¡Segundo escrito del Obamitsuweek2021! Lo he terminado más tarde de lo previsto pero las ideas no salian a flote con facilidad.

Día 2: Estrellado


Fugaz


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Golpeó con sus talones los costados de su corcel, a la par que sacudía las bridas una sola vez como señal de que necesitaba que fuera más rápido. El animal entendió la orden física, acelerando de esta forma el paso.

Las herraduras sonaban al contacto con la arena y el contacto del sonido del jinete por el movimiento violento. Volteó el rostro en varias ocasiones, viendo como los caballos de sus perseguidores iban quedándose atrás hasta que los perdieron. El viento era de mucha ayuda, la arena estaba levantándose, pareciendo que empezaría una tormenta de arena pronto. Eso les restaba visibilidad a los jinetes sobre los caballos.

Obanai entrecerró los ojos para evitar que la arena entrara en ellos. Debía tomar toda la distancia posible, no podía confiarse o eso era lo último que haría. Si era atrapado sería colgado. Era un forajido, a fin de cuentas. Sus compañeros habían sido atrapados antes de poder escapar con el oro.

Se suponía que iba a ser un robo rápido y sencillo. Iban a entrar, con armas en mano, tomar el dinero y salir de ahí antes de ser detectados por el sheriff. Pero resultó que el Sheriff había estado presente, junto con varios hombres que estaban de su parte. Había sido un fuego cruzado en ese bar de mala muerte de ese pueblo. Un lugar deprimente y sin mucha población. O esos habían sido los datos de Uzui. Sin embargo, todo sucedió tan rápido.

El sheriff y sus hombres desenfundaron sus armas y las balas comenzaron a volar por todos lados. Ellos habían intentado contraatacar, pero el ataque de imprevisto los tomo por sorpresa, dañando su concentración. Además, que no contaban con las suficientes armas. Confiarse había sido su peor error, uno que no podía volver a cometer.

En la más mínima oportunidad decidieron retirarse. Obanai corrió con todas sus fuerzas fuera del local, sin mirar atrás y subiendo de un salto a su caballo que había dejado en la entrada. Una vez encima golpeó sus laterales para ponerlo en marcha y este salió en un galope rápido. Cuando Obanai dio la vuelta para disparar y cubrir la huida, se percató que había sido el único que había alcanzado a huir. Vio a sus compañeros siendo atrapados y guiados por el pueblo. Sanemi caminaba con molestia al ser sujetado. Sabía que lo había visto huir, pero intentó disimular, alguno debía salir vivo de ahí.

Sabía que iban a ser ejecutados.

Obanai presionó los labios frustrados por la conclusión de los hechos. ¡Debió haberse quedado a cubrirlos! La culpa y vergüenza de haber huido como un cobarde y abandonar a todos sus compañeros lo inundó. Era despreciable por querer vivir.

Y esa idea desenglobó una idea ¿por qué quería vivir? Intentó pensar en una razón que lo motivara, que lo hiciera aferrarse a la vida. No puso pensar en nada por más que escarbo en su cabeza. No tenía nada ni a nadie. Siempre había sido un marginado. Su familia lo había vendido por unas cuantas monedas a unos hombres despreciables que le hacían cosas despreciables si no hacía lo que le pedían. Tenía que robar sin ser descubierto. Llevar dinero a la casa o aquella pocilga, para seguir manteniendo los vicios de ese hombre. Obanai era escurridizo, pero aún era un niño. Y cuando lo atraparon, esos hombres tuvieron problemas. Los encarcelaron durante varios meses. Y cuando lograron salir una sola idea llenaba su cabeza. Venganza.

Venganza por un estúpido niño que no pudo hacer su trabajo bien. Presos de la ira se acercaron hacia él con la locura en el rostro. Obanai suplicó y habló sin parar pidiendo disculpas. Aquellos hombres cansados de escuchar su voz, decidieron que debían silenciarlo. Cortaron las comisuras de sus labios, generando un dolor sin igual. Dolor que no pudo ser explayado porque ya no tenía control de su boca.

Lo dejaron tirado, esperando que se desangrara. Sin saber cómo fue posible Obanai sobrevivió, cubrió sus cicatrices con unas vendas y salió de aquel mugroso pueblo para jamás volver. Con el alma rota, vacío y pensando que debía sobrevivir.

Ahora mismo no sabía por qué se había aferrado a esa absurda idea. Lo mejor pudo haber perecido en ese momento. Solo había alargado su agonía. Se había convertido en un ser despreciable, un ladrón. Sin dirección ni objetivos.

