«Severus... ¿puedes hablar?»
El susurro femenino, un poco grave, pero suave, a mitad de la noche.
Snape pensativo abre los ojos, descubriendo la ventana que atrapa los resplandores de luces taciturnas en otras alas del castillo; son las teas encendidas hasta el amanecer. Siempre así, en la larga noche de las galerías donde no hay nadie.
Pero aquí, está ella.
-Puedo hablar –asiente Snape, sentado al escritorio, envuelto en la oscuridad, tocando la esfera transparente.
La negrura de las 2:00 am se rasga por el brillo blanquecino, de la esfera mágica encendiéndose paulatinamente, en el escritorio entre libros cerrados y pergaminos con mensajes sin terminar y que no sabe si enviará.
«No quisiera interrumpirte», afirma la voz, amable, definiéndose.
La voz viene de la esfera suavemente brillosa, y en el centro etéreo del globo se forma el rostro rodeado de oscuridad, de la chica de los rizos de oro límpido.
-No me interrumpes –afirma él. No sabe cómo empezaron a tutearse, pero fue desde la primera vez que hablaron, aunque lo mezclan con el "usted".
El rostro de Granger, su cuello envuelto en pañuelo de seda anudado, la mano en una de sus sientes, se aclara. Snape la encuentra más guapa cada vez. Ella parece recostada, como si tuviera la esfera en el descansabrazo de un sofá donde apoya la sien. El resto se pierde entre jirones de sombra, borrosidades que el ectoplasma no afina.
Hermione ve el rostro de Snape con ojos serenos, un Snape poco iluminado por la luz que la esfera emite.
«¿Qué haces en el buen y viejo Hogwarts?», quiere saber ella, con voz dulce, un poco formal.
¿Qué hago yo?, se pregunta Snape con curiosidad, como si no se tratara de él mismo.
Contemplando la mirada tranquila de Hermione, Snape se responde que esperaba, sin esperar.
O más bien, que esperaba con esperanza muda.
Su día transcurre en clases entre marmitas humeantes y alumnos concentrados e intranquilos; Snape camina por balcones al aire libre sobre estudiantes en los patios, que corren, ríen, conversan; Snape se detiene en una banca de piedra a leer... Snape sube a la Torre de Astronomía para interrogar al horizonte. Snape se sorprende de tener momentos de paz. Para saber que son reales se toca la cicatriz angulosa, que asoma quebrada por el cuello de su camisa inmaculada.
Snape prueba un durazno, sorprendido por su perfumado sabor, por la fresca caricia en los labios, como un niño que descubre. ¿Cuántos aromas y gustos de frutas, de vino, cuántos aires limpios son descubrimientos? Le parece que descubre la luz del sol; que la luna resplandece por vez primera, cada noche. Experimenta un alivio próximo a la gratitud.
¿Qué hacía?, piensa Snape. Estuve pensando en ti.
-Releía Pociones y Pocionistas, de W. Barlock, ¿y usted? –responde, en cambio, y es verdad, pues lo que quiere es sencillamente, escucharla.
No puede hacerlo en persona. Hace casi un año la Gryffindor se fue del castillo como la mayoría de los sobrevivientes de la Batalla de Hogwarts, pero Granger lo hizo sin aceptar graduarse por méritos de honor. Ha estado siguiendo cursos a distancia para lograrlo como debe aunque le tome más tiempo, pues quiere hacerlo bien y cumplir con esa parte de su vida, sin permanecer en un colegio que le trae innúmeros recuerdos dolorosos.
No obstante, Snape la siente presente en el colegio como la sintió antes. Sin esforzarse puede ver de nuevo aquel largo vitral que hace la vez de un muro derecho, bañando la galería de colores vaporosos donde la joven Gryffindor, prístina, de uniforme y corbata, dice a Potter con voz llena de convicción, animando el sitio:
"Espero hacer algo bueno en el mundo."
Aquella certeza toca el alma de Snape y el eco de la frase se esfuma, resonando en los colores atenuados de la galería, a donde Snape regresa luego de ser dado de alta en San Mungo, y donde ya no está Hermione... Se ha ido. Y, piensa Snape con leve congoja, que desde que ella no está, el colegio ha quedado en silencio pese al barullo con que se llenó al arribar la siguiente generación de alumnos. Snape piensa cómo, desde que Hermione Granger se fue, Hogwarts parece haber cumplido la razón de su existencia; cómo al irse Hermione Granger, el alma del colegio ya no está.
O ya no está para él.
El pasillo donde la escuchó decir aquella esperanza valerosa tenía alas de sol cuando ella lo recorrió, pero ahora está quieto, como todo lo demás. En ninguna otra galería, ni aula, encontrará a Hermione Granger. No habrá un pasillo oscuro y un umbral blanco al fondo por donde ella cruce y a donde él desee ir.
Por eso Snape en ocasiones siente que le falta el aire; por eso sale a alguna balaustrada de piedra al mediodía y respira ávidamente.
A Snape le parece que el castillo está poblado por sus ensueños... Que todo sigue igual, pero que falta lo más importante. Es un castillo habitado por sus memorias de aquellos ojos castaños, un colegio que él no sabe ver de otra manera que como lo veía cuando estaba Hermione Granger.
