Disclaimer: Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling. Yu-Gi-Oh! es propiedad de Kazuki Takahashi, Shueisha y Konami.


Algunos detalles sobre esta historia:

Tiempo: En primer lugar, la cronología de Harry Potter fue movida una década (Harry nació en 1990). Esto para hacerla coincidir un poco más con la cronología planteada en el anime de Yu-Gi-Oh! GX.

Nombres de personajes: En esta historia se emplearán los nombres usados originalmente en Japón para los personajes de Yu-Gi-Oh!.

Sobre el duelo: Los nombres de las cartas están escritos de acuerdo a su traducción oficial al español (esto para facilitarme el buscar información de cartas y no cometer errores al escribir los nombres en inglés). Si la carta no cuenta con una traducción, empleo la que aparezca en la Wiki en español de Yu-Gi-Oh!, o en los videojuegos oficiales. En referencia a los duelos, me apego lo más posible las reglas del OCG y el TCG existentes hasta la era GX, sin tomar en cuenta las siguientes series (a menos que la trama lo requiera); así mismo, empleo los efectos oficiales de Konami siempre que sea posible y no afecte la trama. No utilizo ninguna lista de cartas prohibidas o limitadas, salvo con cartas que la misma serie GX nombrara como prohibidas (ejemplo: Dragón Emperador del Caos – Enviado del Fin). Si aparece alguna carta de series posteriores, me limitaré a cartas que tengan lógica dentro de la era GX, salvo que la trama lo requiera (en general, pocas o ninguna de las otras invocaciones del Extra Deck, mucho menos las que involucren nuevas zonas del campo).


Capítulo 1

¿Qué es Duelo de Monstruos?


1

Las lágrimas de rabia y frustración corrieron por el rostro del niño, mientras se encogía sobre sí mismo. Estaba sentado en el pasto, con sus brazos envueltos alrededor de sus rodillas, abrazándose hasta ser una «bolita», como si tratara de hacerse pequeño e invisible. Se había escondido detrás de un arbusto en el parque del pueblo en el cual vivía. Su cuerpo temblaba a causa del llanto, y de vez en cuando emitía ahogados hipidos. Nunca fue uno de esos niños que lloraban a gritos y pataleos.

«¿Por qué las cosas tienen que ser así?», se preguntó. «¿Por qué ya no puedo hacer todo junto con mi hermano?». Anhelaba los tiempos pasados, antes de que ese hombre, Dumbledore, se entrometiera en la vida de su familia. Podía entender que su hermano necesitaba aprender algo de magia antes de tiempo; pero no que eso significara quedarse solo en casa casi todos los días. Y lo peor: su padre se había enfadado con él cuando decidió que era suficiente y dijo en voz alta lo que pensaba.

Se apretó más sobre sí mismo al recordar aquello.

Estuvo allí por lo menos tres o cuatro horas. El sol estaba ya muy bajo, y las sombras de la tarde comenzaban a ganarle terreno a su luz dorada en el parque de Valle de Godric, el pueblo donde vivía.

Ya no lloraba. Se sacó los anteojos, los limpió con su camisa y luego se limpió la cara con la manga. Estaba a punto de marcharse, cuando el sonido de unas voces infantiles llegó desde el otro lado del arbusto. Eran de un niño y una niña. Permaneció quieto un momento, tratando de escuchar. No era capaz de oír todo lo que decían, pero algunas de las palabras que captó le resultaron conocidas: magia, ritual, elfo, entre otras.

El niño dio un pequeño rodeo al arbusto, tratando de escuchar mejor la conversación de los otros dos niños. Por lo que había escuchado, bien podían ser magos como él. Sin embargo, razonó, los magos no decían esas cosas abiertamente. Al menos no en un parque como ese donde los (¿cómo los llamaba su padre?... ¡Ah, sí, muggles!) podían escuchar. Sus padres siempre le habían repetido a él y a Charlus, su hermano, lo importante de mantener la magia en secreto cuando estaban en lugares públicos donde no había magos ni brujas.

