a eso, así que mira la sangre de Francia que hemos derramado».
En la carta también ponía que se quedaría a celebrar un poco, y que le contaría la idea que tenía. O que podía pedírselo a Erika si consideraba que no podía esperar. Erika le impidió contarle cómo se había debilitado, teniendo en cuenta que él se estaba divirtiendo.
Hubo un día en el que recibió la visita de una mujer de cabello castaño y ojos verdes, que Erika le presentó como Hungría. Ella hizo una reverencia antes ambos, y Erika arrugó la nariz.
—¿Así has permitido que te cambien? ¿Perdiendo todo lo que te permitía ser tú?
Hungría había optado por ignorar a la mujer.
—Austria dice que van a tener que enfrentarse a Napoleón una vez más.
—¿Otra vez? Pero si mi hermano ya lleva fuera más de dos años. —Aunque el transcurrir del tiempo fuese detectado de una manera diferente por un reino, no podía negar que la ausencia de su hermano se estaba haciendo demasiado larga. Y sobre todo por Erika.
—Bueno… No hay nada que podamos hacer respecto a eso. Rin, ¿puedo hablar un momento contigo? A solas. —Ludwig miró a un momento a Erika, que asintió con la cabeza y le aseguró que no tenía de qué preocuparse. Hungría y él salieron de la habitación, dejando la puerta cerrada—. Por favor, tienes que avisar a Prusia cuanto antes. Ya suficiente le va a doler el hecho de que Brandemburgo se haya estado debilitando en su ausencia como para que, encima, ella ya no vaya a estar cuando él llegue.
—E… Brandemburgo va a estar aquí cuando Prusia llegue.
Hungría negó con la cabeza.
—No por lo que yo he podido ver.
La mujer se marchó al día siguiente, y Ludwig no pudo evitar escribirle una carta a su hermano para que viniese. Y la carta llegó demasiado tarde, porque, el día en el que Erika dejó su mundo su hermano no estaba ahí.
—¿L-Le dirás a Gilbert que lo s-siento mucho? ¿Q-Que yo no quiero dejarlo?
Ludwig asintió con la cabeza.
—Por supuesto, Erika.
Ella acarició su rostro con sus dedos.
—¿L-Le dirás a G-Gilbert que quiero que construya l-la Germania que deseábamos hace bastante tiempo? —cuestionó Erika. Él volvió a asentir con la cabeza—. T-Tú serás la p-personificación q-que nos r-reunirá a todos, y-y G-Gilbert s-será q-quien te g-guiará, ¿d-de acuerdo?
Ludwig se sorbió los mocos, y contempló cómo la mujer cerraba sus ojos. Él había esperado que aquella muerte fuese momentánea, como la de Gilbert, pero estaba bastante seguro de que su hermano nunca llegó a convertirse en una estatua de piedra y a deshacerse en simple polvo que cayó sobre las sábanas.
Sus manos temblaron.
¿A-Así moría la personificación de ese territorio? ¿De esa manera tan injusta; sin dejar un solo rastro más que la tierra que había sido motivo de su existencia en un principio?
—¡Ludwig! —exclamó la voz de su hermano, a sus espaldas. ¿Cómo no había escuchado ni siquiera los pasos?—. ¿Dónde está Erika? Le traigo recuerdos desde Francia. ¡La caída de ese régimen que la puso enferma! ¡Pero ahora ya no está y no hay manera de que vaya a…! ¡Ludwig, contéstame!
Él se puso en pie, mirando a su hermano, iluminado de la felicidad, con cierta desolación.
—E-Erika…
Su hermano salió por la puerta tan rápido que casi le impresionó encontrarse la puerta cerrada después de parpadear.
.
—Brindemos… por Deutschland. —La sonrisa de su hermano se volvió brillante, como no lo había sido en todos los años que le había costado oponerse a Austria y a su «ridículo» modelo de unificación y luchar contra todos a su alrededor para recuperar todos los estados alemanes—. Aquí, en Versalles, en Francia, en el peor enemigo que un alemán puede tener.
—Brindemos —masculló Inglaterra, con su pipa en su boca, a la que le dio una calada y soltó el humo al aire—. Salud…
—Joder, Hannover, coge algo de bebida.
