"Siempre he odiado mi empleo".

Ese pensamiento me persigue cada que vengo aquí. Cada que traigo a alguien nuevo y cada que sirvo el té.

Nunca sé que tipo de persona será, me he encontrado de todo un poco.

Fríos, calientes, tibios. Nadie es por completo negro ni blanco. Son grises, teñidos de virutas claras u oscuras dependiendo de sus actos.

No hay una edad para venir aquí ni un género predominante. Es curioso, pero incluso las clases sociales pierden su valor cuando llegan a este lugar.

Los secretos son revelados y los pecados se castigan con severidad. No hay nada que hacer, salvo aceptar lo que le toca a cada uno.

Observo al muchacho frente a mí que parece dubitativo, sus manos tiemblan con ligereza en el agarre de sus pantalones y su mirada se halla gacha, temerosa.

Tiene miedo de irse, pero no de la muerte.

Puedo ver la vida por la cual se ha desgastado. Sus estudios, su empleo y su madre discapacitada que quizá no se percate de su ausencia en medio de la demencia.

No desea quedarse por él mismo, sino por ella. Sabe que apenas cruce al otro lado, no volverá a verla y le preocupa lo que sucederá de ahí en más.

Es tan transparente y muy noble.

Suspiro por lo bajo, para que no me escuche. Acerco el té a él y, finalmente, levanta la vista hacia mí.

—¿De verdad... he muerto? —pregunta con ojos llorosos. Es la quinta vez que lo hace.

Asiento, con paciencia.

Esto suele pasar a veces, las personas no aceptan con facilidad que les ha llegado la hora. Tardan en procesar lo ocurrido y hay quienes se niegan a seguir el camino que se les ha impuesto.

—Max Kanté, 18 años. Motivo de muerte: accidente automovilístico —vuelvo a leer la blanca tarjeta que me fue entregada esa mañana—. Tuviste un mal día y no volteaste a los lados antes de cruzar. Un coche te impactó y estás muerto.

Él aprieta su agarre y se echa a llorar de nuevo. Se mantiene renuente por un breve instante pero no tarda en tomar la taza y mirarla con detenimiento.

—¿Qué sucederá con mi madre? ¿Estará bien?

—Lo estará. Alguien velará por ella, tardará un poco en reunirse contigo pero volverás a verla antes de tu próxima vida.

El chico asiente reiteradas veces, se limpia las lágrimas con el dorso de la manga y bebe el té de un trago.

Sonríe cuando deja la taza sobre el diminuto plato de porcelana. Me agradece y yo sólo puedo desearle un buen viaje.

Al menos, él tiene el consuelo de ir a dónde yo nunca podría. Descansará como hace años que yo no lo hago.

Le devuelvo la sonrisa, feliz por él pero sintiendo mucha lastima por mí mismo.


He vivido varios siglos de este modo. Condenado a dirigir las almas errantes a su destino, como una parca.

No tengo recuerdos de mi vida pasada como ser humano, no tengo un nombre y no sé quien fui. Pero, he escuchado, que los ángeles de la muerte son elegidos por un grave castigo cometido en su vida anterior.

Estoy pagando por un pecado que no recuerdo y no puedo saber cuanto tiempo durará mi penitencia.

Mi única forma de cruzar al otro lado, es justamente esta, ayudando a otros a que lo hagan.

—¡Ah, superior! —vuelvo la cabeza para encontrarme con mi compañera, una muchacha de rasgos orientales y el pelo muy corto. La saludo con una sonrisa y ella se acerca a mí con alegría—. ¿También le han llamado? Los altos mandos se han vuelto por completo locos luego de lo sucedido con la parca N1N0. El trabajo ahora es más pesado.

Frunzo el ceño, desconcertado. A pesar de ser una de las parcas más antiguas, no me entero de muchas cosas que ocurren en nuestra 'organización', si es que se le puede llamar así.

—¿Le pasó algo malo?

Recordaba vagamente a N1N0, era un chico de tez morena, alegre y muy amable. Llegamos a cruzarnos en un par de accidentes conjuntos, me parecía alguien amigable y sincero, por lo mismo, no podía imaginarlo involucrado en algo malo.

—¿No escuchó? —ella observa para todos lados antes de aproximarse a mí y susurrarme en voz muy queda—. Dicen que encontró a la mujer que fue su esposa en su vida pasada y huyó con ella. Los superiores los están buscando pero nadie se atreve a preguntar sobre lo sucedido.