Se acercó un poco más, aunque teniendo cuidado de que los niños no fueran capaces de verlo. Era un tanto tímido, sobre todo por qué no acostumbraba a salir de casa sin sus padres. Su presencia en el parque se debió más que nada al impulso de salir corriendo ante el enojo de su padre. De hecho, estaba seguro de que ellos debían de pensar que estaba en su habitación; si no su madre ya habría venido a buscarlo para regañarlo por salir de la casa sin permiso.

Decidió dejar de pensar en esas cosas. Ya se las arreglaría con sus padres después, ahora tenía curiosidad por saber que hacían esos niños.

Estaban sentados en una de las mesas para pícnic, y por lo que podía ver jugaban a algo con unas cartas. Aunque no parecían ser cartas explosivas. Eran más como esos naipes sin magia, como los que su padrino Sirius usó para intentar enseñarles a jugar Póker a él y a Charlus, antes de que su madre se las confiscara y regañara a Sirius por apostar dinero real.

—¡Eso no es justo! —exclamó la niña mientras barajaba su mazo de cartas.

—Es un duelo —respondió su compañero con un tono algo presumido—. Gana quien haga las mejores jugadas.

—Lo sé, pero ese monstruo es muy poderoso. Mi elfo apenas si tuvo oportunidad.

¿Un elfo? ¡Por supuesto! Había oído a su madre decir que algunas criaturas mágicas aparecían en diversos juegos y cuentos muggles. Así que después de todo no eran magos. Pero eso no hizo más que disparar su curiosidad. ¿Cómo sería ese juego? Esos niños parecían tener su edad, ocho años. Tal vez si se acercaba y preguntaba… Sacudió la cabeza para apartar tal idea de su mente. No podía simplemente llegar y decir algo como: «Hola, ¿a qué juegan? ¿Puedo jugar también?».

Centró su atención nuevamente en los niños. El chico se había quedado viendo sus cartas con un gesto pensativo. Era un niño de tez blanca y cabellera azul verdosa con muchos mechones en forma de picos.

—Invoco a «Capitán Merodeador» —dijo mientras tomaba una carta de su mano y la ponía en la mesa—. Con su efecto puedo invocar un segundo «Capitán Merodeador». Y ya sabes lo que significa.

—¡No se vale! —gritó ella—. Siempre sellas mis ataques. Detesto ese combo.

El niño, por toda respuesta, sonrió con un gesto burlón. Alzó la mirada de sus cartas y fue entonces que vio al niño que les espiaba. Harry se dio cuenta de inmediato. El niño de cabello verde-azulado tenía la vista fija en los arbustos en los cuales él se estaba ocultando. Así que se escondió rápidamente, asustado por haber sido descubierto espiando. Su madre le había enseñado que eso era de muy mala educación.

—¡Hola! —escuchó la voz del niño llamando justo hacia su dirección. El corazón le latía ferozmente.

Pensó en echar a correr, pero sus piernas no respondían. Finalmente, tras lo que pudieron ser minutos, se armó de valor, apretó los puños y volvió a asomarse.

—¡Vamos, no seas tímido! —gritó el otro niño mientras sonreía.

Su compañera se había girado y ahora la veía directamente. Era una chica morena y de cabellera oscura, larga hasta los hombros.

El niño suspiró y caminó lentamente hacia ellos.

—Soy Johan —se presentó el niño con una enorme sonrisa en su cara—, y ella es mi prima, Samantha.

—Soy Harry.

Su mirada se posó en las cartas. Eran pequeñas, casi del mismo tamaño que los naipes que su madre confiscó a su padrino. Sus marcos eran de colores llamativos: amarillo, naranja, verde; con una imagen al centro, un cuadro con un texto en la parte inferior y otros elementos. Por ejemplo, una línea de estrellas de color naranja, justo sobre la imagen de algunas de ellas (las de color amarillo y naranja).

—¿Juegas Duelo de Monstruos? —preguntó Johan al ver como miraba las cartas.

Harry negó con la cabeza. Johan sonrió.

—Bueno, entonces presta atención.

Harry se sentó al otro lado de Johan y observó cuidadosamente a los dos primos realizar una partida.

