Nota: Este... No tengo justificación, sólo quería escribir SatoShou.


Shō sabía lo impredecible que podía llegar a ser Satō así como también, lo terca que llegaba a ser o el cómo terminaba encaprichándose con algo.

Lo sabía bastante bien.

Pero nunca se le vino a la mente que él llegaría a ser una de esas cosas con las cuales Satō se encapricharía.

Y eso sinceramente, lo sorprendió.

— ¿Que tú qué?

La colilla de cigarro cayó en el pavimento, haciendo más énfasis en la incredulidad del castaño.

— Que yo quiero tu apellido, Shō — se cruzó de brazos, chasqueando la lengua con molestia por su cara de incredulidad que se tornó en una desconfiada.

— No, definitivamente no va a pasar — replicó, sacando otro cigarrillo nuevo para llevárselo a la boca y encenderlo —. Eres Satō Gojō, mi mejor amiga.

— Pero eso puede cambiar, Shō.

— Y también, una chica de nadie. Porque no te gusta atarte a ninguna persona y menos, estar con la misma por tanto tiempo.

Satō se mordió el labio, desviando ligeramente la mirada tras los lentes negros —. Eso... también podría cambiar.

— Lo dudo — exhaló Shō, mirando al cielo despejado con aburrimiento —. La Satō Gojō que yo conozco no se ataría a alguien así como así... Y me gusta más así — susurró para sí, con una pequeña sonrisa.

— ¿Por qué no crees que pueda hacerlo? Digo, si es cierto eso de que casi todas mis relaciones son casuales y que podría meterme en problemas con eso... ¡Pero estoy siendo seria con esto!

— Claro — respondió burlón, mirándola —... Bueno, en el hipotético caso de que estés siendo "seria", entonces te propongo algo.

Satō lo miró atenta, concentrándose sólo en la mirada aburrida y tranquila de siempre de su mejor amigo.

— Dime lo mismo dentro de — miró su mano, contando con sus dedos el número que iba a decir —... unos 9 años.

En este momento, ellos sólo tenían 19 años.

— ¿QUÉEEEE?

— Bien, dentro de 10 años.

— ¡No es justo, Shō Ieiri!

— Te estoy dando tiempo para pensarlo más, y si quieres le agrego otro año más.

— Pero...

— Diez u once años, tú eliges.

— Mejor dame los 9 años.

— De acuerdo — le sonrió Ieiri, encogiéndose de hombros antes de extenderle la mano —, es un trato.

Mano que Gojō estrechó, antes de que Suguko saliera de la tienda de conveniencia con las chucherías que consumirían esa tarde.


— Muy bien Shō, ya pasaron los 9 años. ¿Ahora sí me darías ya tu apellido?

Los dos tenían sus 28 años, y el tema salió a colación en una de sus muchas salidas al Izayaka (que eran del gusto y agrado del castaño, y que ella por estar aburrida y hacerle compañía, iba).

Shō la contempló, bebiendo el cuarto barril de cerveza que había pedido. Notando que el primer barril de la cerveza de la albina estaba a la mitad y que sus mejillas estaban enrojecidas.

— Estás borracha.

— Contéstame ya de una vez, Shō — exigió demandante y con el ceño fruncido, ignorando los mareos que estaba sintiendo al no ser buena con el alcohol —. ¿Tienes idea de lo agónico que fue esperar tanto tiempo y no poder sacarte de mi mente? ¡Cásate de una puta vez conmigo, bastardo!

Shō tomó lo que quedaba de su bebida, asentando el barril en la barra para después llevar una mano a su mejilla, sonriendo al ver cómo el rubor se hacía más notorio con el sólo hecho de acariciar su mejilla.

— ¿Es esto lo que la Gran Satō Gojō quiere y desea?

— Sí, y ahora bésame.

Shō rió levemente —. Yo no me aprovecho de personas en estado de ebriedad... Mejor vámonos de aquí.

Y pagando lo consumido en el Izayaka, Shō se fue junto con Satō. Terminando por cargarla como una princesa por capricho de ella.

Que claro, no le importó cumplir. Pues prontamente sería la señora Ieiri.