—¿Cómo supo que era su esposa?

—Al parecer fue pura casualidad, le tomó de la mano por accidente y bueno... usted debe suponer lo que pasó después.

Afirmo por instinto pero me encuentro ensimismado en lo que acabo de escuchar. Sostener la mano de una parca acarrea consecuencias. Con ese simple contacto, somos capaces de ver las vidas pasadas de los seres humanos, conocer hasta sus más profundos secretos y revelar los pecados que cometieron anteriormente.

Me llevo una mano al pelo negro y resopló, contrariado. Sé que ninguno recuerda su vida anterior, pero tengo el impulso de preguntarle a mi compañera si ella posee alguna memoria. Sin embargo, antes de poder hacerlo, somos llamados.

Están por entregarnos una nueva tanda de sobres negros.


Veo los nombres de nueva cuenta sobre las tarjetas blancas, no deseando olvidar ninguno cuando el momento llegue.

Me hallo en una escuela, una universidad si soy más especifico. Nadie puede verme por el sombrero.

Cuando nos convertimos en ángeles de la muerte, nos lo otorgan como prenda celestial. Nuestra existencia es oculta por él y podemos pasearnos sin ser advertidos.

Volteo hacia el gran edificio que está cimentado frente a mí. Las personas se pasean sonrientes sin darse cuenta que pronto ocurrirá una tragedia. Un incendio está por comenzar en el último piso y varios estudiantes perderán la vida por el descuido de alguien más.

Tengo siete sobres en la mano, siete almas que partirán a la muerte de forma definitiva. Al contrario de lo que debería ser, no me hace sentir bien tener que conducir a tantas almas al otro lado.

Camino hacia el edificio sin mucho ánimo, oculto de todos y en una apariencia por completo oscura. El negro es el color de la muerte, por lo tanto, no podemos usar otro color cuando trabajamos.

Es, mientras pienso en cosas triviales, que alguien choca contra mi espalda. El golpe no es fuerte pero me toma desprevenido y caigo al suelo de rodillas, el sombrero se desliza de mi cabeza y soy visible nuevamente.

Expiro, cansado, a la vez que me vuelvo a ver a mi atacante. Mi molestia se esfuma apenas lo veo y una profunda tristeza me envuelve. Siento el corazón oprimirse con un dolor inusual, por lo que me llevo una mano al pecho de manera instintiva.

—¡Lo siento tanto! No te vi, ¿estás bien? ¿quieres que llame a un médico? —pregunta, acercándose a mí e intenta tomar mi mano, pero la aparto de inmediato.

Busco su mirada y él también me ve, pasmado. Hay algo extraño en él pero no estoy seguro de lo que es.

No reparo en que estoy llorando hasta que me sostiene la vista. Nunca, en mis tiempos de parca, lloré una sola vez, a pesar de que vi cosas tan tristes y lamentables. No obstante, ese muchacho de cabellos rubios que se encontraba frente a mí, me estaba sacando lágrimas sin saber el por qué.

—Tú... ¿te he visto antes? —también tengo ese presentimiento pero decido no mencionarlo.

Parpadeo numerosas veces hasta que recobro el sentido, no sé lo que ha pasado pero voy tarde. No tengo tiempo para distraerme con acontecimientos banales.

—Por favor, mírame a los ojos —pido con el rostro mojado y sosteniéndome el pecho.

—No creo que pueda mirar a otro lado —su comentario me sorprende y, por algún motivo, me avergüenza. Sin embargo, lo ignoro y continúo con mi labor.

—No me has visto el día de hoy, no me conoces y vas a volver a tu casa ahora mismo, sin recuerdo alguno de este encuentro.

Él se incorpora con una mirada perdida, se da la vuelta y comienza a caminar hacia afuera del edificio. Hará lo que le digo sin siquiera saberlo, ya que se encuentra bajo el hechizo de un ángel de la muerte.

Lo veo irse y siento el dolor menguar. Mi respiración se regula a la vez que busco el sombrero para colocármelo. Tengo que cumplir mi deber a como de lugar, ese extraño sinsentido puede esperar.


Cuando he despachado la última alma, noto algo raro.

