Disclaimer: Esta es una traducción/adaptación de la historia Secrets We Keep de IShouldBeWritingSomethingElse. Los personajes reconocibles pertenecen a J. K. Rowling. La historia original a IShouldBeWritingSomethingElse.

Los Secretos que Guardamos.

Capítulo 1

"¡Nido de ratas!"

Hermione Granger azotó la puerta y puso las guardas. Clavó un Silencio en las paredes con su varita, y su magia se revolvía a su alrededor salvajemente.

"¡No tienes tetas!"

Movió la varita nuevamente y encendió las velas que estaban por ahí. La luz dorada se expandió y emitió un cálido resplandor.

Hermione miraba el lugar con el ceño fruncido. Una pequeña habitación con su pequeño escritorio, estantes repletos de libros y pergaminos, y un arco que conducía a un laberinto de cuartos similares. Pero la furia que sentía aplastó a la curiosidad.

¡Maldito Ronald Weasley! ¡Que se pudra!

Maldijo por lo bajo, con la rabia apretándole el pecho y el rostro encendido. "¡Frígida!" La palabra brotó de sus labios. "¿Una hielera? ¡Bastardo!"

Hermione se acercó a la enorme y vacía chimenea. Se quedó allí, mirando el vacío, respirando pesadamente, con los ojos ardiendo por las lágrimas que amenazaban con derramarse.

Su vida no había sido suya desde el principio del final hasta el final mismo de la guerra. Y ella había querido aguardar. Quería que fuera especial, que importara. ¿Por qué era tan difícil de entender? Ella estaba… de luto. Se habían perdido tantas vidas…

Trató de ignorar el familiar y agudo dolor que siempre parecía horadar su corazón.

No él. No ahora.

Había tantas otras cosas. Su vida era un desastre.

Para tratar de mantener a raya esos pensamientos, se había entregado a terminar sus EXTASIS, finalizándolos apenas unos días antes. No había ayudado mucho.

Había logrado traer a sus padres de regreso, con sus recuerdos intactos, pero también habían regresado con una frialdad, con indiferencia, que la herían en lo más profundos.

La guerra había terminado hacía muy poco, y ella no quería precipitarse para hacer lo que fuera, porque su corazón todavía era un lío.

Voldemort había muerto apenas tres meses antes, junto con su Mortífagos, todos sucumbiendo a su maldición final.

La Marca Tenebrosa los devoró vivos.

Hermione tembló al recordar ver a Lucius Malfoy sosteniéndose el brazo, gritando de dolor… luego el desconcierto cuando la piel y la carne comenzara a despegarse, exponiendo los huesos de la muñeca y el brazo… luego esas navajas invisibles cortaron los huesos también.

Nada pudo detener esa maldición. Nada. Morir le tomó al rubio una hora entera.

Hermione presionó las palmas de sus manos contra sus ojos. El horrible recuerdo destrozó la furia que la invadía. Los pensamientos que había estado tratando de mantener al margen durante todo el verano, estaban acechándola de nuevo.

¿Acaso Severus Snape había tenido el mismo destino? ¿También su cuerpo se había destrozado así, aun después de muerto? Ese verano, su descanso estuvo plagado de pesadillas, sobre cómo ellos simplemente lo habían abandonado, justo después de haber escuchado su último estertor. El momento de su muerte era reproducido una y otra vez en su mente. Y era su voz la que la condenaba por haber fallado…

Pero ella había tratado. Había tratado todo. Hizo pasar un bezoar por sus laxos labios, le había dado pociones luego de eso. Las demandas de Ron para que dejara al bastardo traidor atrás. Pero ella no pudo… Había presionado el cuello destrozado del hombre, con su sangre corriendo entre sus dedos tan deprisa, tan rápido… pero él no había soportado.

Ella pensaba que Severus la había mirado en sus últimos segundos, con esos ojos más oscuros que la noche misma, enmarcados por esas largas pestañas. Tan hermoso…

Hermione cerró los ojos y se tragó el amargo dolor. No podía cambiar los que había ocurrido.

Severus Snape ya no estaba. Había muerto.

Y Ronald Weasley era un completo cretino.

Apretó los labios. Ella había planeado… había planeado que esa noche, la noche del baile, dormiría con él. Había preparado una poción anticonceptiva y se consiguió un frasco para recoger la sangre virginal. Ambos artículos estaban ya en su bolsito de cuentas. Preparados.

