Como comenté en mi nota de agradecimiento, lamentablemente ya no pude continuar y mi reto ya no lo pude cumplir: 15 micro relatos en 15 días, me quedé en 10, realmente fue algo frustrante porque las últimas 5 opciones no pude hacer nada, pero todavía creo tener 4 opciones, las cuales a pesar del tiempo espero compartir.
Esta es una. No es lo que esperaba y la idea salió de mis preguntas: con eso de que con qué elemento identificaban a Kagome y al final en lugar de ser un micro relato basado en "Ciencia Ficción" no creí que lo pudiese relatar en tan pocas palabras, así que me está saliendo un fic completo.
La idea me pareció envolvente y todo un reto, no sé si lo podré lograr, pero les dejo esto para que puedan animarme y si tocan ese clavo especial de mi imaginación quien quita que sea muuuy largo, sino será corto mientras desarrollo toda la trama.
Así que les dejo esto, que está basado en dioses y poderes, magia, por lo tanto creí que encajaría como ciencia ficción.
Este es un relato, pero el siguiente estará escrito en primera persona.
PD: Este es el prólogo pero empieza como 1 más que todo porque así lo enumera Fanfiction.
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Disclaimers
Todos los personajes le pertenecen a Rumiko Takahashi, pero la historia y la locura muy mía.
Solo publico en Fanfiction, Wattpad y en mi página de romancerotico . worpdress . com, si ven en otro lado la historia ¡denúncienlas! Y no subo nada en Facebook.
Cuando termino un fic ¡termina! No doy continuaciones ni segundas partes.
Sí, seguiré con mis demás fics sesshomes, solo que este me tiene desvelándome.
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El deseo de un dios
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Basado en la sugerencia de en la sugerencia "Ciencia Ficción"
Un día, los cielos se oscurecieron, el viento empezó a soplar con fuerza, las nubes se llenaron de agua y a pesar de no ser fuertes, las tormentas empezaron a acaecer por doquier. Se escuchaban retumbos bajo los pies y en cada volcán.
Cada habitante temeroso por los 4 dioses que controlaban los 4 elementos, entregaban tesoros y oraciones a cada uno. En el sur adoraban a su diosa Abi, quien controlaba el fuego; al oeste a Kagura, la diosa del viento; en el este a Kouga, el dios del viento; y al norte le rendían honores a quien consideraban, no solo la diosa del agua sino también del amor: Kagome.
En donde las diosas se encontraban los campos eran infinitos, llenos de verdes prados y estructuras blancas. El clima era perfecto y en abundancia la comida y la riqueza, aquel lugar santo apodado Los Palacios era el lugar de su padre, el dios de la creación y a donde se reunía junto a sus hijos, aunque la última vez había tenido lugar miles de años atrás.
Kagura estaba siendo adorada por pequeños ángeles que volaban con sus alas verdes, porque era el color que a ella más le agradaba junto con el blanco, como era su túnica corta pegada a su cuerpo de una sola manga dejando su otro hombro al aire libre mientras que la otra tenía líneas en verde dándole vuelta a su amplia y sobresaliente manga. Sus ojos rojos brillaban con intensidad. Portaba una corona de perlas verdes que hacían conjunto con sus pendientes y su collar. Abría y cerraba con gracia su abanico especial, ese que le proporcionaba sus poderes.
Abi, quien también llevaba una túnica blanca, pero con una armadura roja y detalles en dorado en el cuello permitiendo que solo se vieran sus blanquecinos brazos ya que incluso su ropaje celestial tapaba sus tobillos, lucía desesperada en uno de los rincones empuñando su enorme tridente, unas pequeñas aves de color rojo y regordetas rondaban a su alrededor. Sus ojos cafés, como avellanas y su intensa línea negra de los ojos le daban un toque sombrío y cruel.
Por su parte Kagome, estaba acostada en un diván de color blanco y detalles en dorado, atendida por pequeñas hadas que resplandecían en todos colores casi haciendo arcoíris a su alrededor como si fuese su propia aura, bebiendo de una copa transparente uno de los líquidos celestiales que le otorgaba su belleza. Su túnica, también blanca, pero que le llegaba a sus rodillas, tenía unos lienzos especiales en azules y celeste que combinaban con el iris de sus ojos y tal parecían que en lugar de estar bordados a su túnica, más bien flotaban alrededor con excelsos brillos que dejaba a los mortales hipnotizados por su belleza.
—¿Hasta cuándo tendremos que esperar? —preguntó la de ojos avellanas empuñando con desesperación su tridente.
—Hasta que nuestro padre lo ordene —aseveró la de ojos azules—. Además, Kouga todavía no se ha presentado, imagino que debe de estar esperando a que aparezca.
Escuchó como su hermana gruñó.
