Tokyo Revengers y sus personajes no me pertenecen, son obra de Ken Wakui. Sólo escribo por diversión.

Sano Shinichiro no se consideraba un Alfa con grandes virtudes. De hecho y todo lo contrario a lo que demostraba, en ocasiones se sentía un poco...bueno, fuera de estado con respecto a los demás Alfas con los que se relacionaba casi a diario.

Porque decir "inferior" habría sonado demasiado chocante incluso para él, que ya se había acostumbrado un poquito a los embates amorosos y a las bromas solapadas de sus amigos.

No era muy alto ni tampoco robusto; no tenía grandes dotes de pelea y tampoco se consideraba una persona agresiva. Tendía a caer en las comparaciones constantes pero sólo de puertas hacia adentro y todo desarrollándose en una batalla cruel en su mente consigo mismo donde siempre, siempre era el perdedor. Era el "líder" de una banda de delincuentes juveniles y lo seguía fielmente cada personaje que Shinichiro, con cada uno que se unía a los Black Dragon se preguntaba el por qué.

¿Por qué seguían a una persona a la cual quizás podían derrotar de uno o dos golpes, con lo descuidado y horrible que era para mantener un combate cuerpo a cuerpo?

"Siempre te tiras abajo. No te ves como realmente eres."

Ah, si Takeomi no hubiese estado allí para él cada vez que Shinichiro entraba en crisis existenciales y en depresiones agudas provocadas por su baja autoestima ni siquiera quería averiguar en qué pozo se encontraría. Era su amigo más cercano y con el que podía contar para lo que fuera y, aunque muchas veces no creyera del todo en sus palabras, Shinichiro igualmente se apoyaba en ellas para surgir a flote de nuevo hacia la superficie.

Por eso, cuando aquella tarde su mejor amigo lo llamó al teléfono fijo con voz cansada y también malhumorada, Shinichiro no pudo decirle que no a su pedido. Incluso mientras el otro farfullaba, se quejaba y hasta gritaba del otro lado de la línea telefónica, Shinichiro observaba con pesar y algo de preocupación el jardín trasero a través de la ventana de la cocina.

Afuera hacía como unos treinta grados centígrados. Qué treinta, cincuenta y a la sombra.

Y Takeomi quería que justo en una hora arrastrara su culo y el de Mikey hacia su casa. ¿Cómo iba a decirle que no, cómo iba a negarse después de oír la desesperación en su voz, el cansancio mental filtrándose en cada palabra? Además, era cierto que el sufrimiento sólo consistiría en el viaje hacia su casa que, de hecho, no quedaba tan lejos tampoco. Luego podrían estirarse en el living a disfrutar del ventilador y si tenían suerte y sus padres lo permitían, del aire acondicionado que tenían en la casa.

Mientras subía la escalera hacia el primer piso luego de avisarle a su abuelo lo que iba a hacer, Shinichiro se preguntó realmente si aquello era para tanto. Takeomi era un Alfa bastante agresivo, conflictivo y confrontativo; sin embargo, cuando se trataba de su familia se transformaba en un sujeto completamente distinto. Era paciente y tranquilo, incluso cariñoso a un punto en el que Shinichiro no lo reconocía.

Por eso, cuando Takeomi le había pedido suplicante que fuese a hacerle apoyo moral y de paso llevara a Mikey con la esperanza de que un mocoso insoportable sumado a los dos mocosos más insoportables aún que eran los hermanos pequeños de Takeomi dieran como resultado un choque de planetas que terminara agotándolos y dejándolos en paz a ellos dos.

Takeomi parecía tener problemas con el control de la ira con Haruchiyo y Senju en esos momentos y sumado al calor abrasador, Shinichiro temía que aquello terminara en una tragedia evitable.

Por supuesto, convencer a Mikey de que se moviera del suelo fresco de su habitación había sido otra historia. Hasta ese momento, el niño de 6 años había permanecido sospechosamente callado y tranquilo y Shinichiro no demoró demasiado en comprender que el calor lo dejaba sin fuerzas, incluso a Mikey. Sin embargo, cuando le había propuesto ir a jugar con los hermanos de Takeomi la cosa había cambiado un poco. Mikey había gritado, se había negado y encerrado en el cuarto de baño, le había gritado un poco más; luego, él mismo había caído en cuenta que Takeomi poseía mejor refrigeración hogareña que ellos porque ya habían visitado la casa del otro en un par de ocasiones y dejando atrás el escándalo que había hecho, había aceptado sin más.

Y todo eso sin que Shinichiro tuviese que mentir, sobornar ni amenazar a su hermano. Esperanzado, Shinichiro comprendió que no todo pintaba para mal en aquella misión y, con mejor ánimo del que pensaba ambos se dirigieron hacia la casa de Takeomi antes de que el sol los calcinara en el camino, Mikey tomando la mano de Shinichiro y obligándolo a correr.