Ella había palpado ambos viales y sonreído justo antes de entrar en la chimenea de Grimmauld Place para ir al vasto atrio del Ministerio. Habían quedado en encontrarse allí y llegar juntos a la fiesta. Ella había estado nerviosa e inquieta. Los nervios le llenaban el estómago, pero de esos nervios que aparecen cuando vas a hacer algo genial, o al menos, eso se dijo a sí misma. Ya era tiempo. Era lo correcto. Finalmente. Se estaba reponiendo y saliendo adelante. Sus nervios era solo producto de la falta de experiencia. Nada más. Era algo que hacían las chicas con sus novios. Pero hizo un gesto de asco cuando se dio cuenta que la voz en su cabeza diciendo esas cosas, era más la de Ron que la propia.

El atrio estaba repleto de gente y había mucho ruido. El movimiento de la gente cargada de alegría era casi arrollador. Ron la había tomado de la mano y la había arrastrado hasta las sombras de uno de los arcos de entrada, con una expresión fresca y segura de sí misma en el rostro, que provocó una sonrisa en ella también, y no objetó cuando la apretó contra sí.

Pero sí puso mala cara cuando sintió la mano del pelirrojo manosearle el trasero.

"Dios Hermione, te ves ardiente. Hagámoslo ahora."

Hermione se quedó mirándolo y se le estrujaron las entrañas. ¿Había escuchado bien? Puso un muffliato y un desilusionador no verbales a su alrededor, y batalló por ignorar el repentino dolor que sentía en el pecho. "¿Hacer qué, Ronald?"

El gesto de auto suficiencia del pelirrojo se acentuó y se frotó contra ella. "Follar, Mione. He estado desesperado por días. Casi me rompo la muñeca de tanto… bueno, ya sabes. Hemos estado juntos por un mes. ¡Un mes! Y no ayuda que el resto de nuestros amigos estén revolcándose como nifflers drogados."

Ella puso su mano contra el pecho del mocoso y empujó un poco. "¿Quieres que tengamos sexo aquí, en este hueco, con nuestros amigos y familia a pasos de nosotros?"

Obviamente, Ronald no se había dado cuenta de la rigidez en la postura de Hermione, o el tenso tono de voz, porque automáticamente, ante la pregunta, el asintió con ganas, con esa odiosa expresión todavía plantada con firmeza en su rostro.

"Como en los viejos tiempos. Un hueco oscuro, detrás de algún tapiz, sin saber cuándo iba a aparecer McGonagall o Snape para atraparte con el trasero al aire."

El dolor se hizo más agudo en el pecho de Hermione. Eso era. Sabía que él tenía más experiencia que ella, que había tenido sexo con Lavender Brown y seguramente otras más. Ella había compartido habitación con Brown y con la chica con quien más gustaba de presumir sus hazañas sexuales, Parvati.

Nunca, jamás, Ronald la había llevado a ella a juguetear detrás de algún tapiz. Hasta ese momento, ella solo había sido buena para hacerle la tarea o mantenerlo a él y Harry con vida. Ella siempre había sido la amiga, un ente no femenino, y que a Ronald le había encantado verla babear por él. Ah, pero que Merlín no permitiera que la chica se fijara en otro hombre, mientras él se follaba a cada pollera que se le cruzara.

"Nunca hicimos tal cosa, Ronald."

El idiota tuvo, al menos, la decencia de sonrojarse y el gestito tan odioso se apagó un poco, pero entonces le sonrió con suficiencia y volvió a estrujarle el trasero. "Bueno, aquí tienes. Esta es tu oportunidad."

Ella se removió para zafarse de su agarre. "No, gracias."

Ronald se frotó la cara. "¡Por Merlín, Mione! ¡No puedes seguir haciéndome esto! ¡Se supone que eres mi novia! ¡Y eso es lo que hacen las novias!"

Hermione tuvo una reminiscencia de lo que había estado pensando más temprano. Esas palabras que dijo el pelirrojo le quedaron grabadas en el cerebro. "Ah, ¿entonces eso significa que tengo que tener sexo contigo aquí y ahora?"

"Si. No. No sé. ¡Pero es que apenas me dejas tocarte!"

Ella abrió la boca para defenderse, para recordarle que se habían besado muchas veces, pero algo la detuvo. No. No tenía por qué justificarse con él. La estaba presionando. Y ella no había estado lista… no lo estaba en ese preciso momento. Una hora antes había estado preparada para llevar a cabo la tarea, pero, ¿no sonaba acaso como si se estuviera preparando para un jodido examen? No algo que se suponía tenía que disfrutar, no, más bien como si se tratara de una tarea ineludible, algo que padecer, en lugar de disfrutar… Ronald no se había dado cuenta del largo silencio de la castaña. ¿Acaso alguna vez notaba algo de ella? ¿Algo?