Su caballo siguió cabalgando, perdiéndose en las tierras de Luisiana Francesa. Su sombrero lo cubría del sol abrasador del paisaje desértico del lugar. Siguió corriente arriba el río Platte Norte.

En algún momento se detuvo a tomar un poco de agua del río y refrescarse el rostro y cuello. El sol estaba muy fuerte, esforzándose en derretir todo a su paso. No había forma de cubrirse en ningún sitio, a su alrededor solo había área y arbustos medianos, que eran la vegetación presente de Luisiana. Revisó su arma encontrando dos balas en la cámara de su arma. Rellenó una cantimplora. Estaba por emprender el viaje nuevamente cuando vio unas edificaciones de piedra, como si fueran una cueva. Guio a su caballo hasta ahí, una vez que tomó agua y se cubrieron del sol lo que quedaba de la tarde. Todos en la zona sabían que si ibas a viajar un largo camino debías hacerlo de noche. Por eso decidió esperar hasta que la noche cayera.

De igual forma su caballo necesitaba un descanso para irse lo más lejos posible de ahí.

La noche se abrió paso con ímpetu, dejando ver el manto oscuro y estrellado que cubría el cielo. Destellos resplandecientes adornaban la oscuridad de la noche. En ese punto tomó a su caballo, subiendo en el y siguiendo más lentamente su camino. Había ganado ya una larga distancia.

Avanzó en un estado de alerta permanente. Estaba siendo perseguido por el Sheriff del pueblo, aunque posiblemente ya se habían dado por vencidos. Mejor prevenir que lamentar. Adicional estaba en tierras enemigas. Le pertenecían a la tribu de los Pawnee. Eran algo ariscos con los extraños y lo mejor era mantenerse lejos. Iguro no había tenido opción y por eso mismo buscó moverse sigilosamente por sus tierras.

Súbitamente al pasar por una zona la tierra tembló. El caballo se desniveló al presionar algo en el suelo y se detuvo por completo. La tierra bajo de ellos sacó una cortina de polvo, imposibilitando la visión. Obanai forzó a su caballo para seguir andando.

Debía moverse de ahí, parecía que algo malo sucedería. Se movió con rapidez y cuando estuvo fuera de aquel temblor en los pies, volteó hacia atrás.

Un círculo se había formado en el suelo, destellando en un tono verde fosforescente. En aire se sentía pesado. La luz que antes era tenue ascendió como un Rayo de luz, hasta alcanzar el cielo. Creando una especie de puente. De la nada la luz regresó a la tierra, generando una onda expansiva. La fuerza del regreso hizo temblar la tierra con fuerza y una ráfaga de viento brutal lleno el aire. Similar a una explosión expansiva.

Aquel hecho lanzó al hombre fuera de su caballo y aterrizando en el suelo. El golpe fue tal que lo dejo imposibilitado.

La luz desapareció tan rápido como apareció. Luego de unos segundos la cortina de polvo se fue disipando hasta que la visibilidad era apta.

Obanai se levantó del suelo con lentitud. ¿Quién iba a imaginar que había accionado un tipo de bomba? Los Pawnee eran bastante precavidos. Si no se hubiera movido tal vez podría haber muerto. Por eso nadie se metía con ellos, usaban magia y hechizos para mantener a todos lejos.

Se sacudió los pantalones y rebuscó con la mirada a su caballo que se había asustado por tal suceso. Su mirada barrio el terreno enfrente suyo y la vio.

Una persona, enfrente suyo se levantaba desde la tierra donde momentos antes había habido una explosión. Obanai llevó la mano hacia la parte trasera de su pantalón, donde estaba oculta su arma. ¿Quién era? ¿Lo están buscando?

Tragó saliva cuando la persona se levantó por completo. Tenía un completo panorama ya que estaba a un par de metros. Una vez de pie la persona dejo entrever un vestido blanco, que caía en cascada en la parte trasera. Un movimiento lo alertó cuando ella alzó el rostro.

Iguro Obanai sintió como su corazón se paralizó ante lo que sus ojos veían.

