Título: Komorebi.

Resumen: [Significado] "Luz que se filtra a través de los árboles". Cuentan por ahí que, al crearse un alma, esta inmediatamente se divide en dos, encarnándose en dos cuerpos distintos, y esas mitades pasan toda su vida buscando a su compañera perdida. Algunas no tienen la suerte de reencontrarse, mientras que otras… está en quién menos te lo esperas. [AU]

Nota: Ninguno de los personajes me pertenecen. Yo solo juego con ellos para traeros esta pequeña historia.

¡Disfrútenlo!


Cuenta la leyenda…

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Hace mucho tiempo, en una tierra muy, muy remota, vivía una joven muy hermosa. Su nombre era Kagome y, como tal, ella sola resplandecía como una estrella. Toda persona que vivía a los alrededores había escuchado hablar de ella porque su belleza, destreza, inteligencia, carisma, amabilidad y simpatía era algo que no dejaba de susurrarse por quien tuviera la suerte de conocerla.

Kagome había nacido y crecido en una pequeña aldea junto a su hermano menor, pues sus padres habían muerto cuando ella tan solo había empezado a desarrollarse y el pequeño Souta apenas podía mantenerse en pie sin tropezarse. Jurándole a progenitores frente a sus tumbas que protegería a su hermano de cualquier cosa, luchó y peleó desde muy pequeña para que a él no le faltase de nada. Se ganó la vida en el bosque, ambos en el hogar que les dejaron sus padres, y tuvo que aprender todos sus secretos, escondrijos y misterios que le podrían servir para sobrevivir. Ella misma se consiguió un arco viejo en el mercado a cambio de un par de conejos que consiguió cazar y algunas hierbas medicinales de las que le había hablado su madre, y aprendió a usarlo con gran maestría. Recorrió el bosque de palmo a palmo, admirando e investigando las distintas plantas que había y cuales podía ser su utilidad y buscando los mejores escondrijos dónde poder conseguir el alimento para ella y su hermano.

Y así, con años de esfuerzo y perseverancia, llegó a ganarse una reputación como "herbolaria" en el mercado de la aldea. Muchos iban a ella en busca de remedios y consejos, e incluso hacía las veces de curandera cuando los casos eran más complicados y necesitaba ver al enfermo para suministrarle un remedio. Esa popularidad le servía para cumplir la promesa que les hizo a sus padres y poder vivir así tranquila con su hermano, pero consiguió también generarle alguna que otra mala mirada por parte de los lugareños. Eran pocos, pero junto a las alabanzas hacia esa muchacha, corrían también rumores que no la dejaba en buen lugar. Brotaron de la noche a la mañana, ni siquiera ella sabía de dónde habían aparecido, pero Kagome llegó a escuchar cosas respecto a ella que la sorprendieron y conmocionaron sin igual: desde que estaba aliada con el Diablo hasta que se había vendido a los demonios para obtener tales conocimientos y "poderes".

Kagome intentaba hacerles oídos sordos a dichos comentarios. Tan solo eran habladurías de algunas personas y en ningún momento fueron ataques directos a ella, así que no hizo nada por cambiar su comportamiento o hacerles creer lo contrario. Que dijeran lo que quisieran. La muchacha sabía lo que hacía, mostraba orgullosa los conocimientos que ella había obtenido por su cuenta y no podía pedirle más a la vida por la que tan arduamente había luchado.

Sin embargo, por mucho que se obligaba a ignorar el suceso, no podía evitar sentirse molesta. ¿A quién no le inquietaría oír como la insultaban o temían? Al fin y al cabo, era humana y tenía sentimientos. Intentaba mostrarse despreocupada y fuerte alrededor de su hermano, haciéndole vez que no le afectaba en lo más mínimo, pero por las noches, cuando se acostaba y lo pensaba, un nudo se instalaba en su pecho.

¿Cuándo cambiaría la cosa? ¿Algún día dejarían los cuchicheos atrás y pasarían a la acción? ¿Le harían algo a ella... o peor, a su hermano?

Con el tiempo, la presión se fue haciendo más fuertes porque, según se daba cuenta, la visión de que ella era un ser malvado iba ganando terreno. La ignorancia era un arma muy fuerte que podía causar terribles consecuencias, sobre todo cuando se arraigaba en las supersticiones. Cada vez que caminaba por la aldea más miradas llenas de temor y rechazo se iban posando en ella, más gente se apartaba de su alrededor e, incluso, un día, la señora Tekana no quiso atenderla cuando fue a comprarle leche sin darle ninguna explicación por dichos actos.

En aquel momento, ni si quiera parpadeó. Advirtiendo el rostro receloso y asustado de la mujer, cabeceó y sin añadir nada más, se marchó del lugar. Tuvo que caminar hasta la aldea más próxima y cuando volvió a casa casi al anochecer, se inventó cualquier excusa para que su hermano no se enterara de lo ocurrido. A partir de ese momento, supo que la cosa había tocado fondo y se recluyó en su hogar lo máximo posible; solamente saliendo cuando era estrictamente necesario y, aunque el recorrido era más largo, se aseguraba de viajar a otra aldea.