—Pronto tendrás que llamarme Sajonia-Coburgo y Gotha. —Ludwig había llegado a la conclusión de que tanto Inglaterra como su hermano estaban en estado de embriaguez—. Y no me apetece. —Volvió a dirigir la pipa entre sus labios.
Por suerte, una mano intervino antes de que pudiese hacerlo.
—Vamos, Inglaterra, ¿qué tal si me das esa pipa? —cuestionó Bélgica, cubriendo la muñeca de su… amante, según suponía Ludwig, y esbozando una sonrisa—. No deseo que te emborraches.
—Hay que celebrar mi victoria, Bélgica —comentó Gilbert, con una sonrisa.
—Ya, pero le prometí a la reina Victoria que lo devolvería a casa sin demasiado problema. Lo siento mucho, Prusia, pero ella no está tan contenta de que os hayáis expandido tanto, y apoya al francés.
—El único defecto de mi querida Victoria… —canturreó Inglaterra.
Ludwig se puso la mano sobre su rostro para evitar seguir viendo eso.
Aunque, poco después, recibió un codazo en el costado de parte de Gilbert.
—Alemania, no seas tonto y permite que celebremos que eres un país completamente unificado. Que el sacrificio de todos nuestros hermanos ha valido la pena. —A Ludwig se le secaba la garganta con solo pensar en todos aquellos que habían caído para dejarle el mundo a él. Así fue cómo murió Germania, ¿cierto? Los estados alemanes comenzaron a proliferar y le quitaron las tierras en las que había echado raíces, matándolo. Y él había hecho lo mismo con todos ellos.
A veces se preguntaba si la muerte de Erika también había sido su culpa.
Desde luego, si lo había sido, Gilbert nunca lo había culpado.
Luego, también se preguntaba si, ahora que era un estado completo y uniformado, su hermano mayor sufriría el destino de los demás. Él no lo quería, desde luego.
—Nadie está celebrando mi formación, Prusia —respondió él, apretando ligeramente sus labios y dejándose caer sobre el respaldo del sofá—. Todo el mundo te prefiere a ti; tú eres el soldado formado e inmortal que nos ha llevado a la victoria. Von Bismarck y Wilhelm I te esperan a ti para que estés a su lado.
—Y a ti también te esperarán.
Él negó con la cabeza.
—No. Celébralo, hermano, porque tú eres quien te mereces hacerlo. —Quien más había sonreído cuando Wilhelm había sido coronado emperador había sido él, no Ludwig. Este se levantó y colgó su chaqueta en su brazo—. Yo volveré más tarde.
No permitió que Gilbert volviese a protestar.
En cuanto salió del edificio comenzó a caminar por los jardines del Palacio de Versalles, Ludwig se percató de por qué su hermano había elegido ese palacio para la coronación de su Emperador además de por los motivos históricos.
Aquel era lugar…
—¿Maravilloso, eh? —cuestionó una voz, a su espalda.
Ludwig recordó la espada sobre su cuello y la patada que le había dado hacía menos de un siglo el hombre que tenía detrás de él. Sin embargo, cuando se giró a verlo, supo que él ya no podía hacer nada para evitar su decadencia.
No había manera de que volviese a estar sobre Ludwig.
—Sí, es maravilloso, Francia.
—¿Te gusta tu fiesta, Alemania? —preguntó, con cierta ironía y con sus manos en sus bolsillos—. ¿Te gusta celebrar lo que eres ahora mismo? ¿Que por fin has conseguido a Alsacia y Lorena? Bueno, pues, si tan alto has llegado, solo te queda esperar la caída de tu Imperio. ¿Crees que l'Angleterre estará de tu lado mucho tiempo?
—Inglaterra te odia, Francia.
—Sí, pero si un gobernante dice «a luchar y a firmar tratados», nosotros no tenemos más que hacerlo. ¿Sabes que Napoleón III gozaba de la simpatía de la Reina Victoria? No olvides, Alemania, que todavía eres joven, y no has visto ni una pizca de lo que es la vida.
Alemania inspiró hondo.
Y era verdad. Sin embargo, no había manera de que su hermano fuese tan inocente como él. Gilbert sabría cómo enfrentar la amenaza de Francia, y de una manera que no se podría ni siquiera imaginar.