En toda su vida siempre había visto la cara más despreciable de la humanidad. Cruel, despiadados y haciendo lo que sea por sus propios objetivos. Por eso mismo el decidió sumergirse a ese mundo, no tenía de otra si quería sobrevivir. Su vida se regía en eso y jamás confío en ninguna otra persona. Y mucho menos le interesaban los placeres carnales que Uzui luego lo incitaba a tener. Siempre le decía que debía disfrutar a las mujeres que buscaban su compañía o gozar de un rato de caricias. Aseguraba que había muchas mujeres preciosas en los cabarets. Obanai siempre desistió de acompañarlo. No había nada bello en ese mundo podrido.

Sin embargo, su corazón actuó por inercia al ver a la mujer más hermosa que hubiera visto en toda su miserable vida. Ese tono claro de su piel que hacía resaltar el color de sus ojos, verdes claros, haciendo juego con su cabello. De un tono curiosamente rosado y las puntas verdes, tan exótico y especiales.

La mujer caminó un par de pasos hacia el hombre paralizó. Y súbitamente le dedicó la sonrisa más pura y brillante. El pecho de Obanai fue inundado por una sensación cálida y brillante, mientras su respiración se detenía sin darse cuenta.

― ¿Tú me has llamado? ― La voz femenina inundó sus fosas auditivas y sintió sus piernas temblar al escuchar el tono de voz más dulce.

Obanai respiró nuevamente cuando la mujer se acercó más hacia él. Ella no podía pertenecer a este mundo, alguien como ella no.

― ¿Quién eres? ― Obanai se maldijo por aquella pregunta.

No era exactamente lo que quería saber. Sin embargo, el hecho de que pareciera de la nada luego de la explosión era una duda que buscaba resolver. No parecía herida ni perturbada.

―Soy Mitsuri ¿y tú?

―Obanai Iguro.

Antes de poder decir algo más el sonido del caballo chillando los alertó. La mujer se acercó hasta el animal, logrando tomarlo y acariciar su lomo una y otra vez. Una luz emergió de sus manos lo cual ayudó, de alguna forma, a calmar el alma estresado del animal.

Obanai se acercó a su lado y fue consciente de cómo la piel femenina resplandecía bajo la luz de la luna. Tan efímera, enigmática y deslumbrante.

Mitsuri sonrió apoyando su rostro en el animal y palmeando su pelaje mientras parecía susurrar algunas palabras. Pero un ruido llamó su atención y se acercó con entusiasmo hasta el río. Observando el agua transitar como si fuera la cosa más maravillosa del universo.

Obanai pensó que aquella idea era absurda. ¿Acaso no se había visto en un espejo? Se acercó hasta quedar a su lado. Ella se inclinaba fascinada viendo el agua.

― ¿Sucede algo? ― Preguntó Obanai intentando saber que era lo que la mujer veía con gran fascinación.

―Es espectacular, jamás pensé que pudiera verla de cerca.

―Si, lo es… ― Habló el hombre dándole la razón sin despegar la mirada del rostro femenino. Aunque aquella frase de la mujer la desconcertó. ― ¿Hablas del río?

―Del agua, es asombroso.

Eso lo dejó aún más confundido y se inclinó, un poco más hacia el agua.

― ¿Quieres tocarla?

La fémina abrió los ojos en gran sorpresa ante eso, como si no creyera en sus palabras.

― ¿Puedo hacerlo?

Iguro simplemente asintió. Mitsuri sonrió más emocionada y se inclinó mientras estiraba su mano. Sus dedos llegaron a la superficie del agua y sintieron el cosquilleo del líquido. Soltó un grito emocionado. La vio hundir la mano y cerrar los ojos, como disfrutando eso. Aquello que a Obanai le parecía tan mundano, parcia que la mujer lo veía como lo más asombroso.

Su piel destellando y Obanai por primera vez en su vida sintió la necesidad de querer tocar a otra persona.

Ella no era para nada de este mundo. Estaba fuera de esta realidad. Su belleza desbordante. La pureza e inocencia de sus reacciones. Sus gestos y ademanes elegantes y sutiles. El sonido encantador de su risa. La tierra no podría merecer tener a alguien como ella. Además del débil brillo de su piel de porcelana. Todo indicaba que aquel rato de luz la había traído.

― ¿Qué eres?

Mitsuri que estaba de cuclillas con la mano en el agua lo volteó a ver. Se levantó y sonrió sutilmente.

― Las mujeres somos hijas de las estrellas. Destellando hasta que podamos alcanzar la tierra. ― Habló Mitsuri mientras veía el cielo y regresaba la mirada hasta mirarlo fijamente, algo que generó un estremecimiento en su estómago. ― He venido aquí porque me has llamado. ― Obanai concluyó que había sido ese círculo que lanzó un rayo al cielo. - Jamás había sido llamada y ver de cerca todas las maravillas que solo podía observar desde lejos, soñando con tocarlas… aún siento que es un sueño.

