Johnny leía la partitura de la canción que iba a cantar en el próximo concierto. Tarareaba las notas mientras caminaba en círculos dentro de su camerino. Había estado practicándola por casi tres semanas, pero llegó a la conclusión de que requeriría todavía más tiempo para perfeccionarla. Se sentó frente al piano y puso las hojas en el atril.

La luz del sol iluminaba parcialmente el interior. Vestía una playera blanca ajustada y pantalones vaqueros azules. Abrió en su celular la aplicación de la cámara y la configuró en vídeo. Con cuidado, lo colocó a un costado del teclado apuntando la lente hacia él para grabar el ensayo. Cerciorándose de haberlo dejado en una posición equilibrada, presionó con fuerza las teclas que conformaban el primer acorde y comenzó a cantar:

I walked across an empty land

I knew the pathway like the back of my hand

I felt the earth beneath my feet

Sat by the river and it made me complete

Oh simple thing, where have you gone?

Alejó las manos del piano e hizo una mueca de disgusto. Pensativo, acarició su barbilla. Volvió a repetir el último verso:

Oh simple thing, where have you gone?

Esos versos lo inquietaban. Debía hacerlo idéntica a la voz original para que la canción no perdiera su esencia.

—Han sido tres semanas difíciles para mí —decía sin voltear a ver a la cámara—. «Somewhere Only We Know» es una canción complicada, y también una de mis favoritas. Por eso quiero que el ensayo salga perfecto —suspiró—. Cuando consiga eso, dejaré de preocuparme demasiado —hizo un arpegio rápido —. Necesito un descanso. Estoy aquí desde las siete y media y ya son las —alzó la muñeca para mirar el reloj—... once trece; no he parado ni siquiera para almorzar. El concierto es en dos meses, así que... todavía queda tiempo.

Estiró la mano hacia el celular para detener la grabación. Después de guardarlo en el bolsillo del pantalón, escuchó que alguien llamaba a su puerta.

—Adelante.

Una enorme sonrisa invadió su semblante al advertir a Ash abriéndose paso por el umbral. Usaba una blusa ajustada marrón de manga corta y una falda negra de corte mediano.

—¿Interrumpo algo, grandote? —dijo con gesto amistoso.

—Nada en lo absoluto —respondió poniéndose de pie—. Estaba a punto de salir a almorzar, ¿quieres venir?

—Estoy hambrienta, claro que sí —contestó—. ¿Cómo vas con la canción?

Johnny se dirigió hacia el armario donde tenía guardada su cazadora.

—No tan bien como quisiera —decía metiendo los brazos en las mangas—. Siento que debo volver a empezar.

—Conozco esa etapa —se sentó en el sofá, relajándose—. Es un drama.

—Uno muy grande —agregó—. Sin embargo, aún queda tiempo. Tal vez logre tenerla lista antes de la fecha. En unos días le enseñaré a Búster los avances que llevo.

—Buena idea.

—Quería pedirte también si podrías empezar a ayudarme con la guitarra acústica —se acomodaba las solapas y las mangas—. Quiero saber cómo se oye mi voz ya con los demás instrumentos.

—No hay problema —contestó brincando del mueble—. Tengo tiempo libre ahora que ya terminamos la mayor parte de mi canción. Más vale que terminemos con la tuya cuanto antes para que comiences la de Rosita y la de los demás.

—¡Ya lo sé! —espetó aferrando las palmas a su rostro, estresado—. Todavía tengo que ensayar «Just Give Me A Reason». ¡No he hecho nada!

—Relájate —dijo la puercoespín—. Se te quitará el estrago cuando hayas comido algo.

Johnny tomó las llaves de la camioneta del portallaves que estaba a un lado de la puerta.

—¿Qué se te antoja? —preguntó Johnny en lo que andaban por el pasillo.

—Lo que tú decidas —contestó Ash.

—Pensaré en algo.

Bajaron las escaleras y caminaron hasta la salida. Johnny empujó la puerta de cristal y le cedió el paso a la puercoespín.

—Gracias, caballero.

—No hay de qué, madame.

Johnny retiró el seguro de la portezuela del copiloto y la abrió.

—Cinturones, por favor —dijo en lo que Ash se subía.

Estando dentro del vehículo, Johnny accionó la marcha. Antes de avanzar, miró a Ash cariñosamente.

—Luces muy bonita —le arrojó una cálida sonrisa—. ¿Ya te lo habían dicho?

—Sólo tú —contestó terminando de ponerse el cinturón de seguridad—. Al igual que en las ocasiones anteriores.

Johnny volvió la mirada hacia el frente, con una mano en el volante y la otra en la palanca de velocidades.

—¿Qué tal Harry's Bar? —preguntó el gorila.

—Harry's Bar será —confirmó la puercoespín.

Fue la sentencia que Johnny requirió para iniciar el recorrido.

Era viernes. El tráfico resultaba estar más calmado de lo normal. Se tuvieron que detener frente a un semáforo. Había más conductores en los otros carriles: un cocodrilo con una gorra mientras texteaba en su teléfono celular; un cerdo de traje con lentes oscuros en un Mercedes Benz. Johnny y Ash deleitaban sus oídos con un mix de Ed Sheeran que a Johnny le encantaba.

—No sabía que te gustaban las baladas —habló a la puercoespín.

—¿Quién dijo que me gustaba? —contestó a modo de pregunta.

—Creí que sí porque no replicaste en nada cuando Búster te dijo que cantarías «Break In».

Ash expiró.

—Desde que hicimos el show al aire libre estoy abierta a otros géneros musicales y a otras cosas fuera de la música —explicaba—. No sé si lo notaste, pero adoré la canción de Meena.

