Perfidia.
Por: Vampisan86
Capítulo I.
Disclaimer: Nada me pertenece. Todo es propiedad de sus legítimos dueños.Advertencia: Es una adaptación de una novela que me gustó. Al final de la historia les dejaré el título.
Perfidia: Deslealtad o maldad extrema.
Capital del Oeste. Mansión propiedad de la realeza Saiyajin. Hora: las 17:45 p.m. Seis horas después del suceso.
La tensión en el salón de la mansión era tal que se podía casi tocar. La gente estaba de pie en pequeños grupos. Unos hablaban en voz baja, preocupados, mientras otros, callados, rompían de vez en cuando a llorar. Se oían voces reconfortantes. Otros se mantenían aparte del resto, de pie o sentados, ejerciendo sobre sí mismos un férreo autocontrol que los obligaba a permanecer inmóviles y en silencio.
Esperando.
Bulma Brief era de estos últimos. Estaba sola, sentada en uno de los sofás, y su aspecto era sereno, tranquilo. Miraba la pálida alfombra bajo sus pies en apariencia inconsciente de todo lo que la rodeaba. Pero no era en absoluto inconsciente de lo que la rodeaba. Ni estaba tranquila. A cada instante cada ruido reverberaba en su cabeza como un escalofrío. Estaba ahí sentada sin moverse, muy quieta y con la espalda recta porque sabía que si se movía, aunque sólo fuera un músculo, toda su entereza, ganada con tanto esfuerzo, se vendría abajo.
De hecho ya había ocurrido. Cuando le dieron la noticia, su reacción inicial había sido la de sentirse horrorizada, fuera de sí. Entonces intentaron llevarla a la cama, intentaron darle tranquilizantes para sacarla de su estado atormentado y hacer que se durmiera para que se olvidara de la situación pero ella se había negado. Por supuesto que se había negado. ¿Cómo podía ninguna mujer, se preguntó, ninguna madre refugiarse en el sueño en un momento como ése?
Como su reacción había sido alarmante y necesitaban algo tangible de qué ocuparse ella se había convertido en la candidata perfecta para recibir las atenciones de todos. Y como sabía que no tenía fuerzas para oponerse a ellos al tiempo que controlaba los miles de temores que surgían en su interior se había visto obligada a calmarse, había fingido que conseguía dominarse y había tomado asiento en el sofá, en el que llevaba ya horas sentada. Horas. Esperando. Como todos los demás.
Esperando al hombre que debía llegar y hacerse cargo de la situación. Le habían dicho que estaba de camino. Como si esa información pudiera hacerla sentir mejor. No se sentía mejor. Nada podía hacerla sentirse mejor.
Nada
Así que se quedó sentada, inmóvil, con los ojos azules cerúleos mirando para abajo para que nadie pudiera ver lo que ocurría en su interior. Se concentró en permanecer en calma mientras los demás, llenos de ansiedad, eran incapaces de ver cómo su camisa negra de manga larga y sus pantalones ajustados acentuaban la tensión de su rostro pálido. Tampoco parecían darse cuenta de que estaba sentada tan recta porque el susto mantenía agarrotada su espina dorsal como si fuera de hierro, ni de que sus manos, agarradas la una a la otra sobre el regazo, estaban tensas y frías de modo que era imposible separarlas.
Pero al menos no se acercaban a ella. Al menos no intentaban reconfortarla murmurando palabras inútiles que ninguna madre quería oír en un momento como aquél. Al menos la dejaban estar sola.
De pronto, el sonido de motores de la nave insignia aterrizando en el gran patio de la mansión en el camino que daba acceso a la casa hizo que todos se sobresaltaran y prestaran atención.
Bulma no se movió. Ni siquiera levantó la cabeza. Había ruido de voces en la entrada. Una sobresalía de entre las demás, profunda, dura y autoritaria. El aire de la habitación comenzó a helarse.
Entonces se oyeron pisadas firmes y precisas caminando hacia la puerta cerrada del salón. Al abrirse por fin todos se dieron la vuelta fijando su mirada expectante en el hombre que apareció en el umbral.