Mitsuri veía todo a su alrededor y sentía la arena bajo sus pies descalzos. Pero sus ojos volvieron al hombre que tenía enfrente suyo. Caminó un par de pasos hasta llegar muy cerca de él. Su mano hizo contacto con la mejilla de Obanai. Hecho que lo hizo brincar un poco en su lugar al sentir aquella mano fría y delicada sobre su sucia piel.

―Iguro Obanai… los hombres descienden de la luna y el sol. ― Sus manos ascendieron hasta debajo de sus ojos. Se acercó aún más hacia él. ― Curiosamente tu procedes de ambos, el color de tus ojos te delata. Brillando poderosamente como ellos, con su luz propia.

Obanai podía sentir el aliento femenino en su rostro. Sentía sus sentidos potencializados y su mente abrumada por tal cercanía. El contacto de su piel y aquel acercamiento alteraron completamente su ritmo cardiaco. Latidos que sabía que ella podría escuchar y que eran a causa de su presencia.

Aquella leyenda procedente de los Pawnee parecía tan absurda cuando la había escuchado de pequeño. Sin embargo, al tener un ser como ella enfrente suyo, no podía dudar en ni una de sus palabras. La tribu estaba llena de gente sabia y poderosa ¿cómo podrían inventar algo como eso? Solo ellos tenían el poder de traer a una estrella a la tierra.

Observó detalladamente los ojos verdes, como esmeralda. Llenos de tanta luz, brillo y vida. Sin poder contenerse levantó la mano y acarició con las yemas toscas de su mano aquel rostro de marfil perfecto. Se retractó cuando aquel gesto pareció asustarla.

Retrocedió un par de pasos, sintiéndose un ser despreciable. Ella no podía ser tocada con manos tan manchadas como las suyas. Ella era luz y él la oscuridad.

Se quedaron de pie cerca del otro unos segundos. Hasta que Mitsuri le pidió que le enseñara todo lo que pudiera de ese mundo. Él aceptó sin dudar. No era la persona indicada para hacerlo, pero decidió hacerlo por su petición.

Le mostró un pequeño conjunto de árboles que estaban cerca del área. Mitsuri se maravilló al ver a las luciérnagas volando suavemente a su alrededor y destellando al tocar su piel. El viento fresco que los árboles arrojaban a su alrededor y las mariposas nocturnas que volaban entre los árboles en busca de comida. Vio un par de búhos e intentó acercarse hacia ellos, aunque antes de tocarlos terminaron huyendo.

Obanai pesco un par de peces, cocinándolos adecuadamente luego de hacer una fogata. Las llamas maravillarnos a Mitsuri e intento tocarlas. Él le informó que podría lastimarse con algo así. A pesar de eso disfrutaron la pequeña comida que él pudo brindarle. Ella jamás había comido y tal acción mundana la hizo brillar de fascinación. El sabor de la carne la hizo chillar de alegría mientras masticaba activamente. Tenía buen apetito a pesar de su procedencia.

Luego se subieron en el caballo, avanzando un par de minutos por la arena del desierto. Ella se sujetó de su cintura y recostó la cabeza en su espalda. Gesto que desconcentró activamente al forajido. Sentir el calor corporal femenino en su espalda fue un arrullo en su alma.

Llegaron a una edificación de piedras altas. Él la tomó de la mano por inercia para guiarla y evitar que se perdiera. Los caminos adentro eran confusos. Sin embargo, fue más por inercia. Porque eso pareciera que fuera lo más común y natural que debía pasar entre ellos. No lo había ni pensado, solo lo hizo. Intento soltarse avergonzado pero los dedos femeninos se enlazaron con los suyos.

Caminaron un par de minutos hasta que los pasillos estrechos se convirtieron en un amplio claro con un manantial en el centro. Había una pequeña apertura en lo alto de la cueva lo cual permitía la entrada de la luz. El agua luminiscente y prístina, sin vestigios de haber sido tocada antes y sagrada.

Obanai había encontrado ese lugar tiempo atrás, entre sus viajes. Solía ocultarse ahí o ir a despejar su mente cuando los recuerdos lo atormentaban. Era su lugar, algo que no le había contado a nadie pero que había decidido mostrárselo a ella.