Pensando que la vida no le podía depararle nada más que esa realidad, Kagome llegó a convertir a la soledad en una vieja amiga. Sí, tenía a su hermano, pero este, una vez tuvo la suficiente edad como para ser aprendiz en un oficio, se pasaba casi todo el día en la aldea haciendo su vida, como discípulo del herrero, así que, Kagome llegó a acostumbrarse con el paso de las estaciones a deambular sola de aquí para allá, sobreviviendo y obteniendo los víveres necesarios para mantenerlos, a ella y a su hermano pequeño.

Sin embargo, un día su vida cambió, y ya nada volvió a ser lo mismo.

—Volveré antes de la comida, ¿vale?— le dijo a Souta mientras terminaba de abrocharse la capa. El día era fresco y estaba nublado, así que temía que en cualquier momento empezara a llover mientras se encontraba en el bosque.

—Sí—su hermano cabeceó, mientras la observa prepararse— Yo saldré ahora con Hitomi, me ha pedido que le ayude con unas cosas.

—Bien— se acercó a él y le dio un beso en la frente bajo los refunfuños del niño, que decía que era muy mayor para esos tratos. Sonrió. Sí, había crecido y a ella le costaba tanto darse cuenta a veces...— Ten mucho cuidado.

—Tú también, hermana— se despidió él y Kagome pudo encontrar un matiz de preocupación en su mirada. Su sonrisa se amplió, haciéndole ver que no pasaba nada, que todo iría bien, y finalmente salió de la casa, echando a un lado la esterilla que hacía de puerta de la casita en medio del bosque en la que vivían.

El aire puro y húmedo del ambiente entró por sus foses nasales. Aferrando con fuerzas la cesta que colgaba de su brazo donde pensaba guardar las plantas medicinales que iría recogiendo por el camino, se encaminó hacia el bosque que rodeaba la casa, el cual se sabía de memoria. Desde que era una cría había correteado por esos lugares y no había palmo que ella no hubiera descubierto, por eso, sabía dónde tenía que ir cada vez que iba a recolectar.

Cuando iba a medio camino del prado, recordó que podría haber cogido su arco para cazar algún animal y así tener la comida de mañana. Sopesó la idea de volver a por él, pero sabía de buena mano que las plantas que estaba buscando era mejor recogerlas cuando les daba el sol directamente, así que si rehacía el camino para volverlo hacer después se le haría demasiado tarde. Por eso, pensó, iría por las plantas y luego volvería a coger el arco.

Reanudó la marcha y por el camino se encontró con otras especies que también le hacían falta, así que, cada dos por tres se iba parando. Cuando llegó al claro, sorprendentemente, el sol estaba en su cenit y las nubes habían desaparecido, dando paso a un día bastante caluroso. Se quitó la capa y la dobló sobre su brazo, mientras admiraba su lugar favorito en el mundo.

Se trataba de un hermoso claro, lleno de flores y plantas, que colindaba con un lago de aguas cristalinas y una cascada. Más de una vez había sucumbido a sus deseos y se había bañado en aquel lugar que parecía estar sacado de un sueño, y estaba segura de que ese día no sería la excepción. Tan solo tenía que asegurarse en hacer rápido su trabajo y podría estar un rato ociosa.

Fue entonces, mientras admiraba la vista con el susurro del agua caer de fondo, que algo atrajo su atención. Se encontraba a la orilla del lago y al principio fue tan solo un destello blanco que la cegó momentáneamente debido a los rayos del sol que impactaban en él. Cuando se fue acercando unos pasos, eso que refulgía fue adquiriendo forma y pronto descubrió que se trataba de un animal.

Uno demasiado grande.

El cuerpo de Kagome se paralizó y su respiración se detuvo, inconscientemente, mientras lo observaba medio asustada, medio fascinada. Estaba tumbado, tan quieto que por un momento pensó que podría estar muerto. De no ser porque pudo captar el movimiento ascendente de su pecho así lo habría creído. Pero no, el animal respiraba, aunque, se dio cuenta, un poco forzado. Con su estómago lleno de nudos, dio un pequeño paso más cerca y descubrió que se trataba de un perro, que, si no calculaba mal, en sus cuatro patas le llegaría por encima de la cintura. Su pelaje era blanco como la nieve, aunque... tenía pinceladas rojizas a la altura del lomo... y... oh, no... ¿eso era sangre?

Antes de que se diera cuenta, cualquier atisbo de raciocinio había desparecido de su mente y se vio a sí misma acercándose al animal con pasos vacilantes. En su mente, la voz de su madre no dejaba de repetírsele una y otra vez: «Cualquier ser vivo merece ser tratado con cuidado y respeto. Todos somos eslabones de una misma cadena, todos pertenecemos a la Madre Naturaleza, desde la más pequeña de las hormigas hasta tú y yo. Por ello, debemos de hacer todo lo que esté en nuestra mano si alguien necesita ayuda. Todos tenemos el derecho a la vida»

Y ese ser salvaje o... lo que eso fuera, estaba muy malherido.

