Han pasado varias semanas desde la muerte de Camus y Milo lo está llevando muy, muy bien. Y así se lo había dicho a Aioria cuando este se había aventurado en su templo, luciendo más bien abochornado, para preguntarle qué tal estaba.
La cerámica rota que reposa sobre el suelo del templo de Escorpio parece indicar lo contrario.
El título del fic hace referencia a la tradición griega de romper platos en las bodas. Esta historia no es Yaoi, quien quiera interpretarlo como tal, ya será por su cuenta.
Esta escena es mencionada de pasada en mi fic Entre las cenizas y pertenece al mismo universo.
Intrincados rituales griegos.
Habían pasado ya varias semanas después de la llegada de los caballeros de bronce al Santuario y la revelación de que el Patriarca era, en realidad, Saga de Géminis poseído por Ares. Los recientes sucesos habían llevado a los caballeros dorados a asimilar en un corto periodo de tiempo una gran cantidad de impactantes verdades. Habían estado siguiendo las órdenes de un impostor, la auténtica Athena era en realidad una jovencita a la que apenas conocían, Aioros nunca había sido un traidor y además varios de sus compañeros ahora estaban muertos. Casi nada, vamos.
Y Milo lo estaba llevando muy, muy bien. Requetebién, podría decirse. Sobre todo aquella última parte.
Y así se lo había dicho a Aioria cuando este se había aventurado en su templo, luciendo más bien abochornado, para preguntarle qué tal estaba. Por Athena, ¿qué se creía? El santo de Leo y él ni si quiera eran amigos, por todos los dioses. Se lo había dejado muy claro cada vez que le había dicho que pensaba que su hermano era un traidor, había pensado Milo amargamente.
Por eso había pasado esas semanas en la soledad de su templo, evitando pensar demasiado en la muerte de Camus y sin dignarse a poner un sólo pie en el templo de Acuario a menos que fuera estrictamente necesario; en cuyo caso lo atravesaba rápidamente intentando ignorar la asfixiante sensación de vacío que le suponía estar allí.
Y todo habría seguido así de bien de no ser por culpa de DeathMask. O al menos, de su templo.
Aparentemente, el Santo de Cáncer se las había arreglado para resultar casi tan molesto en muerte como en vida y cuando el olor que salía del templo del cangrejo empezó a ser imposible de ignorar, no quedó más remedio que adentrarse en las estancias privadas del lugar. Afortunadamente no se debió -como más de uno se había temido- a que el santo estuviera ocultando un cadáver en su sótano, sino simple y llanamente a que la comida que este guardaba en la despensa se había puesto mala, atrayendo a una ingente cantidad de roedores e insectos oportunistas.
Lo cuál había llevado a los santos de oro a discutir qué hacer con las pertenencias de sus compañeros muertos antes de que se repitiera la situación.
Esa era la causa de que Milo estuviera en pie frente a las escaleras del templo de Acuario, reuniendo el valor suficiente para adentrarse en él. Podría haber dejado que se encargara otro, pero en el fondo de su alma sabía que no sería correcto. La misión era fácil: entrar, mirar si Camus tenía en su templo algún alimento perecedero o pertenencia susceptible a la putrefacción, recogerlas y salir. Si lo hacía, sería el mayor tiempo que había pasado en ese sitio desde la muerte de su amigo. Así que Milo tomó aire, se obligó a sí mismo a entrar en el templo de Acuario y comenzó a atravesar la estancia hasta llegar a la parte que comunicaba con los aposentos privados.
Todo iba bien hasta que puso su mano sobre la puerta de la morada de su amigo. Al francés le molestaba enormemente el asfixiante calor griego y solía utilizar su propio cosmos para enfriar sus estancias privadas. Por lo tanto cuando Milo llegaba a la puerta, esta solía estar antinaturalmente fría al tacto. No como ahora.