Johnny sonrió.

—Lo recuerdo —dijo—. No dejabas de brincar.

—No pienses que soy una amargada. Puedo parecerlo, mas no lo soy. Todo cambió desde que terminé con Lance.

—A lo largo del tiempo he advertido que eres gentil, amable y cariñosa —decía Johnny—, un poco pesada, pero cariñosa a final de cuentas.

—¿Pesada? —enarcó una ceja.

El gorila la miró.

—¿Eso fue lo único que escuchaste de todo lo que te dije? ¿Qué hay de lo de cariñosa?

Ash apartó el semblante hacia la ventana, sonriendo.

—Eres muy amable, gracias.

Johnny soltó una risilla cuando se iluminó el disco verde.

Harry's Bar era un restaurante que pertenecía a un oso polar del mismo nombre que adoraba vestir camisas hawaiianas. Johnny se estacionó frente al inmueble. Atravesaron la entrada buscando la disponibilidad de una mesa. Allá al fondo había una con dos sillas. Una vez sentados, la mesera les entregó las cartas.

—Limonada mineral grande, por favor —decía Johnny hacia la venada—. Hamburguesa con papas fritas. ¿Tú qué quieres, Ash?

—Lo de siempre —dijo tranquilamente—. Refresco de manzana y lasaña con salsa de tomate extra.

Le regresaron los menús.

—En seguida se los traigo —dijo la camarera.

Cuando se fue, Johnny sacó su teléfono celular y lo desbloqueó.

—Esto de grabar los ensayos me está siendo terapéutico.

—Ah, ¿si?

—Cuando regreso al taller, me pongo los auriculares para escucharlos —le dijo mientras se lo entregaba para que mirara la galería—. Tengo muchísimos vídeos.

—Puedo verlo —decía deslizando el dedo sobre la pantalla, advirtiendo todas las miniaturas en las cuales aparecía él en el piano.

—Si oyes tu voz en una grabación, puedes percibir cuándo te sales de la nota. Así puedes entrenar mejor tu oído.

—Entiendo.

Continuaba deslizando la pantalla cuando, de pronto, apareció una fotografía indebida, propiciando que Ash abriera los ojos como platos.

«¡Wow!» expresó repentinamente.

Johnny la miró extrañado.

—¿Qué?

—No es que me incumba, pero... ¿este eres tú?

Fue lo que preguntó cuando le mostró la pantalla del teléfono, en la cual había una fotografía de él frente al espejo tomándose una selfie sin camisa... y sin pantalones. Afortunadamente, lo único que se veía era su torso y un atisbo de la zona pélvica. Sus pectorales y sus abdominales carecían de su característico vello oscuro.

«¡Oh, no, no!» manifestó apropiándose rápidamente del teléfono, ruborizado, sumamente avergonzado.

«¡Ja, ja!» Rió la puercoespín. —¿Algún problema?

—No creí que llegarías hasta esa imagen —decía entre risas nerviosas mientras bloqueaba el teléfono y lo volvía a guardar en el bolsillo—. Siento que hayas visto eso.

—Descuida —dijo Ash mirándolo con picardía—. No le diré a nadie sobre tus enormes pectorales y tu abdomen de lavadero.

—Basta —imploró.

—Me gustó la imagen.

«Ja-ja...»

La camarera arribó a la mesa con una charola entre las manos.

—Limonada mineral grande y hamburguesa con papas fritas para el caballero —comentaba en lo que extendía los platillos—, y refresco de manzana y lasaña con salsa de tomate extra para la puercoespín...

La comida humeaba.

—Muchas gracias —le dijo Johnny a la venada.

—Un placer. Provecho.

Cuando se alejó de ellos, comenzaron a comer.

Johnny estaba avergonzado de lo que Ash había visto en su teléfono. Sabiendo que tenía esas imágenes en la galería, aun así se lo prestó. Fue un completo idiota. Sin embargo, le sorprendió también que Ash lo tomara en broma. A decir verdad, no podía determinar si había sido honesta cuando dijo que le había gustado la imagen. Se habían vuelto muy unidos, llegando incluso a salir juntos después de terminar las labores. A veces Johnny la invitaba a cenar o a comer —como en la ocasión presente—, a ir al cine a ver una película o al centro comercial. Tenían una relación amistosa y saludable; Johnny trataba de hacerla reír porque le gustaba su sonrisa y la forma en la que lo hacía. Los dos se llevaban excelentemente, y eso hacía muy feliz a Johnny.

Pero lo que más estuvo razonando fue la declaración que hizo cuando iban en la camioneta:

«Desde que hicimos el show al aire libre, estoy abierta a otros géneros musicales y a otras cosas fuera de la música.»

«... y a otras cosas fuera de la música.»

Esa frase lo inquietaba porque estaba enamorado de ella.

Enamorado de una puercoespín.

«Enamorado».

Una especie muy diferente a la de Johnny.

Era una locura pensar que pudiera existir una relación amorosa entre una puercoespín y un gorila de montaña.

Pero quería intentarlo si es que ella estaba dispuesta a experimentar cosas nuevas.

Mordió un gran bocado de la hamburguesa para después masticarlo con sus enormes mandíbulas. Cuando tragó, bebió limonada por medio de la pajilla. Al desandar el vaso hasta la mesa, concentró sus ojos en el rostro de Ash, quien disfrutaba su platillo con mucho gusto. Se veía tan hermosa, tan tierna.

Ash dejó de comer cuando reparó que Johnny la miraba fijamente.

—¿Qué sucede?

No queriendo contestarla con la confesión de sus sentimientos, respondió:

—Tienes salsa de tomate en la mejilla...


Resubido.