Conforme más cerca tenía el cuerpo, notaba como el ¿perro?, ¿lobo? empezaba a gruñir y removerse, con las orejas completamente rectas. A pesar de que sentía que el corazón casi se le iba a salir por la boca, no reculó y lentamente dejó el cesto a un lado. Como bien se había dado cuenta, una enorme y profunda herida le había rasgado casi todo el lateral, a tan solo unos centímetros de la pata trasera. La sangre fluía como un pequeño río por su costado y si no recibía ayuda, terminaría muerto por desangrarse.

Apretando los dientes, ignoró la penetrante mirada que el animal tenía en ella y la voz en su cabeza que le decía que estuviera alerta, y cortó los bajos de su desgatado yukata. Necesitaba taponar la herida y preparar un ungüento para que cicatrizara más rápido. Menos mal que tenía a su alcance todo lo que necesitaba, había sido buena idea al final ir parando por el camino.

—Tranquilo— susurró, aunque no estaba muy segura de si podía entenderle. Más bien se lo estaba diciendo a ella misma a pesar de que no serviría para mucho— Esto te dolerá un poco, pero tengo que tapar la herida y hacer presión, porque como no dejes de sangrar...

Un nuevo gruñido, solo que está vez más bajo, salió de lo más profundo del pecho del animal viendo como Kagome acercaba la mano a su cuerpo, pero lejos de intimidarla y asustarla, supo que la estaba advirtiendo, porque no hizo más movimiento que el no apartar la mirada de ella, asegurándose de que no hiciera nada peligroso.

Sintiendo las manos temblar, inspiró con fuerzas y colocó las telas sobre la herida. Por un segundo su mente se desvió al sentir el suave pelaje del animal contra su piel y tuvo que obligarse a centrarse; no debía hacer movimientos extraños o podría acabar todo muy mal. Trabajó con cuidado la herida, limpiándola bien e intentando cortar el flujo de sangre. En todo momento la mirada del animal no se alejó de ella, pero no llegó a más allá de algún que otro gañido o removerse a causa del dolor, lo que hizo que lentamente la tensión del cuerpo de Kagome fuera disminuyendo.

Gracias a una piedra lo suficientemente ancha que encontró a la orilla del lago, en ella pudo machacar las raíces de una de las plantas medicinales que llevaba en el cesto que ayudaban a la cicatrización. Cuando tuvo una pasta bien condensada, cuadró los hombros.

—Voy a ponerte esto en la herida. Evitará que la sangre fluya y te ayudará a sanar mejor y más rápido— le explicó con voz segura y pausada.

El perro gruñó como si la hubiera entendido y se incorporó un poco más. Contuvo la respiración sin darse cuenta en el momento en el que le extendía la medicina color púrpura por toda la superficie de la herida. Cuando terminó, una sonrisa se extendió por sus labios y echó hacia atrás, apoyándose en sus rodillas mientras se quitaba el rastro de sudor de su frente con los antebrazos.

Por fin. Todo parecía haber salido bien.

Y ella seguía viva, todo sea dicho.

—Ya está— guardó el resto en una hoja grande que hizo el uso de "bolsita" y la colocó en el cesto— En unos días estarás como nuevo.

Observó como el canino acercaba el rostro hasta la herida y olisqueaba con desconfianza su ungüento. Un gemido salió de sus fauces, pero para su alivio, no intentó quitárselo. Kagome, mientras, aprovechó para fijarse mejor en el animal. Como bien había pensado era más alto y grande que los perros normales. Su pelaje parecía suave y mullido, de un inmaculado blanco. Sus patas eran fuertes y robustas, detonando así su rapidez y fuerzas. Además, bajo sus ojos, a la altura de su quijada, dos rayas moradas le cruzaban sus níveas hebras, dándole un aspecto más fiero y peligroso.

El animal desvió la mirada y se encontró directamente con la de ella. Kagome dejó de respirar. No se había dado cuenta antes, o la presión del momento no le había dejado fijarse, pero sus ojos eran dorados, de un dorado profundo y muy hermoso, semejantes al oro líquido. Parecían estar evaluándola y Kagome captó una inteligencia en sus ojos que distaba mucho de ser la mirada de un animal.

¿Quién era ese perro? ¿Qué le había pasado para terminar así de malherido?, no pudo evitar preguntarse mientras sentía un estremecimiento recorrer su cuerpo por completo.

·

Fue tiempo después, había pasado considerablemente la hora de comida, cuando Souta asomaba el rostro por la puerta del hogar. Soltó su chaqueta a un lado y estaba por quitarse los zapatos cuando de sus labios escapó un jadeo de asombro o miedo, no podía estar seguro. Dio un par de pasos inconsciente hacia el exterior de la cabaña sintiendo su corazón aumentar de velocidad. Luchó por no frotarse los ojos ante la creencia de que lo que veía frente a él no era otra cosa que un espejismo.