—¿Cómo puedes estar tan tranquila? —se dio la media vuelta la de ojos rojos viendo a la que estaba acostada tan apacible—. Se dice que, de todos nosotros, tú eres la más compasiva con los humanos.
Al dejar cada uno su puesto, sus elementos se descontrolaban provocando cataclismos en la tierra, por eso los huracanes, tornados, volcanes y terremotos estaban descontrolados mientras que ellas estaban allí sin hacer nada.
—Y a pesar de que dicen que a Abi siempre tienen que mantenerla contenta porque es la más iracunda de todos nosotros, que Kouga es uno de los más desinteresados y que a ti tampoco te importan los humanos, ustedes dos parecen más desesperadas que yo —respondió mientras alzaba su mano y 4 hadas se acercaban para jugar con sus dedos, ínfimas vocecitas se escucharon en señal de la alegría que aquello les provocaba.
Tanto Kagura como Abi se acercaron a ella irritadas por el comentario. Kagome sonrió retirando su mano y las hadas se alejaron cuando ella se levantó para colocarse a su espalda.
—La tierra del norte está controlada, ¿qué acaso ustedes fueron creadas por mi padre el día de ayer y por eso no pueden controlar sus poderes? —se mofó.
—¡En el norte está lloviendo por montones! —levantó su abanico Kagura haciendo un círculo para visualizar la tierra de su hermana demostrando su punto.
Kagome se acercó y haciendo un gesto con sus manos uniendo sus dedos unos sobre otros empezando a separarlos y apareció la alabarda que la representaba, un tridente de mango negro y dientes dorados, con ornamentos de oro, plata y cadenas de bronce con resplandor azul en la punta.
Realizó la misma acción de Kagura, haciendo un círculo sobre el que su hermana había hecho y la imagen cambió enfocando ríos y lagos, tan apacibles como ella.
—Puedo controlarlos desde aquí y mientras ninguno se desborde todo estará bien y mis súbditos no correrán peligro, lamentablemente —suspiró triste— la lluvia es solo el reflejo de mis pequeñas hadas llorando mi ausencia y controlar sus corazones es algo que no me atrevería a hacer.
Una de sus hadas voló hasta quedar frente a ella, Kagome sonrió con ternura y ella se le acercó a la mejilla dejando caer su cuerpo para acariciar aquella parte la piel de su diosa y se llenó de más resplandor. Dio un giro completo agradeciéndole a su ama por la inyección de vida y se unió a sus hermanas a la espalda de ella.
—Me resulta patético que ustedes no puedan hacer lo mismo en sus tierras y estén completamente doblegadas ante la desesperación de la falta de control de sus poderes celestiales.
Ambas se ofendieron, Kagura abrió su abanico mientras que Abi la apuntó con su tridente frunciendo sus labios, las criaturas de cada una se pusieron en alerta y a pesar de que las hadas de Kagome se veían inofensivas y alegres, cada una estaba dispuesta a entregar la vida por su ama, así como las demás criaturas por sus respectivas diosas.
La tierra a sus pies tembló escuchándose pisadas y las 3 volvieron a ver el lugar de donde provenía. Su hermano se hacía presente.
—Vaya, ¡pelea de gatas! ¿Por qué no se desnudan y vamos a arreglar esto todos juntos?
Kagome que no había levantado su alabarda en contra de sus hermanas, a pesar de las amenazas, en esta ocasión sí lo hizo totalmente encrespada por ese comentario tan vulgar soltando un chorro de agua de ella, Aby abría una grieta en el aire haciendo que saliera un hilo de fuego uniéndose al instante con el viento que Kagura provocaba agitando su abanico obteniendo como resultado un tornado de aire y fuego.
Kouga sacó su espada clavándola en el suelo provocando un terremoto haciendo que parte de la estructura empezaran a caer a pedazos sobre ellos, aunque sus propias auras los protegían junto a sus criaturas. Un enorme muro detuvo el fuego, aunque se debilitó con el agua, los 4 elementos visibles cayeron al suelo y cada uno de los dioses tomando su original posición: Kagome al norte, Kouga al este, Kagura al oeste y Abi al sur se pusieron en posición en pelea.
—Estás demasiado influenciado por tus humanos Kouga, te has vuelto vulgar y estúpido —sentenció Abi enfurecida—. Deberías de volver a trazar la línea con ellos.
—¿Por qué? Tengo mujeres y buena comida y todos me adoran.
—También mis humanos me adoran —aseveró Kagura encogiendo su abanico y pegándolo a su boca—, aunque eso no signifique que me mezcle con ellos y mi Palacio está lleno de perlas de diferentes colores y otros tesoros.