"Bueno, sí, me hiciste un manual la semana pasada, pero casi tuve que hacerlo yo solo, tuve que sostenerte la mano y casi obligarte. Eso no hace que un hombre se sienta deseado, ¿sabes?" Volvió a poner esa cara de saberlas todas, como si haber tenido que forzarla a tocarlo fuera algo genial.

Y ella lo había llevado al orgasmo con una extraña sensación de desapego, analizando la sensación del miembro en su mano. La casi esponjosa dureza, el extraño olor de la piel, el sonido de su palma y dedos atrapados bajo los dedos de él, el deslizamiento de la piel, emitiendo ese extraño sonido como de palmadas, un sonido que casi se perdía en medio de los complacidos gemidos de Ronald. Y eso si no estaba suplicándole para que lo dejara metérselo en la boca. Y luego, luego solo eyaculó, con el rostro enrojecido y sudado, con la barbilla floja y los ojos vidriosos, y ella se preguntó si debía sentirse contenta de haberlo llevado a semejante placer, pero no tenía idea. Ni quería saber. Entonces se dio cuenta que el saber esto, que no deseaba saber, trajo consigo una inmensa sensación de alivio. No deseaba saber, porque no deseaba a Ronald.

"Deberíamos regresar."

"Una mamada."

Ella pestañeó. Comenzó a alejarse de él, deteniéndose a orillas del oscurecido hueco. Los hechizos que había puesto más temprano le rozaron los hombros.

"¿¡Perdón!?"

"¡Me estoy muriendo Mione!" Sonaba como el chillido de un mocoso malcriado. "¿Qué quieres que haga? ¿Qué quieres que te compre? Libros, eso es. Te daré cualquier libro que tú quieras, ¿si? Por favor, Mione…"

Ella lo miró y el corazón se le terminó de partir. O sea que lo que quería era comprarle un libro por una mamada. Un pago por servicios prestados. Se tapó la boca con una mano. "¡No soy una prostituta, Ronald Weasley!"

El pelirrojo frunció el ceño, sin entender que la había insultado. "Las buenas chicas también la chupan." Otra vez esa sonrisita de mierda. "Y no me voy a quejar si no tragas."

¿Pero qué cuernos había visto en él? ¿Debería sentirse dichosa que ese cretino nunca la había visto como potencial novia antes? ¿Acaso Lavender o cualquier otra chica con la que hubiera estado antes, encontraban ese comportamiento tan repulsivo, atractivo? ¿O lo habían disfrutado? El idiota solo pensaba en su propio placer, en sus propias necesidades. Y eso solo confirmó su decisión de querer una vida apartada de la de él.

"Creo… creo que deberíamos terminar Ron." Dijo ella, alzando la barbilla. "No me gusta que me hables de esa manera."

"¿Qué?" El pelirrojo la miró con el ceño fruncido. "¿De qué estás hablando? Estamos juntos Mione."

La mirada de Weasley se endureció y apretó los puños. El rojo se esparció por sus mejillas de inmediato. "¿Hay alguien más?"

"¡NO!"

"Entonces, ¿por qué no dejas que te la meta?"

"¿Qué… te…?" La repulsiva frase hizo eco en el cerebro de Hermione al tiempo que trataba de poner sus pensamientos en orden. ¿Acaso alguna vez la escuchaba? Parecía ser que ella existía en la cabeza de él como una persona completamente diferente a quién era en realidad. "No voy a escucharte…"

Weasley la tomó del brazo antes de poder escapar del hueco en el que estaban.

"Es eso, ¿no? Me has estado llevando de la nariz todo el tiempo. ¿Es que fue alguna especie de jodida venganza? Te ignoro, así que esta es tu forma de obtener revancha, ¿no?" Se inclinó hacia ella, con el rostro retorcido por una malvada mueca. "Bueno, te ignoré por una razón. ¿De verdad crees que quería ahogarme en ese nido de ratas que llamas cabello? Y, además, me gusta que mis chicas se vean como mujeres." Se apartó un poco para mirar lascivamente el pecho de la chica. "Ni siquiera tienes tetas." Hermione lo abofeteó. Fuerte.

El idiota se frotó la mejilla, con esa mirada de odio aún fija en su rostro. "Y esa es la única muestra de pasión que tienes para mí." Escupió el pelirrojo. "Espero que al tipo con el que vayas a revolcarte le guste la polla congelada, porque, ¿quién más, Srta. Frígida, querrá meter la polla en esa hielera?"