Sin embargo y por supuesto, a Shinichiro siempre lo perseguía la mala suerte y aquel día espantoso no iba a ser la excepción.

— No me habías dicho que vendría.

Lo había dicho con intención de que sonara en un susurro secreto camuflado entre el griterío de los niños en el living de la casa de Takeomi pero le había dado la leve sensación de que había sonado demasiado fuerte; ambos, Takeomi y él torcieron el gesto mientras evaluaban la reacción de la tercera persona mayor allí dentro, a un par de metros.

Si Wakasa Imaushi lo había oído, no había dado ninguna señal.

— Fue casualidad, no sabía que vendría.— Takeomi sí soltó eso en un susurro contenido acercándose bastante a Shinichiro, los dos de pie en el living.— ¿Tanto te molesta?

— ¡No!

Dios, ¿no podía ser un poco más discreto alguna vez en su vida? Cuando Wakasa volteó hacia él con cara de absolutamente nada y sin emitir sonido alguno mientras los hermanos de Takeomi y Mikey corrían de la cocina al living y del living al jardín sin escalas y sin morir de calor, Shinichiro sintió odio hacia sí mismo y pena por el otro.

Shinichiro no sabía si era el calor sofocante pese a que el aire acondicionado ya estaba encendido lo que había elevado la tensión en el ambiente pero luego de su exabrupto se sentía un miserable, un estúpido, un...un…

Y de repente, Wakasa arqueó las cejas y levantó un brazo delgado, la palma hacia él en forma de saludo.

— Hola, Shin.

¿...Shin?

El aludido percibió la flecha filosa atravesándole el pecho mientras por el rabillo del ojo notaba a Takeomi ladeando el cuello tan rápido en su dirección que parecía se había desnucado. Pronto, entre el ruido del motor del aire y el de los gritos de los infantes Shinichiro comenzó a marearse porque su cerebro no emitía ninguna señal de respuesta, su mano levantándose e imitando el gesto de Wakasa mientras su boca se abría y cerraba como la de un pez.

Y en ese instante, el maldito leopardo blanco le sonrió.

Fue un instante, una leve elevación de las comisuras de sus labios mientras parpadeaba lentamente y sus pestañas largas e imposibles bailaban adornando sus ojos color amatista.

Shinichiro soltó una especie de quejido estrangulado cuando Takeomi le dio un codazo suave pero contundente.

El problema lo tenía él, estaba claro.

Dios mío, no podía ser cierto.

Shinichiro fue incapaz de devolverle la sonrisa y en vez de eso, huyó de la situación inclinándose hacia su amigo.

— Quiero decir, claro que no. No me molesta.

— ¿De qué hablas, exactamente?

Ambos se desafiaron con la mirada, uno sabiéndose conocedor de la situación y el otro sintiéndose malditamente expuesto. Shinichiro percibió el calor — todavía más, si era posible — subir por su cuello hacia su rostro mientras una sonrisa de superioridad se instalaba en el rostro de Takeomi.

— Sólo voy a decirte una cosa, Shin.

— Qué.

Takeomi apoyó una mano en su hombro y acercó sus labios al oído de Shinichiro, la sonrisa aún en su rostro mientras el otro sentía que se estaba burlando de él.

— Apestas. Acabas de soltar tus malditas feromonas en mi maldita casa. Contrólate.

Dios.

¿Tan idiota era que no podía controlarse por una simple sonrisa?

El aludido torció el gesto y bufó, rodando los ojos. Justo en ese instante Haruchiyo - el hermano de Takeomi que creía tenía más o menos la misma edad que Mikey - chocó a Wakasa por detrás casi cayendo al suelo y el encanto de la situación se rompió casi por completo. Como Mikey y la niña venían detrás persiguiéndolo, el choque en cadena fue inevitable y la escena se volvió graciosa: Haruchiyo permaneció aferrado a la parte posterior de las piernas de Wakasa para no caer y los otros dos siguieron su ejemplo pero aferrándose a él.

Con uno podía, pero tres ya era demasiado para la estabilidad física de Wakasa. Shinichiro vio su expresión cambiando de la nada misma a una expresión de sorpresa; sus rodillas se doblaron y antes de que pudiese reaccionar, había terminado en el suelo con los niños.

— No te rías, no te rías, no lo hagas, hijo de puta.— Takeomi farfullaba aquello riendo mientras Shinichiro dejaba de respirar.

— ¿Waka, estás bien?

¡Waka…!

La hermana pequeña de Takeomi había utilizado ese apodo para dirigirse a Wakasa de forma tan campante como temeraria; por supuesto, gozaba de la impunidad de ser una niña y su sonrisa se ensanchó en cuanto Wakasa le acarició la cabeza con una mano de largos dedos huesudos.