Era un detalle tan nimio y tan... tan Camus. Camus, que ya no iba a volver. Camus, al que había encontrado muerto en el suelo del undécimo templo, con la piel blanquecina y los labios azulados y... De repente, aquellos pensamientos que llevaba semanas reprimiendo acudieron a su mente de golpe, y Milo tuvo que salir corriendo del templo de Acuario antes de que la presión de su pecho terminara por asfixiarlo.
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Había pasado ya una semana de aquello y varios intentos infructuosos de entrar en la casa de Camus. Mu y Aldebarán al ver su tardanza se habían acercado amablemente a preguntarle si necesitaba ayuda para sacar las cosas del templo de Acuario. Milo se había apresurado en asegurarles que el asunto estaría solucionado en breve y que no hacía falta que nadie le ayudara, muchas gracias.
Lo cuál era una vil mentira, como demostraba el hecho de que en esos precisos momentos estuviera bajando rumbo a Leo para pedirle a Aioria que por favor le acompañara al templo de Acuario. Milo no estaba muy seguro de qué le había llevado a elegir a Aioria como su confidente. Quizás fuera porque a pesar de que sus encuentros a lo largo de los años habían consistido mayormente en puyas y desplantes, el caballero de Leo era entre los santos que quedaban vivos aquel con el que más contacto había tenido. O quizás simple y llanamente porque Aioria había dado el primer paso para acercarse a él al ir a buscarlo a su templo. Daba igual, Milo iba a ir allí y pedirle ayu- iba a aceptar su oferta de compañerismo.
Por eso era que llevaba ya al menos diez minutos frente a la puerta de las estancias privadas de Leo, debatiéndose sobre si tocar o no a la puerta.
-¡Milo! ¿Necesitas algo? - La voz del caballero de Leo lo sorprendió a sus espaldas antes de que pudiera cambiar de idea. Estaba portando la armadura y el sudor había empapado su cabello, por lo que Milo dedujo que volvía a su casa tras su correspondiente turno de guardia.
-¡No, nada! - mierda.
La sorpresa de Aioria fue reemplazada por una expresión de confusión al escuchar su respuesta.
-Oh. Imaginé que algún motivo habría para que hayas bajado hasta la puerta de mi casa.
¿Estaba Aioria siendo sarcástico con él? Milo se preparó para responder cuando se dio cuenta de que en el rostro del León sólo había genuina preocupación. Su ira se deshinchó.
-¿PuedescompañarmeabuscarlascosasdeCamusporfavor?
-¿Cómo? - Aioria parpadeó, confuso.
-Que si puedes acompañarme a buscar las cosas de Camus, por favor - repitió Milo, mortificado.
La expresión de Aioria se suavizó inmediatamente.
-Por supuesto - titubeó - ¿Quieres ir ahora o tenías algún otro momento en mente?
-Pues... -a decir verdad, Milo no había llegado tan lejos en sus planes como para hacerse esa pregunta, pero tampoco ganaba nada retrasando lo inevitable- Ahora mismo estaría bien, sí.
Aioria asintió al tiempo que abría la puerta a la estancia de Leo.
-De acuerdo, dame un segundo para que pueda ducharme y estaré contigo. ¿Te importa esperar ahí? -preguntó señalando hacia la salita de estar.
Los siguientes cinco minutos fueron probablemente algunos de los más incómodos en la vida de Milo.
¿Qué se suponía que debía hacer? ¿Sentarse en el sofá, esperar de pie?
La salita de estar de Aioria era sorprendentemente humilde, pero acogedora. Era obvio que el santo de Leo no había estado esperando visita, pues a pesar de que la estancia no estaba desordenadaper se, tampoco estaba impoluta. Unas migas de algo que se parecía sospechosamente a las galletas de chocolate reposaban sobre el sofa, y Milo no pudo evitar sonreír para sus adentros.
-Bueno, ya estoy -El santo de leo apareció luciendo mucho más refrescado y portando una muda limpia- ¿Subimos?.
Antes de poder evitarlo, las palabras estaban escapando de su boca.