—También tengo la adoración de mis humanos, pero ante todo soy temida y nunca me subestiman, ya que saben que mi furia es impasible —prosiguió Abi colocando su alabarda a un lado de ella, demostrando que su tamaño sobrepasaba su estatura.
—¿Qué? ¿Vamos a medir términos de adoración de nuestros humanos? —suspiró decepcionada Kagome haciendo desaparecer su alabarda con el mismo movimiento de manos a la inversa que realizaba cuando la hizo aparecer—. Es lo más ridículo que he escuchado en todos los miles de años de vida que tenemos.
Kouga guardó su espada y sus súbditos aparecieron, una piedras redondas y rodantes que se convertían en troles con pieles que simulaban sacos a sus espaldas. Se acercó a Kagome, que era su preferida, aunque ella lo miró con desprecio.
—¿Sabe alguna para que nos ha convocado nuestro padre?
—¿Alguna reunión familiar? —se burló la de ojos azules alejándose de su hermano para volver a sentarse en su diván que ahora estaba lleno de polvo y pedazos de estructura, pero que sus hadas diligentemente limpiaron para que se pudiera acomodar.
Todos de cabellos negros y largos, aunque a diferencia de Kagura que lo llevaba recogido y Kouga en una coleta alta, Abi y Kagome lo llevaban suelto. Sus facciones eran bastantes parecidas, aunque sus ojos de diferentes colores, los de Kouga en ocasiones eran dorados, entre café y amarillos, aunque también variaban con una tonalidad roja o naranja. Al igual que ellas, portaba su túnica blanca que era la más corta de todas, a mitad de pierna, pero casi no se notaba su color porque iba cubierto por pieles, incluso sus pantorrillas estaban forradas de ella.
De pronto el ambiente se puso cálido al punto que los 4 empezaron a sudar, aunque eso era casi imposible por su divinidad. Varias de sus criaturas empezaron a caer muertas por la presión de aquella presencia, cada uno se acercó a las vivientes y les pidieron que se alejaran lo más que pudieran. Una neblina empezó a emerger del suelo creando una cortina, se hicieron pequeñas grietas a sus pies y de pronto sus cuerpos empezaron a temblar por el intenso frío.
Kagome, quien se había levantado a auxiliar a sus hadas, sacó nuevamente su alabarda y cuando menos lo sintieron las alas a sus espaldas que siempre las llevaban ocultas, salieron sin voluntad. Las de Kagura tan verdes como los prados, las de Kagome azules como sus ríos, las de Abi tan rojas con el magma de sus volcanes y las de Kouga cafés como sus pieles.
Cuando aquel hombre de túnica tan resplandeciente que ni siquiera era blanca si no de un color que ni siquiera existía y un halo dorado a su alrededor se presentó ante ellos, los cuatro cayeron sobre una rodilla bajando su cabeza de manera humilde para venerarlo y presentarle sus respetos.
—Padre... —susurraron los 4 al unísono con la misma voz sumisa, sin levantar sus rostros, porque sabían que no lo podían ver, de lo contrario en ese instante caerían hechos polvos dorados y sus vidas terminarían.
Aquel dios que iba descalzo, pero con sus pies intactos porque simplemente flotaba haciendo que su túnica los cubriera tenía una presencia tan fuerte que nadie que no fuera sus hijos podía estar ante él, porque esta era tan fuerte que no existía criatura que la pudiese resistir, automáticamente su vida se esfumaba y se iban al paraíso sin poder regresar.
—Hijos míos... pero ¿qué les ha pasado?
Su voz era fuerte y grave, pero llena de ternura. Después de milenios ya ninguno tenía el deseo de levantar su cabeza porque sabían lo que eso significaba.
—¿A... A qué te refieres padre? —preguntó dubitativa Kagura.
—A que ustedes en lo único en lo que se enfocan es en recibir tesoros. Tus tierras solo están enfocadas en satisfacer ese lado codicioso de tu parte —Kagura se mordió internamente la boca sin poder reclamar, porque ella misma lo había confirmado: su Palacio estaba lleno de tesoros inimaginables.
—¿Qué tiene de malo en que nos dejemos adorar? Somos dioses, divinos y excelsos y los humanos solo son eso: simples humanos, no hay nada que puedan hacer, son unos mortales que tiene la suerte de conocernos y adorarnos —inquirió con arrogancia el de la tierra.
—En algo podría estar de acuerdo con mi querida hija del agua —se acercó a ella extendiendo su mano para acariciarla.
Kagome se sintió como si fuera una de sus hadas, porque con aquel simple toque se sintió resplandecer inyectada de vida y de poder.