En ese instante, el Alfa se preguntó qué hubiese sucedido si hubiesen sido alguno de ellos dos quienes hubiesen utilizado aquel apodo. Probablemente habrían perdido alguna extremidad en el proceso.

Y es que Wakasa — ahí desparramado en el suelo del living de la casa de Takeomi con los tres niños prácticamente sobre él — era un tipo raro, muy raro. Cuando Shinichiro había sabido de la pelea eterna entre su banda y la de Benkei — ambos ahora miembros de su propia banda, aún no terminaba de entender por qué — y había decidido conocer a las dos partes en cuestión, la primera impresión que Wakasa le había dado había sido la de un Alfa extremadamente chiflado y soberbio.

De esos había muchos y Shinichiro pensó que iba a ser complicado lograr que no se terminara matando con Benkei sabiendo lo territoriales que podían llegar a ser los Alfas de esa calaña.

Sin embargo, la sorpresa había llegado un poco más tarde cuando Shinichiro no había mermado en sus intentos por detener aquellas disputas y los encuentros habían continuado, cada vez más frecuentes y duraderos.

Wakasa era Omega.

El descubrimiento había golpeado a Shinichiro de tal manera que lo había dejado estúpido durante varios días seguidos. Sabía perfectamente que existían Omegas que se salían de los estándares establecidos de la sociedad y que, como Wakasa, tendían a conductas incluso más violentas y agresivas que los mismos Alfas.

Sin embargo, una cosa era sólo descubrir aquello que en realidad no debería haber tenido mayor importancia y otra muy distinta que a partir de ahí, Shinichiro se había amedrentado y había escapado de la situación, incapaz de manejarla. Por suerte, tanto el descubrimiento como la integración de ambas unidades a su organización se habían dado casi en forma simultánea y Shinichiro había encontrado una excusa casi perfecta para esquivar a Wakasa.

Porque sí, eso había hecho. Shinichiro se había acobardado al darse cuenta de por qué había deseado con tanto ahínco que Wakasa estuviese en los Black Dragon, de por qué siempre había encontrado una excusa para zafar de sus obligaciones cuando aquel sujeto lo llamaba a cualquier hora y en cualquier día sólo para verse unos minutos y por qué, después de todo, Shinichiro se había sentido tan cautivado por el aroma de Wakasa cuando lo había conocido un poco mejor.

¿Qué Alfa iba a tener semejante fragancia? El olor de las peonías llegaba demasiado intenso a la nariz de Shinichiro como para que se confundiera en algo así.

Wakasa Imaushi le gustaba. ¿Gustar? Le encantaba, le atraía de todas las maneras en las que una persona podía sentir atracción por otra. Estaba fascinado con cada movimiento que hacía, con cada palabra en aquella voz medio ronca que salía de sus labios, con cada exhalación de humo cuando encendía un cigarrillo.

Con su olor, su pelo, sus ojos. Con su sonrisa y por la forma extraña y pragmática en la que se comportaba cuando estaba junto a él.

"Te has enamorado. Carajo."

La sentencia de muerte había llegado de los labios de Takeomi cuando, desesperado por sus propios sentimientos, Shinichiro se los había terminado confesando a la persona que sabía jamás hablaría. Por supuesto, las preguntas habían surgido después y con cada respuesta que Shinichiro había soltado Takeomi se había ido enojando cada vez más hasta que las preguntas se habían transformado en reclamos y estos, en gritos indignados.

Takeomi realmente tenía un problema con el manejo de la ira.

Sin embargo, tenía razón y Shinichiro había tenido que reconocerlo guardando silencio al no poder discutir los argumentos del otro. No solo se había alejado de Wakasa al darse cuenta de lo que sentía sino que lo había hecho de forma abrupta, no porque no quisiera que el otro se le acercara sino porque Shinichiro se sabía incapaz de poder alejarse del Omega si se mantenía mucho más tiempo a su lado.

Porque la ecuación era muy sencilla: Shinichiro estaba enamorado de Wakasa pero estaba seguro que el otro no sentía lo mismo por él, y si permanecía a su lado iba a volverse cada vez peor y…

¿Cómo era el refrán? Mientras más alto, más dolorosa la caída...o algo así.

De repente, como si el universo entero además del sol complotaran en su contra, justo en ese instante Shinichiro inhaló profundamente para soltar un suspiro de angustia y percibió el olor de las peonías incrustándose en sus fosas nasales.

Ahora, incluso verlo le hacía daño y era por eso que su presencia allí le había sorprendido tanto como dolido.

Era un idiota, no cabía duda alguna de eso.

— Niños, tengan más cuidado la próxima vez, ¿sí? Porque…¡Shin! ¡Espera!

Sin pensarlo dos veces y aunque había oído el grito de Takeomi, Shinichiro abandonó la casa a toda velocidad incluso dejando a su hermano allí dentro.