-¿Por qué haces esto por mi Aioria? - soltó torpemente.
Aioria pestañeó confuso, como si la respuesta fuera obvia.
-Porque sé lo que es perder a alguien.
Milo tragó saliva y obligó a bajar al nudo que tenía atascado en la garganta.
-Gracias.
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El ascenso a Acuario fue ocupado por un silencio incómodo. Al fin y al cabo, la tregua con Aioria era reciente y Milo no sabía bien qué decir.
-Siento lo de tu hermano -terminó soltando.
Aioria se giró sorprendido.
-Gracias -respondió-, aunque tampoco fue culpa tuya.
Al añadir esto último, apretó los puños. "Shura y Saga" pensó Milo para sí. Ahora, los únicos que podían darle explicaciones a Aioria estaban muertos. Quizás el caballero de Leo no había estado llevando tan bien las últimas semanas como Milo había pensado.
- Bueno, aquí estamos -declaró con nerviosismo- ¿Entramos?
Aioria se encogió de hombros.
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Las estancias privadas del templo de acuario eran, tal y como Milo recordaba, la pura imagen de la pulcritud. Los muebles que habían eran sobrios y elegantes, si bien carecían de la personalidad que había impregnado la casa de Leo. Más que un hogar, la casa de Camus parecía un lugar de tránsito y quizás para el francés así había sido. El único rastro de que ahí efectivamente había vivido alguien eran dos tazas de café solitarias colocadas sobre la mesa del comedor, como si estuvieran esperando por sendos invitados fantasmas. Por un momento, Milo tuvo un vívido flashback de las tardes que él y Camus habían pasado ahí charlando, pues el francés se negaba en redondo a bajar al templo de Escorpio.
"Hace calor, Milo, además tu templo siempre está desordenado. Y lo peor" había añadido con el fantasma de una sonrisa sarcástica en su rostro por lo demás inexpresivo "es que tu cafetera es terrible".
Mierda. Por las sagradas bragas de Hera, no era posible que Milo estuviera a punto de echarse a llorar.
-¡Necesito un momento! - gritó, al tiempo que salía corriendo del templo de Acuario.
Bajo el calor abrasador del mediodía griego, Milo se secó las lágrimas. ¿Pero qué narices le estaba pasando? Su plan había sido pedirle ayuda a Aioria porque el santo de Escorpio sabía que bajo la mirada de otro santo dorado su orgullo le impediría acobardarse. Aquello no podía estar sucediendo.
-Milo, de veras, no pasa nada. - Las palabras amables de Aioria le sacaron de su ensimismamiento.
-Ni se te ocurra acercarte, Leo - gruñó Milo, consciente de que la rojez de sus ojos traicionaba su situación. Al darse la vuelta, se encontró con el rostro asustado de Aioria. No por su amenaza, se dio cuenta, si no porque el caballero de Leo tampoco parecía tener ni idea de qué hacer en aquella situación.
-Ah. Así que ahora vuelvo a ser Leo - fue lo único que atinó a decir, pero el tono de sus palabras dejó claro que estaba dolido.
Milo dejó salir un impotente gruñido de frustración. No sabía qué hacer. Por lo general, su reacción a sentirse vulnerable y nada más y nada menos que delante de Aioria, sería atacar al susodicho. Pero en ese preciso momento, Milo sabía que no sería justo.
-Espera -respondió con voz ronca. No sabía muy bien qué más decir ni cómo expresarse, así que terminó gesticulando airadamente con las manos, que al final dejó caer pesadamente a los lados de su cuerpo. Le dirigió una mirada implorante a Aioria.
-Está bien -este, contra todo pronóstico, pareció entenderle. Y si no, como mínimo, se apiadó de él- ¿Quieres que lo dejemos para más tarde?
Milo lo pensó por un momento, pero la idea de volver a tener que empezar de nuevo se le hacía infernal.
-No.
-Vale.
Y eso fue todo.