—Francia, quizá han sido tus días los que han terminado.
Él esbozó una pequeña sonrisa, poniendo sus brazos en jarras.
—Fui capaz de muchas cosas en el pasado, incluso de firmar un pacto con el que en el siglo XVI se consideró el diablo en persona. Soy un animal herido que no te conviene hacer atacar. Y, por cierto, recuerda que tienes a cuatro países impidiendo que puedas llegar a Francia. Y que l'Angleterre saldría a la defensa de uno de ellos con mucha firmeza.
—Bélgica es una aliada.
—¡Ja! Eres muy iluso para creerte que quien sea Emperador alemán en esos momentos, si es que acaso sigues siendo un Imperio, le importará las alianzas que tú hayas fraguado en el pasado.
Tenía que salir de ahí cuando antes.
No podía permitir que intoxicase su mente con eso.
.
—Bélgica, por favor, haz entrar en razón a tu…
—¡No! —respondió la mujer, golpeando su mano contra el escritorio—. Mi Rey os lo ha dicho bien claro. Bélgica es una nación, no un camino que podáis utilizar para llegar a Francia.
—Por favor, Bélgica, de verdad te lo pido…
Ludwig estaba a punto de arrodillarse ante ella y rogárselo. ¿Qué quería, que le besase la mano como a una buena señorita?
—Alemania, no.
—Tienes que aceptar. Porque si no…
—¿Es eso una amenaza? —cuestionó ella, frunciendo su ceño—. ¿Vas a ignorar lo que te diga? ¿Vas a invadir mi país porque no te permito pasar? Italia es parte de tu alianza; ¿no se lo puedes pedir a él?
—¿Qué te cuesta?
—Bueno, estás ninguneando mi autoridad como país. Me estás diciendo que debo plegarme ante ti y prácticamente dejarte pasar como Pedro por tu casa. Ese es mi verdadero problema. —¿Por qué no se podía dejar llevar por aquellos recuerdos que tenían celebrando sus logros?—. Ordena que tu Ejército se retire.
—No tengo esa autoridad.
Bélgica abrió su boca con amplitud, entrecerrando sus ojos.
—¿¡O sea que ibas a invadir mi país desde el principio!? ¿Ese era el plan?
Casi podía ver a Francia regodeándose a su lado. Se estaba empezando a preguntar si las naciones terminaban pudiendo vislumbrar partes del futuro, porque no era la primera vez que pasaba algo así. Bélgica no le permitiría pasar, y esperaba que sus lazos con Inglaterra se hubiesen cortado de la misma manera en la que los suyos con Bélgica lo habían sido. Sin embargo, algo en su interior le decía que no era así.
Sin más que decir, Ludwig le hizo una pequeña reverencia y, al momento de salir por la puerta, escuchó un estruendo dentro de la habitación junto a una serie de maldiciones en neerlandés. En el camino de vuelta a Berlín no pudo evitar pensar en lo que pasaría después.
Gilbert le había dicho que no se preocupase por Rusia, que él se ocuparía del frente oriental, y que toda su atención tenía que estar centrada en Francia. La nación francesa le declaró la guerra poco después de que invadiese Luxemburgo, y, al día siguiente, sus militares no quisieron pensárselo dos veces.
El plan Schlieffen exigía que atravesasen Bélgica.
Y lo harían a la fuerza.
Las manos de Ludwig temblaban al sujetar su fusil, pensando en qué procesos burocráticos se estarían realizando en Inglaterra. El mismo representante le había enviado una carta formal en el que le daba un ultimátum.
«… Si se respeta la neutralidad de Bélgica, quizá podríamos evitar algo que no queremos que ocurra. Sin embargo, te advierto que, mientras no te detengas, mi Parlamento no se quedará de brazos cruzados. Y yo tampoco».
¿Por qué no podían entender ellos que él no podía decir nada? No le podía exigir a sus militares de alto rango que se detuviesen; ¡él era el que recibía las órdenes! El mismo Inglaterra había aceptado que la entrada en la guerra no dependía de él, sino de su Parlamento.
Casi podía replicar las palabras que había dicho el Primer Ministro de Ing… El Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda el 4 de agosto a las 19:00, hora inglesa, en su declaración de guerra contra Alemania.