Sin embargo, Bulma mantuvo los ojos fijos en la alfombra. Contaba cuidadosamente las rosas diminutas de su dibujo.
Arrogante, piel morena, cabello negro en forma de flama y músculos tensos, llevaba un scouter, una armadura junto con su gran capa color rojo que le sentaba como todo buen miembro de la realeza. La nariz larga, fina y dura, la boca sensual y decidida. Y los ojos desafiantes y fríos como los de un cazador, oscuros, como la noche. Fríos como sus rasgos. Un hombre de piedra.
Estuvo de pie, firme en el umbral durante un momento, durante unos segundos eternos, irradiando un poder y una fuerza en la habitación que hizo que todos contuvieran el aliento. Sus ojos extraños se fijaban en un rostro ansioso y luego en otro, observando la escena por entero y sin reconocer a nadie en particular. La chica joven sentada junto a la ventana dejó escapar un suspiro cuando él fijó su vista en ella. Sus mejillas se sonrojaron y sus ojos, hinchados, se quedaron mirándolo como si estuviera suplicando por su vida. Fríamente, sin prestar atención, caminó por la habitación.
Hasta que sus ojos tropezaron con Bulma, sentada sola, en su inmenso esplendor, con la cabeza baja e inconsciente de todo.
Entonces le ocurrió algo a sus ojos. Nadie supo exactamente qué pero todos los que lo vieron sintieron un escalofrío. Comenzó a caminar con gracia y soltura. Sin volver a mirar por segunda vez a nadie caminó y cruzó la alfombra parando justo delante de ella.
—Mujer —dijo en voz baja.
Ella no se movió. Sus ojos se fijaron en las botas blancas de piel fabricadas artesanalmente que tapaban en ese momento el trozo de alfombra que había estado observando, pero aparte de eso no dio muestras de ser consciente de su presencia.
—Mujer —volvió a repetir de nuevo con un tono de voz más autoritario.
En esa ocasión sí obtuvo respuesta. Las pestañas de Bulma vibraron y poco a poco sus párpados comenzaron a levantarse deslizándose por las largas y poderosas piernas, por el torso tenso de músculos sólidos cubiertos por la armadura de combate. Alcanzó a ver el cuello, moreno y tirante. Luego el mentón, rígido, la sombra de una línea que esculpía a la perfección la boca. La nariz, fina y recta, masculina. Las mejillas, tersas con el lustre de la seda propia de las pieles bien cuidadas. Y por último los ojos. Su mirada azul ausente se fijó en los ojos negros de cazador de aquel hombre al que hubiera deseado no volver a ver.
¿Cuánto tiempo había pasado?, Se preguntó Bulma. Hacía ya dos años que no lo veía, casi tres. Había cambiado muy poco. ¿Y por qué iba a cambiar? Se preguntó. Él era Vegeta Cuarto, un saiyajin importante, poderoso. Un hombre perteneciente a la realeza que podía mantener casas en calles de prestigio de todos los planetas importantes del universo.
Un ser al que todos prestaban su zalamera atención, nacido para ostentar el poder, criado para ostentar el poder y acostumbrado al poder. Cuando él fruncía el ceño, la gente se inclinaba ante él. Un hombre que lo tenía todo; buen aspecto, un cuerpo impresionante. ¿Por qué iban a cambiar eso tres insignificantes años? Se preguntó.
Él poseía los rasgos divinos de un hombre de fábula: el pelo tan negro que brillaba con reflejos a la luz, la nariz tan arrogante que era incapaz de pedir perdón, la boca firme, resuelta, perfectamente dibujada en una estructura ósea esculpida en la misma piedra privilegiada de los héroes. Y por último los ojos. Sus ojos eran los de un león, los de un tigre, los de una pantera negra. Eran los ojos de un depredador duro, frío y salvaje, cruel e incapaz de perdonar.
Incapaz de perdonar, recapacitó.