Se encaminaron de nuevo hacia acuario lentamente, como prisioneros acercándose a la horca. La puerta esta vez se había quedado abierta y tras ella, la casa de Camus les esperaba tal y como la habían dejado.
Resultó que al parecer Camus había aplicado su filosofía estoica a su alimentación, pues no tenía demasiada comida en su casa. Habían varias verduras ya se habían podrido y unas pechugas de pollo de color verdoso que tuvo que tirar Milo porque Aioria se negó de lleno a acercarse a ellas. El resto eran arroz, conservas y otros alimentos no perecederos como su amado café. La gran sorpresa llegó en forma de una lujosa botella de vino que encontraron en su alacena. Al parecer Camus la había estado guardando para una ocasión especial que ya no llegaría.
Durante una interminable hora, Milo estuvo a punto de echarse a llorar tres veces, y fracasó en su intento de retener las lágrimas una cuarta, tras lo cuál Aioria terminó dándole un abrazo reticente al tiempo que le propinaba unas torpes palmaditas en la espalda. Al final, Aioria y él abandonaron la casa de Camus con tres bolsas en las que habían separado comida y basura. Antes de cerrar la puerta, Milo echó la vista atrás y su mirada cayó sobre las solitarias tazas de la mesita del salón.
-Un momento -susurró, pasándole sus bolsas a Aioria.
Más tarde diría que no sabía qué le llevó a tomar la decisión, simplemente que en ese momento le pareció lo correcto. Milo terminó adentrándose de nuevo en la casa para salir esta vez con varios de los libros favoritos de su amigo, tres discos de David Bowie que Milo le había regalado hacía ya años, un porta retratos con una foto vieja en la que aparecía Camus con sus discípulos y el maldito juego entero de café.
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Al final, terminaron tirando la basura donde correspondía y dejando el resto de pertenencias en el desordenado salón de la estancia de Escorpio. Puede que su templo fuera un desastre, sí, pero Milo no tenía las fuerzas necesarias para preocuparse en ese momento.
- ¿Quieres tomar algo? - preguntó cuando dejaron de depositar las cajas, alzando la botella de vino que habían encontrado.
Aioria arqueó las cejas pero no respondió, indeciso.
- Vamos. Ha sido una tarde de mierda, lo último que quiero es estar sobrio. Y además, te lo debo. No tiene por qué ser el vino, tengo vodka en la cocina - insistió Milo.
El santo de leo frunció el ceño y tras unos instantes de duda, aceptó.
- Bueno, vale. Trae el vodka.
Milo no tardó en aparecer con una botella a la que ya le faltaban varios dedos de su contenido y dos vasos. Sin dudarlo, rellenó el primero hasta arriba y se lo ofreció a Aioria, para luego hacer lo mismo con el suyo propio.
Aioria tomó un buen trago para arrugar la nariz con desagrado.
-Por Athena Milo, esto casi parece desinfectante.
-Emborracha, que es para lo que lo quiero, y además es barato. Pero tengo zumo de naranja en la nevera por si quisieras mezclarlo.
-No he dicho eso.
Lentamente, ambos caballeros siguieron tomando sorbos de sus respectivos vasos en silencio mientras el alcohol empezaba poco a poco a calar en su sistema.
-Todo esto es una locura -la voz de Aioria rompió la quietud de la sala.
-Ya. Lo es.
Milo tomó la botella y se apresuró a rellenar su vaso. Aioria le alcanzó el suyo.
Su vista resbaló por el caos del salón hasta caer sobre el antiguo porta retratos. En la imagen un Camus más joven le dirigía su conocida mirada gélida, pero el efecto se veía suavizado por el hecho de que estaba posando sus manos sobre los hombros de sendos chiquillos que sonreían con timidez. Milo apretó los dientes.
-¿Sabes? Para toda la lata que daba con la importancia de tener los sentimientos a raya y no tener grandes apegos, Camus era un maldito sentimental.