Mitsuri entreabrió los labios sorprendida por lo que sus ojos captaban.

Adicionalmente había unos cristales en las rocas lo cual hacía destellar aún más la cueva, dándole una apariencia irreal.

Obanai caminó hasta las orillas del manantial y se introdujo en el agua, solo un poco. Hasta que el agua alcanzó sus caderas. Volteó hasta visualizar a la mujer sin que pudiera creerse lo que veía. Extendió su mano invitándola a acercarse. Ella sonrió encantada y caminó lentamente. Sintió el agua fría tocar la piel desnuda de sus pies y piernas. Prontamente alcanzó sus piernas y la mitad de su cuerpo estaba cubierto.

Se asustó un momento al sentirse vulnerable ante el agua a su alrededor. Se sujetó fuertemente del hombre enfrente suyo. Abrazándolo con fuerza y ocultando su rostro en su cuello. Él le brindaba una sensación de tranquilidad, calma y calidez que encendía una sensación entraña en la boca de su estómago.

Nadaron un poco en el manantial mientras sus cuerpos se empapan con el agua. Obanai le ayudó a sumergirse un poco, para que viera el fondo del manantial. Mitsuri se sorprendió al ver unos cristales azules tapizado el fondo del agua. Siendo los responsables de ese brillo enigmático.

Ella río tanto como jamás lo había hecho y se maravilló de las sensaciones que su cuerpo estaba sintiendo. Todo era tan perfecto, mucho mejor de lo que había imaginado en toda su existencia.

Luego de un tiempo indeterminado salieron, sentándose en la orilla a disfrutar el panorama que tenían enfrente. Mitsuri vi al hombre a su lado con fascinación. Había sido tan amable en enseñarle todos esos lugares hermosos y había tenido la paciencia de explicarle cada una de las cosas. Vio entonces que las vendas que cubrían debajo de su nariz y su mandíbula estaban movidas. Acercó la mano para deshacerlas y volver a ponerlas en su lugar.

Obanai se asustó en ese gesto y se alejó un poco.

―Lo siento. ― Se dio cuenta de que ella podría sentirse rechazada. ― No es una vista agradable.

― No creo que nada en ti me desagrade.

Y volvió a levantar las manos para quitar aquel vendaje de su rostro. Esos ojos bicolores eran tan encantadores que no pudo apartar a mirada mucho tiempo de ellos. Además de la apariencia de su piel y su cabello tan oscuro como el cielo. Nada en el podría estar mal. Al caer la última venda fue evidente la razón por la que el hombre las cubría. Tenía unas alargadas cicatrices en las comisuras de sus labios.

Obanai se sentía avergonzado. Sucio y vulgar. El cómo podía ser tocado de esa forma por una mujer tan pura como ella. Pensó en alejarse, ella terminaría huyendo al ver sus cicatrices. Sin embargo, se estremeció cuando Mitsuri recorrió todo su rostro con la yema de los dedos, como si no fuera consciente de aquellas marcas en su rostro. Y su corazón brincó desesperado cuando los labios rosados femeninos hicieron contacto con su rostro.

Mitsuri sintió aquella piel con sus dedos, tan suave y delicada. A pesar de la vida que había tenido que llevar. Él era tan maravilloso como cada uno de los lugares a los cuales la había llevado. Sin poder controlarse tocó aquella piel con sus labios, sintiendo una calidez inexplicable en su estómago. Rozó aquella piel con sus labios hasta llegar a las cicatrices que parecían acomplejarlo. Le dio unos ligeros besos ahí y la curiosidad la invadió en esa corta distancia.

¿Qué se sentiría besar a un hombre? No, no a cualquier hombre ¿qué se sentiría besarlo a él? ¿Qué sería probar aquellos labios delgados?

Y considerando el origen de su existencia, la llegada a la tierra y todo lo que había deseado estar ahí, sin dudarlo ni un segundo sus labios se movieron un poco más, hasta alcanzar los contrarios.

Se alejó rápidamente al sentir una corriente de electricidad ante el contacto. Sensación que hizo metástasis en cada parte de su cuerpo. Impulsada por tan calidez inexplicable aplastó nuevamente sus labios con los masculinos. Es un beso tímido y torpe. Pero suficiente para despertar una llama en su interior. Sintiendo algo tan cálido y placentero que era delirante.