—Lo primero que debes saber —comenzó a explicarle Johan— es que hay tres clases de cartas: monstruos, mágicas y trampas. El objetivo del juego es acabar con los puntos de vida del oponente, a la vez que defiendes los propios. Los monstruos te ayudarán a esto, mientras que las cartas mágicas sirven para apoyarlos y las trampas para debilitar la estrategia de tu oponente. Claro, pueden hacerse más cosas, dependiendo lo que indique cada carta: como buscar un monstruo en tu Deck, que es el mazo o pila de cartas, o recuperar una carta del Cementerio, que es a dónde van las cartas que ya han sido utilizadas.

Así, entre Johan y Samantha, continuaron explicándole a Harry el funcionamiento del juego.

Al principio parecía muy complicado, aunque no a un nivel que lo hiciera imposible de jugar; más bien parecía del tipo de juegos que se volvían complejos dependiendo de la destreza de quien lo practicaba. Dicho factor le daba un toque distinto a los juegos de cartas convencionales, incluso los del mundo mágico, y lo volvía más parecido al ajedrez. Le agradaba esa idea. Le recordaba las partidas de ajedrez mágico que solía tener con su madre, antes de que Dumbledore decidiera que Charlus era más importante. Claro, aquí los monstruos no gritaban malos consejos a los jugadores, o se salían de las cartas para romper las del adversario.

Observó varios duelos. Johan jugaba una baraja de guerreros, mientras que Samantha usaba principalmente monstruos normales (que no poseían efecto, es decir, sólo atacaban o defendían sin tener alguna habilidad especial más allá de eso), apoyados por cartas de magia (verdes) y trampas (violetas) que les permitían ser traídos al campo en grandes oleadas, como turbas enfurecidas.

A medida que ellos jugaban, Harry aprendió muchas cosas. El juego se llevaba a cabo por turnos, los cuales estaban divididos en fases. Las fases servían para determinar en qué momento se podía robar cartas del mazo o jugar determinados tipos de tarjetas; así mismo, cuándo se activaban sus habilidades (llamadas efectos). Le hablaron de las distintas clases de cartas de monstruo, y las subdivisiones de las cartas mágicas y de trampa, conforme las fueron utilizando.

Finalmente, Samantha y Johan se turnaron para prestarle sus mazos para que probara jugar duelos por sí mismo.

Para cuando se dieron cuenta, eran casi las diez de la noche. Habían estado poco más de tres horas inmersos en la plática y el juego. Harry no se arrepintió de eso. Era la primera vez que se divertía tanto con otros chicos de su edad, que no fueran su hermano o el chico Weasley, Ron. Sin embargo, sabía que a esas horas sus padres ya debían de haberse dado cuenta de que no estaba en la casa, después de todo se había saltado la cena.

—Ya es muy tarde —dijo mientras se ponía de pie y le devolvía sus cartas a Samantha—. Tengo que irme. Fue un placer conocerlos.

—Sí, nosotros también tenemos que irnos —dijo Johan—. La tía Clara debe estar muy molesta.

Samantha asintió con la cabeza, mostrándose de acuerdo con su primo.

—¿Crees que puedas venir mañana? —preguntó la niña a Harry—. Cerca de las dos de la tarde.

Harry permaneció pensativo. Al día siguiente sus padres tenían una de sus visitas a Hogwarts, el colegio donde Dumbledore era director, para uno de los entrenamientos mágicos de Charlus. Estaría él solo en casa casi todo el día. Sí, sin duda podría ir.

—Seguro —asintió mientras comenzaba a alejarse.

—Trae dinero —agregó Johan como ocurrencia tardía—. Si puedes, claro. ¡Compraremos cartas!

—¿Cuánto? —preguntó Harry girándose, su tono era dudoso. No sabía cuánto dinero muggle tenía en sus ahorros.

Johan se quedó pensativo un momento.

—Un mazo de principiantes cuesta alrededor de doce libras —razonó Samantha—. Y los sobres cerca de tres libras cada uno.

Harry se lo pensó antes de responder. Era una cantidad grande. Él y su hermano habían aprendido a utilizar el dinero muggle por instrucción de su madre, así que sabía perfectamente cuanto era ese dinero. Tenía ahorradas unas cuarenta libras, creyó recordar, sólo en caso de necesidad de usar dinero muggle. Suponía que bien podía gastar la mitad, después de todo era su dinero, ¿no?

