Cronología

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Al principio podía mirarla a los ojos y nada más, obligándose a la discreción, porque sostener su mirada segundos más de los que tenía permitidos significaba una bofetada asegurada. No le gustaba que la observara demasiado, y luego de que su mano se lo dejara en claro, le enseñaba la espalda hasta que decidía perdonarlo, si es que lo hacía.

No es que esperaba que su futura esposa fuera un pan de miel, cuando ni siquiera estaba seguro de qué clase de niñas le gustaba. Apenas conocía una, pero un prospecto de Tamao sonaba extraño y le incomodaba por algún motivo.

Había viajado por horas y todas ellas las había utilizado tratando de crear expectativas sobre el encuentro, para al final no llegar a ninguna conclusión. ¿Qué clase de niña querría como esposa? Tenía diez años, ¿cómo podría siquiera saberlo?

Pero no fue necesario armarse de ilusiones respecto a la niña que no conocía, ella hizo todo más sencillo y directo, y al primer y fugaz encuentro lo único que Yoh pudo hacer fue enojarse. Por su recibimiento nulo, por la hostilidad posterior. No fue un comienzo que lo motivó a imaginar un futuro feliz con ella, y se encontró reevaluando que una niña como Tamao no hubiera estado mal, porque aunque no tenía opiniones ni aspiraciones sobre una vida matrimonial, debió bajar la vara lo suficiente para añorar por alguien que no lo castigara físicamente por sólo mirarla.

Al menos hasta que entendió que la niña de Aomori necesitaba su espacio mental, físico y emocional. Confinamiento para tragar su resentimiento en paz y todo lo que salía de él.

El milagro llegó después, en un encuentro no agendado ni esperado, cuando la noche de Año Nuevo la vio en el cuarto de la televisión, viendo el programa que él mismo veía todos los años. Se sentó a una distancia prudente rogando que sus pensamientos no lo metieran en problemas. Para ese momento ella no tenía intenciones de obedecer el contrato de Kino, pero él pudo revertir su decisión prometiéndole hacerse cargo su problema.

Era complicado, pero era pasajero. Era una niña con el poder extraño, pero Matamune ayudó en eso. Las asperezas se limaron en el tren que lo llevaría de vuelta a su ciudad natal, e hizo ese viaje observando el paisaje de su ventana totalmente distinto, porque ya sabía qué clase de niña lo mantenía despierto con el corazón latiendo velozmente.

Nada cambiaría de ella, a pesar de los años. Su método favorito de expresar su disconformidad seguía siendo el mismo que cuando era niña. Pudo comenzar a tolerar sus bofetadas después de que se diera cuenta de que, quizás, las merecía. Raramente entrenaba por su cuenta, y dormía hasta tarde, luego de pasar el día holgazaneando en los rincones de la ciudad con Manta. El entrenamiento al que tuvo que adaptarse no tardó en dar frutos, no sólo por la destreza que adquiría, sino también porque su obediencia fue recompensada con el honorable permiso de sentarse junto a ella a ver el cielo estrellado, e incluso en sus leves momentos de distracción, se atrevía a mirarla un poco, solo un poco, pero aun así más tiempo del que jamás había hecho.

El convivir juntos trajo algunas sorpresas, porque un día, al acostarse a dormir, cerró los ojos y su imaginación sabría cómo configurar la forma adelgazada de sus manos -que sus mejillas habían sentido tantas veces-, dónde colocar cada poro, el largo de las pestañas, la hebra rebelde de cabello que escondía bajo la bandana. Podía armar a la perfección todo lo que su vestido dejaba ver, sin saber en qué momento había obtenido tanta información. Jamás se le ocurrió culpar a los incontables minutos que sus ojos le dedicaban en cada pequeña situación que podía hacerlo, mientras existiera la aparente distracción de su objeto de estudio. Para prevenir daños.