Obanai se sintió de piedra cuando la vio inclinarse y besarla. Todo su cuerpo se estremeció, como si alcanzara el punto máximo de la felicidad. La suavidad de los labios contrarios y el sabor inexplicable. Su interior sintió el vórtice de emociones en el estómago y su corazón latiendo desquiciado.

Mitsuri se dio cuenta de sus acciones y se alejó con las mejillas sonrojadas, desviando la mirada. ¡Como había hecho algo tan osado! ¡De seguro él estaría furioso! Había sido tan imprudente. Estaba muy apenada. Aunque su corazón seguía martillando su pecho con efusividad.

Se quedaron sentados viendo el agua un largo rato. Hasta sus miradas volvieron a encontrarse. A pesar de sentirse apenados se quedaron observando entre ellos con gran fascinación.

Obanai fue consciente del cambio de luz en la entrada de la cueva. Pronto amanecería. Se levantó ofreciéndole la mano a la fémina, que lo tomó sin dudar.

― ¿A dónde vamos?

Él sin dudar la guio, sus ropas aún seguían mojadas, pero con el sol podrían secarse pronto. Aunque le preocupaba no tener otra ropa para ella, la ropa se cernía mucho a su cuerpo, cosa que no podría pasar desapercibida para ningún otro hombre.

Llegaron a la entrada de la cueva y la invitó a sentarse en una roca que estaba cerca.

―No puedes perderte el amanecer aquí.

Observaron los últimos rastros del cielo estrellado. Aquel que le había brindado la oportunidad de conocerla.

―Iguro-san

El mencionado volteó el rostro y la vio nerviosa, mordiendo su labio inferior.

―Quiero que vengas conmigo. ― Hablo él sin pensarlo.

Aquella noche a su lado había sido la más jodidamente feliz y plena de su vida. Sujetar su mano y tenerla con él había dejado en claro una sola cosa. Quería estar con ella, a su lado. Ella le había devuelto un objetivo a su vida. Nada más le importaba en ese momento que permanecer a su lado. Dejando todo atrás, dejando su antigua vida. Ahora quería vivir para y por ella.

Le había dado un objetivo a su patética vida.

Y solo había bastado una sonrisa. Desde ese momento entendió que estaba perdido. Ella lo había atrapado desde el primer momento. Y él no iba a oponerse.

―Yo debo irme. ― Hablo dudosa y con un tono lamentable en su voz. ― Solo he venido una noche…

Iguro sintió un golpe certero y duro en su pecho. Sintiendo como el aire escapaba de sus pulmones. Un nudo en su garganta al comprender las palabras que la fémina pronunciaba.

Mitsuri se levantó, caminando un par de pasos y volteó a verlo.

―Debo irme Iguro- san. Gracias por todo.

Él se levantó por inercia, para acortar la distancia entre ellos. No podía ser cierto. No podía ser tan efímero. Él necesitaba de sus dedos enlazados con los suyos para poder seguir.

Mitsuri vio el rostro masculino adolido y confundido pensando en los momentos vividos. Un nudo se formó en su garganta y un deseo ascendió.

―No quiero irme, Iguro-san― Dijo, haciendo eco a lo que realmente quería y deseaba.

La fémina lo miró temerosa, con el labio temblando y mientras sujetaba su mano con fuerza. Hace unos instantes se hacia la fuerte, pero era evidente que no aceptaba ese destino.

Obanai la tomó entre sus brazos, abrazándola con fuerza. La luz del sol ascendiendo más rápido de lo normal por el cielo. El miedo sucumbiendo en ambos cuerpos. Miedo porque su lazo se rompiera. Temor por dejar ir al otro.

―Iré a buscarte. Te buscaré y recorreré todo el mundo si es necesario. ― Iguro susurró en la oreja femenina mientras la abrazaba con mayor fuerza.

Ella sollozó ligeramente en su oreja y lo abrazó con mayor fuerza.

―Te esperaré

Antes de que otra cosa pudiera pasar, el astro rey hizo su aparición en el cielo y todo pasó muy rápido. Una luz los envolvió y antes de darse cuenta ella había desaparecido de entre sus brazos. Dejando un vacío doloroso, le habían arrancado una parte de él.

Miró al cielo maldiciendo internamente. Iba a cumplir su promesa sin importar lo que tuviera que hacer o a quien tendría que recurrir. El mundo se podía ir a la mierda. Él lo destruiría si fuera necesario.

Obanai volvería a traerla a su lado.

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Nuevamente dedicado a Leiviv, espero que te gustara 3

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