—Bien —asintió—, nos vemos mañana.

Y se marchó.

2

Tenía que llegar a casa. Estaba seguro de que sus padres estaban muy preocupados. Avanzó entre las calles oscuras hacia la parte en donde las familias mágicas tenían sus casas, es decir, al norte del pueblo. Pasó frente a la vieja iglesia, con el cementerio donde estaban las tumbas de varias generaciones de la familia Potter, y otras tantas familias mágicas, y no mágicas, que habían vivido en el pueblo durante decenas de generaciones.

Siguió su camino, hasta que la casa de su familia fue finalmente visible al final de la calle. Las luces estaban encendidas.

Se detuvo en la entrada y dudó un momento. Tal vez fuera mejor dar la vuelta y entrar por la puerta trasera, solamente en caso de que sus padres no se hubieran dado cuenta de que no estaba en su habitación (algo absurdo, pues su madre no le habría permitido saltarse la cena). Finalmente, tomó su decisión. Abrió la verja y luego rodeó la casa a través del jardín, rumbo al patio trasero.

Por fin entró y continuó su camino en dirección a las escaleras. Se detuvo en el pasillo, justo frente a las puertas de la sala. Albus Dumbledore estaba sentado allí, viéndolo desde un sillón. Sus ojos parecieron brillar detrás de sus anteojos de media luna. Iba vestido con una túnica azul eléctrico con estrellas amarillas estampadas, y un sombrero de mago a juego. Casi igual a Merlín en aquella película animada que su madre los llevó a ver en un cine de Londres el verano anterior.

—Buenas noches, mi niño —saludó el anciano.

—Ejem, buenas noches… señor —se las arregló para responder.

No parecía que sus padres estuvieran por allí.

—Han ido a buscarte. Realmente nos preocupaste a todos. Pero ya que estás aquí, creo que les enviaré un mensaje.

Dumbledore agitó su varita mágica, y al instante la figura plateada de un fénix emergió desde la punta. El ave cruzó la sala y luego salió por el pasillo, pasando justo a un lado de Harry, en dirección a la puerta principal.

—Estoy seguro de que vendrán muy pronto —dijo el director. Se llevó la mano derecha al bolsillo de la túnica y extrajo un puñado de caramelos verdes envueltos en papel transparente—. ¿Gustas un caramelo de limón?

Harry sólo atinó a negar con la cabeza. El anciano pareció triste ante la negativa, aunque de inmediato su semblante volvió a la normalidad. Desenvolvió uno de los dulces y se lo llevó a la boca.

Harry no sabía qué pensar. Si Dumbledore estaba allí, era obvio que había ido a ver a sus padres. Seguramente habían estado toda la tarde hablando sobre Charlus y su futuro. Eso era de lo único que se hablaba en la casa Potter en esos días. Tal vez sus padres acababan de notar que de hecho no estaba en la casa. Se sentía aliviado de que hubieran ido a buscarlo, eso demostraba que realmente aún les preocupaba.

Quiso golpearse a sí mismo ante tales pensamientos. ¡Por supuesto que aún era importante para sus padres! Era su hijo. ¿No es eso lo que los padres hacen? Preocuparse por sus hijos. Pero la duda y la incertidumbre, ante los cambios ocurridos en su familia durante el último mes, continuaban allí en lo más profundo de su mente, lastimándolo. Esperaba que en algún momento del futuro desaparecieran. Detestaba sentirse de esa forma con respecto a su propia familia, pero sobre todo detestaba la furia que comenzaba a sentir hacia su gemelo mayor. ¡Era su hermano, por Merlín!

Un silencio se extendió por la habitación, mientras Harry meditaba todas esas cosas. Dumbledore simplemente estaba allí, sentado en el sofá degustando su caramelo. Cualquiera que viera al anciano director podría llegar a pensar que estaba absorto en su propia mente, pero en realidad analizaba al más joven de los hermanos Potter.