Se suponía que el incendio que se produciría en el laboratorio, causaría una baja de siete personas pero las muertes no coinciden con el número de tarjetas.

Vuelvo a tomar los sobres entre mis manos y repaso cada uno hasta que encuentro el sobrante. El nombre desaparece apenas lo toco pero logro verlo con claridad antes de que eso suceda.

Adrien Athanase Agreste

21 años

Causa de muerte: incendio

Aunque tengo la tarjeta, no puedo saber como luce la persona hasta que ha fallecido. Así que no puedo asegurar la razón de su falta.

Suspiro con fastidio. Un milagro, un caso especial, sólo significa más papeleo, más trabajo.

Este tipo de casos, suelen ocurrir a veces. Un milagro inesperado de algún ser caprichoso, extiende las vidas de los seres humanos. Hay quienes viven largo tiempo luego de una maravilla como esa, pero hay otros a los cuales la muerte les persigue de cerca hasta que logra llevárselos.

Un alma sobrante no debe existir o el mundo perdería su equilibrio y la naturaleza se volvería loca.

Vuelvo a fijar la vista en el papel que ahora está por completo blanco.

Ese chico, Adrien, quizá viva hasta la vejez si se ha tratado de un verdadero milagro pero, si ha sido un accidente provocado por terceros, la muerte lo reclamará en cualquier momento. Incluso, si no soy el ángel que guíe su alma.

Los casos especiales son un verdadero fastidio.


No soy un ser humano, pero puedo dormir y comer aunque realmente no lo necesite.

Rento un departamento en un edificio donde viven varias parcas, además de mí y puedo vivir una vida, relativamente normal.

No puedo envejecer pero puedo hacer olvidar a los humanos mi existencia.

Es curiosa esta forma de vida, ya que ni siquiera estoy vivo.

Me hallo en una cafetería de la ciudad, he terminado mi trabajo temprano así que puedo tomarme el lujo de descansar un poco.

Espero mi pedido con paciencia, a la par que veo a las personas caminar en el exterior. Las envidio tanto, ellos pueden tener una vida, una familia, mientras yo estoy condenado a recoger sus almas y verlos ascender sin poder seguirlos.

Escucho que llaman por mi pedido y me levanto con pesar. Tomo el café y pienso en volver a casa, o eso hasta que choco contra alguien y mi bebida termina esparcida en el suelo.

—¡Lo siento tanto! —su voz me suena familiar. Cuando levanto la vista me encuentro con él de nuevo y mi pecho reacciona, acelerando un corazón que pensaba no tener—. ¡Voy a pagarlo! ¡Compraré otro para ti!

—No, no. Estoy bien, gracias.

Por algún motivo, su presencia me abruma. Quiero alejarme de él lo más pronto posible pero mis piernas no parecen cooperar, me dejan ahí plantado frente a él.

—Insisto, por favor, déjame pagar lo que he hecho —su mirada me deja pasmado, hay algo en ese par de esmeraldas que me provoca obedecer lo que me pide.

Asiento sin más remedio y él sonríe de un modo hermoso. Me lleva hasta una mesa y me pide que espere para que pueda comprar mi café.

Mis ojos siguen su dirección, no puedo apartar la vista de él y siento esta enorme tristeza mezclada con una emoción parecida a la felicidad.

¿Cómo se puede estar triste y feliz al mismo tiempo?

Él vuelve unos minutos después y se sienta frente a mí. Para él debe ser la primera vez que nos vemos mientras que yo le recuerdo con claridad de hace unos días.

—En verdad lo siento mucho. He estado muy ajetreado con la escuela y por ciertos problemas personales, pero me gusta hacerme responsable de mis errores.

—Está bien, lo entiendo. No te preocupes —sonrió en su dirección y lo veo apartar la mirada de inmediato. Parece nervioso pero desconozco el por qué.

—Soy Adrien, por cierto, Adrien Agreste, ¿qué hay de ti? ¿Cuál es tu nombre?

Abro los ojos con sorpresa al oírle. Es él. Este chico frente a mí es el alma perdida, el caso especial. Me quedo atónito por un momento, percatándome de la realidad y de mi culpa en aquella situación.

Este chico debió morir en el incendio pero, por un accidente, terminé salvándolo. Cometí un terrible error y debo hacérselo saber a mis superiores.

Ahora, estoy seguro de que la muerte vendrá por él. No debería estar con vida y, en algún punto, fallecerá.