-Oh -Aioria siguió la mirada de Milo hasta encontrar la foto- Estoy seguro de que fue un buen maestro. La verdad es que no lo conocía mucho, pero... no sé. Siento que de entre todos los que cayeron, él era el que menos se lo merecía.
-No. No se lo merecía.
Siguieron bebiendo en silencio, sin embargo, este ya no era un silencio incómodo. Con las mejillas sonrojadas por la bebida, Aioria se levantó y su equilibrio no era todo lo perfecto que podría haber sido.
-Creo que debería retirarme ya a mi templo. Si sigo bebiendo, voy a terminar bajando a cuatro patas y lo último que quiero es enfrentarme a la mirada de Shaka cuando pase por su templo.
-¿Tan pronto? Por Athena Aioria, pero si la fiesta acaba de esperar - respondió Milo, pero tras su pesimismo la sonrisa que esbozaba era sincera. Aioria se la devolvió.
- ¿Sabes? Cuando no estás siendo un capullo integral, lo cierto es que eres un tipo realmente decente -Aioria hizo una pausa-. Si alguien te pregunta, yo nunca he dicho eso.
- De acuerdo, y yo no he llorado.
Milo se levantó, tambaleante, para acompañar a Aioria a la puerta. Al hacerlo, golpeó la caja en la que habían guardado el juego de café y una de las tacitas que sobresalían cayó al suelo rompiéndose en mil pedazos. Ambos se quedaron mirándola en el suelo, petrificados.
"Ya está" Aioria palideció al ver el rostro de Milo, con las mejillas enrojecidas y los ojos vidriosos al borde de las lágrimas "ahora es cuando se viene abajo".
El caballero de Leo había pasado la tarde en un estado de constante preocupación por su compañero. Si bien nunca habían sido precisamente amigos, Aioria tenía la suficiente empatía para preocuparse por él dadas las circunstancias, y más conociendo íntimamente lo complicado que era pasar por una pérdida de tal calibre solo. En varias ocasiones había pensado que el caballero de escorpio iba a romperse a llorar a mares, pero al final el resultado había sido mucho mejor del esperado. Hacia el final de la tarde, estaba casi convencido de que Milo iba a estar bien y que lo peor ya había pasado.
Sin embargo, lo que bajo ningún concepto se esperaba era que el santo de Escorpio agarrara otra de las tacitas y la lanzara contra la pared con todas sus fuerzas y un gruñido de ira.
-¿Milo? -exclamó francamente asustado. Como respuesta, este estiró la mano para agarrar la primera porcelana a su alcance, que resultó ser un plato; para volver a lanzarla con furia.
-¡Tantos puñeteros sermones sobre los sentimientos! ¡Tanto coñazo que dio con ser un jodido caballero ejemplar y míralo ahora! ¿Pues no va y se deja matar por su alumno el muy imbécil?
-Milo... -Aioria intentó apaciguarlo.
-¡Ni se te ocurra decirme que me calme Aioria! ¡Ni se te ocurra! ¿Es que acaso tú no estás cabreado?
Aioria no respondió, sino que simplemente bajó la mirada y apretó los puños. La parte racional de su cerebro que se dedicaba a mantener ciertos pensamientos a raya, estaba adormecida por el alcohol. A su lado, Milo continuó con su vendetta contra el juego de café.
-¡Y encima el muy capullo se sacrifica para darle una oportunidad contra Saga! ¡Contra Saga! ¡Años siguiendo las órdenes de ese impostor para que después se suicide antes de darnos explicaciones!
Aioria, lentamente extendió la mano hacia la caja y tomó un platito decorado con elegantes rosas azules.
-¿Y todo eso para qué? ¡¿Para que ese niñato despertara el séptimo sentido?! ¡¿Justo antes de una Guerra Santa?!
Con un rugido, Aioria lanzó el plato contra la pared con todas sus fuerzas, y sintió una insana satisfacción al verlo hacerse añicos.