—Souta, ¿quieres explicarme que horas son estas de llegar? — preguntó Kagome en un tono de voz engañosamente suave.

Pero él no la estaba mirando a ella. Sus ojos estaban clavados en el bulto que se encontraba en una esquina de la habitación y su cabeza, muy lejos de allí, se preguntaba histéricamente como su hermana podía estar tan tranquila sentada a su lado. A lo mejor sí estaba teniendo visiones y eso era solamente un producto de su imaginación, porque de otra manera...

—¿Qu-qué...? Kagome, ¿qu-qué...?

Alzó un brazo, señaló el cuerpo que descansaba a sus espaldas y cada uno de los vellos de su cuerpo se le pusieron de punta cuando los ojos ambarinos del animal se clavaron en él con tranquilidad, como si esa casa fuera suya y él no fuera más que un invitado que había llegado de improvisto. No había movido ni un músculo, simplemente sus orejas no dejaban de moverse buscando cualquier suceso extraño o peligroso, pero seguía con la cabeza recostada en sus patas delanteras. Parecía sosegado y manso, sin embargo, no podía evitar sentir el peligro que desprendía cada poro de piel de la serena figura.

—Ni Kagome, ni nada. ¿No quedamos que estarías aquí para la comida?— siguió diciéndole la joven con el rictus enfadado, olvidándose por un momento de lo que podía estar pensando su hermano al ver al extraño invitado.

—Ay, no, me he vuelto loco…— empalideció aún más— Kagome, por favor… ten cuidado— exclamó él, apenas escuchando su regaño— Eso... eso…

Dio un paso atrás cuando la cabeza del canino se levantó de pronto, sin apartar la mirada de él, y obligó a sus pies a no salir corriendo. No. Se movía demasiado real como para que se lo estuviera imaginando, además, él jamás había visto un perro u lobo de ese tamaño, ¿qué sentido tenía ahora que su mente le jugara esa mala pasada?

Pero si no se lo estaba imaginando, eso significaba que era real, y eso era infinitamente peor.

Porque… ¿qué hacía un maldito animal salvaje en su casa? ¿Por qué se encontraba tan tranquilo tumbada detrás de su hermana? En cualquier momento podría saltar a él y a Kagome y despedazarlos vivos, arrancarles los miembros con sus garras...

Su estómago se revolvió ante las imágenes que elocuentemente aparecían en su cabeza.

¿Es que Kagome no veía lo peligroso que era? ¿Cómo había podido dejarlo entrar?

La mencionada miró por encima de su hombro hacia donde señalaba y cuando supo a qué se refería, su corazón se saltó un par de bombeos y maldijo en su cabeza. Souta no solía saltarse el toque de queda porque sabía lo mucho que le preocupaba que hiciese el recorrido del bosque solo, así que la preocupación por su tardanza le había hecho olvidar los últimos acontecimientos del día. Se levantó dispuesta a tranquilizar a su hermano porque sabía que tenía motivos para inquietarse, aunque no sabía muy bien cómo explicarle esa vocecita en su cabeza que le decía no pasaría nada malo. Si el animal quisiera atacarla o matarla, podría haberlo hecho antes, había tenido bastantes ocasiones -cuando estuvo cuidándolo o cuando lo trajo a su cabaña-, pero no hizo nada más que lanzarle algún que otro gruñido de advertencia en su dirección. Y desde que se echó en esa parte de la casa al llegar, después de olisquear la habitación medio cojeando ante la atenta mirada de ella, prácticamente no había movido ningún músculo y se había limitado a permanecer allí tumbado, descansando, como si aquel lugar fuese suyo.

—Souta, no pasa nada— levantó las manos, queriendo trasmitirle la serenidad y confianza que ella sentía— Yo lo he traído, lo estoy cuidado. Lo encontré herido en el bosque y...

—¡¿Has traído una bestia a casa?!— cuando Souta se quiso dar cuenta había alzado considerablemente el tono de voz. Tanto que incluso la muchacha se había sobresaltado y el cuerpo del animal se había tensado.

Escuchando los gruñidos a su espalda, Kagome se apresuró a caminar y cogiendo a su hermano del brazo, lo instó a salir de la casa.

—Souta, por favor...— musitó cuando vio como él se soltaba de su agarre y se alejaba un par de pasos antes de que llegaran a la esterilla. Jamás se había comportado así, jamás le había levantado la voz de esa manera, pero lo que más le dolía era ser la receptora de una mirada llena de recelo, demasiado parecida a la de los aldeanos. Era su hermano pequeño, aquel al que había jurado proteger, y verlo huyendo de ella y mirándola como... si se hubiese vuelto loca...

Su corazón se le apretujó dolorosamente en el pecho.

