[OneShot/Kirby]
"Amor leal"
Hyness & Zan Partizanne.
. . .
Era maravilloso y excepcional lo pacífico que llegaba a ser los extensos y verdosos campos de Dreamland. Corría una brisa cálida y gentil, una brisa la cual provocaba que las múltiples y coloridas rosas del suave pasto se movieran al compás de la naturaleza. El Sol se escondía lentamente entre las altas montañas del campo, otorgando que el cielo se tornara de un color muy relajante.
Entre el camino repleto de coloridas vistas, una pareja paseaba felizmente apoyado uno del otro. Se trataba de una monja alta de cabellos dorados cómo los de un arma legendaria. Era Zan Partizanne, la monja Líder de las Tres Hermanas Mágicas, capaz de manipular el poder elemental de la electricidad. Pero esta vez, ella no tenía puesto encima su traje de monja común y particular. Llevaba un largo vestido de color blanco puro, y sobre su cabeza estaba puesto una gorra de campo hecha a mano por un fiel artesano del pueblo. Zan Par mantenía sus brazos y cabeza apegados junto al gran brazo de un anciano sacerdote de espalda encorvada, cuyas manos eran arrugadas, y alargadas gracias a sus enormes garras afiladas. Pero siempre tenía su rostro tapado por una gran capa de color blanquecino, y el único rasgo característico que se dejaba ver era sus penetrantes ojos amarillentos y brillantes.
Pero, a pesar de su aspecto intimidante, su mirada escalofriante observaba con cariño a la mujer que acurrucaba su cabeza junto a su hombro ancho. La amaba profundamente, incluso en el eterno silencio que ambos permanecían, Lord Hyness la veía con delicadeza y detalle mientras más miraba su dulce y fino rostro. Zan Partizanne tenía rasgos en él que la hacían verse ruda, pero bella a la vez, cómo una clase de Diosa que posee hermosura y a la vez es capaz de hacer sufrir a quiénes se atrevan a enfrentarla.
Ambos caminaban lentamente por estos extensos campos, sintiendo cómo los suaves pastos del lugar acariciaban sus piernas, y mientras el tiempo pasaba, el par añoraba la presencia de uno y del otro. Mientras la monja de cabellos rubios mantenía sus ojos cerrados por la profunda calma que invadía su cuerpo, repentinamente su Lord detuvo el tranquilizante caminar, pues era hora de reposar y disfrutar del hermoso paisaje que se hacía frente a ellos.
—Observa, Zan Par. Esto es lo que te quería mostrar hace mucho tiempo atrás…— La ronca y jocosa voz del anciano llamó la atención de la monja más joven, ella alzando la cabeza gentilmente para mirarle directamente a los ojos con sus cálidos colores amarillentos hundidos en amor.
—¿Sí, mi Lord Hyness?, ¿Qué es exactamente?— Preguntó delicadamente la monja del Rayo, aún apegada al brazo de su querido mentor. El anciano le sonrío gentilmente al oír cómo se había referido ante él, subiendo su gran mano para acariciar con suavidad la cabeza de la chica a modo de relajarla, aún la mujer mirándole con mucha atención.
—Zan Par… ¿Qué te dije respecto a llamarme Lord?, ya no soy más eso para ti. Somos amantes… Yo no soy tu dueño o algo parecido. Sé que ha sido complicado para ti no verme de esa manera, y… no te culpo, para nada. Al contrario, toda esa culpa es exclusivamente mía… Aun así, recuerda que tú eres más que una monja servicial. ¿Sí?—
—O-oh… lo siento tanto, mi Lor- Q-Quiero decir, …— Rápidamente, Zan Par bajó la cabeza por la mera vergüenza que la invadió de golpe por el error que había cometido, incluso sus pálidas mejillas delgadas ruborizándose de un tono rojizo muy fuerte. —P-prometo no volver a cometer algo así… e-es solo que, ya sabe… es complicado no mantener respeto ante usted, , después de todo, usted…—
—Shh, ya lo sé, ya lo sé, Zan Par.— De manera repentina, uno de los largos dedos del anciano se había posicionado con calma sobre los labios de la monja para sellarlos gentilmente, provocando que Zan se ruborizara aún más de la vergüenza. —Pero no tienes que preocuparte más. Está todo bien… ahora, somos libres, Zan Par. Hablo totalmente en serio. No deber servir más de mí… es hora de que conozcas la libertad de una vez por todas.—
La amable voz del sacerdote parecía calmar profundamente a la monja, y de repente, su mirada enamorada se dirigió al maravilloso paisaje que estaba forjándose frente al par. El Sol, acurrucándose entre nubes esponjosas, y el cielo teñido en una paleta de colores sumamente exquisitos. La oscuridad poco a poco consumía esta maravillosa mezcla de paletas, no obstante, el Sol aún permanecía vivo y mantenía estos colores a flote, escondido entre los costados de las montañas verdosas.
El hermoso paisaje emitía un calor abrasador para el corazón de la pareja. Aquello producía una profunda sensación de paz, y amor… ambos juntando firmemente sus manos y entrelazando sus suaves dedos entre los del otro.
Zan Partizanne había esbozado una calmada sonrisa ante el precioso escenario que se presentaba frente a ella y su querido amado Lord Hyness. Era increíble considerar lo rápido que había pasado el tiempo junto a él, y las millones de catástrofes y dolores que tuvo que pasar para, finalmente, acabar… así. Al lado del hombre que amo desde su más tierna infancia, que idolatró e hizo todo por él.