En esos días, Hermione Granger dejaba en el castillo el rastro de su perfume... Era luz de belleza flotando entre óleos, armaduras, muebles, estanterías de frascos, perfume sobre los cristales; Granger corriendo con sus pasos ligeros, veloces, deslizando su aroma floral, fresco, de soles huidizos en viento deshojando el corazón de Snape...
«¿Pregunta por mi día?», sonríe un poco Hermione. «Mis días son aburridos, ¿eso podría interesarle otra vez?»
-Me interesa –afirma Snape, recorriendo en la esfera, las facciones de Hermione. Parecería haber hecho una pregunta banal, pero al saber de ella, la siente cerca de sí. Y le interesa todo lo que ella quiera decirle.
Hermione inicia un repaso de su día, tranquilo, en tono de confidencia. Toca su pañuelo al cuello iniciando con que caminó por la costa, al atardecer.
Snape asiente, recordando que nunca lo dijo a nadie; jamás confesó al único que podría haberse enterado, Dumbledore, aquel irremediable y doloroso enamoramiento de Hermione Granger, vuelto amor por su ser de fuego, por la leona en su alma. No quiso, no pudo hablar al anciano sobre la mirada marrón de Hermione dirigida a él, acelerando sus latidos como si fuera un colegial. No pudo hacer el mapa de sus sentimientos en el día a día, ni trazar la geografía de sus emociones por ella, ni elaborar el inventario de sus sentires por el misterio de sus ojos.
¿Para qué decirlo a Dumbledore o a quien fuere? ¿Para ser tachado de equívoco, de insensato, de insano? El finado director no lo habría comprendido; le habría exigido que la olvidara en pro de la guerra.
Y, ¿qué podría decir?, piensa Snape, envuelto en la voz de Granger, por sus rasgos finos en el centro de la esfera, en la intimidad de la habitación... Nunca tuvo la valentía de confesárselo pues la chica habría huido de él, y de haber tenido la fuerza de decírselo de todos modos habría callado, para no ponerla en riesgo mortal.
Hoy, ¿cómo explicar lo que siente por Granger, a la misma Granger? Te amo es una pálida sombra. Snape sabe su sentir, le corre por las venas, le retumba en las sienes, pero describirlo no es igual: no encuentra las palabras o no son suficientes o no sabe conjugarlas para decirlo como es. Cada intento que hace para sí, queda muy lejos de lo que experimenta. Una frase no basta para expresarlo.
Y también piensa que de hacerlo como fuere, aun renunciando a explicarle por qué la ama, está convencido que Hermione Granger no le corresponderá. Snape se percibe complicado, tortuoso, indescifrable, lleno de reacciones incomprensibles debido a la huella de lo pretérito.
La cicatriz de desgarro escandaloso, que en el pasado invierno descubrió le duele con el frío, al grado que los analgésicos casi no le funcionan, es para él una marca de prisión que lo afea... A Granger no le atraerá alguien con ese baldón físico, de quien por mucho que ayudara a la causa, fue un mortífago. A Granger le interesa su eterno Ronald Weasley.
Pero ni aun con eso la olvida... Granger, sus rizos, su voz profunda, su espíritu indomable, su mente férrea, el color de sus labios, su falda aleteando, sus ojos tornasolándose bajo los vitrales incendiados de luz de sol.
¿Cómo describir los castillos invisibles? ¿Cómo puede nadie describir las playas lluviosas y los relámpagos sobre el mar pintados con la voz de quien se ama? Retumbos del corazón, arena entre los dedos, rosas azules de mitos de Avalon, no, Snape se sabe incapaz de dibujar esos paisajes.
No obstante, como antaño, Snape tiene la soledad para decirlo. La soledad silente que entiende ese lenguaje sin adjetivos.
No dijo a nadie que amaba a Hermione Granger, pero tampoco lo olvidó, como no olvidó su cautivarse cuando tomó conciencia de ella; cuando sentir eso por una chica tan joven le pareció insensato, imposible, y sin fuerzas para evitarlo. Hermione lo envolvió con su presencia, lo abrazó con fuego suave. Para Snape, prendarse de aquella chica fue semejante a sucumbir.
Luego que Snape despertó en el hospital, al volver a Hogwarts, sin ceremonias porque así lo pidió, como si fuera cualquiera otra noche se presentó en el Gran Salón, hosco, desdeñando saludos, y desde su lugar en la mesa de profesores notó que Potter, Longbottom, Lovegood, Weasley, habían dejado el colegio... y no estaba Granger. Y no verla le hizo mirar hacia la entrada del recinto por donde pasaban hojas desprendidas por el otoño, y supo que tenía un doloroso tiempo por venir.
Desde entonces, Snape camina por las galerías llevando en su corazón las voces y el aire de los días pretéritos... Hermione Granger ya no está, pero los tiempos en sus sentimientos no corren al mismo compás. Todavía siente que la verá aparecer veloz en una galería, hallarla en su pupitre hoy ocupado por otra alumna.