Había llamado a su hermano aquel día, exigiendo ponerse en contacto con él de inmediato.
Necesitaba su consejo.
—¿Qué hago? —le había preguntado, nada más escuchar la pregunta de su hermano de quién era.
—¿Que qué haces, Alemania? Luchar, por supuesto. Estás preparado para tu gran estreno, ¿no?
—¿Contra Inglaterra y Francia? ¿Juntos? —Esperaba que su voz le aclarase la urgencia.
—Eh… Sí, por supuesto. Esos son nuestros enemigos, ¿no? Los que faltaban de la Triple Entente.
—¿Pero no decíais…?
—Creo que te estás alterando demasiado, Alemania. Mantén la calma, ¿vale? Esta guerra durará poco. Llegaremos a París y volveremos a celebrar la victoria en la cara de Francia. Y, en ese momento, nos quedaremos a vivir en el Palacio de Versalles.
Por más que quisiese dejarse llevar por el optimismo en las palabras de su hermano, Alemania tenía el presentimiento de que no sería así.
Él recordaba bastante bien la primera vez que había entrado en batalla. Había sido en Francia, en plena Batalla del Marne. Sus soldados estaban eufóricos, teniendo en cuenta que ya estaban mucho más cerca de París. Había sido una campaña dura, y Ludwig se sentía bastante cansado.
Sus superiores insistieron en que no se detendrían hasta que llegasen a París, que solo era cuestión de tiempo y debían hacer un simple esfuerzo que los llevase hasta la victoria.
Ludwig no pudo ver los rostros de Inglaterra o Francia durante aquella batalla a orillas del río Marne, pero estaba bastante seguro de que estaban ahí. Sentía un cosquilleo en su nuca que él había aprendido hacía tiempo cómo interpretar.
De hecho, cuando recibió una bala en su muslo, se imaginó la risa de Francia al contemplar que Ludwig soltaba su fusil y caía de espaldas al suelo, sujetándose la pierna mala. El ardor fue tal que le hizo soltar un sollozo, y, cuando fueron forzados a retirarse, tuvo que salir cojeando del campo de batalla para evitar que cualquiera de sus dos naciones enemigas pudiese dirigirse hasta donde estaba y apresarlo.
La posteriormente llamada Batalla de Marne inició la guerra de trincheras.
Por suerte, a pesar de que no era un escenario que se esperase, Ludwig pudo fortalecer sus trincheras y hacerlas estables y resistentes a las inclemencias de la lluvia y el sol. Él se alegró de que, entre sus enemigos y él, hubiese un campo de alambres y espinas, porque no le apetecía verles la cara.
La primera vez que vio a Inglaterra después de la declaración de guerra fue durante la Tregua de Navidad. El que sus soldados hubiesen comenzado a cantar Noche de Paz fue algo que lo llevó de vuelta a su casa junto a Erika y Gilbert, e incitó a que le escribiese una carta.
Sabía que el frente oriental no había sido tan tranquilo como el occidental, y que precisamente era allí donde ahora empezaba la batalla dura, acompañada por el frío del invierno.
—Herr, ¿qué tal si nos tomamos un descanso de la guerra? —cuestionó uno de los soldados. Ludwig se sintió bastante sorprendido de que lo llamase «Herr», ya que su aspecto humano rondaba los 18 años—. Los ingleses deben de estar también bastantes cansados de la guerra.
—¿Pensáis…?
Entonces, escuchó una melodía similar proveniente de las trincheras contrarias.
Los soldados de su lado lo tomaron como una señal de que los ingleses habían aceptado la tregua, y escalaron las paredes de las trincheras para reunirse con sus contrarios. Ludwig terminó de elaborar la carta que le enviaría a su hermano y se aseguró de que llegase al frente oriental lo antes posible.
Y, después, siguió a sus soldados.
Se encontró a Inglaterra sentado en el suelo alrededor de una hoguera, fumándose una pipa. Tenía sus piernas flexionadas, y Ludwig se preguntó si era capaz de sentir frío, porque se había quitado la chaqueta y había dejado al descubierto su camisa blanca de manga corta y las correas del pantalón.