-¡Años pensando que mi propio hermano era un traidor! ¡Años soportando la mirada de autosuficiencia de Shura y su maldito cuentecito de "el caballero más leal a Athena"! ¡Por los dioses, qué manía le tenía a la maldita estatua que tenía en su templo, el muy prepotente!
Tras decirlo, sintió inmediatamente que un peso abandonaba sus hombros. ¿Cuanto tiempo llevaba intentando apartar esas palabras de su mente? Al pronunciarlas en voz alta, sentía que una parte de él se había liberado.
-¿No se te ocurrió que quizás el Santuario podría necesitarte vivo, Camus? ¡¿Que yo podría necesitarte vivo?!
La voz de Milo se rompió cuando lanzó la última taza y cayó al suelo de rodillas. El hechizo que parecía haber envuelto la habitación se rompió. Aioria se arrodilló junto a él y le pasó el brazo por encima de los hombros. Es posible que pasaran cinco segundos o cinco minutos, pues el paso del tiempo pareció volverse confuso, pero ambos quedaron congelados al escuchar pasos en la entrada de Escorpio. Los rostros de Aldebarán y Mu asomaron por la puerta, con sendas expresiones de preocupación que fueron reemplazadas prontamente por la confusión absoluta.
- Ha-habíamos escuchado gritos -balbuceó Aldebarán. Mu parecía haberse quedado mudo.
-¿Y no se os ocurrió preguntar antes de entrar? -gruñó Milo, con la vergüenza recorriendo su rostro. Aioria apretó los dientes al darse cuenta de la estampa que conformaban.
-Lo hicimos, por cosmo y en voz alta. No nos respondió nadie y estábamos preocupados -se excusó Aldebarán. En el rostro del toro sólo podía apreciarse la más genuina preocupación.
-Pues ya veis que está todo bien - siseó Milo, incorporándose del suelo y rezándole a Athena para que sus compañeros no se hubieran dado cuenta de su ligero tambaleo. Athena pareció ignorarle.
-No. No está bien -Aioria se giró al escuchar la voz calmada de Mu, pues no esperaba que este interviniera. Por un momento, pensó que iba a recriminarles su actitud, pero la replica que Aioria tenía preparada murió en su boca al darse cuenta de la suavidad en la expresión del caballero de Aries.
En el suelo, los fragmentos de porcelana se elevaron elegantemente y flotaron con fluidez hacia la caja vacía de donde habían salido. Cuando Mu terminó, el suelo parecía incluso más limpio de lo que había estado al principio.
Aldebarán tomó un plato que había quedado sobre la mesa y contra todo pronóstico, había sobrevivido al asesinato de porcelanas. Tras un breve instante de duda, lo dejó caer al suelo con ganas. Al sentir que todos lo miraban, simplemente se encogió de hombros.
-Pues sí que relaja. La verdad es que esta últimas semanas han sido un infierno -se explicó. Mu suspiró e hizo levitar los últimos fragmentos que quedaban en el suelo para hacer que se reunieran con el resto.
-Nosotros nos marchamos. No pretendíamos interrumpir un momento privado, pero Milo... y tú también, Aioria. Si necesitáis cualquier cosa, podéis encontrarme en el templo de Aries.
-Lo mismo digo, el templo de Tauro está abierto para vosotros.
Mu les dirigió una última mirada de amable preocupación antes de salir por la puerta seguido por un sonriente Aldebarán. Aioria recordó tarde que el lemuriano también había conocido íntimamente lo que suponía perder a alguien, y que al igual que él había vivido su pérdida solo.
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Había pasado casi una semana desde el suceso que Aioria había nombrado en su mente como El incidente. El caballero de Leo empezaba a pensar que quizás con la ayuda de algún dios misericordioso, sus compañeros habrían olvidado lo sucedido. Ni Milo ni él habían vuelto a sacar el tema, pero desde entonces ambos pasaban mucho más tiempo juntos, y no era infrecuente que compartieran sus tardes en el templo de uno u otro. Fue así como los encontró Kiki una calurosa tarde del verano griego.
