El rey de los inventos de todo el universo.
Desde la cancela de un espacio inmenso
En funciones de hangar desde aquel suceso
Con pies bien plantados y el corazón latiendo
Una bella dama, de blancos mechones entre los cabellos
Y gafas que a medias contienen su anhelo
Mientras dos muñecos, acuna en su pecho
Ve todas las tardes marchar en silencio
Idealistas soldados, con belicoso empeño.
«Solo han pasado veinticuatro años y estamos de nuevo en esto», pensó con amargura mientras miraba las filas de muchachos que tenía en frente. Demasiadas para su gusto.
Aún no era vieja, pero veinticuatro años parecían una vida entera. Eran una vida entera. Al menos para ella. Ya no era la joven tímida y temerosa que había sido en el colegio. Ya no era la misma muchacha que fue cuando su adorado Rey de los Inventos de todo el Universo decidió enrolarse como voluntario para la Real Fuerza Aérea durante la Primera Guerra Mundial.
«¡Quiero regalarte un mundo mejor!».
Si cerraba los ojos y se concentraba lo suficiente casi podía escuchar su voz, impregnada con un tipo de pasión que jamás le había oído antes, respondiendo a su pregunta de ¿por qué decidió unirse al ejército?
En aquel entonces, siendo aún tan joven no logró entenderlo, y siendo sinceros, la edad no había ayudado mucho. Todavía no le quedaba claro al cien por ciento por qué él, que fue una de las almas más puras que tocaron su vida, decidió luchar. Por qué él, que procuraba siempre evitar conflictos y buscaba incansablemente cosas para hacerla sonreír y ser feliz se sometió voluntariamente a aquel tormento. Pero un día como cualquier otro le dijo que se iría al frente, se puso el uniforme, subió a un avión y no volvió a verlo jamás. La guerra se lo llevó. No. ¡La guerra se lo robó! Allá por 1917 y, ahora, veinticuatro años después ahí estaba ese monstruo de nuevo, hurtando miles de sueños. Destrozando familias. Acabando con inocencias. Llenándola de angustias que creía olvidadas.
La cabeza alta, erguido todo el cuerpo
Marchan en filas enormes, marciales, severos.
Sin más nota alegre sobre el uniforme austero
Que una bandera a rayas y estrellas
En el costado izquierdo.
Los mira y el corazón se le hace chiquitito. Por eso se aferra tan fuertemente a aquellos muñecos que presiona contra su pecho.
Jóvenes idealistas, como el que amó, que piensan que van a luchar para defender a los suyos, para volver como héroes, para heredarle a sus seres queridos algo mejor. Para encontrar la paz. Pero ella sabe la verdad. Ella sabe que muchos de ellos no regresarán más y se los recordará no como héroes sino como mártires. Sabe que la paz dura solo mientras la mente de los hombres lo permita. Que el mundo sin ellos no es mejor para aquellos que los quieren. Y le duele el alma y las lágrimas le llenan los ojos.
Y con solo verlos le asalta el recuerdo
De un joven inventor loco
Cuya risa sincera, iluminaba su cielo.
—¿Mamá? —sobresaltada, da un respingo—. ¿Por qué estás aquí de nuevo?
No sabe qué responder. Su familia intuye que perdió a alguien en la Guerra, pero, no les ha contado quién era ni lo mucho que significó para ella. El impacto tan grande que tuvo en su vida en tan poco tiempo. Y lo ha mantenido oculto, en un espacio muy especial en su corazón; no porque no quisiera contar su historia, sino porque no podía hablar de él sin echarse a llorar. Y se había prometido (y casi lo había logrado) recordarlo y sonreír. No quería que su familia sintiera pena por ella.
—¿Mamá?
Temía que su familia pensara que si él no hubiera muerto ella habría tomado un camino distinto. Porque los amaba, a todos, con el corazón entero. Pero él…, en ese momento…
—¿Mamá?
No le gustaba preocuparlos. Odiaba preocuparlos. Pero estaba aterrada. Su hijo menor, el que tenía en frente, había estado coqueteando con la idea de unirse a las tropas en cuanto tuviera la edad justa. Y, ¡qué bonita la vida! Aunque jamás había sabido nada de su inventor, se le parecía demasiado. La misma sonrisa dulce. La misma propensión a experimentos fallidos. La férrea idea de ver al mundo como un espacio bueno.
—¿Es por lo que te dije hace algunos días? —No quería perder a nadie más por causa de la guerra—. ¿Mamá?
—¡Tuve un romance con un inventor excéntrico! —Casi gritó. Sintiéndose de nuevo como adolescente, pero con la mirada aún fija en los soldados, sintiendo el paso de los años en su cuerpo.
—¿Cuándo? —Preguntó el muchacho tanteando terreno. Sorprendido. Con los ojos muy abiertos y casi atragantándose.