Tenía los laterales de su cabeza rapados, y unos rizos rubios desordenados sobre su cabeza.
—Feliz Navidad —masculló Inglaterra, mirándolo con sus ojos verdes. Las ojeras y la palidez eran más que evidentes.
—Feliz Navidad —le devolvió Ludwig, tomándolo como una señal para tomar asiento a su lado.
Un silencio sepulcral, suprimido por los gritos de diversión de sus soldados jugando entre ellos, se instauró entre ambas naciones. Ludwig sintió la tentación de preguntarle que qué tal iba la guerra, pero sería hipócrita.
—Estarás contento —comentó Inglaterra, con cierta ironía.
Ludwig lo miró con el ceño fruncido.
—¿A qué te refieres?
—Bueno, que si hubieses aceptado mi ultimátum y no hubieses invadido Bélgica, no estaríamos aquí —gruñó el inglés—. ¿Sabes cuán cansados están mis hombres después de tanto tiempo luchando? Y la guerra no parece terminar.
—¿Y te crees que los míos no? —cuestionó Ludwig.
Inglaterra bufó.
—Tú no tienes derecho a quejarte, Alemania. —Lo miró con su ceño fruncido, un gesto que solo le había visto dirigirle a Francia—. Tú has empezado esta guerra.
—En primer lugar, fue Austria quien lo empezó, y fue contra Serbia. Luego Rusia se metió porque le interesaban los Balcanes, y él hizo caso omiso a nuestro ultimátum y movió sus tropas cerca de nuestras fronteras. Yo no empecé esta guerra.
—Pero sí en el frente occidental.
Alemania apretó sus dientes.
—Se supone que esta Tregua es para pasar la noche con tranquilidad, no para echarnos la culpa entre nosotros —le recordó. ¿Por qué Inglaterra, que se suponía que siempre le había agradado mucho más a Gilbert que el resto, era el que precisamente le decía eso?—. ¿Tienes algo para brindar?
Inglaterra le dio una calada a su pipa, y se giró hacia el lado contrario. Le tiró una cantimplora rectangular, y Ludwig desenroscó la tapa para husmear su contenido.
—Whisky. Junto al opio es uno de tus mejores amigos en las trincheras.
—Gracias —musitó Ludwig, poniendo la boquilla sobre sus labios y tomando un sorbo. No pudo evitar arrugar la nariz al sentir el ardor en su garganta. Desde luego, se había acostumbrado demasiado a la cerveza como para probar.
Sin embargo, se lo agradecía, junto al consejo.
—¿Qué tal está tu hermano? —cuestionó Inglaterra, despegando la pipa de sus labios.
—Bien, supongo. Le acabo de enviar una carta.
—Debe ser agradable tener un hermano que no te envía cartas pasivo-agresivas. Yo tengo tres, y cada uno es más coñazo que el otro. ¿Te has encontrado con Escocia durante estos meses? —Ludwig negó con la cabeza mientras Inglaterra se tumbaba sobre el barro—. Al final me va a suponer más a mí un problema que a ti.
Ludwig continuó callado mientras Inglaterra seguía farfullando sobre su vida.
No podía olvidar aquellas palabras que le había dirigido en un principio.
.
Ludwig no admitiría que había disfrutado cuando habían sorprendido a los franceses en Verdún. Francia se había resbalado en el barro, y de poco apuro le había clavado el filo de su fusil en el pecho.
Él había bloqueado su ataque desde el suelo con el lateral de su fusil, tragando saliva.
Casi no parecía el hombre que se había encontrado en Berlín junto a Erika. Casi no parecía quien había matado a Prusia y le había puesto el nombre de la Confederación del Rin. Había parecido a punto de llorar, de comenzar a sollozar por su vida. Y Ludwig había disfrutado aquel forcejeo. Lamentablemente, no todas las cosas podían durar.
Cuando le había dado la patada al fusil de Francia y lo había alejado del hombre, él había dado una ágil vuelta en el suelo y le había dado una coz en la pierna izquierda para hacerle caer hacia delante. Ludwig había esperado clavarle el filo en su pecho, pero ante aquella respuesta inesperada, no había podido y había caído de bruces
Ludwig se había levantado con ayuda de su fusil, y había buscado a Francia con la mirada.