—¿Quieres saber por qué he llegado tarde?— le escupió él de mala manera— Había escuchado rumores. Sí, esos que a ti parece que te da igual y que, sin embargo, a mi no. Estaba con Hitomi cuando lo escuché: «Eh, mira, ahí está Sotita, ¿dónde creéis que habrá dejado a su hermana? ¿Follando con algún demonio?»— imitó una voz más grave con el rostro lleno de furia. Kagome sintió un nudo en su garganta al oírlo que le impidió respirar— No pude controlarme cuando lo escuché y fui hacia ese idiota. Mira, ¿no lo ves?— le señaló el mentón y ahora que se daba cuenta, esa zona había adquirido un color violáceo. Abrió la boca, consternada, pero no pudo decir nada, se había quedado sin palabras— Le dije que se callara la boca y dejara de decir esas mentiras, pero él solamente se rio y siguió burlándose— Souta, quién hasta ese momento la había estado mirando fijamente, apartó la mirada y la resguardó en el suelo— No les creí, no creo ni una de las palabras que dicen porque yo sé cómo eres y jamás harías algo así, hermana, pero ahora… llego a casa y te encuentro a ti con...

—Oh, Souta— susurró, incapaz de aguantar más. Mordiéndose el labio inferior, cogió a su hermano del hombro y de un tirón lo acercó a ella, abrazándolo con todas sus fuerzas; deseando esconderlo en su pecho y que nada le importunara.

Pensó que se apartaría, pero no lo hizo. Él correspondió el abrazo y Kagome se dio cuenta de que casi le llegaba a su barbilla. Su pequeño hermanito, en realidad, se estaba convirtiendo lentamente en todo un hombre, y ella no quería verlo.

—Cariño, estaba herido, no podía dejarlo...

—¿Pero no ves que es un animal salvaje? ¿Que puede matarnos en un segundo si quisiera? ¿Que va a matarnos en cuanto nos descuidemos?— inquirió en un tono ansioso, pero lejos ya del reproche que antes le había lanzado; la tormenta parecía estar amainando lentamente.

—No lo hará...

—¿Cómo lo sabes? ¿Por qué estás tan segura?— se inclinó hacia atrás para mirarla, ceñudo.

Kagome se encogió de hombros, mirando por encima de su hermano la estática figura del animal que había vuelto a tumbarse y los miraba con desinterés, igual que si lo que estuviera ocurriendo no tuviera nada que ver con él.

—¿No crees que si quisiera ya lo hubiera hecho?

Souta entrecerró los ojos, apretó los labios en una fina línea, pero no replicó nada. Se giró, lanzándole una mirada de desconfianza al canino.

—A veces, creo que eres demasiado buena, hermana. O demasiado ingenua, todavía no estoy muy seguro.

La chica rio, enternecida y aliviada, y lo achuchó una última vez recibiendo las consecuentes quejas de él por tanto "besuqueo innecesario"; después se acercó a donde estaba la olla. Finalmente, había llegado la calma.

—Ven, siéntate, vamos a comer. Aunque tendremos que encender el fuego otra vez, el estofado ya se ha enfriado.

—¿De verdad que no hará nada?— se aseguró él, ignorando la pulla que le lanzaba su hermana, mientras cogía asiento al otro lado del fuego, lo más alejado posible del animal, pues todavía no las tenía todas consigo.

El canino ahora tenía los ojos cerrados y la respiración acompasada, por lo que podría estar durmiendo perfectamente, pero nunca se sabía.

—Tranquilo. Tú no le hagas nada y todo irá bien. Además, nada más pueda andar, se marchará por sí solo y todo habrá terminado— le respondió ella con soltura.

Souta gruñó por lo bajo.

Nunca llegaría a entender lo que pasaba por la mente de su adorada hermana.

·

Kagome suspiró mientras le dejaba su propio cuenco con un poco de agua en su rincón favorito de la casa. El perro, o Inu, como había decidido llamarlo en un arrebato de inconsciencia pero que él parecía haber aceptado para su sorpresa, ni si quiera la miró cuando se acercó. Aceptaba su compañía, pero lo hacía como un rey que debía estar cerca de sus súbditos para que estos le sirvieran. Era un poco patético verse de esa manera, pero había llegado a acostumbrarse a ese comportamiento.

Después de todo, ella conocía perfectamente su lugar en la cadena alimenticia y todavía seguía sorprendiéndose por lo manso que parecía encontrarse él a su alrededor.

—Voy a mirarte las heridas, a ver cómo van.

Aunque sabía que no la entendía, a ella le gustaba hablarle. Después de llevar tanto tiempo sola, tener un poco de compañía, aunque solamente fuera la de un animal, la animaba bastante como para decir algunas cosas en voz alta, emulando tener en una conversación; una, por supuesto, que era una sola dirección y que no tenía contestación alguna. Al menos, algo es algo, se consolaba ella misma cuando hundía en su melancolía.

