Título: Literatura sin sentido.
Personajes: Ray, Isabella.
Pairings: -
Línea de tiempo: ¿Semi-AU?
Advertencias: Disclaimer Yakusoku no Neverland/The Promised Neverland; los personajes no me pertenecen, créditos a Kaiu Shirai y Posuka Demizu. Posible y demasiado OoC [Fuera de personaje]. Semi-AU [Universo alterno]. Situaciones dramáticas y dolorosas. Alusión a temas sensibles (suicidio); se recomienda discreción. Nada de lo ocurrido aquí tiene que ver con la serie original; todo es creado sin fines de lucro.
Clasificación: T
Categoría: Angst, Familiar.
Total de palabras: 2310
Nota de autora: SE SUPONÍA QUE ESTO IBA A SER UN DRABBLE
Also, recuerden que mi mayor headcanon es que Ray tiene trastorno de estrés postraumático, lo cual sería absolutamente normal luego de toda la situación que ha vivido en su infancia
Summary: Ray está cansado de imaginar un mundo parecido al de los libros. E Isabella lo sabe. Como también sabe que no hará mucho más de lo que cree poder hacer. Él está tan harto de que ella lo sepa todo.
Ray no tiene un sólo recuerdo donde no esté siendo atacado por el miedo.
E Isabella ya lo sabe.
Porque, bueno, resulta que ella es su madre. Y las madres sólo necesitan dar un poco de sí mismas (sinceridad, ridícula y absurda sinceridad y falso falso falso amor y devoción, engaños insensatos y toda una pantomima desagradable, cargada de algo parecido al cariño, un placebo intermitente) para conseguir mucho, mucho más que un corazoncito frágil e inocente —y transformarlo en una roca brillante, en un diamante pulido que refleja la luz de la luna (porque en el infierno no existe tal cosa como el sol, no hay calidez, sólo calorcalorcalor abrasador que lo único que sabe hacer es quemar la piel, romperla a bruces y convertirla en cenizas, mientras la agonía de un millón de gritos resuena al igual que una orquesta sanguinaria que anuncia el día del juicio final, donde estarán las almas que se volverán los verdugos de quienes fueron sus verdugos).
Ray ha tenido la tentación de agarrar los cuchillos de la cocina y cortarse los hilos azules bajo su piel de arena blanca. Y es que— es que los trazos son tentadores y él puede escucharlos cantar (boom, boom, boom, estás vivo estás vivo y ellos no), cantar y cantar a todas horas, y aullar en las noches en las que ve una linterna alejarse de su hogar.
Está cansado.
E Isabella lo sabe. Lo sabe muy bien. Por eso siente lástima por su niño —aquel con quien comparte algo más que sólo un mentiroso deseo de familiaridad etérea, porque el tejido podrá ser más pequeño que la punta de una aguja, pero es más fuerte que las cadenas imaginarias que le han puesto a ambos, dentro de ese mundo de pesadillas—, así que le regala más y más compresión, más que a cualquier otro, y le deja ser y lo mima pero lo rechaza porque sabe, claro que sabe—
Ray la odia más que a nada.
(O eso quieren creer. Los dos se aseguran de repetírselo.)
Y teniendo un collar mientras que su voz se convierte en un susurro, Ray decide dejar de buscar amor para siempre. No lo dará y no lo recibirá. Será compasión o será condescendencia, o quizá hasta lástima y empatía, pero nunca amor. No siente amor por nadie, no quiere sentirlo. Así que se refugia tras las letras impresas en papeles, se esconde en los estantes por horas y luego, luego finge que no tiene miedo, que su pulso no ha aumentado al recordar que, una vez llegue su décimo segundo cumpleaños, habrá leído el último libro de la biblioteca casi interminable que hay bajo la mansión hecha de polvo y sangre. No le molesta, se repite, no tiene más miedo. Es inevitable, es inevitable, es inevitable.
Un mantra que no asegura que sus ojos piquen y su garganta duela como si le estuvieran clavando un cuchillo justo ahí. Y no sangra, pero le gustaría. Le encantaría sangrar, le encantaría quitarse la máscara negra de la cara y sonreír y llorar y gritar y enojarse y decirle a ella— a Isabella, decirle que no quiere morir.
Pero es inútil.
Ray sabe que es inútil. Isabella también lo sabe.
