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Anime: Jujutsu Kaisen

Pareja principal: Gojō Satoru x Itadori Yūji


PESADILLA

—Yūji.

El nombrado, que hasta el momento había estado de rodillas con la cabeza agachada a causa del sueño, levantó el rostro. No podía ver nada por la venda oscura sobre los ojos y, aun así, distinguía con suma claridad la figura de su mentor. No se trataba de ninguna habilidad de detección de energía maldita; fue gracias al sonido de sus pasos y de algo mucho más importante: su voz.

—¡Gojō-sensei! —pronunció, con la entonación alegre que le caracterizaba—. Ya está aquí.

—Sí.

—Ah, qué nostálgico. ¿No le recuerda al día que nos conocimos? Bueno, técnicamente fue el segundo día.

Gojō juntó de forma leve las cejas. No por incomodidad o tristeza. Se trataba de un sentimiento inaudito y difícil de explicar.

Aquel que había perdido su identidad como persona, para ser tratado como el «recipiente de Sukuna», se encontraba justo al medio de la sala de ejecuciones en un estado deplorable. Las manos sujetas tras la espalda con una soga repleta de talismanes que impedían cualquier movimiento. Los altos mandos se disponían en los cuatro puntos cardinales como espectadores y testigos de que el juicio se llevara a cabo.

—Justo como dijo esa vez. Esto pasaría tarde o temprano.

—Yūji…

—De no ser por estas ataduras —interrumpió—, sería difícil contenerlo. Se volvió complicado desde hace dos dedos, a decir verdad. Pero es un alivio que lo lográramos. ¿No lo cree, sensei?

Las palabras de Gojō, que hasta ese momento eran carentes de cualquier atisbo de emoción o vitalidad, se esfumaron de su garganta. Traicionaron el don de mando que imponía su cerebro, negándose a salir.

—¿Me puede hacer un último favor?

No escuchó respuesta alguna. Aún así, se atrevió a hacer su petición.

—¿Puede hacer que no duela? —Tuvo que morderse el labio inferior al final para evitar temblar.

Sus hombros se tensaron.

«No quiero morir.» La razón de que esa frase no saliera de su boca fue a causa de un doloroso nudo sobre sus cuerdas vocales, como si también en éstas hubiesen colocado otra atadura de talismanes.

Tuvo una segunda oportunidad para reír, llorar, amar, odiar. Hizo amigos en esa nueva vida que se juró a sí mismo cuidar y proteger. No obstante, su destino quedó marcado el día en que ingirió el dedo de Ryōmen Sukuna y ahora era el momento de consumarse.

El lado positivo fue que cumplió su promesa. Estaba rodeado de gente a pocos minutos de morir. No eran las personas que le hubiese gustado tener cerca, con excepción de su maestro, pero nada podía hacer para remediarlo.

—No te preocupes —dijo Gojō, retirándose la venda del rostro—. No te dolerá. Después de todo…

Sacó las manos de los bolsillos y elevó una a la altura de la cara.

—Soy el más fuerte.

Todo terminó en un instante. Con un chasquido de dedos y una luz tan increíble como cegadora. En un parpadeo, la existencia de un ser humano fue borrada del planeta. De un chico joven, sin familia, aunque lleno de ilusiones y con un futuro prometedor.

La ejecución de Itadori Yūji, el recipiente del Rey de las Maldiciones, Ryōmen Sukuna, concluyó con éxito.

Las horas subsecuentes fueron vacías para Gojō. No por la razón de su más reciente pérdida, sino porque, en verdad, no se cruzó con ninguna persona al salir del subterráneo.

Se dirigió a la que alguna vez fue la habitación de Yūji para sacar sus pertenencias y, por primera vez en un buen rato, se encontró con Fushiguro Megumi, quien salió de la puerta contigua.

—Megumi. —Hizo el intento de saludar como de costumbre, levantando la mano con una sonrisa.

—Voy de salida —cortó Fushiguro en seco—. Misión —explicó.

Ni siquiera hizo el intento por buscar su mirada. No quería dirigirle la palabra. Lo que menos deseaba en esos instantes era verlo a él. Apresuró el paso hacia la salida, donde lo esperaba Nobara.

Gojō abrió la habitación de Yūji. Ese lugar, que siempre se sintió relajante y acogedor, como una base segura, le hacía pesar el cuerpo con cada paso que daba. Era como si ese espacio estuviera afectado por una maldición enfocada en aumentar la gravedad con la que era atraído hacia el piso.

Por si fuera poco, aquello fue el inicio de un silencioso calvario. Los días que siguieron a ese no mejoraron. No sólo Fushiguro lo evitaba. El resto de los estudiantes también lo hacían.

—¡Aquí llega la increíble Maki Zen'in! —anunció con la emotividad de un presentador de televisión entrometiéndose en el reportaje del momento—. ¿Puede decirnos cómo resultó su última encomienda? Dicen que fue un trabajo lleno de peligro y adrenalina. —Le acercó un micrófono imaginario esperando a que respondiera.