Ronald atacaba cuando sentía que era desairado, y ella lo sabía. Siempre lo había sabido. Pero, aun así, le dolía que el chico que había sido su supuesto amigo, el chico con el que había planeado compartir su intimidad esa noche, pudiera ser tan… malvado…

Hermione le dedicó una mirada de desdén y palmeó su bolsito de cuentas.

"Bueno, él será quien se beneficie de lo que he planeado, y él no me encontrará fría. Nada de mí le parecerá frío."

Se dio la vuelta y se largó de allí, con la barbilla en alto, abriéndose paso en medio del gentío que llenaba el enorme salón de baile. Sentía el corazón en la garganta y quería gritar, pero era como si fuera a atragantarse.

La furia, el odio y la traición la embargaban. ¿Cómo pudo? ¿Cómo pudo pensar… cómo pudo decirle esas cosas?

Por un momento, deseó que hubiera un hombre, valiente y atento, que la tratara como tanto deseaba ser tratada. Quería que la sostuviera con esos fuertes brazos mientras sus labios dejaban un dulce beso en la frente, al tiempo que escuchaba esa grave y suave voz prometiéndole que todo estaría bien.

Pero ya no había tal hombre. Voldemort se lo había llevado, y con eso, convirtió la vida de Hermione en una mierda.

La rabia se incrementó. Vio una puerta apenas abierta y se separó de la muchedumbre…

…y allí es donde se encontró frente a una chimenea extraña, en esa extraña habitación.

Hermione se obligó a respirar con más calma.

No deseaba a Ron, pero las cosas que le había dicho dolían. Dolían mucho. Habían sido amigos por casi siete años. Bufó. Debió saber que una amistad comenzada en una mentira volvería a morderle el trasero algún día.

"Debí asegurarme de hacer que el troll se lo comiera."

Alzó los hombros, conjuró un espejo y miró el reflejo. No se veía tan mal. Con un par de movimientos de su varita, su cabello estaba arreglado de nuevo y el maquillaje que prefería usar habitualmente, le daba calidez a su rostro.

Se miró el pecho y el modesto escote. Apretó los labios. Bueno, no era como esas modelos de PlayWizard, pero era sana y estaba en forma. Eso era lo que importaba, no cuánto de su cuerpo podía Ronald Bilius Weasley manosear con sus torpes y asquerosamente sudadas manos.

Hermione desapareció el espejo y regresó hacia la puerta, agradecida por haber encontrado esa pequeña habitación. Aún tenía que soportar la ceremonia. Kingsley había dado a entender que había Órdenes de Merlín involucradas, aunque Hermione ciertamente no entendía el porqué de tanto secretismo. Nadie sabía quién recibiría las medallas. La lista era el secreto más celosamente guardado.

Puso una mano en el marco de la puerta y sonrió a la habitación, sin sentirse mejor sobre Ronald y lo muy cretino que resultó ser, pero al menos pudo calmarse un poco, lo suficiente como para sobrevivir el resto de la noche.

"Gracias por esconderme."

No sabía si ese lugar era como la sensible Sala de Menesteres de Hogwarts, pero nunca estaba de mas ser amable.

Las luces a su alrededor parpadearon un poco y la chica no pudo menos que sonreír. Parece que sí era como en Hogwarts.

"¿Así que ese era su plan, Srta. Granger? ¿Vociferar obscenidades y largarse?"

De repente, el corazón de Hermione se sintió duro y pesado como piedra, y casi no podía respirar. Conocía esa voz. Una voz que creyó ya nunca volvería a escuchar. Se aferró del marco de la puerta, luchando por mantenerse de pie en medio de un repentino ataque de mareos.

"¿Severus…?"

Se arriesgó a mirar atrás. Allí estaba, apoyado contra el arco de una de las entradas a otras habitaciones, una delgada y oscura presencia. La luz dorada de las velas se reflejaba en sus duras facciones, esa cortina de cabello oscuro brillando, y sus ojos infinitamente oscuros casi hipnóticos.

Una breve y cortante sonrisa estiró uno de los costados de su boca.

"Hola, esposa."

N/T: ¡Hola otra vez! Aquí les traigo una nueva traducción, esta vez, de varios capítulos, y fiel a mi estilo, un Ron-bashing. ¡Cómo me gustan esas historias! Espero que la disfruten. ¡Hasta el próximo capítulo!