Snape aprendió a ver el castillo desde la presencia de Granger y hoy no sabe verlo de forma nueva. Debería lograrlo, se repite, pero no termina de pensarlo cuando se responde que no podrá. Es una tarea demasiado ardua el olvidar, Granger está en demasiados lugares del castillo como para sacarla de ellos, y así Snape recorre su nostalgia y atrapa las huellas del perfume de Granger en el colegio de magia.
No, piensa desde la Torre de Astronomía, viendo a la distancia de bosque y montañas rumbo al cielo dorado... Ella está demasiado arraigada en sus sentimientos como para que pueda arrancarla.
Por eso cuando este mayo una lechuza dejó una entrega cuando él trabajaba en su despacho, Snape quedó estupefacto al abrir un paquete de madera que contenía una misiva y un globo de cristal envuelto en heno para protegerlo.
Era una Esfera de Videncia, entre cuyos usos estaba el poco conocido de unir imágenes y palabras entre sitios apartados entre sí. Enlazado a una segunda esfera por el conjuro Verbatum, al estar llena de ectoplasma reproducía, en una, la imagen exacta de quien se encontraba frente a la otra. Sin detalles alrededor y prácticamente solo el rostro del interlocutor.
Para una mejor imagen se necesitaría una cantidad de ectoplasma del tamaño de un armario. Snape creía que el Espejo de Deseos tenía, entre dos capas de cristal, ectoplasma sometido a una maldición.
Más ahora no había nada de eso, sino la letra recta, de ángulos suavizados, que él conocía bien:
Severus leyó, estupefacto, maravillado, sintiendo que todo era posible y odiándose por eso ya que no deseaba creer, ni esperar en absoluto. Pero Hermione Granger le hablaba y con eso el mundo marchaba solo.
Afuera corría el viento de esas palabras que él no sabía decir, pero que soplaba imposible a causa del mensaje de Hermione Granger:
Le envío mis mejores pensamientos desde esta región donde vivo a partir de agosto del año pasado, aquí, Newquay, una ciudad costera de Cornualles ubicada en el Norte de Inglaterra, dedicada a la pesca, actividades recreativas que animan un marco de bellas casas. Vine al poco de trabajar unos meses en el Ministerio, mas no pude retomar una vida normal después de lo sucedido.
(Le aclaro que hablo de la guerra. No usaré esa palabra, para mí es "lo sucedido".)
No puedo engañarme creyendo que lo sucedido se supera con facilidad y por ende sentarme ante un escritorio para revisar oficios o dedicarme a escribir o a cumplir órdenes de aprehensión. Necesito tiempo para ordenar mis pensamientos, pero el silencio de mi exilio voluntario es pesado algunas noches y me dije: "¿por qué no tener conversaciones?" Para no extenderme, pensé en usted, profesor Snape.
Creo que usted es el único interlocutor que puedo tener por diferentes razones que sería prolijo enumerar. Considero que la distancia de varios cientos de millas entre Hogwarts y Newquay puede hacerlo sentir tranquilo.
No le pido hablar de lo sucedido, ni aclarar nada, si bien Harry nos explicó lo que vio en el Pensadero y desde entonces he entendido a usted como nunca. Mas no quiero alterar su calma o su tormenta. Si le parece podríamos comunicarnos ocasionalmente y hablar de nada. Si toca la esfera a partir de las once de la noche, responder será grato para mí.
Sinceramente,
HG.
Sinceramente, HG... Snape releyó tomando la esfera de cristal llena de lo que parecía un líquido tan claro como agua de Lochrean... Hablar con él... Sinceramente, Hermione Granger... ¡cuán sencillo se leía! Y, ¡qué diferencia abismal, que universos totalmente distintos existían si esas palabras existían!
Y qué buen actor era, que la había convencido que ella lo molestaba.
Desde entonces, Snape espera... Espera a través de su recorrer el castillo como si la existencia del tiempo se justificara cuando Hermione aparece; ella en la esfera de cristal que se enciende al amparo de la noche... Las horas del pocionista transcurren entre sus compromisos con Hogwarts y puede decir que en ocasiones no piensa en la Gryffindor, pero subterráneamente está atento... Siempre se pregunta por Hermione.
Mira la esfera, aunque ésta no parpadee en señal de que ella lo llama. Y toma el globo animándose a llamarla porque no puede más con su deseo de verla y escucharla.
Y cuando la esfera brilla anunciando la imagen de la Gryffindor todo cobra sentido: el lento correr de la arena en el reloj desaparece; el pesar de la ausencia ya no existe; la añoranza que le dolía, cesa de tener importancia.
Cuando la esfera parpadea en serenos dorados sutiles, anunciando la llamada, él toca la esfera, o ella, y Snape, alegre con intensidad tal que semeja tristeza, con dicha en el velo de las horas nocturnas, ve el rostro de Hermione Granger.
Y ahora es mayo otra vez, el mayo de los finales y de los inicios, el mayo de los cataclismos, el mayo eterno de su amor por Hermione Granger.
«Pienso en las noches de soledad, Severus», dice ella.