Si su boca hubiera estado hecha para perdonar hubiera sonreído, aunque hubiera sido amargamente. Él era el hombre que no perdonaba. Y ella la peca dora. Era una lástima que ella viera la situación por completo del revés. Eso significaba que ninguno de los dos estaba dispuesto a conceder ni lo más mínimo al otro. Ninguno de los dos estaba dispuesto a odiar menos al otro.
Tres años, se repitió a sí misma.
Tres años de silencio y amargura. Y las cosas seguían igual, ocultas bajo la superficie pero exactamente igual. Y, a pesar de todo, en ese momento tenía el coraje de presentarse delante de ella y llamarla como lo había hecho, como si fuera lo más natural que lo hiciera.
Pero no lo era.
Y ambos lo sabían.
Bulma no estaba en condiciones de jugar al estúpido juego de humillados y ofendidos. No con él. No con el hombre al que una vez había amado. No con el hombre al que odiaba tanto como una vez amó. Apartó la vista de él bajando los ojos de nuevo a lo largo de toda la longitud de su cuerpo. No quería ver su hermoso rostro, su espléndido cuerpo, sus largas piernas.
No quería verlo.
Entonces él habló, alto y claro, y toda la habitación tembló:
—Fuera.
No lo había dicho en un tono de voz elevado, pero no hubo ni una sola persona en la habitación que no lo entendiera. Indiferente a todos ellos, inmóvil, se quedó de pie delante de Bulma mientras esperaba a que la gente llevara a cabo su orden.
Todos se pusieron en acción reaccionando como juguetes mecánicos. Las cabezas, los cuerpos, todos los miembros comenzaron a moverse de forma descoordinada, en masa hacia la puerta. Había dos policías sin uniforme, un chofer uniformado, una niñera joven que lloraba con la cabeza enterrada en el pañuelo y el ama de llaves y su marido. También estaba el médico, al que habían llamado para que viera a la niñera y que al final se había quedado temiendo que Bulma finalmente sufriera un shock.
O quizá él le había pedido que se quedara. ¿Quién lo sabía?, Se preguntó Bulma, ¿y a quién le importaba? A ella no, desde luego. Puede que otra gente agachara la cabeza al verlo, puede que otros obedecieran sus despóticas órdenes sin rechistar, pero ella no. Nunca. Era sorprendente e incluso patético que un hombre pudiera entrar así en un salón, dar un orden y conseguir que todos obedecieran sin necesidad de decir siquiera su nombre.
Pero lo cierto era que ese hombre no era cualquier hombre. Ese hombre tenía tanto poder que podía entrar en cualquier salón de cualquier parte del universo y exigir de inmediato la atención de todos. Era el hombre que había cerrado a cal y canto esa mansión y su jardín, colocando a varios hombres saiyajins como vigilantes escasamente una hora después del incidente. Era una lástima que no la hubiera tenido cerrada así antes de que ocurriera. Si lo hubiera hecho no estarían viéndose en ese momento, pensó Bulma.
La última persona que salió cerró la puerta. Bulma escuchó el clic y sintió como entre ellos se hacía el silencio. Él se fue y volvió escasos segundos después para sentarse a su lado y poner en sus manos un vaso presionandolo contra sus labios y obligándola a beber.
—Bebe —ordenó.
El olor inconfundible del brandy invadió sus sentidos y casi la hizo marearse. Sacudió la cabeza y el pelo azul, liso y corto se agitó en su espalda, entre ambos hombros. Pero él ignoró el gesto.
—Bebe —repitió—. Estás tan pálida que asustas. Bebe o te obligaré yo a beber.
No era una amenaza en vano. Eso quedó bien claro cuando su mano se elevó, larga y fuerte, agarrándola del mentón para forzarla a abrir la boca. Bebió y luego carraspeó al notar cómo el líquido ba jaba por su garganta como el fuego y sus pulmones conseguían por fin respirar frenéticos como si llevaran tiempo intentando hacerlo sin éxito.
—Eso está mejor —murmuró él creyendo que había sido el brandy lo que le había hecho dar la bocanada de aire cuando lo cierto era que había sido su contacto el causante, un contacto que parecía cargado de electricidad y que obligaba a cada milímetro de su cuerpo a reconocerlo. —Bebe un poco más.