Su rango de emociones era reducido cuando tenían visitas, pero podía firmar sobre su nombre -aunque nadie le creería- que no siempre ese temible ceño estaba fruncido ni sus labios a punto de proclamar su dominancia a voces. No siempre era una tormenta a punto de castigar al sinnúmero de refugiados bajo su techo; porque podía mitigar su bravura cuando ninguno de ellos estaba mirando y los dueños de la pensión quedaban solos. Esa vieja casa había sido el único testigo de mínimos gestos y callaría para siempre los roces no tan casuales de manos cada vez más frecuentes.

Callaría también el lento desarrollo de una rutina más. Cuando de pronto las habitaciones perdieron los límites entre una y otra, y él solía se adentraba a la recámara ajena para buscar un calcetín perdido, y ella ingresaba sin pedir permiso a la suya para explicarle un nuevo programa de entrenamiento o levantarlo de la cama al amanecer.

Tocar la puerta se había convertido en cosa del pasado. Anna ya no la cerraba, e Yoh se acostumbró rápidamente a que su puerta se abriera a cualquier hora. Estaban activamente en pos de desmoronar el concepto de privacidad, circulando con libertad entre ambas habitaciones, mostrando su curiosidad por el territorio que cada uno ocupaba, explorando hasta dónde podían rozar la línea que sabían que algún día ya no estaría allí.

Ciertas barreras se desmoronaron para dar paso a otra clase de solidez. ¿Cuándo había sucedido eso? ¿Cuándo se había cimentado la sensación de bienestar que palpitaba cuando estaban juntos?

Habían avanzado lo suficiente y estaban en el área implícita y no verbal, cómodos en la compañía del otro. Danzando entre habitaciones, conociendo sus pequeñas manías, buscando -discretamente- pasatiempos juntos. Pero no estaba seguro de poder pasar a la etapa del tacto sin su consentimiento, aunque el valor que flaqueaba para esos momentos, no le faltaba en sus ensoñaciones diarias y al recostarse a mirar el cielo nocturno en soledad, su imaginación unía las estrellas para que formaran su figura.

Un día el permiso llegó. Fue después de que ella soportara con mansedumbre sus observaciones constantes, cuando no había problemas en apreciarse mutuamente. Extrañamente, ella no tenía prisas por ponerle una adición al inquebrantable acuerdo que ya tenían desde hace tiempo, segura que lo que tenían allí estaba bien asentado y aprobado por ambas partes. Era sí, la necesidad de prolongar la conexión que antes habían experimentado. De plasmar los sentimientos que estaban claros, ponerle materia a lo invisible. Yoh no negaría que tenía cierta impaciencia porque eso ocurriera, síntoma de la febril adolescencia y la adrenalina explosiva que significaba sentir su mano contra la suya cuando esto sucedía. En su defensa, sus motivos no eran sólo hormonales, porque no es que él tuviera toda su vida disponible junto a ella precisamente.

Había sentido el sabor a gloria luego de la prueba con Silver, pero no se podía comparar a aquella primera vez cuando salieron de la escuela y una Anna sin escrúpulos inauguró la relación. Sin timideces, ni preparaciones previas. Siempre recordaría cada segundo de los metros que caminaron de regreso a casa con las manos unidas.

El camino a partir de allí fue sin contratiempos. Todo era más fácil a la hora de vencer el espacio vital de la itako. Podía tomarle la mano, y no sería castigado. Ella tomaba cada acto con total aceptación, consciente que era el flujo natural de las cosas y cualquier acción sin avisos era bien recibida, e incluso reciprocada. Si se tumbaba en su regazo, ella jugaría con su cabello; si tenían frío se apretarían dentro del kotatsu; si él comía un tentempié, le invitaba de su plato, usando sus propios palillos.

Podía llevarla a caminar y disfrazar ante los demás aquellas citas como simples paseos. Un día pudo acercarse a ella tanto que tuvo que contener la respiración todo ese glorioso minuto en que sus labios encontraron la forma perfecta de unirse.

Jugaban a estar casados porque tal vez no habría tiempo para más que el presente y no verían más allá de un determinado día.