El hombre había desaparecido, y Ludwig sintió ganas de darse con su frente contra la pared. ¿Cómo había podido dejarse llevar por sus ansias de venganza y volverse impaciente? Había tenido la oportunidad perfecta. ¿Por qué no había podido aprovecharla?
Luchar contra Canadá, Australia y Nueva Zelanda en la mayor parte del año pasado le había hecho desear volver a ver a Francia. Ludwig no se lo había dicho a su hermano, por supuesto, pero él era la razón por la que soportaba las inclemencias de las trincheras.
No había podido vengarse de él en Leipzig y Waterloo porque era demasiado pequeño.
No había podido vengarse de él en la Guerra Franco-Prusiana porque Von Bismarck decía que «era demasiado débil y con poca experiencia». Pero esa era su oportunidad. Gilbert confiaba en él, y le había dejado solo en el frente occidental.
Esa era su oportunidad.
Y por eso se sintió estúpido al haber dejado escapar a Francia.
Sobre todo cuando tuvo que trasladarse a las orillas del río Somme, y enfrentarse al Ejército inglés. Luchar contra Inglaterra no le producía la misma satisfacción de haber superado su miedo, pero, después de lo que había pasado en la Tregua de Navidad, sabía que Inglaterra no le debía en alta estima.
Gilbert le había dicho que, si debía odiarlo durante la guerra, que lo hiciese.
Debían aprovechar esos resentimientos para encontrar la fuerza para soportar las condiciones de la guerra. Ya luego, durante el periodo de paz, volverían a conectar sus caminos.
Ludwig no sabía cómo podía hablar de esa manera cuando a Francia se le había odiado con bastante intensidad en su casa. Y tenía la impresión de que, después del primer día del Somme, no sería Ludwig quien más problemas tendría para perdonarlo.
Él trataría de olvidar la manera casi rabiosa en la que habían bombardeado sus trincheras durante bastante tiempo, el suficiente como para hacerle perder el transcurso del tiempo. Trataría de olvidarlo.
Pero supuso que Inglaterra no olvidaría la manera en la que, al tirarse sobre él en una de las trincheras, Ludwig le había disparado a bocajarro en el pecho. Y después, al sentir las manos sobre su cuello empezando a ahorcarlo, había continuado disparándole.
Ludwig diría que había sido fruto del miedo.
Inglaterra no parecía morir pese a todo lo que le había disparado. Por suerte para él, cuando Ludwig no tuvo más balas, el cuerpo de Inglaterra había caído flácido sobre él, impregnando su uniforme con su sangre.
Él inspiró hondo, tragando saliva.
Y le costó mucho retirar su cuerpo de encima.
No estaba hecho para eso. Y, aun así, debía seguir adelante.
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—Firma aquí, Alemania. —Él alzó sus ojos, mirando al francés sentado a su lado. Se había arreglado antes de dirigirse al vagón en esa región francesa de cuyo nombre no se acordaba—. Cesemos este derramamiento de sangre.
Ludwig tardó bastante en coger la pluma, repasando en su cabeza todos los eventos que le habían llevado hasta el punto de tener que firmar ese contrato.
La estrategia Línea Hindenburg y la Ofensiva de Primavera deberían haber funcionado.
Inglaterra no debería haber descubierto el telegrama Zimmerman y haber decantado la guerra a su favor con la entrada de los Estados Unidos. Que Rusia hubiese firmado la paz con ellos, a marchas forzadas, y que su hermano pudiese ser trasladado al frente oriental debería haber sido beneficioso.
No debería estar ahí, junto a Francia, mientras este se hacía el democrático y se pavoneaba de ser un hombre decente y con el que se podía hablar.
Pero ahí lo estaba.
Porque la guerra lo estaba desangrando y su gente había dicho «Basta».
Y él debía obedecer.
Agradeció que Inglaterra no hubiese estado allí.
Su último enfrentamiento había sido incluso peor que el primero. Ludwig no entendía por qué estaba tan enfadado con él, pero pronto aquella furia intensa había comenzado a trasladarse a Ludwig y habían forcejeado en una ladera completamente verde, un paisaje que antes habría admirado. Inglaterra le había estado intentando clavar un puñal en el pecho en todo momento. ¿Por qué lo odiaba de esa manera?