-Aldebarán ha traído revani* de Rodorio. Mi maestro me ha pedido que os diga que estáis invitados a venir a merendar a su templo y que va a hacer té para todos -y ahí quedaban las esperanzas de Aioria de que el suceso hubiera quedado olvidado.
-Dile a tu maestro que es muy amable, pero que no hace falta que se moleste -respondió Milo con el ceño fruncido, que debía haber estado pensando lo mismo.
El pequeño aprendiz de Aries cruzó los brazos sobre el pecho con determinación.
-Me ha dicho mi maestro que si no vamos todos, va a sobrar. Y además, ya he convencido a Shaka.
Más de una vez, Aioria se había preguntado cómo Mu, siendo una persona tan increíblemente calmada, lidiaba con un alumno tan hiperactivo. Empezaba a pensar que su forma de gestionarlo era, simplemente, hacer que fueran otros los que tenían que encargarse del pequeño demonio cada vez que él se cansaba. Lo cuál parecía ser más a menudo de lo que habría creído en un principio.
A su lado, el rostro de Milo se tornó serio. Si Kiki había conseguido convenvera Shaka entre todas las personas, no había absolutamente nada que ellos pudieran hacer.
-Dile a Mu que bajaremos en breve -Aioria forzó una sonrisa en su rostro-. Tu vete adelantándote.
Kiki entrecerró los ojos.
-Vale, pero espero que eso no sea una trampa -dijo, y su tono daba a entender que estaba absolutamente decidido a volver a buscarlos si así resultaba ser.
-Milo -comenzó Aioria cuando el pequeño ya había desaparecido de su vista- ¿Cómo narices crees que ha convencido a Shaka?
-Buena pregunta. Tengo la teoría de que simplemente ha insistido hasta que Shaka ha visto que tenía tres opciones.
-¿Tres opciones?
-Sep. La primera era ignorarlo y dejar que el pequeño monstruito siguiera arruinando su meditación. La segunda era matarlo, pero eso implicaría tener que lidiar después con Mu, y ya sabes que puede ponerse quisquilloso cuando está enfadado. La tercera era bajar. Supongo que decidió que esa era la más fácil.
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Al final, fueron recibidos en el primer templo por la sonrisa amplia de Aldebarán y un gesto cordial de Mu que no terminaba de ocultar una cierta timidez que rayaba la ansiedad. Incluso Shaka parecía estar de un mejor humor que de costumbre.
Antes de darse cuenta, Milo y Aioria estaban riendo, con el sabor de los dulces pasteles en los labios y una cálida sensación de camaradería flotando sobre sus hombros. Quizás mereciera la pena hacer el esfuerzo de intentar conocer mejor a sus compañeros. Al fin y al cabo, teniendo en cuenta la situación en la que estaban, valía la pena recordarse de vez en cuando que no estaban solos.
Sin embargo, meses más tarde, alguien encontraría abiertas las tumbas de sus compañeros, y aquella incipiente amistad moriría antes de llegar a florecer.
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Milo, el rey de la gestión emocional:
Número de asesinatos: 0
Número de suicidios: 0
Número de intentos de dominar el mundo: 0
Al final va a ser que es uno de los caballeros mentalmente más estables del Santuario y todo. Aioria best bro.
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Quiero aclarar que cuando Mu y Aldebarán se ofrecen a ayudar a Milo con las cosas de Camus, no le están metiendo prisa, le están ofreciendo apoyo emocional. El problema es que este fic está escrito principalmente desde el punto de vista de Milo, y él no es precisamente el Señor Percepción teniendo en cuenta el estado en el que está.
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Si habéis llegado hasta aquí, espero que os haya gustado. Los comentarios y los favoritos alimentan mi alma. Si queréis ver más de este universo, podéis encontrar Entre las cenizas en mi perfil.