No necesitaba ser un maestro en legeremancia para saber las cosas que seguramente pasaban por la mente del niño. Era una especie de maldición para quienes tenían un hermano sobresaliente. Muchas veces, en el pasado, modestia aparte, había pensado en la forma en que su hermano Aberforth debió haberse sentido al tener la presión de vivir a la sombra de los logros que él había llevado a cabo en su paso por Hogwarts. A decir verdad, en la actualidad, Dumbledore cambiaría todos sus logros por poder tener una relación normal con su hermano.

Únicamente esperaba que los jóvenes Potter pudieran arreglar sus diferencias, y no terminaran como ellos.

El anciano salió de sus pensamientos cuando la puerta principal se abrió. Una llorosa Lily Potter corrió hasta su hijo menor y lo abrazó.

—¡Harry! —se escuchó la voz de James Potter—. No vuelvas a asustarnos así. ¿Dónde has estado?

Su madre se apartó un poco y lo observó de manera inquisitiva, ya más aliviada de comprobar que estaba bien.

—Yo… —Harry descubrió de pronto que le era muy difícil hablar con claridad. Se sentía avergonzado de haber actuado así. De haber hecho llorar a su madre y preocupado a su padre—. Estaba en… el parque. —Su voz era muy queda.

—Bueno —se escuchó la voz de Dumbledore, quien ya se había puesto de pie y ahora caminaba hacia ellos—, ya es tarde y debo volver a Hogwarts. Seguramente todos se preguntan por qué me he saltado la cena.

—Gracias por cuidar a Charlus, director —dijo Lily Potter.

—No es nada. Estaba tan cansado que se ha dormido casi al instante.

El anciano continuó su camino en dirección a la puerta.

—Los veré mañana —se despidió.

—Buenas noches, Albus —dijo James Potter, antes de que la puerta se cerrara tras del anciano.

Luego, su mirada volvió a centrarse en su hijo.

—Espero que entiendas lo preocupados que estábamos todos —dijo James mientras le veía de forma severa.

—Lo siento —murmuró Harry bajando la cabeza, avergonzado.

Lily soltó un suspiro de alivio por haber superado esa crisis. Nunca antes había experimentado algo como eso. Desde aquella noche fatídica en que Voldemort aprovechara su ausencia para atacar a sus hijos, Lily no se había permitido estar un solo momento sin saber que ellos estaban seguros. El hecho de que ese día Harry hubiera podido salir de la casa, a pesar de las barreras colocadas para evitar esto, le había demostrado lo fútiles que podían llegar a ser sus intentos por mantenerlos a salvo.

Dumbledore se lo había dicho: no podría tenerlos vigilados en casa toda la vida. En algún momento debían salir y enfrentarse al mundo. Ella únicamente tenía la esperanza de que, cuando eso pasara, pudiera controlarlo.

El hecho de que Harry hubiera podido saltarse los escudos, sin que ninguno de ellos se diera cuenta, en su enojo por la discusión que habían sostenido esa tarde, les demostró que como su hermano era un mago poderoso. Y que tendrían que protegerlo lo mejor posible, previendo que volviera a escapar como ese día.

—Debes estar hambriento —dijo Lily saliendo de su mutismo—. Te prepararé algo ligero.

Harry siguió a su madre a la cocina. James fue hacia la chimenea para contactar a Sirius y Remus por Flú, ya que ambos habían estado preocupados luego de que les avisaran de la desaparición de Harry.

Mientras tanto, Lily había puesto un plato con dos sándwiches de queso, acompañados por un vaso con leche, frente a su hijo. Harry devoró la comida en silencio, mientras su madre abandonaba la cocina para ir a hablar con su padre en su estudio.

La mente del niño era un hervidero. Habían sucedido muchas cosas ese día. La discusión con su padre, su escape hacia el parque en un intento por estar realmente solo por un rato, el encuentro con Johan y Samantha, y por sobre todo el Duelo de Monstruos. Era un juego increíble. Era asombroso como las personas sin magia se las habían arreglado para crear un juego tan emocionante sin necesidad de cartas que explotaban, o pelotas homicidas persiguiendo a los jugadores. No era que el Duelo de Monstruos fuera superior o mejor que los juegos mágicos; más bien había un cierto toque de magia oculta en el juego que era capaz de atrapar a magos y muggles por igual.