Seguramente ya lo había olvidado. Y Ludwig estaba seguro de que pronto se olvidaría de aquellas razones por las que estaba comenzando a sentir un ira candente en su pecho cada vez que pensaba en él.
—Alemania, venga —le incitó Francia, tendiéndole la pluma—. Firma y termina con esto.
Él inspiró hondo, incapaz de saber todo lo que ocurriría después de esa simple firma. De hecho, no fue hasta que se vio obligado a sentarse de nuevo en el Palacio de Versalles, junto a su hermano, que se dio cuenta de lo costosa que había sido para su país aquella guerra.
No fue hasta que Inglaterra le leyó las condiciones, incluyendo el echarle la culpa a Alemania de todo lo que había pasado en aquella guerra, que Ludwig se sintió realmente derrotado. Seguir luchando no hubiese sido beneficioso, pero aceptar aquellas condiciones era humillante.
Su hermano se había levantado de la silla.
—¡Me niego a firmar estas condiciones denigrantes! —exclamó Gilbert, señalando a Francia—. ¡Me niego! ¿Cómo podéis vosotros leer esto y no comprender la vergüenza que sería para mí firmarlo? Alemania…
Él miró a su hermano con los labios apretados.
—No puedo permitir que esto siga. Hermano, tengo unas responsabilidades como nación, y si nuestros dirigentes han dicho que debo firmar, debo hacerlo. —Que a su hermano no se le pasase siquiera por la cabeza que él no se sentía igual de enfadado que él.
Y aún no había pasado lo peor.
Aún no había sufrido el verdadero General Invierno.
Aún Alemania no había sido bombardeada hasta que no quedase prácticamente nada.
Aún no había sido separado de su hermano e Inglaterra todavía no le había dado la última puñalada al disolver Prusia. Aún este no había sido arrastrado al otro lado de un muro mientras él se veía obligado a ir a ciegas.
Pero ya habían conseguido que los odiase.
Inglaterra como traidor, y haberle propinado una puñalada por la espalda y quedado con sus colonias. ¿Había merecido la pena traicionarlos? Y Francia como aquella rata sibilina de la que nunca debería haberse fiado.
¿Francia contra Inglaterra y él escogiendo uno de los lados?
Hasta que fuese una amenaza para ambos y tuviese que ser aplastado.
FIN
«Cada uno es Santo en su propia Historia».
Tenía la tentación de llegar hasta la Segunda, pero decidí que así quedaba mejor el significado del título (Feindlich=Enemigo/Hostil). Por supuesto, el «fin» no es, y la relación se mejoraría en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, pero ese no era el objetivo del relato.
Creo que se va entendiendo bien en qué periodo histórico se está en cada momento, sobre todo por las pistas que voy dejando y todo.
Y ahora… Las explicaciones.
Elegí el nombre de «Erika», de Brandemburgo, el «corazón de Prusia» en base a la canción alemana publicada en 1930 del mismo nombre. La mujer que se describe es rubia, pero no creo que importe que le haya puesto el cabello azabache. Se me derrite el corazón al pensar que Gilbert podría pensar en ello.
Esta historia sigue una base que estoy utilizando en otra, llamada Pérfida Albión, que analiza la Historia de Inglaterra y las relaciones con el resto de las naciones a su alrededor (España, Francia, Países Bajos, Escocia, Irlanda…) utilizando las frases en las que se ha hecho famosa esa expresión peyorativa. Sin embargo, va por siglos, y este capítulo literalmente sería 1 de 15 de los que necesito escribir.
Así que voy presentando este formato en este capítulo único.
Y tenía que meter el EngBel, sí. Sobre todo porque la historia de Over The Hills (vinnie2757), de donde saqué las primeras trazas de Prusia/Brandemburgo, y el apodo de Hannover es principalmente de aquella pareja.
También me quiero disculpar por cualquier error histórico. Trato de ceñirme a la Historia lo máximo posible, pero no soy perfecta, y hay detalles que también se me escapan. Y me disculpo porque yo soy bastante tiquismiquis con eso a la hora de leer novela histórica.
Si lo habéis disfrutado, por favor, hacédmelo saber.