Él tiene tanto miedo. Tanto que se esconde tras las páginas de un libro de fantasía, lleno de la alegría que nunca podrá alcanzar (porque está atado al limbo, a un castigo eterno donde sus pies se queman en las brasas de los corazones que arden por la eternidad, de aquellos niños quienes confiaron en él y le amaron de verdad, y que él dejó a su suerte porque— porque es un maldito cobarde y ha decidido salvar solamente lo que tiene posibilidad de salvarse, como si no se pudiera ir contra un destino impuesto, como si no fuera dueño de su propia vida y sus opciones ya las haya puesto alguien más, y no le quede de otra que aceptar o morir y— y él realmente no quiere morir, sabes, realmente no quiere hacerlo), cargado de valores y colores de arcoíris y canciones que no tienen un pasado de tono carmesí o sonrisas ignorantes de niños enamorados.
Ray está cansado de imaginar un mundo parecido al de los libros.
E Isabella lo sabe. Como también sabe que no hará mucho más de lo que cree poder hacer.
Él está tan harto de que ella lo sepa todo.
Por eso, casi está feliz de ver su rostro de sorpresa en cuanto se escapa de sus garras.
Sólo que no lo está. No está feliz.
Y él no ha cambiado nada, en serio. Aún si ha escapado, ha logrado alcanzar la meta impensable de vivir un día más luego de cumplir sus doce años, no hay diferencia. Otra vez ha dejado atrás a alguien, otra vez ha dejado morir a quien quería.
(No tiene manera de mentirse porque, si lo intenta, siente horror y casi podría vomitar.)
Ray ve el verdadero sol por primera vez. Y tal vez canta más de lo debido ese día —para consolar a los niños a su alrededor que lloran la pérdida de su amada madre—, mientras evita que sus propias lágrimas caigan.
No tiene tiempo para un lujo así.
Ray prefiere recordar sólo malos momentos luego de eso.
Y, más tarde, mucho más tarde (mucho después de huir de bestias salvajes, de descubrir secretos sempiternos, de conseguir tesoros invaluables y de lograr vivir junto a lo que se atreve a llamar familia— sólo para llegar al final de una travesía inconclusa y ver morir y morir y morir a un montón de otros niños malditos que fueron arrastrados injustamente a este plano, que no tenían salida, como la mujer que le miró con inmaculado amor hasta el último momento y quiso, aunque sea por un instante, que él viva y sueñe y sea feliz por muchos, muchos años más de los que ella misma pudo— Ray casi podría ensuciar sus manos con sangre al desear abrazarla una última vez) el problema que está ignorando le atormenta en sueños y le asfixia en silencio, en soledad.
Y es que— es que son sus manos (las de ella), que pensaba que eran frías pero que nunca lo fueron. El frío siempre había sido cosa suya, cosa de su temor y la resignación a la muerte próxima aún cuando no era más que una criatura pequeña que nunca supo lo que era vivir fuera de una jaula, soñando gracias a las imaginaciones que alguien más decidió escribir. Memorias prestadas que añora sin querer. Y también se mantiene este anhelo que sabe salado y es líquido y le empapa la cara y ensucia su ropa. La presa de plata que tanto esmero puso para mantener en pie se ha hecho añicos. Todo porque no hay cosa que extrañe más que un abrazo y una canción y tal vez, tal vez un falso amor que acabará evaporándose apenas el reloj dé las doce, la medianoche, y la sombra salga de la habitación, le deje solo y triste y aterrorizado de que el mañana lo alcance.
Ray sabe que ya no tiene nada que temer.
Pero no puede evitarlo.
Y ahora está completamente en solitud, porque todos se han ido. Porque Norman siempre ha sido frágil. Porque Emma no es diferente a él y se ha sacrificado (pero su sacrificio siempre es mayor y siempre consigue lo que quiere). Porque los demás niños saben sus atrocidades y ellos crecen y crecen y se van y ya no temen y probablemente nunca lo han hecho como lo hizo él.
Porque, en realidad, no hay absolutamente nadie que le entienda en verdad.
—Tú lo hacías.
Su voz es rasposa. La garganta le duele de tanto llorar y los ojos le duelen, porque su alrededor está tan lleno de una luz (fantasmal) eterna y no puede ver más allá del domo de incorrecta realidad que su mente se ha empeñado en crear a causa de su inmaculada soledad. Son sólo imaginaciones suyas, lo sabe muy bien —oh cómo lo sabe, como siempre lo ha sabido, como ha entendido desde el comienzo y entenderá hasta el final, aún si no quiere acabar así, tras la verdad—, y aunque lo sepa se convence de que ya no importa.
Sólo está cansado.