Ella bebió aunque sólo para ocultar el horror que sentía. Por él. Por ese hombre. Por el amargo hecho de que aún respondiera tan violentamente al contacto físico de un hombre que le había causado tanto dolor, tanta desilusión y tanta infelicidad. La obligó a beber varios tragos de brandy y por fin decidió que era suficiente. Sus dedos la soltaron y retiró el vaso. El licor había conseguido colorear ligeramente sus mejillas mientras que aquel contacto había puesto una nota de condena amarga en su mirada de ojos azules.
— ¿Has sido tú? —Exigió saber ella pronunciando la frase sin apenas vocalizar.
Sin embargo él la oyó y la entendió. La forma en que se endurecieron sus ojos lo dejaba bien claro. Siguió observándola y escrutándola con frialdad y calma. Lo estaba negando con los ojos. Su expresión de dureza y ofensa exigía saber cómo se atrevía a pensar una cosa así.
—Te odio —añadió ella—. Desprecio la tierra que pisas. Si le ocurre algo a mi niño, ten cuidado, Vegeta. Porque estoy dispuesta a atravesar con un arma ese trozo de piedra que tienes en el pecho al que llamas corazón.
El siguió sin responder. Ni siquiera reaccionó, lo cual era toda una novedad porque con su exagerado sentido de la ofensa personal no se tomaba nunca a broma las amenazas. Y ella había hablado en serio.
—Cuéntame lo que ha ocurrido —dijo al fin con calma.
Bulma recordó de pronto el momento en que la niñera había entrado gritando: Han secuestrado a Trunks. Estábamos jugando en el parque cuando de repente han venido unos saiyajins volando y se lo han llevado. Aquel recuerdo la hacía estremecerse de angustia.
— ¡Sabes muy bien lo que ha pasado, eres un monstruo! —Respondió con los ojos encendidos de furia, odio y amargura—. Él es el recuerdo vivo de tu humillación así que decidiste quitarlo de en medio, ¿no es eso?, ¿eh?
Por el contrario los ojos negros de él permanecieron en calma, sin reaccionar. Se echó hacia atrás en el asiento, cruzó una pierna sobre la rodilla y estiró el brazo por el respaldo del sofá estudiándola cuidadosamente.
—Yo no he secuestrado a tu hijo —afirmó.
De inmediato Bulma se dio cuenta de que no había dicho mi hijo, ni siquiera nuestro hijo.
—Sí, lo has secuestrado tú —respondió con plena seguridad—. Según todos los indicios, ha sido una persona de tu calaña. Tu segundo nombre es vendetta. O debería serlo. Lo único que no comprendo es por qué no me han raptado a mí también.
—Piénsalo —sugirió él—. Quizá con un poco de suerte puede que llegues a una conclusión inteligente.
Bulma se dio la vuelta. Odiaba mirarlo. Odiaba el cruel aspecto de indiferencia de su rostro arrogante. Estaban hablando nada menos que de la vida de su hijo, y él estaba ahí, como si no ocurriera nada.
—¡Kami, me pones enferma! —respiró apartándose de él y dirigiéndose hacia la ventana con los brazos cruzados sobre el tenso cuerpo. Fuera, había instalado todo un muro de seguridad acordonando la propiedad: saiyajins con scouter, perros. De pronto Bulma rió al verlo—. Así que has decidido montar todo un circo. ¿De verdad crees que vas a engañar a alguien con eso?
—A ti no, evidentemente —se burló él entendiendo perfectamente sus palabras—. Sólo los he puesto ahí para contener a la prensa. Esa estúpida niñera estaba entrenada para actuar con diplomacia y ataque, pero en lugar de eso se puso a gritar para que todo la población en este pedazo de planeta se enterara —suspiró mostrando cierto enfado por primera vez—. Ahora ya todo el universo sabe lo que ha ocurrido. Va a ser imposible recuperarlo sin montar un escándalo.