Tal vez, pensó, sus creadores habían sido magos hijos de muggles o squibs expulsados del Mundo Mágico, quienes habían creado el juego como un recuerdo al Mundo al que alguna vez habían pertenecido. Todo era posible.

Hizo una nota mental para preguntarles a sus amigos sobre el origen del juego. Tal vez con un poco de sutileza, como le había inculcado su madre cuando les daba clases en casa a él y a su hermano un par de años atrás, podría obtener una pista sobre el origen real del juego.

Y eso lo llevaba a otro problema. Debía de pedir permiso a sus padres para ver a Johan y a Samantha al día siguiente. Luego de los problemas que había armado esa noche, no estaba tan seguro de que escaparse de casa durante las lecciones de Charlus, como lo había pensado antes, fuera tan buena idea.

Se levantó para llevar el plato y el vaso vacíos al fregadero, justo cuando sus padres entraban de nuevo a la cocina.

—Si ya terminaste puedes ir a dormir —le ordenó su padre, para luego agregar, mientras pasaba a su lado—: mañana hablaremos de lo que pasó hoy.

Harry asintió, les dio el beso de las buenas noches y se apresuró a llegar a su habitación en la planta alta.

3

Johan y Samantha se levantaron de la mesa, guardaron sus mazos en los estuches que colgaban en sus cinturones, y comenzaron su camino de regreso a casa al igual que su amigo.

—Es un chico simpático —comentó Samantha mientras cruzaban la calle.

—Sí, aunque creo que hoy tuvo un mal día.

—Por eso lo invitaste a jugar —entendió Samantha.

—Bueno, en parte —confirmó Johan—. Siempre es bueno compartir la dicha de los duelos con quienes no la conocen.

Samantha comenzó a reír ante esa respuesta tan típica de Johan.

—Debí haberlo supuesto. Contigo siempre es igual, primo.

—¡Por supuesto! Algún día las personas creerán en sus mazos y forjarán vínculos con sus cartas. Pero, eso no sucederá si antes no aprenden a apreciar los duelos.

Samantha sonrió nuevamente. Su primo nunca cambiaría, pero no importaba, le agradaba así.

—Por cierto —dijo Johan de pronto—, me resulta extraño que no conocieras a ese niño.

Samantha le dirigió una mirada inquisitiva. Johan tenía una mirada pensativa mientras se rascaba la nuca. Un gesto común en él cuando trataba de descifrar una especie de misterio al que no encontraba una respuesta convincente.

—Debe vivir en la parte alta del pueblo —respondió ella volviendo su mirada al frente. Ahora pasaban justo por la zona comercial. La juguetería local, que era también el lugar donde compraban las cartas de Duelo de Monstruos, estaba cerrada. Lógico, teniendo en cuenta la hora que era.

—¿La parte alta?

—Sí —respondió ella—. Es la parte más antigua del pueblo. Según la abuela, muchas familias se han heredado las casas de esa zona de generación en generación desde hace siglos. Sus familias fundaron Valle de Godric en tiempos medievales.

—Eso no responde nada —argumentó Johan—. Es decir, únicamente hay una escuela en todo el pueblo. Ellos deberían de estudiar allí.

—Nunca verás a ninguno de los niños de la parte alta estudiando con los otros. Ellos reciben educación en casa. Sus familias son… extrañas. A la abuela no le agradaban mucho. Decía que eran arrogantes y estaban estancadas en la edad media. Pero bueno, a ella nunca le gustaron esas personas.

Samantha se entristeció un poco. Su abuela paterna había vivido toda su vida en Valle de Godric, al parecer era descendiente de alguna de esas familias de la parte alta. Su padre, mucho tiempo atrás, le había contado que la habían expulsado de la familia. Al parecer ellos se avergonzaban de ella. Ahora eso no importaba mucho. En casa nunca se hablaba de la familia de la abuela. Si a ellos no les había importado expulsarla, entonces no tenían por qué preocuparse por esas personas.

Finalmente, llegaron a casa de Samantha y su conversación pasó a otras cosas mientras se preparaban para irse a la cama.