Entonces ella sonrió imaginando lo que el pobre crío estaría pensando: «mi madre me está confesando una infidelidad».
—Cuando estudié en el Colegio San Pablo.
Llevaba siempre ceniza en el pelo.
Amable y hermoso; dulce y sincero.
—¡Qué susto! —Suelta el pobre chico y ella ríe a medias—. ¿Por qué me lo cuentas ahora?
—Porque necesito hacerlo —dice con toda honestidad.
—¿Era tu compañero de clase?
—No precisamente —responde ella dejando que los recuerdos buenos regresen—. Era unos años mayor.
—¿Algunos años?
—Casi cuatro —«no siempre se notaba» piensa para sí misma—. Era también un estudiante, pero él se definía como inventor, yo le añadía: excéntrico.
—Un inventor excéntrico —murmura el muchacho, y ella lo ve claramente a través de los años, con un nuevo invento fallido en las manos, sonriendo avergonzado.
Él, solo, tranquilo
Y con la paz que irradiaba su cálido cuerpo
Desde aquel primer baile en el colegio
Cuando se conocieron
La miró tan fijo, con mirar intenso
Y desde entonces fue él solo el dueño
De cada suspiro. De todo su anhelo.
—A mí me gusta inventar cosas dice el muchacho con alegría.
—Lo sé.
Lo sabe, y es eso justamente lo que la hace pensar que aquel otro inventor habría adorado a ese muchacho.
—¿Puedo conocerlo?
Un sollozo se le atora en la garganta.
Siempre, preocupada y triste; recordando y sufriendo
Una bella dama, de blancos mechones entre los cabellos
Ve todas las tardes marchar en silencio
Idealistas soldados, con belicoso empeño.
—Nada me haría más feliz en este mundo —responde intentando refrenar la miríada de emociones que siente. Con la voz entrecortada.
—¿Pero?
—Murió en 1917.
Pero, no los ve a ellos, ve solo el recuerdo
De un joven inventor loco
Al que tanto amaba: excéntrico y sincero
De sentir como despertaba su cuerpo
De las primeras señas de deseo.
—¿En la primera guerra? —Pregunta el muchacho y ella asiente con la cabeza—. ¿Lo querías? —Suspira profundamente intentando no llorar.
—Con toda el alma.
—¿Y él a ti?
Se vuelve a perder en sus recuerdos.
Cuando la miraba con ojos sinceros
Con pícaras y audaces miradas de fuego
Le decía sin palabras: te quiero, te quiero.
Soy feliz a tu lado, así, como puedo serlo
A veces te amo tanto que siento que muero.
—Él también me quería.
Por mucho tiempo sintió que había sido la segunda mejor opción para él. Que había alguien a quien él quería más que a ella. Pero, poco a poco, con la convivencia diaria se dio cuenta de que las quería a ambas de forma distinta. Y, él la había elegido a ella. Era feliz a su lado y la quería de verdad.
A la dama entonces se le oprime el pecho
Los muñecos, aprieta con fuerza contra el cuerpo
Porque solo lo encuentra vivo en su pensamiento
Aquel joven inventor excéntrico.
—¿Qué le sucedió?
Ojalá pudiera decir lo que quiere como quiere, pero teme que el muchacho la malentienda y vea en su dolor, una simple forma de chantaje.
Una terrible mañana que pareció un infierno
Su mejor amiga le contó los hechos
Su sonrisa se tornó en fúnebre desconsuelo
Su avión se había desplomado desde los cielos
Su inventor loco seguramente estaba muerto
Perdido en acción en el extranjero
Sin previo aviso
Pocos sobrevivieron.
—Su escuadrón de la Real Fuerza Aérea… sus atacantes derribaron su avión.
—¿Era piloto?
—El mejor de todos.
—¿También inventor?
—El peor de todos —sonríe recordando los miles de inventos fallidos, las explosiones, las caídas y contusiones. Recuerda con emoción la mirada llena de amor y ternura que él le regalaba cada vez que curaba sus heridas.
—¿Por eso lo de excéntrico?
—Construyó un coche que se rompía siempre que lo utilizaba —río al pensarlo—. Reparó un avión que terminó en un lago durante su primer vuelo —su hijo la miró con cierta preocupación—. Pero también logró crear una caja musical que funcionó perfecto. Y, de acuerdo a su comodoro, dibujó un arcoíris con su avión para hacer sonreír a sus compañeros.
Así era él, dulce, amable, sincero. Un alma que irradiaba luz. Una sonrisa que te llenaba de paz.
—¿Era inglés?
—Escocés —sonrió ella—. Su familia vivía en Estados Unidos, pero siempre tuvieron un fuerte apego patriótico. Además —dijo pasando saliva pesadamente—, el Reino Unido se unió a la guerra mucho antes que los Estados Unidos.