—¡Ah! ¿Por qué estás llorando?

Me llevo una mano a la mejilla y me doy cuenta de que es verdad. Estoy llorando, otra vez, por culpa de este chico a quien apenas conozco.

Le veo tomar varias servilletas y acercarse a mí para limpiar mis lágrimas. Yo sólo le observo, minucioso, y él no tarda en darse cuenta. Me sostiene la mirada como aquel día y pronto nos hallamos perdidos en los ojos del contrario.

—Tienes unos ojos muy bonitos —menciona, mirándome fijo y mi corazón parece salirse de mi pecho.

Es entonces que el chico del mostrador llama por nuestros pedidos y noto como él vuelve a la realidad de golpe. Se disculpa para levantarse un momento e ir por los cafés.

Lo sigo con la mirada por unos segundos y aprovecho su descuido para salir de ahí. Algo no está bien, pero no tengo la intención de quedarme a averiguarlo,

Otra cosa sobre este empleo, es que no puedo relacionarme con seres humanos. Tarde o temprano notarían algo extraño en mi naturaleza, así que sería peligroso fraternizar con ellos. Su vida es efímera pero la mía no tiene fecha de caducidad.

Cruzo la calle poco antes de que el semáforo cambie de nuevo, sin embargo, me vuelvo de inmediato al oír esa voz otra vez.

Él corre hacia mí, con las mejillas sonrojadas por el frío y un gesto preocupado en el rostro. No voltea a los lados al atravesar la calle y un coche está por impactarlo.

Mi cuerpo actúa por voluntad propia y, con ayuda de mis habilidades, me transporto a su lado a gran velocidad para arrastrarlo lejos de la calle.

El auto derrapa un instante y las llantas hacen un chirrido que atrae la atención de los transeúntes.

Nadie parece haberme visto, lo que es un alivio. Suspiro y bajo la vista a él, su cara se ve pálida, por lo que puedo adivinar que está muy asustado. Se aferra a mí con fuerza y esconde el rostro en mi pecho.

Lo he vuelto a hacer. Salvé su vida otra vez. Los superiores van a matarme, si es que es posible morir de nuevo.

Busco su rostro para poder verle a los ojos, tengo que borrar su memoria otra vez o las consecuencias podrían ser desastrosas. Pero, para mi infortunio, él no parece dispuesto a separarse de mí. Advierto su fuerte agarre ceñirse en mi espalda con una fuerza curiosa para un ser humano.

Mantengo mis manos en sus hombros, le siento temblar y mi corazón duele de improvisto. ¿Por qué me afecta tanto lo que sucede con este chico? Presiento que podría arrepentirme de la respuesta.

Tras unos minutos, él parece tranquilizarse pero no se despega de mi lado y yo tampoco intento alejarlo.

—Gracias por salvarme —habla de repente, sin atreverse a levantar la cabeza. Esto es un gran problema, si no puedo verlo, no podré enmendar mi error.

—Eso no... —dudo— ...no fue nada.

Finalmente, nuestras miradas se cruzan y tengo la oportunidad de poner mi hechizo a funcionar, pero, por algún motivo, no me atrevo a hacerlo. No cuando veo sus ojos agradecidos cubiertos de lágrimas temerosas.

Mi pecho se agita de nuevo y no logro pensar con claridad. Mi cuerpo parece actuar por sí solo cuando coloco una mano en su mejilla y acaricio su pómulo con mi pulgar. Limpio sus lágrimas y le doy una media sonrisa.

A él no parece molestarle mi tacto frío porque parece perdido en esa simple caricia.

Me obligo a salir de mi letargo al oír las bocinas de un coche. Estoy en una posición peligrosa y sé que debo salir de aquí cuanto antes.

Lo aparto con suavidad, ante su mirada de desconcierto que luce ligeramente preocupada.

—Lo siento, tengo que irme —suelto de forma apresurada y desvío la vista de su rostro. Temo que sus expresiones puedan provocarme un deseo arriesgado por mantenerme a su lado.

—¿Ya? Quiero decir, a-antes te fuiste sin que pudiera pagar por tu bebida. Al menos déjame devolverte el favor, yo... bueno... —claramente, intenta retenerme por más tiempo, pero no puedo dejar que eso suceda, no cuando su presencia me confunde tanto y despierta cierta ansiedad en mí.