En mitad de un sueño lúcido, un recuerdo inexacto, prefiere perderse en la suavidad del suelo natural que está debajo suyo, sentir una brisa fresca e ignorar los muros invisibles que se alzan varios kilómetros más allá, donde ya no puede verlos pero sabe que siempre están allí. Prefiere también escuchar el silencio y observar, con sus amargos y tristes orbes de plata derretida, la mentira que él mismo ha construido inconscientemente.
—Madre, ¿tú entendías? —Pregunta, y su voz hace un eco espeluznante. No hay cielo ni hay color, pero la mujer sentada a su lado parece mirarle con verdadera dulzura. Un sentimiento que ha bloqueado y que le cuesta, le cuesta tanto saber cómo es que ha conseguido dibujar en esta ilusión suya—. Lo sabes... sabes lo que doloroso que es. Sabes que tengo miedo. Sabes mucho y yo... yo no sé nada.
Libros y libros y libros. Siempre son libros, siempre se ha refugiado en ellos y buscado las respuestas allí, y ha creído hallarlas pero nunca sabrá la realidad. La morbosa realidad que acecha en su espalda y tienta su piel con sus garras de aguja y quiere ahogarle calladamente.
Ray siente que los hilos bajo su carne vuelven a palpitar con demasiada fuerza, y tiene tantas tantas tantas ganas de cortarlas con el trozo afilado que se ha escapado de su interior. Tal vez, piensa, ver una cascada roja le alivie el alma, porque eso ha sido siempre el problema, el color rojo, el que vio sobre el vestido del tono de la muerte que había visto en su madre.
(Es hilarante que el rojo de la sangre no vaya con la muerte misma.)
Pero mientras ve sus manos temblorosas que no paran de doler, casi tarda más de un segundo en notar que —la soledad— ella vuelve a envolverle en un abrazo.
La plata vuelve a diluirse. Su corazón podría secarse. Él quiere gritar pero el nudo de su garganta le impide soltar más allá que un pequeño sonido de tristeza reprimida.
Es triste. Es triste. Es triste.
(Nada de eso es real.)
Ray ya no quiere saber si es real o no.
Sólo quiere que Isabella sepa que la necesita. Antes de que se acabe el tiempo y tenga que despertar otra vez en un mundo donde ya no le queda nada ni nadie, porque todo lo que tenía, todo con lo que creció fue con el miedo y el terror y la tristeza de no saber qué más podría hacer para salvarse de aquel infierno.
Maldice. Maldice un montón de veces al recordarlo. Maldice mientras traga la sangre que se escapa por su boca y sabe a metal, un metal distinto al de las rejas que continúan apresándolo firmemente a esta inmarcesible vida de ensueño, a la pesadilla constante en la que ha levantado su vida.
—Mamá... Mamá... Mamá... —llora como nunca se ha permitido hacerlo, mientras sus dedos magullados se aferran a la tela efímera, a la piel irreal de su despreciable madre—. Lo siento... Lo siento... Mamá, no te vayas.
«No me dejes no me dejes no me dejes tú también, no me dejes porque todos me han dejado y tengo miedo y sufro y no quiero que me odien, no quiero verles porque no quiero que me vean así y no quiero estar solo y sólo quiero vivir y–»
Ray sabe que estaría mejor si hubiera muerto hace tiempo.
—Está bien, Ray.
Sus caricias apenas se sienten.
Siempre se trata de una ilusión, después de todo. Una mala pasada de su mente.
Pero, aunque sea así, Ray continua aferrándose con todas sus fuerzas al uniforme maldito que vive en su memoria, a la mujer endemoniada que decía amarlo cuando iba a entregarlo para que fuera comida. Y no le importa, de veras que no le importa, porque ya nada le importa.
Sus manos esta vez son tan cálidas. Los suaves dedos de la dama se enredan en su cabello y le calman. Siente que podría quedarse dormido gracias a eso.
(Pero él siempre ha estado dormido, como en coma, para no tener que sufrir de todo lo que ya está sufriendo otra vez.)
—Mamá está aquí.
Entonces Ray lo recuerda.
Isabella siempre ha sido así— siempre ha sido una ilusión. Una que él ha ignorado todo el tiempo.
Un beso en la frente y varios minutos más tarde, Ray decide que es mejor salir ya de esta mentira que se ha creado él solo. Se despide de la quimera que tiene la sonrisa y el rostro y la calidez de su madre y abre los ojos, encontrando la soledad que vuelve a abrazarle con lentitud.
Observa las fotografías.
Un millón de recuerdos.
fin.