Ella chasqueó la lengua en respuesta.

—Debió ser difícil —agregó, ya como persona normal, no como reportero—. Escuché que perdiste un arma. ¿Quieres venir al almacén más tarde?

—No hace falta. Fushiguro va a darme una de las que ya no ocupa.

Gojō no hizo comentario alguno sobre el trato frío y desinteresado. Se limitó a seguirla, unos pasos por detrás para encontrarse con el resto de los muchachos, pues llevaba tiempo sin verlos.

—No hace falta que vengas —dijo Maki, a sabiendas de que nadie deseaba toparse con él todavía.

Sabían que su trabajo como hechicero era el peor de todos; sin embargo, no podrían perdonarlo con tanta facilidad por lo que hizo.

—Vamos, vamos, será divertido, se me ocurre algo que…

—Nadie tiene tiempo para divertirse —interrumpió en una tonalidad hosca—. El intercambio va a ser rápido.

Gojō se detuvo a mitad del pasillo en cuanto vio a Toge llamar a Maki, que emprendió un trote lento hacia él para dirigirse a otro lugar.

Solo de nuevo. Entrelazó ambas manos y las llevó hacia la nuca, como si necesitara un soporte.

«Ya no son niños. Deben estar muy ocupados ahora» se convenció a sí mismo, fingiendo que la venda sobre sus ojos lo volvía un completo ignorante de una situación que se negaba a aceptar.

Más tarde, esa misma noche, entró al cuarto de Fushiguro con algunas botanas tanto dulces como saladas.

—Megumi —canturreó—, veamos una película. El día de hoy ha sido muy aburrido.

El chico, que revisaba el celular sobre la cama, lo dejó de lado en la mesita que disponía a un lateral y se giró sobre uno de sus costados para darle la espalda al otro.

—Estoy cansado. Otro día será. Buenas noches.

Gojō estaba acostumbrado a las notas de monotonía en la voz de ese joven en particular, aunque su desinterés nunca fue tan incómodo como en ese momento.

Fushiguro sintió un peso adicional tras de sí. No debía ser un genio para saber quién se había sentado a un lado.

—Me evaden mucho últimamente.

—Qué raro. Me pregunto por qué será —respondió con una densa ironía.

—Era mi trabajo. —Encorvó la espalda para recargar los antebrazos sobre sus propias rodillas—. Fue una orden.

Fushiguro se sentó, cruzando las piernas sobre su lugar.

—¡Exacto! —contuvo el coraje, apretando ambos puños en el acto—. ¿Desde cuándo hace caso a lo que los altos mandos tengan que decir? ¡¿Desde cuándo?!

Él estaba al tanto de que su petición egoísta de evitar la ejecución de Yūji resultaría fatal a la larga. Incluso sabiéndolo, que la persona en quien depositaba toda su confianza lo hubiese traicionado de tal manera fue…

—¡Reaccione!

Algo hizo click dentro del cerebro de Gojō. Era cierto. ¿En qué momento comenzó a obedecer a esos malditos viejos?

Una súbita punzada hizo que llevara una mano a la frente.


En cuestión de segundos abrió los ojos. La oscuridad de la noche lo tenía rodeado. Un sudor frío, incómodo y casi nauseabundo le empapaba el cuello, el pecho, la espalda y las articulaciones. Se incorporó de la cama con pesadez, sintiendo el frío otoñal calando cada centímetro de piel. Mareado y confundido se dirigió hacia el baño, donde tomó la toalla de manos y se limpió todo lo que había transpirado a causa de esa estúpida visión.

«Justo como dijo esa vez. Esto pasaría tarde o temprano» recordó las palabras de Yūji, que fungieron como un arma recién disparada en una carrera.

Tenía pantalones puestos, así que agarró lo primero que encontró en su clóset para cubrir su torso y se dirigió hacia los dormitorios de estudiantes con paso apresurado.

Su respiración, pesada desde que abrió los ojos, no alcanzó a regularse en el trayecto. Giró el picaporte y abrió con cuidado. Se adentró en la habitación, que no se sentía alterada en un sentido gravitacional. Lo que terminó por apaciguar su intranquilo corazón, fue la presencia del chico en la cama.

Pese a la falta de luz, podía distinguir la energía maldita gracias a los Seis Ojos y no era un remanente de lo que alguna vez fue Sukuna-Yūji; estaba cien por ciento seguro de que ese desprendimiento era el de alguien vivo, alguien que respiraba, alguien que existía.

—Gracias al cielo —suspiró.

«No te maté.»

Yūji dormía plácidamente; boca arriba y sin señales de sufrir algún tipo de pesadilla o ser molestado por Sukuna en un momento destinado al descanso y la relajación de la mente y el cuerpo.

