Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer y la historia es de Lainey Reese. Yo únicamente he realizado la adaptación, una forma de divertirnos y pasar un rato agradable leyendo.
Argumento
Él nunca se niega nada… excepto la mujer que lo significa todo. Cuando los negocios lo llevan a Nueva York de forma indefinida, Edward Cullen está seguro de que en algún rincón de esta enorme ciudad debe haber una mujer cuya necesidad de ser dominada se compare a su sed de dominar. Pero cuando su búsqueda en los clubes BDSM locales se prolonga, comienza a creer que tal mujer no existe. Cuando le piden que sea el acompañante de la hermana pequeña de su mejor amigo, que está haciendo su primer viaje independiente como adulta, le da la bienvenida a la distracción. Isabella Swan ha estado enamorada de Edward desde siempre, y se ha reservado solo para él. Ahora, después de una cuidadosa planificación y una pizca de suerte, por fin tendrá la oportunidad de demostrarle que ya ha crecido y está lista para ser suya. Edward se cree demasiado viejo y desgastado para una inocente como Isabella, pero ella es implacable en su inocente seducción, y pronto su resistencia se desmorona. Pero a medida que su amor florece, la realidad ataca sus sueños. Y como resultado, las opciones a las que se enfrentan tensarán los lazos de amistad y familia. Quizás más allá de cualquier reparación.
Advertencia: este libro contiene lenguaje gráfico, elementos BDSM, trío M/F/M, un Dom sureño que es un caballero; y la mujer que saca a relucir su canalla interior.
Capítulo 1
¡Smack! ¡Smack! ¡Smack! Había pocos sonidos que Edward Cullen amara más que los de una fusta de cuero golpeando la flexible carne femenina.
¡Smack!
—Ah, dulzura, —dijo arrastrando las palabras, su acento sureño marcado por la excitación—. Estás tomando un lindo tono rosado. Este culo luce tan dulce como un durazno de Georgia.
Su mano parecía demasiado grande y torpe sobre la carne que era suya por la noche. Esta jugosa y redondeada sub había captado su mirada al minuto en que Edward había entrado en las salas privadas. El club era exclusivo, y estaba abarrotado de gente que, como él, preferían perversión en su sexo. Edward había venido aquí casi todas las noches desde que se había mudado a Nueva York.
La mudanza era semipermanente y, ya que su estancia sería indefinida, había comenzado la búsqueda de una esclava personal a tiempo completo. Mientras observaba su mano jugar sobre la tentadora carne de esta sub en particular, sabía que no sería la elegida. Era caliente y sumisa, pero ese elemento misterioso que buscaba estaba ausente. Sin embargo, esta pequeña belleza regordeta era la escogida para esta noche, y se iba a asegurar de que ambos sacaran el mejor provecho de su tiempo juntos. Mañana continuaría con su búsqueda.
—Oh, sí —canturreó cuando hundió dos dedos en el centro entre sus muslos y la encontró mojada y caliente—. Te vas a sentir muy bien, cariño. Tan jodidamente bien —de mala gana, deslizó los dedos fuera y la rodeó para revisar sus ataduras.
La tenía en un cepo, inclinada hacia adelante con la cabeza y las manos aseguradas, y su débil excusa de falda levantada para poder jugar. Su cabello rubio le oscurecía el rostro, así que se agachó y se lo recogió hacia atrás para poder revisar su expresión en busca de señales de angustia. No estuvo para nada sorprendido de solo ver los ojos vidriosos de una sub que bailaba al borde del sub espacio.
Era muy estricto acerca de la seguridad, especialmente cuando estaba con una sub por primera vez. Si no conoces a la persona a unnivel profundo, tienes que comprobar las señales de peligro, y revisarlasa menudo. Le sonrió y tiró de su cabello antes de regresar a la tarea en cuestión.
—Eres realmente de primera calidad, dulce sub —se desabrochó los pantalones y se deslizó un condón—. ¿Estás lista para tomar lo que tengo para darte? —Preguntó con una burla. Dirigió la punta de su polla hacia los labios de su sexo, cubriéndose de su néctar, luego dio golpecitos contra su hinchado clítoris. La mujer chilló alrededor de la mordaza y se estremeció cuando se empujó contra él, intentando arremeter contra su polla.
¡Smack!. —De eso nada, dulzura —frotó la marca que le había dejado en el culo—. No intentes forzarme. Esperarás hasta que diga que estamos listos. ¿Entendido?
Cuando gimió y asintió frenéticamente, continuó atormentándola. Deslizándose en el calor mojado de su coño. Le encantaba retrasar el primer momento de penetración de esa forma. Golpear su clítoris y observarla gemir y jadear. Mirar ese culo y esos mullidos muslos temblar para él mientras se acercaba más y más al borde. Era como la mejor comida que hubiera probado alguna vez y el mejor vino que hubiera bebido a la vez. ¿Y el saber que su placer y su clímax eran suyos para dárselos o negárselos? Eso, eso era como ninguna droga que pudiera crearse y una emoción sin la que no podría vivir.
Con el condón ya en su lugar, Edward contuvo el aliento cuando hizo ese primer delicioso deslizamiento. Lentamente, centímetro a glorioso centímetro, se empujó dentro de ese maravilloso calor húmedo hasta que estuvo a ras contra su suave culo y su cuerpo tembló contra él. Con un fuerte agarre en sus caderas, la abrió más y procedió a llevarlos hacia el paraíso.