—No puedo quedarme, tengo trabajo.

Lo veo voltear hacia todos lados, desesperado, como si buscara una excusa valida a la que no pudiera negarme.

—¡Tu teléfono! Si hoy no puedes, quizá podamos vernos otro día. Yo de verdad quiero agradecerte por tu ayuda.

Me quedo callado un momento que sólo sirve para ponerle más nervioso.

No sé que decirle. Para empezar, ni siquiera tengo un teléfono. Ya que no tengo la necesidad de contactar con otras personas u otras parcas, no le había visto la utilidad. Pero, decírselo, le hará creer que no quiero dárselo. Lo que podría no ser una mentira.

—Perdón, hace un tiempo que perdí mi último teléfono y no he comprado otro —aquello sonaba más sincero que la verdad.

Él aprieta los labios con fuerza. Su gesto concentrado, me provoca sonreír con levedad. De algún modo, me hace recordar a un hámster con las mejillas llenas.

'Tan lindo'.

Me deshago de ese pensamiento apenas cruza mi mente.

No es hasta que lo veo sacar un cuaderno y una pluma, que reparo en la pequeña mochila en su espalda. Garabatea un par de cosas antes de entregarme el papel, el cual contenía su nombre y número telefónico.

—Si compras pronto un teléfono, por favor no dudes en llamarme... eso me haría muy feliz —admite con el sonrojo cubriéndole.

Observo el papel un instante con temor. No debo volver a verlo. No puedo formar un lazo con un humano, mucho menos con uno que está destinado a morir.

Tengo que regresar el papel. Ser claro y decirle que no es prudente volver a vernos, pero las palabras no salen de mi boca y se atascan en mi garganta.

—No tendrías que darle tu número a desconocidos. Yo podría no ser tan bueno como crees —argumento en cambio, pero él no luce preocupado en lo absoluto.

—Tienes razón —sonríe—, todavía no me has dicho tu nombre.

No puedo ver mi rostro pero sé que palidezco al oírlo.

No tengo un nombre, quizá tuve alguno una vez, pero no lo recuerdo. ¿Cómo podría decirle que carezco de uno siquiera?

Paso saliva con dificultad, nervioso, sin saber si debería darle mi número de serie de la organización o sólo inventarme uno.

Le quito el bolígrafo y tomo su brazo con cuidado, evitando tocar su mano. Pienso en escribir el mote que me dio la organización pero me detengo al instante.

¿Qué estoy haciendo? Esto no está bien. Tengo que parar. Jamás, en mis años de parca, desobedecí una orden. Soy un ejemplo a seguir para algunos novatos y compañeros más veteranos. Mi único deber y preocupación debería ser cumplir con mis obligaciones.

Sé lo que tengo que hacer: borrar su memoria, reportarlo con los superiores y olvidar que alguna vez me crucé con él.

Así que... ¿por qué no puedo hacerlo? Este chico me asusta. Su sola existencia pone en duda todas mis creencias.

Sin embargo, en cuanto levanto la vista y cruzo miradas con él, mis temores se disipan como si jamás me los hubiese planteado.

Escribo en su brazo de forma rápida, sin echar una última mirada y no puedo evitar sentirme rebelde por ello.

Él frunce el ceño, desconcertado. Quizá, intenta darle sentido a los números y letras que hay en su piel.

—¿Es Luka? La última A parece un cuatro —ríe.

Arrugo el entrecejo y vuelvo a ver lo que escribí. Al parecer, garabatee mal y puse el siete al revés, por lo que simula una L y el cuatro una A.

Suspiro. No tiene caso contradecirlo, así que sólo me limito a asentir. Él no pregunta mi apellido y me siento aliviado por ello, ya que no creo ser capaz de hallar una respuesta coherente.

Ve el nombre con una sonrisa y, por primera vez, siento que aquello no es un error.

O eso espero.


La veo beber el té con cierta elegancia antes de que lo ponga sobre el diminuto plato de porcelana. Me mira, sonriente, antes de pasear la mirada por cada rincón de mi lugar de trabajo.

Esta chica, Aurore, fue asesinada por su propio novio. No tuvo la mejor vida: una familia disfuncional y un novio posesivo acabaron con lo único valioso que le quedaba.