Los jóvenes soldados marchan en silencio
Sin romper filas, sin saberlo
La mujer angustiada los mira sin verlos
No conoce a ninguno, pero si a un recuerdo
Lo busca, lo busca entre ellos
Aquel joven inventor excéntrico.
—¿Por qué nunca me habías hablado de él?
—Porque aún me duele su pérdida.
Lo había llorado por muchísimos años. Cuando recién lo perdió ella casi…
Corrieron los años, pasó mucho tiempo
Y ahora en la cancela de un espacio inmenso
La dama de mechones blancos entre los cabellos
Con el alma ajada por el sufrimiento
Mientras ve como se repiten los hechos
Mira todas las tardes marchar en silencio
Idealistas soldados con belicoso empeño.
—Era aún muy joven cuando él murió. Fue el primer hombre al que amé y perderlo, así, de pronto, sin entender por qué… —respiró profundamente—. Mi universo completo colapsó.
—¿Aún lo quieres? —Ella asintió.
—Adoro su recuerdo —guardaron silencio un momento—. Incluso después de haber dejado este mundo, él siguió dándome razones para seguir adelante.
—¿A qué te refieres?
—Cuando lo perdí, creí que no podría seguir viviendo sin él.
—¿Tú…? —La idea lo aterra.
—Sí. Era joven y estúpida —lo dice ya sin vergüenza—. Tímida y en ocasiones apocada. Creí que solo podía sentirme fuerte con él a mi lado.
—¡Eres la mujer más poderosa que conozco!
—Eso lo aprendí con el paso de los años.
—¿Cómo te ayudó después de…? —Se toma su tiempo para responder.
Lanza una plegaria al cielo, los mira y al verlos
Sus ojos hermosos, doloridos y honestos
Vierten silenciosas lágrimas de hielo.
—Después de intentar hacer cosas demasiado estúpidas, que espero jamás se te ocurra hacer —le dedica una mirada muy significativa—. Estaba deprimida, mucho. Hasta que un día encontré estos dos muñecos.
Los separa ligeramente de su cuerpo y se los muestra al muchacho. Dos muñecos de tela, bastante destartalados por el tiempo. Él la mira, dudoso.
—Esta soy yo —dice levantando la muñequita de cabello corto y lentes con una letra P en el suéter—. Y este es él —un muñequito un poco más destartalado, con lentes y la letra S.
—¿Dos muñecos te ayudaron a salir adelante? —Ella asiente.
—Dos muñecos que él hizo para mí.
Cuando se fue, le dolió mucho saber que le había legado una cajita de música a alguien más y a ella la había dejado sin nada más que su recuerdo.
—Los encontré entre sus pertenencias, después de su entierro.
—¿Dos muñecos fueron suficientes?
—Dos muñecos me dieron consuelo. Me ayudaron a entender que él pensaba en mí. Y dentro de esta bolsita —dijo metiendo la mano en el pantalón del pequeño S—, venía una sencilla nota, que me ayudó con lo demás.
Se la tendió al muchacho que la tomó con mucho cuidado, la leyó, sonrió y se la devolvió. Ella dedicó unos minutos a observar la caligrafía, y a disfrutar las palabras: «He visto cosas fascinantes desde las alturas, pero lo más maravilloso que he contemplado jamás, lo descubrí aquí, en la tierra: tú. Gracias por apoyarme aún sin entenderme. Te quiero. En esta y todas mis vidas: ¡Te quiero!».
—Mamá yo no…
—No voy a decidir por ti lo que harás con tu vida —dice abrazando a su hijo con todo el cariño que puede salir de ella—. Si decides ir, te apoyaré. Solo necesito tiempo para hacerme a la idea.
—¿Por eso vienes aquí todos los días?
—Vengo aquí para intentar entenderlos.
—Puedes hablar conmigo, ¿lo sabes? —ella asiente.
—Pero a veces, también necesito su consejo.
Le sonríe a su hijo, lo toma de la mano y juntos se alejan del campo de entrenamiento.
Adulta, completa y viva, aun guarda el recuerdo
Del hombre que cambió su universo
Aquel joven inventor excéntrico,
El rey de los inventos de todo el universo.
Jelou, jelou. Este pequeño relato sale de un reto cumpleañero puesto en un grupo de escritoras de FB, mi tarea consistía en narrar una historia que contuviera a Paty y "me enamoré de un inventor excéntrico". Esto fue lo que se me ocurrió. El poema es una sobre-escritura de uno de mis poemas favoritos "El seminarista de los ojos negros", de Miguel Ramos Carrión. Espero la disfruten y como siempre el disclaimer, los personajes son de Misuki e Igarashi y ya fin. Agradezco cualquier comentario.
Bonita vida ;)