—¡Oh, Kami! ¿Por qué, Vegeta? —Lloró desesperada— ¡Sólo tiene dos años! No podía ser ninguna amenaza para ti. ¿Por qué te has llevado a mi niño?
No lo vio moverse, sin embargo, en un instante estuvo a su lado, junto a la ventana, y sus dedos volvían a producirle esa descarga eléctrica al tomarla de la barbilla para girar su cara.
—No voy a volver a repetir esto, así que escúchame bien. Yo no he raptado a tu niño.
—Alguien lo hizo —contestó con los ojos llenos de lágrimas—. ¿A quién conoces que pueda odiarlo más que tú?.
Él suspiró sin contestar. No podía negar la verdad de su acusación. —Ven y siéntate antes de que te caigas al suelo redonda —sugirió—. Vamos a...
—¡No quiero sentarme! ¡Y no quiero que me toques! —Se soltó con violencia. Los labios de Vegeta se endurecieron. Era un síntoma de que comenzaba a molestarle su falta de amabilidad—. ¿Quién, Vegeta? —repitió con dureza—. ¿Quién más podría querer quitarme a mi niño?
—No a ti, sino a mí —contestó él con calma dándose la vuelta—. Han querido quitármelo a mí.
—¿A ti? —preguntó incrédula—. ¿Y por qué iban a querer hacerte eso? ¡Tú no quieres al niño!
—Pero la gente no lo sabe.
Bulma se quedó helada al darse cuenta.
—¿Quieres decir...?
Tragó sin poder terminar la frase. Había confiado en que él hubiera sido el responsable. Estaba tan segura que la sola idea de que no fuera así, de que hubiera otra alternativa simplemente la desarmaba. De pronto un miedo nuevo le atenazó el pecho.
—Soy un hombre poderoso y el poder trae enemigos…
—Pero... ¡No! —sacudió la cabeza negando tal posibilidad—. ¡No! Éste es un asunto de tu planeta, lo sé. He hablado con ellos…
—¿Que tú has hablado con ellos? —se volvió para mirarla con los ojos de depredador.
—Mediante el scouter —asintió sintiéndose enferma al recordar la conversación.
—¿Cuándo?
Su voz se había endurecido. No parecía gustarle el que ella pudiera darle una información de la que no tuviera noticia. Ofendía su sentido de la omnipotencia.
—Una hora después de que lo raptaron, más o menos. ¡Dijeron que tú sabrías qué hacer! —añadió desesperada mirándolo—. ¡Si lo sabes, hazlo, Vegeta! ¡Por el amor de Kami, hazlo!
Él murmuró algo molesto y la agarró del brazo empujándola para que volviera a sentarse en el sofá sin obtener protesta alguna en esa ocasión.
—Ahora escúchame —dijo sentándose a su lado—. Necesito saber qué dijeron exactamente, mujer. Y necesito saber cómo lo dijeron. ¿Comprendes?
¿Comprender? Por supuesto que comprendía, se dijo Bulma.
—¡Lo que tú quieres es saber si eran saiyajins! Pues bien, sí lo eran. ¡Eran saiyajins, como tú! —lo acusó—. Reconocí perfectamente el acento. Era el mismo tono despreciativo con el que tratáis a todos los que no son como ustedes.
— ¿Hombre o mujer? —preguntó él sin hacer caso a sus comentarios.
—Hombre.
— ¿Joven o mayor? ¿Podrías decirlo?
—La voz estaba amortiguada, creo... creo que tenía algo puesto delante del auricular —contestó poniéndose una mano delante de la temblorosa boca. Él alcanzó su mano y la retiró con dureza para exigir su atención.
—¿Hablaba en tu idioma?
—Pero con acento saiyajin —asintió—. Déjame...
— ¿Y qué dijo? —insistió ignorando su ruego—. ¿Qué dijo exactamente, mujer?
Ella comenzó a temblar violentamente. Cerró los ojos. No quería recordar aquella conversación que había confirmado sus peores miedos.