Cuando me presenté ante ella lucía tan rota y vacía, pero ahora se le ve más feliz que antes. Sólo puedo desear que su próxima vida sea más larga y llevadera.

Ella detiene su recorrido en mí y suelta una risa aguda.

—¿Es normal que me sienta más liviana ahora? Me siento bien pero creo que debería sentirme culpable por ello.

—Está bien, pronto los recuerdos desaparecerán y podrás volver a la tierra con una nueva vida. Sólo olvida todo lo que pasaste y sé feliz.

Ella sonríe y asiente, contenta, pero no se va de inmediato, lo que me tiene un poco confundido.

—¿Nos volveremos a ver? Quiero decir, en mi próxima vida, ¿serás tú quien me traiga de vuelta?

Parpadeo con desconcierto por su pregunta pero niego en cuestión de segundos.

—No lo creo, no es seguro que te encuentres al mismo ángel de la muerte dos veces. Además podrían pasar siglos antes de que reencarnes, no sé si... —me detengo.

Aún no sé cuando terminará mi penitencia, así que no podría afirmar que me habré ido para entonces. Ella podría vivir su última vida y ascender, pero yo... no puedo asegurar que me iré pronto. Es un deseo que veo muy lejano.

Creo que ella nota mi desanimo porque simplemente me agradece y sale del lugar con una sonrisa.

Suspiro, exhausto. No debería pensar en esas cosas, pero no puedo evitarlo. Hace días que me como la cabeza en preocupaciones sobre la vida y la muerte, más frecuentemente que antes.

Es como un impulso. Como su fuera más consciente que antes de mi propia situación y deseara cambiarla de algún modo.

Me obligo a desalojar esos pensamientos de mi mente, me recuerdo mi deber y que mi recompensa llegará en algún momento.

Tomo la taza que Aurore ha dejado y me encamino a apilarla junto al resto. Ya son tantas que temo que puedan acumularse y que el espacio falte pronto.

Cuando vuelvo y lavo mis manos en el fregadero, mis ojos recaen en ese pedazo de papel con números y letras. Mi corazón se agita irremediablemente.

No he vuelto a saber de él en un tiempo y es lo mejor. Ese chico sólo me trae confusión y un sentimiento de inconformidad que no sé de donde proviene. El poder que tiene sobre mí, me asusta.

No debo buscarlo ni fraternizar más con él. Ya he decidido que me alejaré lo suficiente para no enterarme si la muerte lo reclama o no. Cada día pido por no ser la parca que guíe su alma.

Eso digo, pero siempre que pienso que puede morir, siento un dolor punzante en el pecho que no me deja respirar. Me ahoga imaginarlo y no entiendo la razón.

No me gusta pensar en él, pero no consigo evitarlo. Me reprocho cada día no haber borrado su memoria y me pregunto el por qué salvé su vida en aquella ocasión.

¿Tiene caso preguntármelo siquiera? Las respuestas no acuden a mí cuando las necesito.


Reviso la dirección cuando llego al lugar, inspecciono que no me he equivocado y me acomodo el sombrero al notar que es el sitio correcto.

Una enorme viga pasa cerca de mí pero ni siquiera me inmuto, por más peligroso que sea, no puedo morir dos veces.

Observo a los trabajadores. Todos parecen esforzarse en su labor, algunos más felices que otros. Pronto, este lugar se va a convertir en una verdadera catástrofe.

—¡Superior! —la voz de mi alegre compañera me distrae un momento. Ella corre hacía mí con una sonrisa y las mejillas rojas, de algún modo luce tierna—. ¿También le ha tocado venir? ¿Cuántos tiene?

Pregunta con una emoción que me pone incómodo, le muestro los tres sobres en mi mano y ella formula una perfecta o con su boca.

—Creo que esta vez llevo la delantera —expone antes de sacar cinco sobres de su bolsillo.

Yo hago una mueca y me alboroto el pelo por el desconcierto.

—¿Eso te hace feliz? Es un poco cruel —su sonrisa cambia al instante, de una alegre a otra más triste. Supongo que he dicho algo que le hizo sentir mal.

—Claro que no me hace feliz. ¿Quién podría serlo con un trabajo como este? —suspira—. Pero quiero mantenerme positiva. Si llevara una cara amargada como la suya, seguro que las personas descubrirían que soy una parca —bromea y yo sólo hago un ademán disconforme por esa declaración.