Se colocó a su costado y con cuidado le quitó los trozos de tela que taponaban la herida. Sonrió, viendo que esta estaba sanando con facilidad. Aún quedaba un poco, pero la piel estaba regenerándose y cerrándose maravillosamente.

Pronto estaría curado por completo.

Volvió a echarle el ungüento, pero esta vez dejó la herida al aire libre para que se ventilara un poco. Se lavó las manos en el cubo que había dejado por allí y cuando se giró a mirar a Inu, advirtió que este ya estaba mirándola.

Como cada vez que sus ojos se encontraban, su cuerpo se estremeció y se preguntó cómo podían tener ese brillo los ojos de un animal.

—Creo que deberías empezar a caminar, Inu— le dijo, intentando ignorar las sensaciones que sentía por todo su cuerpo; habían pasado casi cuatro días desde que lo trajo a la casa y solamente había salido afuera para hacer sus necesidades, algo que le sorprendió sobremanera, pues lo había hecho antes de que ella le dijera una palabra sobre eso— Ponte de pie y vamos a dar un paseo por aquí cerca, quiero ver si ya no cojeas tanto.

El canino la siguió mirando, sin ninguna reacción aparente, salvo el distraído movimiento de sus orejas.

—Inu, arriba— le pidió acercándose a él y acuclillándose a su lado. Lo vio tensar el cuerpo y fue entonces cuando se dio cuenta lo impulsiva que había sido al moverse, sin embargo, después de estos días se sentía tan a gusto en su apacible compañía que se olvidaba de que debía tener cuidado con cosas como esas; supongo que el que no hubiera mostrado ninguna actitud amenazante con ella en todo el tiempo influía bastante— Venga, amigo, vamos fuera. Si lo haces, luego te daré un buen trozo de carne como recompensa, te lo prometo.

De nuevo sin respuesta, Kagome suspiró y se sentó en su costado pensando en el tiempo que llevaban juntos; estaba tan distraída que no se dio cuenta cuando empezó a pasar una mano por su pelaje, entremetiendo sus dedos por las preciosas y brillantes hebras albinas. Todavía se sorprendía por la suavidad de la pelambrera de aquel animal y aún más por el hecho de que le dejara tocarlo sin reaccionar peligrosamente. Diría incluso, que era algo que disfrutaba porque su cuerpo se relajaba y lo sentía menos alerta.

¿Le estaría agradecida? ¿O era simple comodidad por estar cuidado?

Vio como Inu cerraba los ojos, en aparente desinterés, pero estiraba ligeramente su cuello en una muda petición. Kagome sonrió e hizo lo que quería. No supo si lo soñó o había sido un producto de su imaginación, pero creyó oírlo ronronear.

Sin embargo, ese apacible y tranquilo momento tuvo que terminar y hubo un momento en el que las orejas del animal se alzaron y tras eso su cabeza, con la mirada centrada en la puerta.

—¿Qué pasa?

Por supuesto, no obtuvo respuesta. No consciente, claro, porque Kagome pudo escuchar un rugido bajo retumbar en su pecho.

¿Y si había algún peligro? ¿Y si había escuchado algo extraño?

Dispuesta a ver lo que era, Kagome se levantó y se dirigió hacia la estela que hacía de puerta. Por el camino cogió su arco y sus flechas, por si acaso, y agradeció el hecho de que Souta se encontrara en la aldea. Lentamente alzó la estela y cuál fue su sorpresa cuando se encontró a tres personas corriendo hacia ella, llevando a un cuerpo inerte en sus brazos.

Sintiendo su corazón latir con fuerzas, dejó las armas a un lado y su instinto de curación salió a flote al volver a traspasar la puerta. Cuando llegaron a su lado descubrió que trataba de la familia del carnicero. Él, su hermano, su primogénito y, en los brazos del hombre, llevaba a su hijo más pequeño en brazos.

Este se encontraba desmayado y con una gran cantidad de sangre en el rostro y torso.

—¡Necesitamos tu ayuda!— exclamó el carnicero con el rostro descompuesto por el dolor.

Kagome no lo pensó, rápidamente hizo dejarlo en el suelo y lo examinó con mucho cuidado. Tenía una fea herida en el cuero cabelludo y su corazón latía sin apenas fuerzas.

—¿Qué ha pasado?

—Estábamos en el bosque cazando cuando un animal salvaje nos atacó.

Kagome asintió y corrió hacia el interior de la cabaña en busca de las medicinas que necesitaba. Su mirada se escapó por un momento hacia donde Inu se encontraba y vio que se encontraba con los ojos cerrados, tumbado de forma apacible. Supo que no podría llevarlos adentro, porque si veían al animal en su casa no sabría cómo se lo tomarían.

—¡HIJO!

—¡HIREN!

Un coro de voces se escuchó a la vez, alarmadas y muy preocupadas, y sacándola de su ensoñación cogió las hiervas necesarias antes de salir. Se encontró con las tres figuras inclinadas sobre la del niño, que no dejaba de moverse, sufriendo unas fuertes convulsiones.