—Tenemos a tu hijo —repitió palabra por palabra. Sus dedos, helados, comenzaron a temblar de tal modo que él los estrechó en sus manos—. Por el momento está a salvo. Busca al Príncipe. Él sabrá qué hacer. Nos pondremos en contacto de nuevo contigo a las siete y media... ¿Qué hora es? —preguntó confusa mirando a su alrededor.
—Shsh. Aún no son las seis —murmuró él intentando calmarla—. Concéntrate, mujer. ¿Dijeron algo más? ¿Oíste algo? ¿Voces, algún ruido de fondo, algo...?
—No, nada —se soltó las manos para taparse la cara. Ni siquiera el llanto de su propia hijo.— ¡OH, Kami! ¡Mi niño! ¡Mi pobre niño... lo quiero aquí conmigo! —se dio la vuelta confusa y atormentada—. Conmigo, en mis brazos... —Añadió cruzando los brazos contra su pecho como si su hijo ya estuviera con ella—. ¡OH, Kami, Vegeta, haz algo! ¡Haz algo!
—Está bien, está bien, lo haré. Pero quiero saber por qué diablos nadie me había informado de esa conversación. ¿La grabaste? Mis hombres tienen intervenida esta línea. Tiene que estar grabada.
— ¿Es que tienes miedo de que alguien pueda reconocer la voz? —preguntó ella alarmada al verlo ponerse en pie— ¿Adónde vas?
—Voy a hacer algo al respecto —contestó él mirándola con expresión de indiferencia—. Tal y como tú me has pedido. Mientras tanto te sugiero que te retires a tu habitación y trates de dormir. Te mantendré informada de lo que ocurra.
—Quieres decir que lo deje todo en tus manos.
—Después de todo es para eso para lo que he venido —asintió él frío.
Sí, se dijo Bulma. Ésa era la única razón por la que había vuelto
—¿Dónde estabas?
—Yendo a la cumbre intergaláctica.
—¿La cumbre intergaláctica? Pero si sólo hace seis horas que lo…
—Concorde... ¿Todavía sospechas que he sido yo quien lo ha raptado?
—Los dos sabemos que eres perfectamente capaz de hacerlo —contestó ella con el mentón bien alto y los ojos azules fríos como los de él.
—¿Y por qué iba a querer hacerlo? Él no significa ninguna amenaza para mí.
—¿No? Hasta que Vegeta Cuarto no consiga librarse de su esposa para casarse con otra Trunks es el único heredero legítimo. Haya sido él suficientemente viril o no para concebirlo.
Aquella provocación había ido demasiado lejos y ella lo sabía. De pronto, él se inclinó sobre ella con los dientes apretados. El miedo no la dejó ser enteramente consciente de la fragancia de su aftershave.
—Ten cuidado, mujer, con lo que me dices.
—Y ten cuidado tú. Procura traerme a mi hijo sano y de una pieza, o si no atente a las consecuencias. Voy a arrastrar el nombre de la familia real saiyajin por todos los medios de cotilleo del universo.
Sus ojos se encendieron de nuevo como alumbrados por un relámpago.
— ¿Y qué les vas a contar? ¿Qué horrible crimen crees que puedes achacarme? ¿Es que no te he dado a ti y a tu hijo todo lo que podíais desear? Mi corona, mi dinero... ¡Hasta mi nombre!
—¿Y por el bien de quién lo has hecho? —preguntó ella pensando que todo eso era legítimamente suyo—. Sólo por el tuyo, Vegeta. Por orgullo. ¡Por tu maldito orgullo saiyajin!
—¿Qué orgullo? —preguntó él de pronto poniéndose en pie—. Destrozaste mi orgullo cuando te llevaste a otro hombre a tu cama —por un momento Bulma sintió cierta simpatía y pena por el hombre que había vivido tres años creyendo aquella mentira. Tenía razón: aunque lo que dijera no fuera cierto, el solo hecho de que lo creyera tenía que haber acabado con su orgullo—. ¡Ah! No quiero discutir ese tema. Me molesta. Me molesta incluso tener que hablar contigo —añadió dándose la vuelta y dirigiéndose a grandes pasos hacia la puerta.