Devuelvo mi vista a la enorme construcción que se lleva a cabo y, esta vez, reparo en el número de hombres. Ocho de ellos morirán hoy cuando una de las vigas se desprenda y el esqueleto del edificio se venga abajo.

Es lamentable, pero no se puede evitar.

Sin embargo, a mi mente vuelve aquel recuerdo de hace días.

Salvé a ese chico, dos veces, de forma accidental y de forma consciente. No lo he vuelto a ver desde entonces, pero llevo ese molesto papel conmigo a todas partes. Siento como si pesara en mi bolsillo y me gritara que hiciera algo al respecto.

Este sentimiento es extraño. Me incómoda, me causa una desesperación inusual pero, al mismo tiempo, me da una calidez irregular en el pecho. No puedo enfermar, así que no puede ser un virus.

Sea lo que sea, me pone ansioso e irritable.

—Por cierto —digo para ahuyentar mis pensamientos de ese chico rubio—, ¿cómo va el caso de la parca N1N0?

Ella niega con un matiz de tristeza—. Nada aún. Los superiores no han dado con ellos y, sinceramente, espero que no los encuentren. Quien sabe la sanción que le darán por eso.

Asiento repetidas veces y analizo la situación. Si los encuentran, no será un asunto que puedan pasar por alto fácilmente. Escapar de las responsabilidades, acarrea muchos problemas a la "organización".

—La última vez no me contaste todos los detalles, ¿cómo fue que se encontró con su esposa?

Ella observa al cielo a la vez que coloca una mano sobre su barbilla. Creo que está haciendo memoria y busca las palabras exactas que dirá.

—Según escuché, él iba a guiar su alma al más allá, pero por un error, tocó su mano y descubrió la verdad.

Por algún motivo, palidezco al oír eso. ¿Él iba a guiar el alma de la persona que amó al más allá?

—Eso suena terrorífico —expongo sin cuidado.

—¿Verdad? Es lo mismo que pensé. Como si no fuera suficiente castigo ser un ángel de la muerte como para tener que guiar el alma de tu ser amado. Igual que un castigo doble.

Ambos nos quedamos en silencio unos minutos. Intento procesar la situación adversa a mí. ¿Qué tanto debe odiarte el cielo para ponerte en tal dilema?

No recuerdo mi vida pasada, y aunque a veces eso me molesta, hay ocasiones en que estoy agradecido por ello. Porque si estuviese en el lugar de N1N0, no sabría que decisión tomar.

Evadir mis responsabilidades no es un camino que elegiría, las consecuencias son muy graves y no estoy seguro de que un viejo amor valga tanto la pena.

—Superior —parpadeo varias veces antes de volverme a verla, ¿me ha llamado por mucho tiempo?

—Lo siento, me perdí un momento. ¿Sucedió algo?

—No es nada malo, sólo... Bueno, usted sabe, todavía soy una novata en este trabajo aunque llevo varias décadas sirviendo —la veo morderse el labio antes de infundirse valor y decirme lo que desea—. Tengo curiosidad, ¿usted sabe por qué nos volvemos parcas?

Desvío la mirada de ella y concentro mi atención en el suelo. Sólo una vez uno de mis superiores habló del tema y no fue muy especifico al respecto.

—No lo sé a detalle, pero he oído que se debe a que hemos cometido un pecado imperdonable. Por eso somos castigados y no podemos ir donde el resto hasta que hayamos pagado por ello.

—¿Un pecado imperdonable? ¿Qué no todos lo son? ¿Qué crimen tan atroz pudimos haber cometido para pagar una condena así?

Me lo he preguntado varias veces. He tenido tanto tiempo para pensarlo que sólo he encontrado una respuesta, pero no es de mi agrado. Si de verdad cometí un pecado como ese... no quiero saberlo. No quiero saber lo que me llevó a ello ni la vida que tuve para llegar a esa conclusión.

Lo único que deseo es el final de este suplicio. Descansar en paz y reencarnar en una nueva versión de mí.

Es, mientras pienso en ello, que la viga finalmente cae y la construcción se viene abajo.

Sí, sólo debo hacer mi trabajo y olvidarme del resto, de mi pasado, de mi odio a este empleo y de ese chico que me sonríe en mis pensamientos. Debo dejar eso atrás y centrarme en lo que importa; pagar la deuda que tengo con la muerte.