—¡Apartaos! ¡Dejadme a mí!

Un poco reticente los hombres le hicieron caso. Kagome luchó, echando mano de todos sus conocimientos sobre medicina, para salvar la vida del niño. Pero cuando las convulsiones se detuvieron, el pulso del pequeño lo hizo con él.

Durante un instante se hizo el silencio. Un silencio cargado de dolor y pesar.

—No...—susurró el carnicero— No, mi niño...

Kagome agachó la cabeza. El sentimiento de culpabilidad por no haber salvado al niño le impedía respirar. Era tan solo un muchacho de unos 12 años, todavía le quedaba una vida por delante, y ella no había sido capaz de salvarlo...

—Tú— el gruñido de una voz grave la sacó de sus pensamientos.

Cuando la joven alzó la cabeza, se encontró con la figura destruida del carnicero, con su hijo mayor apoyando una mano en su hombro en señal de pesar. El otro hombre, por el contrario, la miraba fijamente con sus ojos brillando llenos de furia y de odio.

Kagome se estremeció, porque era capaz de leer muchas cosas en esa mirada y ninguna de ellas le gustaba ni un pelo. No podía ser lo que estaba pensando...

—Has sido tu culpa, sucia escoria— siguió diciendo el hombre en un tono bajo y contenido— Tú mataste a Hiren.

—Tío...—murmuró el muchacho mirando alternativamente a ambos.

—¿Cómo has podido?—hizo omiso a las palabras y dio un paso hacia la joven— ¡Has maldecido a la aldea desde el mismo momento que descubrimos tu verdad! ¡Bruja! ¡Eres una bruja!

—¿Qué?— exclamó sin apenas voz, no creyéndose lo que estaba ocurriendo.

Vale que no la quisieran en el pueblo por los rumores, ¿pero de ahí a creer que había matado a un chiquillo por una simple "venganza" de la que ni ella si quiera estaba al tanto? ¡Ella jamás haría algo así!

—¡Deja de poner esa mirada de inocencia, maldita ramera!— dio otro paso, pero fue cortado por el brazo de su sobrino, que no dejaba de mirarlos con desconcierto— ¡Hittori, suéltame!— ni si quiera lo miró. Tal era su furia que, de un empujón, mandó lejos al chaval antes de seguir yendo hacia ella— ¡Tú! ¡Asesina! ¡Tú lo has matado!

—¡¿Qu-qué?! ¡NO!— chilló, caminando hacia atrás a su vez. Sus manos le temblaban y se reprochó no coger el arco. Al fin y al cabo, se trataban de aldeanos, ¿cómo podía pensar ella...?— ¡No sé de qué me acusas! ¡Yo no soy una bruja! ¡He hecho todo cuanto estaba en mi mano por salvarlo!

—¡Oh, cállate, escoria! ¡No caeré en tus palabras! ¡Asesina!

Y entonces de un lateral de su cadera sacó algo que brilló con la luz del sol, y tarde descubrió que era un cuchillo. Chillando, fue un milagro que tuviera los suficientes reflejos para que el arma tan solo arañara la piel de su mejilla.

—¡Ven aquí!

—¡No, tío! ¡Papá, tenemos que hacer algo! ¡Papá, despierta!— creyó oír la del chico a lo lejos.

Pero ella apenas podía reparar en él. Los ojos furiosos y muy peligrosos del hombre le prometían la más cruel de las torturas y ella, incapaz de creer lo que estaba ocurriendo, en un patético intento de huida, sus temblorosas piernas se metieron por medio y terminó cayendo al suelo.

Gimió, notando que no había suficiente aire a su alrededor, e intentó arrastrarse hacia atrás por la tierra, pero la malvada sonrisa del hombre la tenía paralizada.

¿Ese sería su fin?

—Lo pagarás caro, fulana, yo me encargaré de ello...

Lo siguiente ocurrió en menos de un parpadeo. En un segundo, la figura se encontraba inclinada sobre ella, cuchillo en mano, apuntando a su pecho, y al siguiente una estela albina tapaba momentáneamente su campo de visión.

El aire abandonó sus pulmones con una exhalación en el mismo instante que un grito de dolor resonaba por todo el lugar. Kagome observó, conmocionada, la silueta de un enorme perro lanzarse a la mano armada del hombre y morderlo como si de un jugoso hueso se tratase. El hombre se arrastró hacia atrás con el rostro descompuesto de dolor y con la mano liberada pero que no dejaba de sangrar. Entonces, el perro, Inu, se colocó justo delante de ella y se agazapó, mientras un profundo gruñido emergía desde lo más hondo de su pecho.

¿Cómo era posible...?, ni siquiera podía pensar bien.

—¡Hermano, ven!

Aún paralizada, Kagome advirtió que el carnicero, despertando ya de su letargo, se acercaba a su hermano. Le lanzó una rápida mirada a ella y a su guardián cargada de miedo y acusación, y tiró de la extremidad buena para hacer que se moviera.