Por esas circunstancias especiales, tuvo el permiso exclusivo de quitar la yukata y completar el esquema que su mente había armado tantas veces con trozos de brazos y piernas sueltos y unidos por un vestido negro. Las piezas del rompecabezas quedaron de inmediato grabadas a fuego en su memoria, con algunas irregularidades a causa de la oscuridad de su recámara, pero lo que sus ojos no captaron, lo hicieron sus manos, y descubrió los recovecos, depresiones y elevaciones.

No sabía que ya tendría más oportunidades para hacerlo con más cuidado, y en su apuro por aprender el contraste de la femineidad, le ganó la inquietud por tener que traducir en una noche al lenguaje corporal, los sentimientos que llevaban años acumulados. Pero todo el mecanismo falló por miedo a no hacerlo correctamente y a no tener suficiente tiempo. Tocaba con miedo, tocaba dudando, intentaba remediarlo con un beso para transmitirle cuanto apreciaba su confianza. Fue necesario que ella le recordara su frase característica y encerrarlo en un abrazo para traerlo de vuelta desde ese mundo de penumbras donde se había perdido. Muchos "lo siento" por su parte y muchos "está bien" como respuesta. Allí se daba por concluida la historia que había comenzado en la sala de la televisión, lo único que quedaría de ese día sería la promesa y el viaje que emprendía para cumplirla.

–¿Qué tanto estás pensando? –dijo de pronto, obligándolo a abrir los ojos a la noche cerrada. Se apartó un poco del cuerpo que mantenía cerca, y la luz de la luna atravesando la cortina iluminó el rostro blanco para él, descubriendo su gesto de intriga.

–¿Cómo sabías que estaba despierto? –habían terminado la actividad de esa noche, y se habían acurrucado para dormir un buen rato atrás. Juraba que su calma era igual a la de una persona dormida.

–Estabas siendo ruidoso.

Sonrió levemente, exhalando muy cerca de sus labios. Era tarde para estar despiertos, y mucho más para andar de bromas. Supo de inmediato, por un leve entumecimiento en su índice, que era eso lo que lo había delatado. Encontró su dedo completamente enroscado en su cabello.

–Es largo de explicar –murmuró, cerrando los ojos. De verdad, sería largo de explicar. Prefirió acortar su respuesta y alegar al cansancio de su cuerpo para no explicarlo. Dejaría que sus brazos hicieran lo suyo y cerró la brecha que se había abierto entre ambos, después de librar su dedo atrapado. Suspiró.

Anna debía estar agotada, porque no insistió. La punta de su nariz helada tanteó la sensibilidad de su cuello hasta llegar al límite de su pecho desnudo, buscando nuevamente el punto justo donde descansar. Luego se quedó quieta, conforme con la postura que había encontrado.

Le había costado llegar allí, lo tenía demasiado presente, aun cuando en lo que debía concentrarse era en la piel que contactaba directo con él, levemente tibia, levemente húmeda. Pero la cercanía siempre lo recordaba al génesis de su relación, cuando ni siquiera podían permanecer en la misma habitación y ahora rara vez se los encontraba en habitaciones distantes, y haciendo mucho más de lo que se había imaginado considerando que un tiempo atrás era portador de una fecha de vencimiento.

Al principio podía mirarla y nada más. Detestaría estar en algún momento de su vida cerca de ese inicio y privarse del sabor que ahora conocía y era adicto. Le estremecía la idea de regresar a aquellas épocas cuando daban por sentado y en silencio que sus sentimientos existían y era inalterables, sin manos ni palabras de por medio. Por eso cada noche se empecinaba en alejar esos momentos.

–Anna.

Abrió los ojos, tan somnolienta como la voz que la había llamado, pero esa brevedad que tardó para responder a su llamado fue suficiente para que de sus labios entreabiertos no salieran más que susurros difusos y torpes. Inmediatamente, el brazo que la envolvió se relajó, desinflándose y atrapándola bajo su peso.

Él no captó su larga mirada, ni la caricia en su mejilla, ni lo que vino después. El soñador se había dormido antes del beso de buenas noches. De todas formas, ya sabía lo que diría. Lo hacía siempre.

–Yo también.

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