—De mis cuatro hijos, de mis cuatro amores —enterneció más la voz sin dejarla de acariciar para luego enfocar su atención en el varón—, tú eres el que más se ha degenerado Kouga. Pides sacrificios y tu Palacio además de estar lleno de tesoros recolectados de la manera más barbárica por tus hombres, requieres la virginidad de sus mujeres con la excusa de que tienes la habilidad de saber si pueden serles fértiles a sus hombres, a pesar de que eso se los pudieras asegurar sin tomarlas.
Abi lo volvió a ver ofendida por aquello que era desconocido para ella, era la primera vez que lo escuchaba. Hubieran podido enfrascarse en una pelea inmortal y divina entre el poder del fuego y de la tierra, solo para castigarlo por aquel acto tan sucio y obsceno.
—Es cierto, mi preciosa ave de fuego —acarició gentilmente la cabeza de Abi—. De los cuatro, tú eres la que menos tesoros tienes en tu Palacio, porque casi todos los rechazas, no por humildad que realmente no tienes ni una pizca de ello en ninguna parte del cuerpo, si no más bien porque crees que nada es lo suficientemente bueno para una diosa como tú, lo que hace que tu tierra sea la que esté gobernada por el odio, el rencor y la venganza —aseveró con reproche y tristeza al leer su pensamiento.
Abi, al igual que sus hermanos, sabía que esa era una de las mil habilidades de su padre, pero incluso para ser dioses, controlar sus pensamientos era bastante difícil.
—Mientras que tú —se dirigió a Kagome—, que eras mí favorita, a quien además de brindarle los poderes de uno de los 4 elementos para gobernar la Tierra, te di también el del amor, pero te has degenerado por completo, ahora te enfocas en la belleza, en que todos, incluso en el templo en la tierra de tus súbditos está enfocado a tu belleza más no a tu poder ni a la grandeza de ellos. En tu tierra, ya no hay amor, hay degeneración, lo único que adoran es al sexo en sí y no a lo que representa, las mujeres se olvidan de sus hijos, los hijos se olvidan de que son familia porque lo único que desean es sentir placer no importa quien sea la persona que se los otorgue.
Kagome que se sentía que era la que mejor gobernaba en la Tierra, se sintió avergonzada junto con sus tres hermanos agachando incluso más su cabeza demostrando así, su arrepentimiento.
—Cada uno de ustedes que son quienes me representan en la Tierra me han avergonzado. Así que mis queridos hijos, les daré un castigo ejemplar para que de esa experiencia puedan aprender a como realmente valorar Mi nombre y no el de ustedes, y cuando entiendan qué es lo que realmente quiero y deseo de parte de ustedes, les regresaré todos sus privilegios.
—¡Pero Padre...! —le interrumpió Kagura con voz temblorosa—. ¿Cómo sabremos qué es lo que esperas de nosotros sino nos lo dices?
No lo pudieron ver, pero ellos sabían a la perfección que su padre sonreía. Se agachó y a cada uno le brindó un beso en la cabeza. Los cuatro empezaron a derramar sus lágrimas las cuales curiosamente tenían el mismo color de sus alas, con lo cual de esa manera se distinguían que no eran unos simples mortales sino deidades creadas por el máximo y supremo dios de la creación.
Con aquel beso, él les transmitía lo que quería de ellos, pero como cada uno estaba cegado por sus propias ambiciones no lo pudieron entender y no sería hasta el momento en que éstas desparecieran cuando entenderían lo que su padre quería.
—Padre... —la voz de Kagome emergió de aquellos labios con dolor.
Escucharon como su padre dio una palmada y todo el lugar se estremeció, ellos incluso tambalearon sobre su rodilla, sus alas se cerraron y sus armas desaparecieron de sus manos. Cada uno extendió su palma sorprendidos de que ellas ya no estuvieran allí.
Sabían adentro de su ser lo que seguía a continuación, de alguna manera lo sabían: si su padre daba otra palmada estarían completamente perdidos, cada uno de ellos temblaba por primera vez, no sabían lo que él haría, pero a su parecer no sería nada bueno para ninguno.
Todos intentaron hablar al mismo tiempo, pero el sonido de sus voces se quedó en sus gargantas, al parecer además de sus alas y de sus armas que representaban su divinidad, su voz también era arrebatada.
—Recuerden que los quiero y aprendan de esta experiencia.
El sonido de sus palmas otra vez se extendió por todo el lugar y en esta ocasión sintieron un intenso viento que sacudió sus cuerpos, el suelo se resquebrajó haciendo que se pararan de un solo golpe, una gran luz cálida como si fuese el fuego mismo sintió que los quemaba y finalmente el suelo empezó a ceder convirtiéndose en agua y todos fueron succionados en su interior.
En aquel instante cada uno creyó que el castigo de su padre sería quitarles la vida, pero él tenía algo más pensado para ellos: que vivieran como humanos para que pudieran experimentar lo que ellos estaban haciéndoles a las personas que supuestamente tenía que proteger.