Es cierto que terminó profundamente lastimada por su sacrificio, sobre todo por los abusos que había sufrido y a la cual fue expuesta a carne viva a experimentarlo. Aquellas heridas arderían por siempre muy dentro de ella, no obstante… ahora que pasaba más y más tiempo junto al lado de Hyness, podía sentir perfectamente cómo esas profundas heridas se sanaban con cada cariño y roce de labios que compartía con aquel sacerdote.
Cerró levemente sus ojos al pensar en todo lo que había ocurrido en el pasado, a veces, aún percibía el peso de los golpes en su pecho latente, y ardía, dolía, la hacía llorar y no querer fingir ser fuerte nunca más. Pero, ahora que estaba al lado del hombre que amaba… sentía que podía superar eso, y mucho más.
Mientras más se hundía en sus propios pensamientos, ella enterraba sus delicados dedos sobre la tela del anciano, acurrucando más su cabeza contra él. Hyness había tomado ese acto con sorpresa, pero sin reaccionar mucho, simplemente observando con mucho cariño de vuelta a la monja.
…El anciano también sentía un gran peso de culpabilidad muy dentro de él. Fue el provocante del daño que terminó corrompiendo a la mujer que, desde un principio, había jurado proteger con alma y cuerpo. Pero, había acabado con lastimarla tan horriblemente que sacó lo peor de sí. Había actuado cómo un animal bestial, sin piedad y lleno de crueldad. Aún Hyness consideraba sus grandes y horripilantes manos cómo causas del caos, que él solo existía para ello, para hacer sufrir a todos los que le rodean… incluso a las personas que más amaba dentro de su desgastado corazón.
Se arrepentía tanto por su obsesión con Void Termina. El deseo de llegar al paraíso junto con su amada monja había sido manchado por la corrupción que él mismo se encargó de alimentar más, y más, y más. A veces, él se preguntaba si siquiera era capaz de dar amor con sus repugnantes manos…
Pero, por ello, Zan Par estaba allí, siempre con él. Ella era quién le recordaba constantemente que sus manos son milagrosas, que su valeroso y benevolente Lord Hyness no fue mandado a crear caos… si no a salvar vidas inocentes y perdidas. Cómo lo había hecho ya hace miles de años con ella.
Hyness sabía que la mujer de cabellos dorados lo consideraba cómo su profundo salvador, y era por ello que lo amaba tan apasionadamente. Pero él se encargaría, de ahora en adelante, de hacerla ver que hay algo más en él. Que no es simplemente un salvador… que es realmente un hombre perdido que fue capaz de reconectarse con la vida gracias al amor que su leal y hermosa monja le otorgaba, desde siempre.
Esbozando una calmada sonrisa ante esos dulces pensamientos, el anciano decidió acurrucar también su mentón sobre la cabeza de su amada mujer, mientras la sostenía fuertemente en un cálido abrazo que le otorgaba con completa calma y delicadeza.
Mientras los dos permanecían apegados de forma cálida y amorosa, el Sol poco a poco se escondía tras las montañas, lentamente la oscuridad abarcando el cuerpo de la pareja. Pero ni Zan Par ni Lord Hyness eran capaces de separarse… ambos podían percibir muy fuerte cómo sus corazones se unían y latían al unísono, en compás, con pasión y felicidad. Estar juntos de esta forma era su manera más sincera de conectarse.
—…Te amo, Zan Par. Prometo protegerte, siempre. No tienes que ser tú la que se sacrifique por mí. Yo lo haré ahora. Siempre lo haré, solo por ti, mi querida…— El sacerdote de capas blancas había cerrado muy suavemente sus ojos ante sus palabras, sintiendo sus mejillas ruborizarse al percibir que la monja había presionado muy suavemente el abrazo cómo respuesta.
—Y yo lo amo a usted, Hyness.— Susurró con gentileza la monja de cabellos rubios, escondiendo su pálido rostro en el pecho del hombre más grande mientras hundía sus brazos en él. —Lo amaré, por siempre… Yo también quiero protegerlo. Quiero hacerle sentir lo agradecida que estoy con usted. Quiero hacerle ver que soy capaz de todo.—
—Y eso ya me lo has demostrado desde siempre, Zan Par. Eres una mujer fuerte y hermosa… no hay duda de que tú misma eres capaz de crecer por sí sola. — Respondió con calma el anciano, agachando un poco su cabeza para depositar un pequeño beso en la mejilla de la mujer, provocando que ella sonriera con su rostro sonrojado. —Confío en ti. Tus propias capacidades… te hacen fuertes por ti sola. Estoy orgulloso de ti.—
…Y sin respuesta alguna, la monja del rayo se abalanzó sobre el gran hombre para juntar sus finos labios con los de él, rodeando su cuello con sus delgados brazos mientras apegaba un poco más su boca contra el rostro de Hyness.
Ambos cerraron sus ojos por el suave gesto que Zan había comenzado… poco a poco, dejándose llevar por las sensaciones tan puras y magníficas que el apasionado gesto les otorgaba a ambos.
Y a los pocos minutos, ambos habían separado sus rostros del cariñoso beso… simplemente mirándose minuciosamente cada detalle de amor puro en los rostros de los dos, mientras el Sol por fin había desaparecido entre las montañas… dejando a los dos en la absoluta oscuridad.
Pero ninguno de los dos tendría algún miedo. Porque se tienen uno con el otro, y eso es suficiente para caminar en lo desconocido.
Fin.