En alguna ocasión su alumno llegó a comentarle que Sukuna se ponía pesado para intentar privarlo de pegar ojo en la noche, con el objetivo de agotarlo y apoderarse de su cuerpo. No obstante, Yūji tenía un sueño pesado como pocos y, según su propio testimonio, era capaz de dormir en el piso de la estación del metro sin problema alguno en caso de ser necesario.

Durante varios minutos, Gojō se mantuvo de pie a un costado, observando como el pecho del muchacho subía y bajaba. Por increíble que pareciese, ese simple cuadro logró serenar el intenso y angustioso palpitar de un órgano atolondrado que yacía entre sus pulmones, protegido por las costillas.

Sin una sola palabra, él estaba consciente de que un simple gesto de Yūji era capaz de aquietar su mundo o ponerlo de cabeza por completo.

Gojō no era un ser arrogante, insensato y presuntuoso de nacimiento; el ambiente en el que creció y el tiempo lo volvieron así, aunque eso se pusiera en duda seguido. De todas formas, aún con todos sus defectos, supo de inmediato lo que su alumno evocaba en él.

Recordar su ridícula pesadilla le produjo un malestar en el estómago. Podría ser capaz de muchas cosas, unas un tanto más crueles y sanguinarias que otras, pero si hubiera algo que fuese incapaz de hacer, sería el dañar un solo cabello de su querido estudiante.

Pese a que le sentara mal recordarlo, no pudo deshacerse de su mejor amigo, Suguru Getō, cuando éste le dio la espalda a la humanidad. Levantó la mano en su contra y reunió energía maldita. La misma que disipó antes de siquiera ser capaz de pronunciar las palabras detonantes de su ritual.

Gojō sabía que tener corazón y ser consciente de ello era el impedimento más grande para cualquier hechicero. Incluso para el más fuerte de ellos.

Si no fue capaz de deshacerse de su mejor amigo en el pasado, mucho menos podría extinguir la vida por la que intercedió con esmero. Una vida que estaba cuidando. Una vida de la que se había encaprichado.

A diferencia de Fushiguro, el niño al que en momentos veía como un hijo y en otros como un hermano menor, Yūji tenía un privilegio del que nadie más gozaba y del que no supo el momento exacto en el que momento se lo cedió.

Fue un robo. Fue voluntario. No lo sabía y a esas alturas no le importaba averiguarlo, pero desde que Yūji «revivió» fue que supo cuán enamorado estaba de él. Fue errático, estúpido y obvio al extremo, al punto en el que incluso Shōko se dio cuenta de ello.

Los días de entrenamiento en el salón subterráneo no sólo le sirvieron a su alumno para progresar como hechicero, sino también a Gojō para avanzar como persona, como ese ser humano que hacía mucho tiempo se negó el derecho a la felicidad.

Si había algo en lo que Gojō y Nanami estuviesen de acuerdo, era que tener una pareja era lo más idiota que se les podía ocurrir. Con un constante balanceo del péndulo que definía la vida y la muerte, aquello no era una opción. Nanami optó por dedicarse al trabajo y disfrutar de sus pasatiempos durante sus días libres, restringiendo ese aspecto emocional. Gojō, por otra parte, no se privaba de los placeres de la vida, pero no buscaba nada serio. O así fue hasta que ese intrépido muchacho de cabellos rosados apareció.

Nunca, en ningún momento de su existencia, deseó besar una sonrisa tanto como la de Yūji. Nunca anheló tanto tener a alguien en sus brazos hasta que conoció a Yūji. Nunca creyó ser capaz de experimentar ese tipo de afecto candente y que amenazaba con desbordarse, como cuando estaba con su adorado Yūji.

¿Qué si era inmoral? ¿Qué si casi doblaba la edad? ¿Qué si en un momento de promiscuidad pudo ser padre a los trece años?

Había pecado lo suficiente y un desliz de más o de menos no haría gran diferencia.

Con los sentimientos a flor de piel, aunque sus movimientos fueron delicados y parsimoniosos, Gojō apoyó una mano sobre la cama y se valió de esta para soportar su peso y unir sus labios con los ajenos.

Los saboreó con cuidado, sin agobiarse por lo inmoral que aquello pudiese resultar a ojos ajenos. Nadie los veía de todas formas y el único ser, además de él, que quizá era testigo de todo eso, no tenía voz ni voto para decidir si eso estaba bien o mal.

Si tenía algún remordimiento, era el de no ser capaz de prolongar ese beso tanto como le hubiera gustado, porque Yūji resultó adictivo como las drogas y tan necesario como el oxígeno. Para él, Yūji era la mismísima ambrosía hecha persona.

Sin embargo, eso no se quedaría así. Eso no podía quedarse así.

Se jugaría todo o nada, pues ahora que sabía lo que Itadori Yūji representaba en su vida, no podía ir por ahí esperando a que alguien más le arrebatara aquello que nunca creyó merecer.

Tal vez era egoísta. Tal vez era inmaduro. Pero en su mundo de limitaciones donde, irónicamente, él era infinito, aún había alguien que podía ser su compañía en ese infierno.