—¡Hittori, corre! ¡Coge a tu hermano y vete de aquí!— gritó desesperado el carnicero.

Inu dio un paso hacia delante, enseñando su afilada dentadura, y cualquier mínima vacilación de su agresor por quedarse se esfumó en el acto.

—Es verdad— exhaló en un murmullo, aunque Kagome fue capaz de captar esas palabras— Es la amante de los demonios. Ellos la protegen.

—¡Vámonos, imbécil, o acabaremos muertos!

Los hombres huyeron y una fracción de segundos antes, en medio de todo el caos, la mirada de Kagome y la del muchacho se encontraron. Y fue lo que vio en ella, más que todo lo que había ocurrido, lo que consiguió que las lágrimas terminaran deslizándose por su rostro.

Y es que, en aquella mirada, lo que anteriormente había sido un campo de desconcierto y duda, ahora no había más de temor y rechazo hacia ella, aceptación de todos los rumores que corrían por el pueblo, acusación por lo que acababa de ocurrir.

La hacían culpable, a ella, de un delito que ni siquiera sabía que había infringido.

Con el sonido de los pasos sobre la tierra, alejándose, corriendo lejos de ella, Kagome se acurrucó en el suelo, incapaz de moverse, sintiéndose en una realidad completamente ajena a ella. Con su mente viajando a la deriva, repitiendo cada segundo que había pasado, todavía no asumía las consecuencias que había tenido.

Tan solo había intentado ayudar a un niño, un niño que ya estaba medio muerto cuando lo habían traído, y no había podido hacer nada antes de que exhalara su último aliento. Y ese hombre... había pensado que ella... que ella lo había matado como venganza por… ¿por qué? ¿Cómo podía pensar en algo tan… tan retorcido y absurdo?

El nudo de su pecho se hizo más grande, impidiéndole respirar, y apretó con fuerzas sus rodillas.

«Es la amante de los demonios», le había dicho con asco, con temor, con odio...

No, no. Ella no lo era. Ella no era quién ellos pensaban.

¿Por qué eran las cosas así? ¿Qué había hecho ella para que diera lugar a esos pensamientos? Tan solo había vivido su vida, tranquila y sin molestar a nadie, junto con su hermano...

En medio de la espiral de pensamientos que invadía su cabeza, algo cálido llegó a su lado. Al principio no le echó mucha cuenta, lo único que deseaba era estar sola y llorar para aliviar el dolor que parecía estar consumiéndola, pero cuando escuchó un suave gañido a su lado, algo pareció hacer click en su interior.

Alzó ligeramente la mirada aun siendo una bola en el suelo y sus ojos obnubilados por las lágrimas se encontraron con un par de orbes doradas, quienes la estaban mirando fijamente. El nudo de su pecho se hizo su más grande.

—Inu...

Él le había salvado.

Mientras que los seres aparentemente "civilizados" habían intentado atacarla y matarla, él, un ser salvaje y sin raciocinio, se había interpuesto en la pelea a su favor, salvándola de algo que ni ella misma sabía todavía cual podría haber sido sus consecuencias.

El canino se encontraba delante suya con el rostro inclinado hacia ella, pues en esa postura le sacaba casi media cabeza, y parecía querer transmitirle un mensaje con la mirada que ella no conseguía descifrar. Kagome intentó sonreír, agradecerle lo que había hecho ¿conscientemente?, pero su cuerpo no reaccionaba. Era como si lo que uniera su mente con su cuerpo hubiera sido arrancado y no tuviera control de nada.

Inu gruñó e inclinó aún más la cabeza. Kagome aguantó la respiración, sin saber lo que pasaría a continuación, pero sin ningún temor a que le hiciera daño, y sus ojos se abrieron de la impresión cuando lo sintió refregar su quijada contra la mejilla herida de ella mientras soltaba suaves gimoteos.

No podía ser...

¿Estaba... consolándola?

No se movió. No podía. Se encontraba demasiado sorprendida asimilando lo que estaba ocurriendo, para que su mente diera alguna orden al cuerpo. Su respiración aumentó de velocidad y algo dentro de ella lloró cuando Inu se alejó de ella.

No, quiso decirle, ven. No te vayas. Quédate a mi lado.

Pero él no se separó mucho más.

Sus ojos dorados conseguían traspasarla de una manera que no sabía explicar. La calidez se expandió por su pecho y Kagome deseó acurrucarse contra el suave cuerpo del animal y no separarse de él jamás.

—Gracias— susurró en el momento que sentía una última lágrima caer por su mejilla.

Él no la entendía, Kagome lo sabía perfectamente, pero una pequeña parte de su mente creyó verlo asentir ante sus palabras. ¿O simplemente había movido la cabeza de forma arbitraria?

¿Se estaba volviendo loca?

No le importaba.

Si con eso significaba que no estaba sola en ese mundo hostil, con gusto abrazaría la demencia.