— ¡Vegeta! —lo llamó Bulma esforzándose por ponerse en pie y detenerlo. Él se paró con la mano en el picaporte de la puerta pero sin darse la vuelta. Las lágrimas invadían las profundidades de sus ojos, esas profundidades en las que guardaba el amor que un día había sentido por él—. Vegeta, por favor... Pienses lo que pienses de mí tienes que comprender que Trunks no ha cometido crimen alguno.
—Lo sé —contestó él sereno.
—Entonces por favor, devuélvemelo.
Aquella súplica le puso tenso. Se dio la vuelta para mirarla. Estaba de pie, con su pelo sujeto con una cinta, retirado del rostro. Sus ojos, antes duros, fríos y enfadados, no podían evitar observar su figura pequeña y esbelta. No era alta, y la ropa acentuaba su delgadez. Era una criatura delicada, siempre lo había pensado. Siempre había tenido la sensación de que el más mínimo soplo de viento iba a hacerla salir volando, de que la más mínima palabra agria iba a hacerla desesperar. Y sin embargo... Sus ojos se endurecieron aún más, si es que ello era posible.
—Han secuestrado al niño porque lleva mi nombre —afirmó con calma—. Por esa razón haré todo lo que esté en mi mano para devolvértelo.
La puerta se cerró dejando a Bulma mirándola enfadada. Se refería a Trunks llamándolo el niño, pensó con amargura, como si fuera un muñeco sin alma, un simple objeto inanimado al que hubieran robado. Y sólo aceptaba que era su obligación recuperarla porque se daba cuenta de que en parte era responsable de que lo hubieran raptado.
Qué amabilidad, pensó mientras buscaba una silla donde apoyarse antes de caer, cuánta magnanimidad. ¿Cuál habría sido su reacción si hubiera creído que Trunks era hijo suyo?, Se preguntó. ¿No habría sido entonces él el que habría necesitado un brandy, no habría sido a él al que todos habrían intentado hacer tragar las pastillas para dormir, al que todos habrían intentado calmar al ver que no podía soportar el horror de ver a su hijo secuestrado por un monstruo? Un monstruo dispuesto a lo que hiciera falta con tal de conseguir lo que se proponía.
Intentó interrumpir sus pensamientos tapándose la cara con las manos. No podía seguir soportándolo. Su hijo estaba en manos de un loco. Estaría asustado, aterrorizado, sin saber qué iba a ocurrirle. Querría a su mamá, no comprendería por qué su mamá no estaba allí con él cuando siempre había acudido a su llamada. ¿Qué clase de monstruo insensible podía ser capaz de alejar a un niño pequeño de su madre? ¿Qué podía causar que alguien llegara a ser tan malvado, tan cruel, tan...?
De pronto recordó algo y retiró las manos de la cara. Sólo conocía a una persona que fuera capaz de hacer algo así. El Rey Vegeta Tercero. De tal palo tal astilla. Peor aún, mucho peor el padre que el hijo. Vegeta nunca llegaría a aprender a ser tan mala persona como su propio padre.
Y además la odiaba. La odiaba por haberse atrevido a pensar que podía ser una esposa lo suficientemente buena para su hijo. Había jurado vengarse de ella por haberle robado a su hijo, al que hubiera preferido ver casado con una saiyajin en un matrimonio previamente convenido. Si Vegeta se creía a sí mismo omnipotente, el Rey Vegeta lo creía aún más de sí mismo.
Pero el Rey ya se había cobrado su venganza, pensó confusa. ¿Por qué iba a querer...?, Comenzó Bulma a preguntarse a sí misma.
—¡No! —exclamó en voz alta de pronto poniéndose en pie.
Temblaba, pero no de debilidad sino de miedo. Sentía un inmenso miedo que le impedía casi incluso seguir en pie. No obstante, atravesó el salón y salió de la habitación.
N/A: Hola, les traje esta adaptación. Espero y sea de su agrado. Supongo que muchas sabrán de qué novela es pero como dije, al final colocaré el nombre para darle su merecido crédito.
No olviden dejar su review.
Gracias.
